El tormento en la memoria

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Por Andrés Landázuri

(Publicado en diario La Hora el 11 de mayo de 2014)

Andrés Landázuri es candidato a doctor en Literatura Hispa-noamericana, por la Universidad Andina Simón Bolívar – Quito.

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“Parecería que la narrativa de Castro Rodas da cuenta de una visión pesimista del ser contemporáneo”.

“La historia de Faustino no es solamente la crónica de una obsesión amorosa que se desborda y provoca un estado cercano a la locura. Es también —y sobre todo— una indagación literaria sobre el papel de la memoria en la construcción de la conciencia individual”.

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Faustino Alcázar es un profesor de literatura que se acerca a los cincuenta años y vive envuelto en el aburrimiento de una vida vacía, demasiado cotidiana, sin penas ni glorias. Su día a día transcurre en la rutina de su labor universitaria, sus devaneos solitarios por la ciudad, sus estrambóticos y obsesivos cálculos mentales, sus constantes intentos de escritura —siempre fracasados— y unas cuantas aventuras indecentes junto a sus amigos Frank y Ortiz, caracteres antipáticos de por sí, diríase una suerte de alter egos del propio gris y ramplón Faustino. En un Quito de visiones apocalípticas, del que han desaparecido las lluvias y que se sofoca en el infierno de un calor implacable, la vida de Faustino parece también ahogarse en el miasma del sinsentido y la mediocridad.

La existencia de Faustino, sin embargo, guarda un misterio que empieza a revelarse a través de la memoria, una memoria que retrocede 25 años al tiempo en que pasó una temporada en Lisboa como estudiante de literatura. En la ciudad europea, Faustino conoció a Margarito, un compañero mexicano con el que sostendría una amistad entrañable y luego una rivalidad febril; y sobre todo a Sofía, “la Portuguesa”, de quien se enamoraría perdidamente y cuya presencia imaginaria permanecería consigo por el resto de su vida. Son las experiencias de ese pasado las que en cierta forma explican o dan sentido a la vida actual de Faustino, configurando una suerte de arco temporal en cuyos extremos se desarrolla la novela y bajo del cual se extiende el silencio de lo que ha sucedido en la mitad —los “años perdidos”—, como si nada luego de esa intensa experiencia en Lisboa hubiese sido relevante en la existencia del personaje.

La aventura lisboeta de Faustino se va revelando poco a poco, con una variación temporal que, de capítulo a capítulo, retrocede 25 años para luego volver al momento inicial, presentando al lector episodios del presente en Quito en alternancia con otros del tiempo vivido en Lisboa. Los sucesos del pasado, a manera de contrapuntos que se introducen periódicamente en la forma de analepsis narrativas, van tejiendo hilos con el presente, permitiendo la construcción de un personaje cada vez más complejo y lleno de dobleces. Como es de esperar, el clímax del conflicto no se presenta sino hacia el final, en un extenso y enloquecido capítulo —el más largo de la novela— que logra una admirable tensión y termina por resolver la historia en una suerte de frenesí delirante.

El procedimiento estructural descrito —idas y vueltas en el tiempo que plantean una develación paulatina del misterio escondido en el pasado de Faustino, cada vez más obsesivo y oscuro ante los ojos del lector— tiene como propósito prolongar un estado de incertidumbre y, por tanto, de marcar una pauta de intensidad creciente en el desarrollo de la historia. La novela, de hecho, aumenta de ritmo conforme los lectores conocemos más datos de los episodios ocurridos en Lisboa, como si de ellos dependiese el éxito o fracaso de la lectura misma. De un inicio algo letárgico, en el que no se alcaza a descubrir un propósito y en el que hasta los personajes se nos muestran antipáticos en su mezquindad, se avanza hacia una historia de amor e intrigas cada vez más vertiginosa, al punto de ser capaz de generar verdadera angustia en sus momentos culminantes. Así, conforme avanza la novela y los sucesos del pasado adquieren intensidad, los capítulos del presente en Quito funcionan casi a la manera de pausas o paréntesis que detienen el vértigo de ese pasado en Lisboa y aumentan la expectativa lectora por la resolución de la trama.

AUTOR. Juan Pablo Castro propone una reflexión sombría de la vida urbana contemporánea.

AUTOR. Juan Pablo Castro propone una reflexión sombría de la vida urbana contemporánea.

En esta gradual intensidad que aparece como característica del relato en Los años perdidos, tiene un papel importante otro elemento fundamental de la novela: el recurso de la ambigüedad. Faustino no se nos muestra, ni siquiera al final de la novela, como un personaje transparente, fácil de descifrar, enteramente comprensible o siquiera justificable. Al contrario, sus acciones están casi siempre mediadas por la incertidumbre que provoca el prolongado vacío en torno a su pasado. Ya que los hechos que rellenan ese vacío se presentan solo gradualmente y con continuas “interrupciones” del tiempo presente, la figura de Faustino mantiene ese aire de enigma —casi de confusión, diríase— incluso hasta después de haber virado la última página. De hecho, es el propio carácter exasperado y febril del personaje el que provoca la ambigüedad como pilar estructural de lo que se narra: mientras avanza la novela, cada vez es más difícil descifrar si lo que está ocurriendo en las relaciones entre Sofía, Faustino y Margarito son en realidad hechos objetivos y concretos o si simplemente estamos presenciando una cadena compleja y creciente de delirios provocados por la obsesión, la frustración y los celos aparentemente injustificados de Faustino.

Este acertado manejo de la ambigüedad acorrala al protagonista y eleva su complejidad a un nivel notable. Acaso el triunfo más relevante de esta novela es precisamente que tiene éxito en su intención de construir un personaje intrincado y problemático, que permite diversas interpretaciones y que por tanto contribuye a la representación de un mundo rico en profundidad humana. Aún en sus facetas más despreciables, cuando se nos muestra como un personaje descorazonado y apático en medio de su vida mustia, el “gordo” Faustino sorprende por la agudeza de su ingenio y sus arranques de humor que mezclan mordacidad y desparpajo. Esto se logra en gran medida gracias a la intriga que provoca en el lector el misterio del pasado —lo cual se cifra como meollo argumental de la novela—, y por la creciente incertidumbre a la que el lector se ve arrojado conforme ese pasado se vuelve más retorcido y difícil de asimilar.

La historia de Faustino no es solamente la crónica de una obsesión amorosa que se desborda y provoca un estado cercano a la locura. Es también —y sobre todo— una indagación literaria sobre el papel de la memoria en la construcción de la conciencia individual. Los años perdidos cuenta la historia de un hombre irredimible ante su pasado, un hombre que ha sido marcado sin reparo por una experiencia y para quien no queda existencia posible fuera de esos hechos lacerantes. En ese sentido, la novela busca elaborar, a través de la historia particular de su estrafalario protagonista, una interpretación de lo que significa para todo individuo el peso de los momentos vitales que modelan y definen la existencia, y que con el paso del tiempo se van instaurando en la memoria como cruciales para la formulación mental de la propia conciencia individual.

La obsesión incontrolada y fracasada que define la relación entre Faustino y Sofía es, desde esta perspectiva, el origen de la realidad intrascendente y ruinosa en la que se mueve el personaje 25 años después. Así, el mundo agobiante y pseudo-apocalíptico en el que se desarrolla el presente de Faustino en Quito puede entenderse como una simbolización de la decadencia originada en esa experiencia vehemente del pasado. El final trágico —único posible— queda inscrito como eco o reminiscencia de esa tragedia ya vivida en el pasado y grabada como a fuego en la mente de su protagonista. Queda implícita una valoración de índole existencial que da cuenta de la relación conflictiva siempre latente entre experiencia y memoria, y también sobre la importancia fundamental de esta última para la comprensión y la autoconfiguración de toda historia personal.

La historia desplegada en Los años perdidos es, además, una reflexión sombría sobre la vida urbana contemporánea. El universo que vemos articulado tanto por el personaje principal como por el resto de figuras que lo acompañan está transido por la presencia ubicua de una ciudad caótica y degenerada. Aun la Lisboa de los ensueños de Faustino termina por convertirse en una suerte de prisión infernal ante la que no es posible otra cosa que escapar. En suma, la experiencia vital configurada es desalentadora y está condenada al sinsabor del fracaso. En ese sentido, la novela sigue la línea presentada por su autor en obras anteriores, como La noche japonesa (2004) o Carnívoro (2012), en las que personajes hasta cierto punto decadentes —como lo es Faustino, sin duda— se ven envueltos en procesos de desmoronamiento que los sumergen en el sinsentido y el vacío. Parecería que la narrativa de Castro Rodas da cuenta de una visión pesimista del ser contemporáneo, en la que prima el desaliento, la futilidad y el absurdo, y en la que no queda lugar para la esperanza.

Los años perdidos —que en su figuración de Quito plantea un diálogo con otra importante narrativa quiteña: la de Javier Vásconez (uno de cuyos personajes, el Dr. Kronz, aparece aquí en repetidas ocasiones)— es una novela muy digna de destacarse en el contexto de la novelística ecuatoriana. Su composición inteligente y su estructura bien sostenida permiten una lectura intensa y sugestiva, y su memorable protagonista provoca una emoción a la vez nostálgica, desasosegante y tormentosa. Sin lugar a dudas, la experiencia elaborada por esta novela de Juan Pablo Castro Rodas debe contarse entre las mejor logradas de la literatura ecuatoriana de los últimos años.

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