Gabriela silba un libro

la-muerte-silba-un-bluesPor Miguel Molina Díaz

mmolina@lahora.com.ec

(Publicado en diario La Hora, Quito, el domingo 27 de julio de 2014)

El lenguaje como una exploración arterial, como la búsqueda furiosa al interior de los huesos o como un blues que se incrusta en lo hondo del pecho. Así es la prosa de Gabriela Alemán en su último libro ‘La muerte silba un blues’ (Penguin Random House, 2014).

Los grandes géneros literarios intentan levantar murallas infranqueables para proteger sus ciudades. Gabriela Alemán las derriba. Los diez relatos que componen ‘La muerte silba un blues’ pueden ser leídos, individualmente, como cuentos geniales o, si el lector lo prefiere, como piezas de una gran novela o una gran película.

Esa facilidad para producir literatura y experimentar con lo fronterizo la aprendió del director de cine español Jess Franco, de quien Gabriela toma prestados los títulos de sus cuentos y las técnicas de realización, que en realidad son juegos. Los juegos estéticos de Gabriela Alemán.

Los géneros y las categorías, se imponen. El libro, como idea, es absolutamente libre. Nada se impone ante él. Y la prosa, cuando es limpia y genuina, como la de Gabriela, es un espacio de reencuentro.

El extraño viaje, el primer relato, ofrece una relectura de lo que fue la invasión de los marcianos a Quito, cuando Leonardo Páez adaptó a radio la novela ‘La guerra de los mundos’, de H.G. Wells, tal y como lo hizo en Nueva York el renombrado Orson Welles, amigo de Jess Franco.

La amistad, creo, es lo fundamental que encontraremos en este libro: la posibilidad de tender lazos íntimos con otras personas y personajes, con artistas de otros tiempos, con otras tradiciones literarias y culturales.

Si los libros sirven para ganar amigos, hemos ganado a Gabriela Alemán y ella nos ha ganado. Su preocupación, como escritora, siempre han sido las relaciones humanas. Por eso, con sus textos, nos lleva a viajes iracundos en lo íntimo de lo que somos. Nos hace explorar nuestros límites. Saca lo mejor y lo peor que tenemos. Y nos acepta así, complejos. Al fin y al cabo, para eso son los amigos.

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