Sensacionalismo y temor, síntomas de la pandemia

sociedad

Por Flavio Paredes Cruz, editor

paredesf@elcomercio.com

(Publicado en diario El Comercio, Quito, 26 Julio 2014)

Casos reales y representaciones ficticias ceden -con morbo apocalíptico- ante el miedo y la fascinación por las enfermedades globales.

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El reciente brote de ébola en Guinea ya cobró sus víctimas en Liberia, Sierra Leona y Nigeria, sumando más de 600 muertes. Las alertas por la fiebre Chikungunya se encienden en los países centroamericanos y el Caribe. La OMS resume que las nuevas epidemias de VIH que se han declarado en países de Asia y Europa Oriental tendrán importantes repercusiones en el futuro de esta pandemia.

Como si la realidad y la creciente pérdida de confianza en la razón no fueran motivos suficientes para la paranoia, la ficción también juega su parte: los primeros minutos de ‘El planeta de los simios: Confrontación’ dan cuenta de una humanidad diezmada por el virus ALZ-311, que sigue la línea de otras zoonosis como las gripes aviaria y porcina.

Temor y fascinación. Las epidemias, pestes, plagas han producido ambas reacciones desde que la humanidad es tal. Viruelas, difterias, bubas, fiebres, han acabado con millares -desde Atenas o Justiniano, pasando por las gripes española y rusa, hasta los virus actuales-, siempre asumiendo en el imaginario las formas de los jinetes apocalípticos.

Tres condiciones son necesarias para una posible pandemia vírica: la aparición de un virus nuevo -para el cual no hay población inmune-, que produzca casos graves de enfermedad y que se transmita de forma eficaz. Pero, la angustia ante un factor que devele la blandura humana aún hace pensar en castigos de la ira de Dios. Así, el miedo ante la pandemia, como catástrofe demográfica, abre un espacio para el mito o la especulación, un espacio donde bullen las teorías de la conspiración.

Ahora los dedos de los escépticos señalan a Yoshihiro Kawaoka, profesor de virología de la Universidad de Wisconsin-Madison, quien alteró genéticamente la cepa de la gripe A (H1N1), que causó la pandemia del 2009, con el fin –explicó- de crear vacunas más eficaces a futuro; sin embargo, la duda se implanta en la creación deliberada de un virus contra el cual la humanidad no tiene defensa. Otra teoría conspirativa sobre la misma cepa apuntaba que su creación fue obra de las potencias del G8 para distraer a la población de la crisis económica del 2008-2009.

A la pandemia, como tema afincado en el sensacionalismo mediático, se suma una atracción morbosa hacia la muerte, alimentada por fundamentalismos y maniqueísmos, en tiempos de mercado y de consumo: los momentos de crisis son los propicios para el resurgimiento de fanatismos y la proliferación del pánico.

La idea de una ‘enfermedad de todo un pueblo’, además de su incidencia en la salud de la humanidad, está atada a un desajuste de la civilización; como si las mutaciones o el aparecimiento de nuevos virus se ensañasen contra el orden social. Así, los daños son en la salud de las personas y en la economía de las naciones. La amenaza de una pandemia ya ha afectado a los mercados bursátiles y de materias primas: en el 2009, el nerviosismo frente a la gripe porcina golpeó los indicadores de Dow Jones y Nasqad.

Además, la propagación mundial de una enfermedad y su consecuente vigilancia epidemiológica se han traducido en un control más férreo sobre los territorios y sus fronteras. En ese sentido, se asume como solución el cerco a determinadas comunidades, un encierro que significa la posibilidad de saneamiento o la rendición ante el exterminio. Esta semana se transmitió la noticia de que la ciudad de Yumen, en China, está aislada y declarada en cuarentena por un caso de peste bubónica, la misma que mató a decenas de millones en la Europa del siglo XIV.
La abundancia de ejemplos de pandemias en la ficción también postula que el temor ante la enfermedad extrae lo peor del ser humano; a tal punto que las afecciones provocadas por determinado virus se convierten en alegorías de la fragilidad de nuestras relaciones interpersonales. José Saramago inundaba con un mar de leche la mirada de los personajes de su ‘Ensayo sobre la ceguera’; eran personajes en crisis que llegaban a extremos de egoísmo y ruindad, para plasmar una crítica ante una sociedad desarticulada.

Por su parte, películas distópicas, apocalípticas, de ciencia ficción o de muertos vivientes se fundan sobre contagios incontrolables, mordidas infecciosas y enfermedades fulminantes, y repiten imágenes de cuerpos descompuestos, saqueos, ciudades en llamas.

En la literatura, los ejemplos se multiplican. Las plagas manchan de tinta los libros bíblicos del Antiguo Testamento; ‘Edipo Rey’ descubre su destino trágico cuando salva a Tebas de la peste; 10 burgueses florentinos –hombres y mujeres- se aíslan de una epidemia en una casa de campo y se cuentan los relatos del ‘Decameron’; Camus reflexiona sobre el sentido de la existencia sin una moral universal en ‘La peste’. Y hay más títulos en la bibliografía: ‘La memorias de ultratumba’, de Chauteaubriend; ‘La muerte en Venecia’, de Thomas Mann; ‘El amor en los tiempos del cólera’, de García Márquez… Otro tanto pasa en el cine con el legado de filmes como ‘28 Days Later’, ‘12 Monkeys’, ‘Outbreak’, ‘Epidemic’, ‘Children of Men’…

Ficción y realidad. La histeria frente a las pandemias lanza sus alaridos, ya sea por la amenaza  vírica de exterminio o por la metáfora de una sociedad desencajada.

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