Aproximación empírica a la ciencia ficción en Ecuador

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Por: Iván Rodrigo Mendizábal, Máster en estudios de la cultura

(Publicado en suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo, el domingo 2 de febrero de 2014)

Abordar a la ciencia ficción (CF) en el Ecuador es explorar un horizonte con pocas referencias y estudios hasta la fecha. De hecho la crítica literaria en el país le ha dedicado incipientes menciones ycontadas noticias o entrevistas en periódicos, e investigadores académicos han obviado su producción.

Ecuador es reconocido por la literatura social, en la que los autores han puesto de relieve los conflictos más inmediatos de nuestra realidad. Sin embargo, sí es posible afirmar que hay un cierto desarrollo de la ciencia ficción realizado por varios escritores que exploran las estrategias narrativas de ese género. En este marco, ¿cuál es la naturaleza de esta literatura en el país?

Aproximación a la ciencia ficción desde Ecuador

Existe una variedad de definiciones sobre la ciencia ficción, muchas de ellas nacidas de autores que la han cultivado y de las tradiciones promovidas internacionalmente. Algunas están en The Encyclopedia of Science Fiction, editada online por cientos de colaboradores (entre los que me incluyo), y dirigida por John Clute y Peter Nicholls.

Leonardo Wild, influenciado por Isaac Asimov, en su artículo Las categorías de la ciencia ficción (1997) es uno de los primeros en definirla desde Ecuador. Señala que a esta literatura se la debe diferenciar de la de fantasía porque la naturaleza de la CF expone “el efecto de la ciencia y la tecnología en una sociedad, sea esta terrestre o extraterrestre, en el pasado, el presente o el futuro, o en cualquier variación espacio-temporal que puede considerarse como científicamente posible o probable” (Wild, 2008: 4). Enfatiza en el hecho científico-tecnológico y sus efectos en cualquier época, incluso en la variación del tiempo-espacio. Y añade que existen la ciencia ficción “suave” y “dura”; en la primera el relato alude a las ciencias naturales y sociales, mientras la segunda hace “extrapolaciones de las ciencias exactas” (Wild, 2008: 4).

Santiago Páez, en Definiendo la ciencia ficción (2007), también toma en cuenta a Asimov. Señala que la CF es la “crónica de la relación problemática que se establece entre sujetos y una realidad científica llevada a extremo lógico” (Páez, 2007: 23). Para él es una “crónica”, que en términos literarios se puede entender como relación “histórica”, como relato de hechos en el que habría al menos un testigo: el narrador. Tal relato de hechos contaría así el conflicto entre tecnologías y usuarios, entre realidad científica y efectos, los que pueden llegar a límites insospechados. Por otra parte, indica que en la CF no interesan los mitos de origen sino los que introduce la ciencia y que se vuelven insoslayables y hasta problemáticos.

Es importante también el ensayo académico de Fernando Balseca, Ciencia ficción en los Andes Ecuatorianos (1995), en el que señala que la aparición de la CF en el país es tardía porque los procesos de divulgación y popularización tecnológica han sido lentos, frenando el desarrollo de un imaginario de futurización nacional. Balseca, al contrario de los escritores citados, no plantea definición alguna, pero sí esboza unas características que distinguirían a la CF ecuatoriana: a) el mundo catastrófico que muestra es producto de la ineficacia tecnológica y política, y amenaza la integridad del género humano y del medio ambiente; b) habría un acercamiento a las realidades más bien locales y de quienes combaten a los imperios de poder; c) los personajes no tienen heredad alguna y las máquinas controlan los mundos; d) la realidad es vista desde los mundos extraterrestres, cosa que hace aparecer las contradicciones de la naturaleza humana; y, e) existen realidades subterráneas que son desconocidas para el común de las personas y que la CF las pone en el centro de la percepción (Balseca, 1997: 658 y sigs.). Partiendo de la idea de que la literatura es una máquina que podría llevar a anticipar el futuro, Balseca afirma que la CF es una fábrica “precaria” de realidad virtual, gracias a la cual se ven problemas del futuro y, en definitiva, la futurización que hace de sí el ser humano. Los dos referentes de esta idea son los escritores Santiago Páez y Fernando Naranjo.

La ciencia ficción en el Ecuador

Los trabajos de literatura de ciencia ficción se pueden encontrar en textos de: Ángel Rojas (1948), Isaac Barrera (1960), Barriga y Barriga (1980) Miguel Donoso Pareja (2002), Abdón Ubidia (2006), Álvaro Alemán (2007), Erwin Buendía (2012), Iván Rodrigo Mendizábal (2013) y Solange Rodríguez Pappe (2013).

Hay que señalar que los antecedentes de la CF ecuatoriana están en la ficción científica de Francisco Campos Coello. La primera novela de ficción científica de Ecuador es La receta (1893), acerca de un viajero en el tiempo que luego de beber una fórmula despierta en la cosmopolita Guayaquil de 1992, cambiada por el trabajo pionero de un hombre de ciencias. Le siguen los cuentos de Narraciones fantásticas (1894) cuyos editores dicen pueden igualarse con los textos de Julio Verne. Otra novela suya, publicada por entregas en la revista Guayaquil Artístico, es Viaje a Saturno (1901) acerca del encuentro con un extraterrestre que invita a un científico a visitar su planeta. Siguiendo la vena de Verne, Alberto Arias Sánchez publica en Guayaquil Ratos de ocio (1896), en el que está el cuento ‘Un viaje a prueba’ que trata sobre un ilusorio viaje a la Luna en una nave que se asemeja a un cóndor inventada por un ingeniero norteamericano, en el que participa un ecuatoriano.

Juan León Mera, con el seudónimo de Pepe Tijeras, también firma unos cuentos acerca de la inquietud por la ciencia y la tecnología. En los cuentos ‘Aventuras de una pulga contadas por ella misma’, ‘El médico de la muerte’, ‘Desde el infierno’, escritos a finales del siglo XIX en revistas literarias, compilados en Tijeretazos y Plumadas (1903), aparece el Dr. Moscorrofio, un científico que inventa un aparato para escuchar una huelga de pulgas, realiza un trasplante de cabeza y se negocia su vida en el infierno.

A principios del siglo XX, Manuel Gallegos Naranjo publica Guayaquil, novela fantástica (1901), que retrata a la ciudad –nombrada en el texto como Bello Edén– del año 2000. La obra cuenta la historia de una familia cuyo hijo llega a ser presidente y realiza obras de progreso que posteriormente son destruidas por un terremoto que hunde a la ciudad.

En Quito, Abelardo Iturralde publica Dos vueltas alrededor del mundo (1908), que describe un viaje imaginario realizado por un viajero omnisciente con la finalidad de mostrar la inmensidad del mundo natural y el creado por el hombre.

Las antologías en Latinoamérica sitúan a ‘La doble y única mujer’, de Pablo Palacio, como el primer cuento de CF de Ecuador del siglo XX. Dicho relato forma parte del libro Un hombre muerto a puntapiés (1927), y trata sobre una siamesa que reflexiona sobre su cuerpo y su naturaleza monstruosa. Empero, Juan Viteri Durand es el primer autor ecuatoriano que se interesa por la CF moderna. Publica en Chile, Zarkistán (1952), novela corta acerca de la telepatía y cuestiones metafísicas en el marco de un contacto con extraterrestres; y en el Ecuador recién aparece en 1979.

Es posible hablar ya de ciencia ficción en el Ecuador a partir de la década de 1970. Los libros de cuentos de Carlos Béjar Portilla puede encasillarse dentro del género con más rigor: Simón el mago (1970), Osa mayor (1970) y Samballah (1971). Estos plantean explotaciones mineras en el espacio exterior, relaciones con computadoras y robots, experimentación con genes, o sociedades donde el ser humano convive con extraterrestres.

En la década de 1980 aparece Bruno Stornaiolo con Réquiem por el dinosaurio o Mingherlino’92 (1982). Esta novela anticipatoria muestra a un Quito del año 2092, donde la sobrepoblación pone en riesgo la existencia humana; para solucionar el problema se tratará de cambiar genéticamente al hombre, reduciéndole de tamaño.

Otro autor es Nicolás Kingman con Dioses, semidioses y astronautas (1982), que habla de un habitante inmortal en un pueblo pobre, quien ha mantenido contacto con extraterrestres, tiene la capacidad de sanar, y ayuda a sus sobrinos, inquietos científicos rurales, a ir al planeta Frías.

En la misma década se debe situar a Abdón Ubidia con Divertinventos: libro de fantasías y utopías (1989), en el que el tema es el tiempo, y las tecnologías de rejuvenecimiento, manipulación de imágenes, fabricación de la realidad y experimentos con los libros son predominantes. Le sigue El palacio de los espejos (1996) que, entre otras cuestiones, trata sobre la telepatía animal, los robots, los clones y la memoria. Un tercer volumen de cuentos es La escala humana (2009), que gira en torno al ser humano y la virtualidad.

En la década de 1990 cabe situar otro grupo de escritores que desarrollaron este género. Así, Ugo Stornaiolo publica la obra Crónicas del siglo 21 (1990) en la que la preocupación es la supervivencia de una familia que habita en el espacio exterior: los seres humanos han ampliado su capacidad de vida.

Es especial el trabajo de Santiago Páez, Profundo en la galaxia (1994), un libro de cuentos sobre tecnologías que permiten cambiar la realidad o los viajes en el tiempo; y ademásse enfoca en la dimensión humana inscrita en la historia y en la sociedad. Otros libros suyos son Shamanes y Reyes (1999), que habla acerca de seres humanos que se han desplazado al espacio; y Crónicas del breve reino (2006), novela tetralógica que describe a un Ecuador imaginario cuyos avatares políticos le llevan a su futura desmembración. Más recientemente ha lanzado Ecuatox (2013), un relato de ciencia ficción con intenciones satírico-políticas.

Adolfo Macías Huerta, por su parte, retoma lo fantástico y la CF. La memoria de Midril (1994) es un libro de cuentos en torno a la cultura imaginaria Mald, en la que sus personajes buscan solucionar su incierto destino. Este autor también publicó: Laberinto junto al mar (2001) que muestra a un Quito en descomposición, donde sus personajes deben someterse a una muerte aséptica de forma voluntaria; y, La vida oculta (2009) que gira alrededor de unos personajes adictos a una droga provista por el Estado y que deben tratar de escapar de su existencia.

En la misma década está Fernando Naranjo Espinosa con La era del asombro (1995), acerca de Guayaquil del siglo XXIV y la colisión del cometa Mefistos con la Tierra. Posteriormente escribió Cuídate de los coriolis de agosto (2006), un libro de cuentos acerca de las tecnologías que permiten los viajes en el tiempo y de los viajes interplanetarios, la maduración de una niña en el mundo postapocalíptico y la comunicación con otros seres. Previo a dichas obras Naranjo se hizo conocer en el terreno de los cómics. Uno de los primeros de ciencia ficción es ‘Quil, la chica del futuro’ (1985), publicado en el vespertino El Meridiano, de Guayaquil.

Leonardo Wild es también un referente con obras que mezclan ciencia ficción, thriller, aventura fantástica y lo policial. Inicialmente publicó en Alemania Unemotion (1996) y Die Insel die es nie gab (1997); luego Orquídea negra o el factor vida (1999), un relato sobre la destrucción de un planeta y cómo algunos de sus sobrevivientes tratan de hallar otro mundo para procrear vida; y Cotopaxi, alerta roja (2006, reeditada en 2013), novela en clave científica acerca de la erupción del volcán Cotopaxi, su monitoreo y cómo los intereses políticos pueden afectar la vida de la población. En 2013 publicó Yo artificial –traducción de Unemotion–, sobre el centro Biósfera, cercano a Quito, que concreta un proyecto liberador de la sociedad detentada por megacorporaciones que trafican con los desastres naturales.

Una de las escritoras más representativas de la literatura con sello femenino es Alicia Yánez Cossío, quien también incursionó en la CF con El beso y otras fricciones (1999). Ahí hay cuentos acerca de la tecnología y la deshumanización en un mundo futuro; sus personajes tratan de encontrar la fórmula de la supervivencia en el amor.

En el siglo XXI el interés por cultivar el género sigue no solo por los nombrados escritores sino también por nuevas generaciones de jóvenes.

Así José Daniel Santibáñez publica Ejecútese el mañana (2000) un thriller que muestra un futuro Guayaquil y la lucha de mercenarios. Santibáñez también sobresale en el cómic y la novela gráfica con Cómic Book (2008) que contiene 27 cuentos gráficos de CF y aventuras, en los que se entremezclan cowboys, viajeros en el tiempo y diversos monstruos, etc. Asimismo está Ney Yépez Cortés con Mundos abiertos (2001) e Historias ocultas (2003), con temas míticos y fantásticos mezclados con esoterismo. En Crónicas intraterrestres en la Cueva de los Tayos (2010), Yépez toma el asunto de los seres intraterrestres y su avanzada civilización.

Se debe citar la obra de teatro de CF, Mickey mouse a gogó (2001), de Paúl Puma, sobre un clon en el año 2100 que trata de escapar de una sociedad que convierte la tecnología en basura.

Otro trabajo es de Edgardo Falconí Palacios, Jr., Euro boy (2001), sobre un hombre de 2030 que hace un viaje al pasado para tomar conciencia de su vida.

Jorge Valentín Miño incursiona en la CF con una novela, Crayón púrpura (2002), que narra la lucha de ángeles, hombres y otros seres cuando sucede el último eclipse al final del siglo XX. Igualmente ha publicado dos libros de cuentos, Begonias en el campo de Marte (2005) e Identidad (2012). Es uno de los escritores más antologados a nivel internacional por la calidad de sus relatos y los premios que ha conseguido.

Julio César Vizuete aporta Verde, verde (2003), novela que muestra la lucha de un grupo de ecologistas que tratan de impedir el impacto tecnológico negativo en la explotación de zonas costeras de Ecuador.

Otro narrador es Máximo Ortega Vintimilla con El hombre que pintaba mariposas muertas (2004), con cuentos acerca de seres multidimensionales, alucinaciones, historias fantasmagóricas que ligan dos tiempos, presente y futuro. Otra obra suya es El arcoíris del tiempo (2010) acerca de la manipulación del tiempo y la deshumanización en la Tierra.

En la aventura fantástica épica y la CF está Catalina Miranda P. con Khardia, sacerdotes y demonios de la Atlántida (2005) y La estrella roja (2009). En la primera nos remonta a una Atlántida amenazada por las fuerzas del mal y la lucha de un grupo de sacerdotes que debe enfrentar el evento con su sabiduría. En la segunda, una nave de exploración minera, que viaja a Orión, es desviada hacia a una nebulosa en busca de vida.

Cabe mencionar también dos obras con tintes apocalípticos acerca de Guayaquil: Río de sombras (2003), de Jorge Velasco Mackenzie, y El libro flotante de Caytran Dölphin (2006), de Leonardo Valencia. El primero muestra la ciudad de Guayaquil próxima a ser devastada por las fuerzas naturales, ocasión que sirve para que el personaje principal vaya al encuentro de él mismo cuando se interna en unos manglares donde existe una ciudad fantástica. En la segunda, Guayaquil ha sido inundada y casi destruida, y esto da lugar a que sus personajes escriban historias, emulando un libro fragmentario el cual ha pervivido.

En los recientes años se conoce un nuevo puñado de escritores que exploran la estética de la CF. Eduardo Villacís Pástor es uno de ellos con El espejo humeante (2007), una especie de catálogo museístico de la colonización invertida de Europa que realizan los aztecas aprovechando la llegada Cristóbal Colón como inmigrante. Otro es Pedro Artieda Santa Cruz con La última pared roja (2008), que cuenta la historia de tres personajes que viven en una ciudad subterránea futurista ya que el aire de la Tierra se ha deteriorado. También están Renato Gudiño con El Edén de la tenue luz (2009), sobre la posible destrucción de la Tierra; Yvonne Zúñiga con Casi mágica, relato fantástico (2009), acerca de la búsqueda de la felicidad en otra dimensión; Leonardo Vivar Ayora con La rebelión del silicio (2010), el cual es una colección de relatos de robots mezclados con lo místico, cuyo trasfondo es la exploración de la cordillera andina; María Fernanda Pasaguay con Ondisplay 2.0 (2010), acerca de una relación amorosa tomando como medio la comunicación virtual en 2017; y Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva B.) con El último Siloíta (2010) y El inventor de sueños, relatos de ciencia ficción (2011), ambas acerca de las tecnologías, el mejoramiento de la calidad de vida y sobre todo la posibilidad de engendrar vida.

En este grupo se ubican, además, José Carranza Carrillo con El clonado (2011), acerca del dilema de la clonación humana; Mariana Falconí Samaniego con Destino final: Orión (2012), que plantea que los ángeles son extraterrestres; Christian Valencia con Caos (2012), que trata acerca de unos hackers informáticos; José Eduardo Villacís Mejía con Unvral, la llave del Universo (2012) que novela los misterios de origen de los americanos; Carlos Mendoza con Angeluz, el pacto del solitario (2012), sobre un joven que encuentra a un ser que le lleva a otro mundo más esperanzador; nuevamente Leonardo Vivar Ayora con Fauna Cuántica (2012), metáfora del origen del universo a través de un animal fantástico el cual ve el paso del hombre como depredador del orden físico-cósmico; y Andrés Paredes con Ciudad Diamantina: el tatuador (2013), sobre un inventor que traspasa la hiperrealidad para ir a otro mundo.

Tenemos que concluir indicando que la ciencia ficción en Ecuador tiene una historia, aunque no existe una fuerte tradición. Si bien hay en el país un vasto universo literario que abarca otros temas y géneros, la preocupación que tienen los escritores ecuatorianos por cultivar la ciencia ficción es siempre creciente tal como se ha visto.

Bibliografía

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