Ecuador: La historia se mezcla con la ciencia ficción

La Brava

Por: Javier López Narváez

(Publicado originalmente en El Telégrafo el 2010-03-19; reproducido en el Blog de Celcit Argentina)

La Brava, obra de teatro de títeres…

El teatrino, cuya base se eleva hasta bordear el metro y medio de alto, se adorna por el frente con cuatro réplicas de unos dibujos que datan del año 1882.

Con evidente tema político, llama la atención el lenguaje que el dibujante Juan Ernesto Guerrero utilizaba ya por esos años: “La libertad visitada en 1880 por los manes de 1810”, se lee en una de las inscripciones que acompañan a la imagen de una libertad encadenada, sentada frente a unas sombras que revelan figuras antropomorfas, seres humanos con rostros de perro.

“Descubrimos estos dibujos y nos pareció interesante incluirlos como parte del escenario, por el tema y la cercanía a la época en la que se desarrolla la obra”, explica Yolanda Navas, integrante del grupo Títerefue.

La obra de la que habla Navas es La Brava, una comedia cuya trama se desarrolla en Quito, la noche del 9 de agosto de 1809, durante las horas previas a la reunión de próceres que al día siguiente concretarían aquello que hoy se conoce como “el primer grito de independencia”.

En La Brava, obra escrita y dirigida por Yolanda Navas, la historia y la reflexión política y social se mezclan con el humor y la ciencia ficción, a partir de su protagonista, un traficante de armas de origen mexicano llamado Gediondo Moribundo González.

El primer escenario que se muestra sobre el teatrino se ubica en un lugar no determinado, en medio del gran desierto de Sonora, en México. Al fondo, se observa la silueta de un cactus, mientras que por delante un letrero de “Se busca” exhibe el rostro del traficante. La época, algún año incierto en un futuro no muy cercano.

El traficante Gediondo González, luego de reconocerse en la fotografía del cartel, recibe de un robot la instrucción de dirigirse a Quito en el año 1809, para “proveer de armas a los patriotas y mejorar el stock de los realistas”.

Para ello, el personaje debe hacer uso de un curioso transporte que aparece transparente, en el que se embarca para realizar un recorrido, acompañado por las notas que emite el vehículo: la melodía de “El chullita quiteño”.

Durante el viaje de González cambia el escenario contenido en el teatrino. El fondo desértico con la sombra del cactus se convierte en un cielo nocturno, estrellado, que descansa sobre un fondo de montañas. El cartel ha desaparecido y ahora, en su lugar, está la puerta cerrada de una casa. González termina por arribar a Quito.

El guión de Navas juega con la cultura popular y ciertos estereotipos universales.

Esta universalidad se evidencia, por ejemplo, en el hecho de que el traficante sea un mexicano, vestido con uniforme militar y su cabeza coronada por un sombrero de ala ancha. “El personaje podía ser de cualquier lugar”, indica ella, “pero el mexicano nos permite no explicar muchas cosas. Si hubiéramos hecho colombiano al personaje, hubiera tenido implicaciones de xenofobia; si lo hacíamos ecuatoriano, teníamos que explicar su postura frente a la revuelta de 1809, y la posición habría cambiado si era de Guayaquil o de Cuenca… por eso era mejor mexicano, y de una época inexistente”, añade.

Aquella circunstancia, además, le ha permitido jugar con el lenguaje popular de ambas culturas (la mexicana y la quiteña del siglo XIX), de modo que mientras en el personaje del traficante se notan expresiones y modismos importados desde el cine y la televisión de México, e incluso citas textuales de personajes como Cantinflas (“como no sé escribir, me cuesta trabajo leer lo que me escriben porque tampoco sé leer”); en el otro personaje principal, que es Manuela Cañizares, se distinguen conjugaciones verbales muy de la época, ahora caídas casi en desuso (“¿Quién sois?”), que de algún modo resultan en un curioso contrapunto no solo entre ambos, sino, además, con las frases del dibujante Guerrero que se leen en el teatrino (“los manes de 1810”).

Pero más allá de estos detalles que son los que componen la comedia, La Brava pretende ser una reflexión acerca de la sociedad ecuatoriana contemporánea, que la autora desarrolla a través de su curiosidad por entender el proceso político que desembocó en la revuelta del 10 de agosto.

“Se dice que fueron los nobles y los criollos los que protagonizaron la revuelta. En realidad quienes la sostuvieron fueron los humildes, pero el resultado fue utilizado por los criollos”, comenta Navas. “¿Qué pasó con ellos?, pues se quedaron en el poder y su descendencia ha gobernado el país, al menos hasta hace unos quince años”, sentencia.

Ficha técnica
Elenco y dirección general: Yolanda Navas
Sonido y asistencia técnica: Marcos Peña
Asistente de teatrino: María Estrella
Producción: Fundación cultural Títerefue y Títere sin confines

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