Rebelión en la granja

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Por Andrés Cárdenas Matute

(Publicado el Martes 17 de abril de 2012 en OPINIÓN del periódico digital La República)

El prólogo con el que la novela debía publicarse originalmente en 1945 lleva como título “La libertad de prensa”. El texto –sustituido a última hora y hallado años después entre los papeles de Orwell– se hace una pregunta central: ¿merece ser escuchada cualquier tipo de opinión, por impopular que sea? La interrogante surge frente a la postura antisoviética del escritor y periodista británico que contrastaba con la rusófila intelectualidad de su país. Pensar distinto era “inconveniente”. Escribirlo era estar condenado a la indiferencia o a la censura.

Esto ya nos dice mucho acerca de La rebelión en la granja: es una postura política. Orwell necesitaba manifestar su discrepancia con la farsa bolchevique a la que su país estaba aliado. Es propaganda, es el relato de un bando, es historia escrita por quien no está en el poder y necesita disfrazar a sus personajes. Es una fábula que echa de menos la inscripción en la última página: “El comunismo soviético es corrupción absoluta. Esopo.”

La trama la hemos leído en los libros de historia. Un cerdo viejo y sabio muere vaticinando la futura insurrección de los animales frente al granjero explotador. Otro cerdo decide llevarla a la práctica. Al inicio todo es armonía, buenas intenciones, repartos igualitarios. A medio camino está el destierro del cerdo más inteligente, las condenas a muerte a los traidores, el terror, los injustos beneficios para quienes tienen el poder. Y culmina con la traición absoluta al espíritu inicial de la revolución y un totalitarismo peor que al que estaban sometidos con el granjero.

Sí se tocan aspectos de los sistemas con tendencia totalitaria sobre los que vale la pena reflexionar: el descontento general como terreno fértil para la revolución, la idiotez con la que los animales se someten al tirano, la utilización descarada de la mentira y la modificación de las leyes al gusto de quien está en el poder. Sin embargo, La rebelión en la granja no deja de ser una fábula cuya lectura es absolutamente predecible y acompañada en cada página por la moraleja política. Hay que leerlo por cultura general y para recomendarlo a ese estudiante colegial que necesita disfrazar a Stalin para aprender historia.

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