Historia del cómic ecuatoriano

“¿Leyendo cómics? ¡Pero si ya eres longo viejo!”, bromea mi tía mientras asienta la bandeja con el té y las galletas María frente al sofá. Minutos antes, yo había curioseado su biblioteca y rescatado —destripados entre Isabel Allende y Jung— 2 ediciones setenteras del Libro de Oro, de Condorito. Me encantó leer los de esa época porque se siente mucho más la pluma original de Pepo así como su humor más irreverente y surreal: cocodrilos salen de las alcantarillas, sonámbulos caminan a la luz del día y el clásico “que muera el roto Quezada” aún decora las paredes de Pelotillehue.

El rampante conejo de indias de Miguel Antonio Chávez

Para comprender textos como el de Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, 1976), Conejo ciego de Surinam (Mondadori, 2013), vamos a suponer que existen 2 tipos de novelistas —hasta hace poco pensaba que esta teoría funcionaba con cuentistas y novelistas pero creo que no tiene nada que ver con el aliento sino más bien con la actitud frente al asunto de contar—, unos frondosos, obsesionados por decirlo todo y que no pasan por alto ningún pormenor, profundos, serios, cronológicos, herederos de los patriarcas del boom y de la novela total; y otros que relatan historias mínimas, fragmentadas en diversos registros, en los que subsiste un profundo sentido del humor y de la ironía, y cuya pretensión es divertir, recrearse, ser versátil y demostrar que las narraciones pueden ser también una experiencia ligera, pero no por ello trivial.