La ‘Antilógica’ de Eduardo Villacís

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Por: Fabio Patinho

(Publicado en el blog La Selecta el 15 de abril de 2014)

Conocí a Eduardo Villacís en 1990.  Yo no cumplía los 17 años y él apenas me llevaba un par de años.  Nos conocimos en un estercolero de la 10 de agosto y Orellana que funcionaba como la oficina de la revista contracultural Traffic.  El Eduardo publicaba ahí su saga de cómics de la T mutante y yo era el diseñador de la revista.  Hasta entonces yo había crecido consumiendo ingentes cantidades de cómics y tenía la oculta intensión de volverme dibujante de historietas, pero para entonces ya había aceptado que me iba a resultar más fácil convertirme en astronauta o médico.  Pensaba que las personas que se dedicaban a dibujar y escribir cómics eran seres a los que habían traído de otra galaxia, con la cabeza metida en un costal remojado de absenta.  Hasta que le conocí al Eduardo y con eso terminé de verificar mi teoría.

La revista Traffic se encargaba de promover la música y la cultura pop que considerábamos valían la pena, en tanto que nos divertíamos atacando con golpes de ironía a muchos símbolos del ‘stablishment’.  Yo no temo en señalar a esa publicación como pionera en plantear un humor crítico muy distinto al que se estaba haciendo en Quito hasta entonces. Cuando menos fue la primera en hacerlo a partir de la cultura pop.  Lo más interesante era la forma en que se le bajaban los pantalones a lo ‘nacional’, pues muchos de los elementos que hacían nuestra cultura urbana fueron sometidos a una requisa cáustica. Se trataba de quitarles solemnidad a algunos de los clavos más oxidados que le mantenían contra la pared a la esquizofrenia identitaria de la juventud ecuatoriana de esos días.  Así fue que empezamos a reírnos de lo que somos. Y entre todos, el adalid, el capitoste y gran instigador de esas requisas siempre fue el Eduardo Villacís.

Esa original y aventurera mordacidad ha sido siempre el pez piloto que mantiene en rumbo y lleva, hacia las aguas profundas que merece, a su dibujo virtuoso y espléndido.  Eso y, claro, su capacidad de inventar mundos y realidades alternas.  Recuerdo que salíamos de la oficina de Traffic a medianoche y caminábamos decenas de cuadras por ese Quito sereno y abandonado, mientras se lanzaban al aire toda clase de teorías desopilantes respecto de lo que había que hacer en el futuro para enfrentar el ostracismo nacional, que por entonces se perfilaba como la principal marca de nacimiento del medio.  La gente que por esos años todavía andaba en pañales y hoy cree que nuestra sociedad está encenagada en un muermo cultural, no tiene idea del ambiente en extremo bucólico de aquellos días. No éramos un pueblo, éramos una granja. Así que, lo que en principio podría llamarse evasión, entonces, era un activo que promovía el ensayo de anticipación, desde la antropología y la sátira.  Imaginar el mundo tal como se supone que debe ser, si tuviera una pizca de lógica y reflexión crítica, es lo que hace el Eduardo.  Toma las coordenadas remoto de la sociedad, y las estira o anquilosa para hacerlas encajar, a horcajadas, en el ortogonal trazado de su mente matemática.  Su obra obedece a una estructura de opuestos, precisamente por eso.  Los ejes que enfrentan al bien con el mal, a lo bello con lo feo, a lo lógico con lo absurdo, a lo inteligente con lo estúpido, los reinvierte y saca en limpio una nueva ecuación para entender el paso del tiempo y la realidad presente.

Cómic de Patinho

Cómic de Patinho

Su obra más circular, hasta ahora, ‘El Espejo humeante’, es la mejor manifestación de este hallazgo.  Es la invención, o más bien el descubrimiento, del tiempo desde su reflejo y la historia desde la especulación.  Más allá de figuras como la ucronía y la distopía, que nos permiten imaginar  y diseñar un curso de los acontecimientos contrario y opuesto a como creemos que sucedieron, lo que sucede es una cirugía de disección en vivo de buena parte de nuestra constitución como sociedad.  La política, la religión, las artes, el entretenimiento y las relaciones humanas son anfibios despanzurrados que exhiben sus bofes como si se tratara de un traje dado vuelta y que le calza perfectamente al mismo individuo. Claro, también ocurre que las costuras se visibilizan y los bolsillos muestran sus agujeros. Los ‘Pretéritos Futuros’, obra colectiva del Centro de Investigaciones Fantásticas donde el Eduardo es el capo cañonieri, son un ejercicio similar, pero en clave de proyección.

También don Villacís tiene una gran capacidad para hacer que sus proyectos desborden la mediagua de su idea seminal y se conviertan en complejos similares al Pentágono. Para eso suele acercarse a muchos colaboradores que, desde distintos frentes, desde la economía hasta la siderurgia, ayudan a diversificar los alcances de la propuesta.  Esta mezcla de disciplinas aumenta el número de dimensiones de sus planteamientos.  Los tándems formados con Adolfo Macías, César Ricaurte, Franklin Rosero y su esposa María Mercedes Moreno, entre otros talentos locales, posibilitan que su asombroso despliegue plástico multiplique su discurso y su expresión.

La muestra ‘Antilógica’ que reúne sus trabajos desde esas bisoñas épocas de Traffic hasta su obra pictórica académica actual, es un ejercicio de justicia, de esos pocos que da el arte contemporáneo, para un incansable trabajador del arte, que aún se mantiene como formador de las nuevas generaciones y no dejó que su talento inusual y explosivo sea acaparado por la publicidad y los formatos rutilantes de los medios digitales.  Precisamente por eso preparé este texto más bien como una pequeña crónica de amistad y gratitud, porque como muchos, y yo el primero, le debemos harto a su espíritu libre e iconoclasta.

 

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