Mala ciencia, presente en el cine

Fotograma de Aliens (James Cameron, 1986)

Fotograma de Aliens (James Cameron, 1986)

Por María Eulalia Silva

(Publicado en el diario El Telégrafo el 4 de mayo de 2014)

NO TODO LO QUE VEMOS EN las películas ES FÍSICAMENTE POSIBLE

Animales que logran tamaños gigantescos, asteroides amenazadores que se destruyen gracias a la valentía de los héroes de la pantalla y bebés humanos con padres alienígenas. ¿Será posible todo eso?, es la gran pregunta que muchas veces nos hacemos cuando miramos un filme de ciencia ficción.

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¿Será posible? Esa es la pregunta que a veces nos hacemos cuando salimos de ver una película de ciencia ficción. Exploremos qué puede haber de verdad y, de paso, todos vamos a aprender algo de biología y física.

Embarazos de otro mundo

Por eso siempre resulta sorprendente la falta de imaginación de algunos ufólogos y autores de ciencia ficción que insisten en describir a los extraterrestres con rasgos iguales o muy parecidos a los nuestros: 2 ojos, 2 piernas, la cabeza sobre los hombros, etc. Los humanos somos así por las condiciones únicas de nuestro planeta; por su fuerza de gravedad, geografía, clima y vegetación, y porque respiramos oxígeno. Los primeros organismos de la Tierra, por ejemplo, respiraban metano. Para mejorar un poco sus versiones les bastaría con mirar por un microscopio las rarísimas formas de vida que tenemos aquí mismo.

Uno de los tópicos recurrentes de las películas de ciencia ficción es el contacto sexual entre humanos y extraterrestres. Lo vimos en Alien, cuando la comandante Ripley queda embarazada del visitante xenoforme y luego da a luz un híbrido: un ser alto y fuerte como papá, aunque sin su invulnerable exoesqueleto, y con los ojos pequeños de la mamá. Y todo sin el menor tratamiento ginecológico ni manipulación de genes. Bueno, eso es imposible. Como dijo Carl Sagan, la idea de un cruce entre un ser humano y una forma de vida que evolucionó en otro planeta es genéticamente menos probable que cruzar un hombre con una alcachofa. Porque al menos la alcachofa evolucionó y se desarrolló en la Tierra, y con ella compartimos algunos genes. Con el alien, ni uno solo. Imaginen no más el pobre útero de la señora llevando en sus entrañas un animalejo de colmillos afilados como dagas y ácido corriendo por sus venas.

En fin, esas historias de abducciones y extraterrestres mezclándose con humanos no son más que las versiones modernas de viejos mitos, como los griegos: dioses que bajaron a embarazar mujeres mortales para dar nacimiento a semidioses, como Hércules, Teseo, Prometeo, Orfeo, entre otros. Y hay más ejemplos en otras religiones.

Ah, y de paso una respuesta para quienes nos han preguntado: las abducciones que se narran en la película La cuarta fase (The Fourth Kind) jamás sucedieron, y la psicóloga del supuesto documental es una actriz. Decir que se basa en hechos reales es una estrategia de marketing que ya se usó en La bruja de Blair y otras cintas.

Apocalipsis ahorita

A Hollywood se le dan bien las películas de catástrofes: terremotos, maremotos, erupciones, heladas repentinas, invasiones alienígenas y toda clase de plagas bíblicas. Parece que sus guionistas prefieren apelar a su imaginación más disparatada antes que intentar averiguar cuál es la verdad. Así, terminan haciendo películas con mucha más ficción que ciencia.

Fotograma de Armageddon (Michael Bay, 1998)

Fotograma de Armageddon (Michael Bay, 1998)

Veamos un buen ejemplo. La película Armageddon, con Bruce Willis, narra la llegada de un asteroide gigantesco a la Tierra; tiene nada menos que 3 veces el tamaño de todo el Ecuador, y por supuesto, va a destruirnos. Entonces, el Gobierno norteamericano recluta a un grupo de rudos perforadores petroleros y de una los despacha a taladrar el asteroide, implantar una bomba atómica para partirlo en pedazos y desviar su trayectoria, cosa que logran parcial aunque heroicamente.

Es verdad que un asteroide puede amenazar a la Tierra, pero estamos hablando de pedruscos de 100 o 200 metros de diámetro, algo así como un millón de veces menos que el asteroide de la película. Este tiene un tamaño equivalente a la cuarta parte de la Luna, y en todo el sistema solar no hay ningún objeto errante así. Y si lo hubiese, en su trayectoria causaría alteraciones en las órbitas de los planetas. Debería sobrevivir, primero, a la atracción gravitatoria de Júpiter —uno de nuestros grandes escudos protectores— y luego de la Luna, que, como puede verse en sus cráteres, ya se hizo cargo de muchos otros durante millones de años.

Obviemos las muchas escenas de muy mala ciencia —como el viaje en un transbordador que se separa de sus cohetes, incoherencia con las leyes de la gravedad; o que tanto en la estación espacial rusa como en la superficie del asteroide, haya llamas donde no hay oxígeno— para pasar directamente al final: con una sola y pequeña bomba atómica logran hacerlo pedazos.

A un grupo de estudiantes de la universidad inglesa de Leicester le dieron como deber calcular si eso era suficiente. La respuesta fue más asombrosa que la película: para partir al asteroide por la mitad harían falta unas 1.000 millones de la más poderosa bomba jamás detonada por el hombre, la rusa ‘Iván’, de 50 megatones.

Claro, no es malo que los guionistas se tomen alguna licencia de pura ficción para alivianar la trama, pero este no es ese caso; otros estudiantes han encontrado un total de 168 errores científicos en Armageddon, lo que equivale a más de un error por cada minuto de película.

Seguramente había muchas variantes para hacer más creíble Armageddon sin perder su característica de filme de acción. Y no es que no se pueda hacer buenas películas de ciencia ficción usando los conocimientos de la ciencia.

Por el contrario, 2001: Odisea del espacio está considerada una de las mejores de la historia del cine. En ese mismo cuadro de honor elaborado por científicos están Metrópolis, Gattaca y Contacto, entre otras. Y agregaríamos, orgullosamente, Europa Report, dirigida por nuestro compatriota Sebastián Cordero, quien investigó y recibió asesoramiento de especialistas de la NASA. Y no por eso su obra perdió en calidad.

Animales gigantes

Al cine catástrofe de Hollywood le encanta asustarnos con bichos gigantescos: anacondas, cocodrilos, arañas, tiburones, entre otros. Pero el primer y más famoso de estos animales monstruosos fue King Kong, el gorila mutante cuya debilidad por las rubias lo lleva a trepar rascacielos. Sus 20 metros de altura son más que suficientes para aterrorizar a los habitantes de Nueva York, pero ¿podría alguna vez un animal terrestre alcanzar semejante tamaño?

La respuesta la da el físico y divulgador Michio Kaku: un rotundo no; ni gorilas ni insectos gigantes. Podemos respirar aliviados. Y eso es gracias a una ley física llamada ‘del cubo-cuadrado’ que no es muy difícil de entender. Como somos seres con 3 dimensiones (tenemos alto, ancho y espesor), si crecemos 10 veces en altura también aumentaremos 10 veces el ancho y otras 10 veces el espesor. Eso quiere decir que nuestro volumen y nuestro peso se multiplicarán por mil veces (10 x 10 x 10). Si un gorila normal pesa unos 150 kilos, King Kong pesaría 150 mil, ¿verdad?

Entonces, ahí surge un problema: ¿cómo se sostendría y se movería una mole con semejante volumen? Porque la superficie de las patas solo aumentaría 10 veces su ancho y 10 veces su largo, es decir solo 100 veces, y sus huesos deberían soportar ahora un peso 10 veces mayor. Y eso sería insuficiente para el nuevo tamaño del gorila, mucho más débil, que no podría caminar y terminaría aplastado por su propio peso.

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