En los fuegos de Mordor se están forjando anillos diferentes (Sobre Qubit, antología de la nueva ciencia ficción latinoamericana)

qubit

Por Erick J. Mota

(Publicado en el portal de literatura cubana, Cuba Literaria, el 23 de abril de 2012)

En ocasión de ser invitada especial del Unicómix 2011, Angélica Gorodischer, considerada una de las tres voces femeninas más importantes dentro de la ciencia ficción hispanoamericana, dijo en una entrevista: «(…) yo era una gran lectora de ciencia ficción, cosa que también dejé de hacer, hace mucho que no leo ciencia ficción, no me gusta lo último, y tanto Úrsula como yo pensamos que la ciencia ficción está agotada, que se dijo todo (…)».1

Por entonces me sumé a las protestas de los entusiastas del género. ¿Agotarse las temáticas de la ciencia ficción? Imposible.

Así comencé a realizar una labor mucho más crítica como lector. A veces nos dejamos llevar por nuestro gusto personal y no nos percatamos de lo que realmente sucede. Tuve dos descubrimientos interesantes.

El primero fue que, tanto Angélica Gorodischer como Úrsula K. Leguin, tenían razón, al menos en líneas generales. La mayor parte de la ciencia ficción que se publica, se lee y se valida como buena proviene de países angloparlantes. El resto son espejos del modelo anglo en otros idiomas, contando el español. Algo lógico si tenemos en cuenta que surge y alcanza su madurez en Europa y Norteamérica, fundamentalmente en Estados Unidos. América Latina, por razones históricas muy colonialistas, ha condicionado a sus hijos para que crean que todo lo norteamericano o europeo es de buena calidad y debe ser adquirido o copiado. Y el género no es una excepción. Pero tampoco es menos cierto que las temáticas de la ciencia ficción anglosajona ya comienzan a repetirse: La conquista y colonización espacial, el cyberpunk y el neocyberpunk, la distopía y el posapocalíptico que ya no usa bombas atómicas, sino desastres ecológicos o epidemias de zombis.

Estaba a punto de deprimirme cuando realicé mi segundo descubrimiento.

Y aquí es donde tengo que hablarles de Qubit.

Qubit es, sin entrar en una disertación sobre mecánica cuántica, la unidad mínima y, por lo tanto, constitutiva de la teoría de la información cuántica. Dicho en lenguaje humano: Es el paquete mínimo que contiene información sobre un sistema. Como el bit de la informática, pero en un quantum. De ahí el nombre.

Qubit es, también, un boletín digital de literatura y pensamiento ciberpunk que se distribuye por correo electrónico. Como parte de un boom de publicaciones digitales ocurrido a principios del milenio, Qubit comenzó siendo una publicación sobre cyberpunk, con algunos relatos de clásicos del género, intercalados con los de autores del patio, así como artículos teóricos sobre el tema.

Pero Qubit, como buena unidad informática, evolucionaba. De dedicarse, en exclusiva, a al subgénero, pasó a profundizar en la ciencia ficción en general. Pronto aparecieron, no solo más autores cubanos, sino también toda una pléyade de autores argentinos, chilenos, peruanos, mexicanos. Con números especializados en la ciencia ficción de cada país de Latinoamérica, intercalando estudios teóricos con relatos de ficción, poco a poco Qubit fue algo más que lo que se decía de él: Salvo uno o dos textos inéditos en cada número, todo lo demás puede hallarse en la web (wikipedia et al).2

Pronto fue solo cuestión de tiempo que la revista digital Qubit generara una antología en papel. Esta vez no se trataba de otra colección de ciencia ficción de autores jóvenes que cultivaban el género. Se trataba de una antología con relatos de escritores latinoamericanos nacidos después de 1960.

El amplio espectro de la antología, que incluye desde autores de reconocida calidad literaria —como Saurio, de Argentina, el brasileño Roberto de Souza Causo y el chileno Jorge Baradit— hasta desconocidos —como el guatemalteco Julio Calvo Drago o la nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra—, tampoco distingue entre sexos ni entre países con mayor o menor tradición en el género. Se limita a poner en blanco y negro textos de un autor emblemático por cada país latinoamericano.

La antología abre, a todo lujo, con un relato de Saurio, de Argentina: «Las fronteras se han hecho para ser cruzadas». Un cuento magistral, que parece escrito desde dentro de un ensemble cuántico.

Le sigue «Reality Runner», del boliviano Eduardo Paz Soldán, con un futuro inmerso en un reality show al puro estilo de El precio del peligro, de Robert Sheckley, pero que nos sumerge en una historia más seria, violenta y oscura. En una palabra: Solo en América.

«Brasa 2000» llega de Brasil, de la pluma de Roberto de Souza Causo. Como salido de un sueño actualizado (con drones dirigidos por Inteligencias Artificiales) de Robert Heimlein, el cuento nos narra un conflicto entre Brasil y Argentina que alcanza una dimensión poética en medio del drama bélico.

«La conquista mágica de América» es una fábula del chileno Jorge Baradit sobre la colonización de nuestro continente a partir de una guerra desarrollada en el plano místico entre sectarios europeos y chamanes amerindios. Una guerra que no está expresada en términos de la fantasía, la fantasía heroica o el fantástico, sino en tiempo de ciencia ficción cyberpunk, con trasmisiones en el plano astral interceptadas, hackeo de redes de datos espirituales custodiadas por sacerdotes mayas, o indicaciones semejantes a un manual de usuario entregadas a Cortés para anular las protecciones aztecas. Toda una construcción formal de un universo donde las leyes de la física se alternan con la teología, pero en el que la magia debe seguir cierto pragmatismo científico.

Así llegamos a Colombia, de la mano de Dixon Acosta, con la sátira política «El escrutador No. 1», que podría parecer que tiene sus raíces en el «Sufragio universal», de Isaac Asimov, pero en lugar de ser un culto a la democracia «a la americana» de la mano de Multivac, juega con la parte humana que dialoga con la Inteligencia Artificial encargada de volver eficiente el proceso electoral.

De Costa Rica, Iván Molina nos regala «Atisbos del paraíso», un singular relato que cambia completamente los estereotipos clásicos: el futuro y la esperanza parecen llegar de una institución etiquetada como negativa por el policiaco anglosajón: las sectas.

Como prácticamente no se puede hablar de ciencia ficción en Cuba omitiendo a Yoss, resulta lógico que el cuento escogido para representarnos en esta antología sea «Ese día…», ya publicado en la colección Precio justo, galardonada con el premio Calendario en 2004. Se trata de una historia de contacto con extraterrestres, desapegada de las historias clásicas que abordan esta temática y permeada de una apatía por la seriedad del asunto.

Con «Lobos de Umbría», de Ecuador, por Jorge Valentín Miño, vuelve el tema de la clonación, pero esta vez no en el tono melancólico de la ciencia ficción tradicional, sino casi mezclado con el fantástico y dando un uso a la extrapolación filosófica, como John Campell Jr. habría hecho con cualquier ciencia dura.

«Un día», de Jorge Galán, de El Salvador, nos presenta un universo con máquinas que permiten soñar de manera predeterminada; así, sin efecto de maravilla ante el artilugio regalado por la ciencia. Los sueños son tratados aquí como una forma de evadir la realidad, como una especie de droga. Y, por supuesto, cuando hay una droga, hay adictos a ella.

El siguiente cuento posee un título que —confieso— me llenó de prejuicios: «Megadroide morfo-99 contra el Samuray maldito (Electro-Satán ciberno-yo postechnomodern hypersimulative dub style mix)», del guatemalteco Julio Calvo Drago. Pero, apenas comencé a leerlo, comprendí que estaba frente a un relato que contenía una visualidad asombrosa. Ampliamente influido por la cultura audiovisual del videojuego y el manga japonés, nos introduce, entre golpes del Samuray y transformaciones del Megadroide, en la violenta y oscura realidad guatemalteca.

«Juventud que no cesa», de Nery Alexis Gaitán, representa a Honduras. Una trama que retoma el tema de los inmortales, pero desde un punto de vista más melancólico y pesimista que lo hecho hasta ahora. Con una narrativa más próxima al fantástico, esta es una historia sin la fascinación por los tiempos futuros de los inmortales clásicos del género; es una historia de amor perdido y desilusión… eterna.

México nos sigue impresionando con «Radio Teknica Cantina», de Gerardo Sifuentes Marín. Una trama intermedia entre el cyberpunk y el apocalíptico a la vieja usanza, con bombas atómicas. Con todos los elementos conocidos en el subgénero, pero mezclándolos según otra receta (evidentemente, con más picante), tenemos ante nosotros un relato que resume el tedio y la desesperanza propia de los países pobres a los que ni siquiera el fin de la humanidad les preocupa.

«El microchip», de la nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra, no por ser corto es menos intenso. Un futuro tan cercano que casi se confunde con el presente, en medio de una realidad personal donde se mezclan la paranoia y la teoría de la conspiración.

«Semillas», de la panameña Melaine Taylor Herrera, nos trae una fábula del espacio profundo. Una historia de colonias perdidas que nada tiene que ver con sus análogas norteamericanas de los años sesenta y setenta. Tras eliminarse el problema de la alimentación, la reproducción y la indisciplina social, los humanos retornan a la comida, el sexo y el vino por decisión propia.

De Paraguay, Juan Eduardo de Urraza nos propone «Multitemporal»: una magistral muestra de cambio del punto de vista humano para describir un fenómeno físico totalmente ajeno a nuestra percepción, al tiempo que profundiza en aspectos filosóficos de la naturaleza humana.

Enrique Prochazka, de Perú, nos trae el relato «Test de Turing», con una nueva reflexión sobre las inteligencias artificiales. Muy en la cuerda de «Marque “F” de Frankestein», de Arthur C. Clarke, o «El túnel por debajo del mundo», de Frederik Pohl, este cuento nos muestra una fusión entre la creación de vida sintética y los universos caja china, tipo Matrix o El show de Truman, pero todo mezclado con las reflexiones metafísicas de Leibniz.

Puerto Rico nos envía, con José E. Santos y su «El “terminator” boricua», una historia de viajes en el tiempo, y no precisamente al estilo James Cameron. Ucronías posibles alejadas de la visión de la derecha de Orwell y más cerca de la izquierda independentista puertorriqueña. Una reflexión política escrita en códigos de ciencia ficción que la hacen más llamativa.

«Glooning», de Mario Dávalos, nos demuestra que República Dominicana nos puede sorprender con un contacto extraterrestre de un nivel de realidad marcado en el punto de vista alienígena tan bien como «El hurkel es una bestia feliz», de Theodore Sturgeon.

Roberto Bayeto Carballo defiende el honor de Uruguay con «Monstruos». Un relato de atmósfera bélica donde la licantropía abandona la fantasía para llegar a la ciencia ficción, en medio de un extrañamiento ante la violencia que recuerda «El día de la ira», de Sever Gansovski.

Y para cerrar con broche de oro, Susana Sussamann, de Venezuela, nos deleita con «Khunta». Con una prosa extraordinariamente poética, esta historia aparentemente clásica de contacto y amor entre especies es solo una justificación para adentrarnos en otra más profunda, que generaliza sobre la relación de pareja y penetra en aspectos de la sexualidad nunca antes abordados por la ciencia ficción anglosajona.

Así pues, Angélica Gorodischer tenía razón. Las temáticas de la ciencia ficción anglosajona, centradas en la conquista colonial del espacio exterior, la visión conservadora del futuro de la sociedad y la extrapolación científico-céntrica, al estilo Cambell, está agotada. Ahora le toca el turno a una ciencia ficción más joven y, naturalmente, más audaz. Una ciencia ficción escrita en español o portugués. Que respeta su pasado anglo, pero que se adentra en temas menos académicos y más humanos. Apocalipsis nucleares vistos no desde el punto de vista de personajes norteamericanos, temerosos de perder su estilo de vida, sino del de mexicanos cansados de su sociedad, que esperan, casi con amor, el hongo atómico; extraterrestres que ni conquistan ni desean nada de la humanidad; guerras en un ciberespacio astral, donde el espiritismo europeo doblega al chamanismo americano; hombres-lobos pertenecientes a fuerzas especiales neocomunistas…

Qubit no solo es un elemento primario de información. También es una ventana hacia los nuevos anillos del poder que se forjan en América, pero bien al sur.

Recomendaciones:

Inciso a)
Si usted es de quienes buscan la ciencia ficción old school con claros referentes de extrapolación de ciencias duras, estética ingenieril y la veneración del hombre competente,3 no lea este libro. Aléjese de él. Corra hasta la colina y manténgase a salvo. Porque la puerta al infierno pagano que aquí se abre se aleja de las ciencias duras ingresando en el reino de la violencia y la desesperanza de los pueblos con un producto interno bruto bajo o un reparto de las riquezas en el que salieron perdiendo. Los demonios que lleguen al pequeño universo, pragmático y organizado a la americana, pueden dinamitar los cimientos del mundo. El ciberespacio puede dejar de ser ese mundo diseñado en 3D max, con líneas de código en inglés o japonés. El esoterismo, el espiritismo y la mística pueden contaminar de un momento a otro la mecánica cuántica, y la ciencia ficción hard puede no ser ya tan dura como antes.

Inciso b)
Si usted está esperando algo diferente, enérgico y novedoso, no puedo recomendarle ningún cuento. Me limitaré a decirle que los lea todos. Que busque más relatos de estos autores y más autores de estos países. Y si no le basta, haga lo que yo: presione a los editores de Qubit para que, en la Feria del Libro del año que viene, nos regalen otra antología de la nueva ciencia ficción latinoamericana.

Notas:

1- Entrevista a Angélica Gorodischer por Alejandro Frías. 7 de septiembre de 2011.
2- «Underground: un artículo trash». Gelsys M. García Lorenzo.
3- «Una historia política de la ciencia-ficción». Eric S. Raymond.

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