Cuento del mes: Una chica como tú, en un lugar como este…

Cuento-chica-1

Por Solange Rodríguez Pappe

(Publicado en la revista Soho el 23 de julio de 2014)

Solange Rodríguez Pappe. Guayaquil (1976). Escritora especializada en el género de lo extraño; ganadora del premio nacional Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año 2010 con Balas perdidas. Cronista, activista cultural y conductora de talleres de escritura creativa. Ha publicado cuatro libros de cuentos y antologado un compendio de micro ficciones ecuatorianas: Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas y Ciudad mínima (2012). Consta en compendios de narrativa hispanoamericana como las realizadas por Raúl Brasca —Cielo de Relámpagos( 2009)— y Salvador Luis —Asamblea Portátil (2010) y la condición pornográfica (2011); a más de integrar todas las selecciones de autores contemporáneos que se han realizado en Ecuador desde 1990. Ha representado al Ecuador en las ferias del libro de La Habana, México, Bogotá, Lima, Santiago y Buenos Aires. Actualmente cursa una maestría en letras y realiza una investigación sobre la literatura fantástica en Ecuador, llamada: “Desconocer la realidad”. Se puede encontrar novedades sobre su producción en el blog http://ellugardelasapariciones.blogspot.com y en su twitter @hembradragon. Alista un tomo de ficciones brevísimas: “Caja de magia” y un nuevo libro de cuentos: La bondad de los extraños.

Un cuento inédito, tomado de La bondad de los extraños, sobre un hombre que se encuentra con una mujer en el lugar más inesperado de la galaxia.

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“Desventurados los que divisaron

a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe

y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados

a vagar sin rumbo por la estaciones…”

Estación del metro

Óscar Hanh

La inquietud vino desde el sector delantero de la fila y se extendió hasta donde me encontraba. Cientos de zumbidos, aleteos, chasquidos y vibraciones se dirigieron hacia mí frustrando mi propósito de pasar inadvertido bajo el disfraz vegetal que estaba usando. El problema de ser humano y también agente viajero es la mala popularidad de nuestra raza y deber usar trajes falsos para tomar cruceros. Desde la gran peste, no éramos precisamente la especie más querida de la Vía Láctea.

El polimorfo que estaba delante de mí en la hilera se giró y me miró con sus ojos amarillos rezumando asco: “Humano”, dijo con un chasquido viscoso de sus valvas y cambió de forma hasta volverse una muralla de escamas. Yo me ruboricé y por ese cambio químico obviamente liberé olor. Nada podían hacer ni el tinte verdoso ni la corteza tan cuidadosamente adherida centímetro a centímetro sobre mi piel para cubrir ni mis respuestas hormonales ni mi risa nerviosa.

Las carcajadas humanas alcanzan de 60 a 65 decibeles, pero en una de las primeras reuniones del Orbicop tras discutirlo (había muchas leyes absurdas que poner para frenar a las especias con más sobrepoblación de esta galaxia) decidió que en lugares públicos los sonidos humanos no podrían pasar de 50 decibeles, por consideración a quienes no tenían tímpanos sino membranas hipersensibles. Una conversación promedio, si es acalorada, puede llegar hasta 70 decibeles.

Otra de las reglas tenía que ver con el olor; aunque la gran mayoría de nuestra raza no había estado enferma, nos obligaban a tomar tres duchas desinfectantes por día; pero estar en la situación en la que yo me encontraba: a punto de tomar un arca rumbo a la Galaxia Enana del Sextante, a punto de emprender un viaje largo con miles de extraterrestres, era para ponerse a dar de gritos y sudar a chorros.

“El silencio te permite escuchar la música estelar”, decía el Orbicop a manera de consuelo. Pero nosotros no poseemos ni la telepatía ni la epidermis sensible de los proteicos, los energéticos o los polimórficos. Para nosotros las estrellas son millones de lucecitas silenciosas colgadas del cosmos, interesadas en adquirir el único bien humano que no pudo ser erradicado por el ascético sistema Orbicop: las bacterias.

Los humanos tenemos millones de bacterias en nuestro organismo, somos un campo fértil de vida y no hablo de los elementos patógenos, hablo de recursos tan cotidianos como la saliva o la producción de otras membranas y sistemas que cualquier organismo sano secreta abundantemente sin saber el tesoro que lleva dentro y de cuánto puede costar en el mercado negro. Las bacterias humanas, además de servir para generar fermentos y otras enzimas, para ciertos paladares monstruosos pueden resultar exquisitas.

Han sido también un elemento esencial para crear armas biológicas en la guerra entre planetas. Esa sí, la guerra, no fue solamente una invención nuestra. En toda forma de vida existe también el germen del enfrentamiento. El virus más poderoso atacará al más débil, así está escrito, no nos sucedió solo a nosotros, sigue pasando secretamente, solo que algunos humanos, a cambio de ciertos beneficios, hemos decidido proporcionar la materia prima. Visto desde ese ángulo, hemos resultado ser, de veras, una raza perniciosa, devastadora y prolífica.

Que el Orbicop nos haya quitado el planeta Tierra para sanarlo después de la peste, como quien echa de su casa a los malos inquilinos, ya fue insultante, pero el decreto de separar hombres de mujeres y colocarlos en colonias productivas hasta “recuperar la mente” de las secuelas de la enfermedad y la muerte nos recordó a todos lo que hacen los vencedores de la batalla final con los vencidos: hacen lo que les da la gana.

Únicamente los limpios pueden salir y rehacer su vida. Conseguir una hembra sana, sembrar en tierra artificial, hacer colas más largas que esta para llenar una solicitud de fertilidad y esperar que la aprueben antes de cumplir 90 años dándose las duchas inmunológicas cada día para asegurarse de que sigue limpio, pero vamos, ¡somos humanos!, ¿quién puede estar del todo limpio?

Otros, nos hemos saltado ese paso y traficamos con lo que tenemos. “La vida se abre camino”. Conseguimos a cambio de algo tan simple, como tubos de lágrimas, piezas gratis en los hoteles y por unos centímetros de cabello, acceso a hembras artificiales, “damas de viaje”, que se reservan justamente para huéspedes que siempre hacen largas travesías, como yo. ¡Quién diría lo atractivas que resultaron las formas de las muchachas humanas a los ojos de otras especies de la galaxia! Tienen gran demanda, entonces, para separar una la noche entera toca dar algo más, recortes de uñas, algunas pestañas…

Hay madrugadas en las que me despierto y miro a través de la bóveda transparente que tienen los hoteles en su último piso —casi siempre pido esas habitaciones, soy un romántico— e imagino que la mujer que está a mi lado no es una mezcla de pelo sintético, vinilo, silicona y líquido temperado, sino una real, de esas que se niegan a lo que le pides e incluso te pueden devolver un golpe si te pones violento. Una hembra de verdad. Pero son anhelos normales e imperfectos, honestamente no quiero la tierra ni el hijo. O al menos eso creo, le sirvo más al Orbicop de este modo, a alguien tiene que perseguir.

Entonces la vi. Avanzaba lenta y apretadamente, con el resto del ganado espacial en la fila que salía del arca. Para haber realizado un viaje de 36 meses lucía serena, ni rastros de la alteración ocular que dicen que se sufre por permanecer dentro de la penumbra de las cápsulas. Al igual que yo, había intentado camuflar su naturaleza humana con otro de los disfraces más usuales, el mineral.

Pretendía ocultarse tras el cuarzo y la bakelita de los mutantes de tierra con idénticos resultados a los míos: un fracaso estrepitoso que era sancionado con abucheos y gruñidos de sus compañeros de fila. El pleyadiano que se encontraba a sus espaldas sufría de arcadas porque el sudor humano, ácido y salino, resultaba insoportable para sus apéndices olfativos.

Y allí estábamos, dos repudiados sociales que se encuentran en el medio de una estación de paso perdida en una estrella de nombre impronunciable para nuestras cuerdas vocales. ¿Quién era ella? ¿Por qué se ocultaba? ¿Alguna vez fue de los “limpios”? ¿Ya había sido adquirida?

O quizá era de las otras, de las que tienen suficientes recursos para poder adquirir y, entonces, son ellas las que van a las colonias a elegir especímenes masculinos que puedan fecundarlas, a todos nos hicieron poner en hilera alguna vez, “a este sí, a este no”. Y era una bella hembra.

Sana, de ojos y músculos firmes. Lo supe porque un hombre sabe esas cosas aunque la mujer estuviera oculta detrás de una cortina de acero o tras kilos de material rocoso, como esta. Utilicé los viejos métodos: le clavé la mirada, intenté un silbido… todo inútil. Era como si yo no existiera, quizá mi disfraz no lograba engañar a ninguno de los pobladores de la fauna espacial, pero sí a las humanas. Y a medida que se acercaba la captaba en el aire: la densidad de su cabello, el movimiento de la saliva al pasar por su garganta y no únicamente eso sino otras funciones mucho más íntimas como el ritmo nervioso de su sangre al salir de su corazón y extenderse por todo su cuerpo caliente.

Y bueno, por algo perdimos todas las batallas. Nunca hubo posibilidades reales de ganarlas, pero en los campamentos nos repiten que las perdimos porque nuestra especie primero actúa y, después, piensa. Pasión, la peor cualidad humana según el Orbicop. En un inicio se armaron debates —liderados por los románticos, sobre todo, yo me defino enfáticamente como uno, aunque la agrupación ya se haya disuelto hace mucho— acerca de las consecuencias positivas del arrebato, el arte, el sexo, el buen azar, pero los cultivadores de la prudencia eran muchos y más eran aún los temerosos.

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