El rampante conejo de indias de Miguel Antonio Chávez

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Por: Solange Rodríguez, Escritora ecuatoriana

(Publicado en Suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo el domingo 14 de abril de 2014)

La fuerza de los conejos radica en que todo el mundo cree en su existencia.

Caza de conejos, Mario Levrero

Un conejo de indias

Para comprender textos como el de Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, 1976), Conejo ciego de Surinam (Mondadori, 2013), vamos a suponer que existen 2 tipos de novelistas —hasta hace poco pensaba que esta teoría funcionaba con cuentistas y novelistas pero creo que no tiene nada que ver con el aliento sino más bien con la actitud frente al asunto de contar—, unos frondosos, obsesionados por decirlo todo y que no pasan por alto ningún pormenor, profundos, serios, cronológicos, herederos de los patriarcas del boom y de la novela total; y otros que relatan historias mínimas, fragmentadas en diversos registros, en los que subsiste un profundo sentido del humor y de la ironía, y cuya pretensión es divertir, recrearse, ser versátil y demostrar que las narraciones pueden ser también una experiencia ligera, pero no por ello trivial.

Existe la creencia terriblemente equivocada de que todo escritor está buscando a lo largo de su vida literaria ser del primer bando y que para ello debe producir obras como flechas fulminantes que den en el corazón de la realidad y lo muestren sangrante entre derroches de patetismo y lágrimas, pero menos mal que esto se trata solo de un imaginario falso y existan autores que apuesten por relatar historias que no deseen ser graves y sensatas, sino lo contrario.

En este grupo entra la novela de Miguel Antonio Chávez, un texto raro producto de tiempos aun más raros (¿un conejo de indias?), tan particular que si estuviéramos en el siglo XIX podríamos llamarlo moderno y calzaría perfecto con el espíritu de expansión y renovación de la época. Buscando explicarlo, el crítico peruano Julio Ortega lo ha llamado en la sinopsis del libro como un texto producto de un momento histórico en el que los autores ya no tienen fronteras y, por lo tanto, como ya no hay límites, valen todas las apuestas estéticas. Así, Conejo ciego de Surinam hace una mezcla de géneros y mezcla registros (las imágenes y los gráficos van a ser complementarios a lo que se relata) en una historia que nos toma el pelo y nos señala con la licencia que da el humor varias cosas, entre ellas nos muestra los lectores terriblemente tradicionales y circunspectos que somos, producto de una historia en la que el sentido del humor ha estado prácticamente oculto en la literatura ecuatoriana.

Humor sentido

La literatura ecuatoriana ha sido seria desde sus inicios en el siglo XIX, condenada al igual que el resto de países de América que nacieron de la fractura y la disolución de sus raíces a concentrarse en el rescate de una identidad de la que carecían, impostando, plagiando, imitando estilos y temas occidentalísimos. Ángel Felicísimo Rojas, en La novela ecuatoriana, menciona la furia que se desata en el crítico cuencano Manuel de J. Calle cuando se refiere a los lamentables trabajos de los exponentes nacionales intentando recrear los estilos de Lamartine, Campoamor, Byron logrando un resultado adverso: más que homenaje los textos parecen ser una parodia mal realizada, un homenaje risible.

Pero no todo era adusto cuando empezó el siglo XX. Haciendo un rápido y nada riguroso paneo general, como postulantes del buen humor pueden citarse a Juan Bautista Aguirre con sus poemas descriptivos de la arquitectura de las ciudades de Guayaquil y Quito; Juan Montalvo con sus Tijeretazos y plumadas —su invención, el doctor Moscorrofio pasó varias situaciones inverosímiles fantásticas, llevándose muy bien humor y ciencia ficción—; los artículos de costumbres de José Antonio Campos; Luis A. Martínez; y extendiendo los límites a Pablo Palacio, quien parecer ser una suerte de agujero negro literario en el que cabe toda lectura en el registro que fuere. Así, textos como ‘Un hombre muerto a puntapiés’ y ‘El antropófago’, innegablemente pueden ser leídos con toda la perversidad del humor negro del lojano quien se regodea en las descripciones raras de los protagonistas y sus historias poco convencionales.

La Generación del 30 y algunos indigenistas, que parecieran confluir a veces toda la memoria literaria del Ecuador crítico a la sociedad, exigieron un compromiso político y denunciaron el olvido y el maltrato al que fueron sometidos los márgenes. Ante el sufrimiento del indio y la dura vida del campesino, ¿quién podría reír? La lectura de narraciones como Las cruces sobre el agua y Huasipungo borra cualquier sonrisa y coloca a los lectores en posturas adustas y meditativas. Así se consolida la idea del dolor andino y del llanto del montubio, ambos liberables con alcohol y con música. Lo que inquieta es que dentro del pensamiento de muchísimos lectores esta es la única manera de recordar a la literatura ecuatoriana, como un pueblo de lamentos y de ayes condenado a lamerse las heridas.

Cuando Fernando Iwasaki en la conferencia acerca del humor en los exponentes del boom latinoamericano dictada en la Universidad Andina en noviembre de 2013, sentenció: “Tantos años de compromiso político en la literatura ha hecho que el humor tenga la peor prensa”. Se refierió a que en la literatura  —y estas son palabras del propio Iwasaki—: “La batalla la han ganado los solemnes y los graves”. Por lo que el humor pareciera ofender a la realidad (todo aquello que no fuera mímesis y reproducción del contexto pareciera contradecir a la realidad),  y no es visto como lo que en realidad es: una herramienta para contar con otro tono, uno menos irreductible quizás, los diversos sucesos del mundo.

Liebre por gato

A Chávez siempre le interesó el humor. Como prueba, en 2007, junto con Augusto Rodríguez, publicó el libro Antología del humor auspiciado por la Alianza Francesa de Guayaquil, una recopilación de textos contemporáneos en la que este era un tema recurrente. Chávez, en el prólogo del libro lo explica así: “Hablando ya en el contexto de la literatura escrita en nuestro país, ¿cuántas veces hemos escuchado decir de que es aburrida, parca, solemne y carente de humor?”. En esta antología, por medio de poesías y ejercicios de micronarrativa, ambos autores mostraron una contracara divertida de nuestra producción, al seleccionar material en el que constaban variaciones de lo humorístico: ironía, sátira, parodia y humor negro. Añade Chávez: “Algunos autores incluidos no ‘hacen reír’ en el sentido estricto de la palabra, sino que producen más bien los efectos colaterales”, y en la misma línea de esos otros efectos, es que este autor guayaquileño concentra su producción.

Pero desde antes, desde mucho antes, Miguel Antonio Chávez ha escrito con humor. Su primer libro de cuentos, Círculo vicioso para principiantes, publicado en 2006, muestra a un escritor que rinde cuentas únicamente a su forma propia de ver el mundo, una manera satírica y surrealista en la que gestos tan minúsculos como extraer dinero del cajero automático detonan la imaginación y la ironía al momento de describir las situaciones muy comunes. Transcribo aquí el relato hiperbreve del cuento‘Congelamiento bancario’: “—No hagas como yo  —dijo—. Nunca le digas gracias a un cajero automático: se la termina creyendo”. Cito este texto en particular porque creo que el humor de Chávez, no se trata de un simple alarde de ingenio, sino que persigue siempre otra cosa, no precisamente una denuncia de la realidad, pero sí su torcedura y, como en la fábula de Monterroso del camaleón que no sabía de qué color ponerse, hay en su trabajo narrativo un ejercicio de cambio de cristales. De golpe ya no estamos viendo un objeto graciosamente deformado, sino que su contemplación nos permite tener una mirada mucho más nítida de lo que contemplamos.

En su primera novela La maniobra de Heimlich que ha tenido 2 ediciones, una peruana con Altazor en 2010 y una cubana en 2013 con la editorial Arte y Literatura del instituto cubano del libro, hay unos trazos de ejercicios de mezclas de géneros que están mucho más integrados en Conejo ciego de Surinam. También están presentes las tramas que se enredan, los personajes que experimentan con diferentes niveles de realidad y el deseo de este escritor de integrar gráficos y literatura. La parodia aquí es a las agencias de publicidad y, como es del gusto del autor, también se incorporan conspiraciones y una gran carga de referentes extraliterarios.

Conejo ciego de Surinam puede ser varias cosas: una historia de amantes contrariados, un texto de cunicultura, un libro de ciencia ficción —la reescritura del mito bíblico haciendo un homenaje a Issac Asimov es abordado en la segunda parte de la novela—, pero yendo en la línea del humor, que es lo que abordo en esta nota, me interesa hablar de Nuestra Organización, un grupo especializado en boicots y oscuros entramados políticos que contactan a M., uno de los protagonistas, para eliminar al Presidente de la República hipotética donde se desarrolla la historia. Para comprobar su nivel de eficacia, la organización encomienda a M. la consigna de matar al conejo que habita en su patio, y ahí arranca el enfrentamiento de fuerzas en la novela. El conejo, quien posee un alto nivel de conciencia, no va a entregar sus orejas así por así y pone a prueba la habilidad de M. como asesino.

Chávez, usa a Nuestra Organización, para hacer una sátira de las teorías conspiratorias que supone, a lo largo de la historia de la humanidad, han sido responsables de varios magnicidios como la muerte de JFK, la de Jaime Roldós y la de Yasser Arafat. Empleando la sátira, este autor habla con libertad de un tema que en otros contextos requeriría prudencia y discreción, pero que en el marco de la historia en la que se espera lo inverosímil lo leemos con una sonrisa. Pero la duda ya está sembrada. ¿Y si existiera una gran conciencia externa que decide poner en línea a los gobiernos cuando estos se descarrilan un poco? Chávez lo insinúa juguetonamente y como es medio en broma, pasamos la página.

Enseriándome con Chávez me preocupa un poco la erudición y la abundancia de datos extratextuales, que muchas veces hacen que la anécdota no se perciba de manera fluida como debería, pero este es un rasgo de su estilo que viene ejercitando desde Círculo vicioso para principiantes. Hay muchas referencias, algunas tal vez distraigan a los lectores y le muestren que no saben tanto como la voz narrativa le demanda, por lo que no puede seguir todas las alusiones y guiños que se le dan, muchas se dan por sentadas y no se retoman. Cuando Nuestra Organización habla de sus proezas más sonadas, los receptores tienen la tarea de ir a constatar con la historia qué datos son invento y cuáles han pasado de verdad. Chávez requiere un lector que, como su conejo, deba seguir sus saltos haciendo un juego de liebre por gato. El Conejo ciego de Surinam es un texto divertido que, pese a su apariencia no nos permite relajarnos demasiado: si tenemos un despiste, estamos fuera.

Retomando la idea con la que empecé esta nota, sigamos suponiendo que hay 2 tipos de novelistas, unos adustos y otros que pueden mirar su ejercicio con humor, con esa posibilidad de entender que la literatura no es una práctica irrevocable sino más bien una forma de dialogar con el mundo para traducirlo de manera más potable, para hacerlo resistible, para tomarlo no tan en serio. Ambas formas de hacer oficio —y todas las otras que deben existir en la mitad y que no he nombrado— enriquecen nuestra literatura. El rampante conejo ciego de Surinam, de Miguel Antonio Chávez, ha empezado saltando lejos al ser publicado por el sello Mondadori, mostrando los alcances que puede tener la literatura ecuatoriana contemporánea y alegra saber que lo que se muestra de nosotros no sea  la cara compungida y doliente del realismo constreñido sino más bien que desde fuera nos vean riendo, así sea solo en un ejercicio de ficción.

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