Cuento del mes 3: El hombre sin pasado

Cityruined

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Ciencia Ficción en Ecuador)

Henry Bäx (seudónimo). Escritor Ecuatoriano, nacido en Quito, año 1966. Licenciado en Publicidad. Escritor de relatos policiales, de terror, de ciencia ficción, de épica fantástica. Autor de: El pergamino perdido; El psíquico; El libro circular; El último Siloíta (ciencia ficción), entre otros.

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No sé por qué razón tengo un nombre que siento, no me pertenece: Lucius Sexto. En él hallo lejanos ecos de la Roma Imperial. Mi memoria hace alarde de grandes proezas de Roma sobre Cartago; de la supremacía sobre Aníbal bajo órdenes de Escipión “El africano” en las segundas guerras Púnicas. Recorro con esa misma ambigua memoria, el Mediterráneo de los Fenicios, las grandes campañas de Alejandro Magno o el exilio de los judíos en Babilonia. Mi dilatada memoria recorre con asombro, el camino de la monarquía israelí y los inextricables caminos en Canaán de las doce tribus de Israel, y además del sitio de Josué sobre Jericó.

Cada vez que medito más a fondo, trato de darme una explicación sobre la vida de un procónsul que fue injustamente crucificado, y por el cual juré venganza. Todavía no entiendo qué es lo que pasa con mi vida, sabiéndome un hombre de apenas cuarenta años. Hay episodios en mi existencia, en las que parece que estuve en la toma de Troya y que formé parte de uno de esos ejércitos.

No hay nada peor que tener una crisis existencial; no saber de dónde se viene, ni tampoco hacia donde se va. ¿El presente?, pues está todavía en una completa oscuridad. No sé quiénes fueron mis padres ni familiares, y desde luego, ni huellas de mis antepasados.

Solo sé que ahora habito en un extraño mundo inundado de una abrumante tecnología y que estamos regidos por súper máquinas inteligentes.

Ayer, precisamente me reuní con un reducido grupo de humanos y que tienen, al igual que yo, las mismas preguntas. Patrick Moore, no sabe por qué tiene con exactitud recuerdos claros del desembarco de Normandía el día 6 de junio de 1944. Lo mismo le sucede a Igor Ivanovich, no entiende porqué estuvo en la revolución de octubre de 1917 en Rusia. La lista es larga, pero todos tienen recuerdos que no proceden ni al tiempo actual ni a vidas pretéritas.

El sistema social que nos rige es totalitario. Llevo siempre un uniforme gris con rayas blancas a los lados, y una extraña divisa roja sobre el lado superior izquierdo de mi pecho.

No entiendo la razón, pero siento un llamado urgente en mí interior. Más allá del horizonte donde brilla aquel sol, intuyo que existe algo que no comprendo bien, pero que deseo conocer con vehemencia; es algo que nuestros amos no desean que conozcamos: Libertad. Me gustaría saber que existe más allá de esas brutales murallas de concreto gris o de esos alambrados de acero. Sí, los hombres somos prisioneros de máquinas inteligentes.

He urdido un plan de escape. No es del todo complicado huir. Las máquinas que nos vigilan son un tanto torpes, y fáciles de derribar. Claro, siempre y cuando no intervengan los U-5, mecanismos de exterminio humano. Ellos creen que los humanos somos inocentes creaciones pasivas que asumimos órdenes.

Somos pocos los humanos que habitamos este mundo, pero necesarios para dar mantenimiento a los instrumentos sofisticados que nos dominan. Nos necesitan sobre todo, para fabricar partes que de a poco se les van deteriorando, o para volver a crearlas con sorprendentes avances científicos y tecnológicos.

Existe un sitio que hace honor a tal nivel tecnológico. Se la conoce como la Sala 11, es la zona donde nos crean o donde nacemos. Somos creados In Vitro con células que provienen de primates; ellos las manipulan genéticamente y luego de nueve meses nacemos. Intuyo que ellos nos implantan recuerdos para que nuestras mentes y vidas no estén vacías y no tengamos problemas de existencialismo o problemas mentales. Por eso, nadie tiene un pasado concreto, pero si recuerdos implantados que son muy claros. Es un factor común en los hombres que habitamos el planeta, que no tengamos recuerdos recientes. Nadie sabe con exactitud qué pasó con los hombres y las máquinas, ¿acaso una guerra entre hombres y artefactos?, una autodestrucción provocada, pero de quién, ¿de los hombres o de las máquinas? ¿Quién fue el culpable?

Soy el único hombre (o al menos eso creo), que dentro de su creación tuvo una extraña chispa en su mente, y el cual no deja de cuestionar tal sistema social.

Una vez que escape y sepa qué existe más allá de esta terrible prisión y de esta horrible monotonía, buscaré eso que jamás he tenido, la preciada libertad.

En mi implantada memoria, recuerdo que una vez olí el aroma salobre del Mar Mediterráneo, o los delicados olores de jazmines, incluso, lo rancio de los bosques en las campañas romanas.

El día de ayer me hice de un arma rudimentaria, pero precisa para mi propósito. Unas llaves con seis puntas que las utilizamos para ajustar ciertas partes de sus estructuras. La usaré para neutralizar a nuestros vigías. Llegar hasta el gran muro no será complicado, solo es cuestión de esperar a que la noche caiga, y cometer mi plan. Hay algo que me tiene inquieto, quisiera liberar a los otros hombres. Las máquinas que nos crearon son perfectas, pero dentro de esa perfección han cometido su más garrafal error. Me han insertado recuerdos de un hombre belicoso, de un hombre que alguna vez peleó por sus propios ideales, o de un hombre que supo valorar y defender la libertad.

Son las tres de la madrugada, los demás hombres duermen plácidamente en sus barracas, y somos vigilados por los vigías autómatas. Tengo mi arma.

El golpe certero le ha partido en dos su cerebro central y ahora me escurro de manera escueta por una pared, que amparado bajo las sombras, me hará imperceptible. El suelo de cemento que se dilata delante de mí es amplio y lizo, unas luces largas y precisas apuntan con exactitud cada parte del terreno, como queriendo descubrir a algún prófugo. No me ha sido del todo difícil escurrirme por el piso y escapar de aquellas luces. Ahora estoy apoyado sobre la fría pared, escalarlo será una misión complicada. Me escurro secretamente por la pared y hallo una especie de escalera, ésta es el camino para llegar a una atalaya. Arriba, unas luces prendidas sobre un tablero, que son los comandos centrales y que controlan las luces vigías. Me parece extraño, harto extraño, pero mi escape ha sido demasiado fácil, pero eso no me inquieta; a lo lejos diviso un oscuro e infinito horizonte, es mi preciada libertad. Una especie de ventanal es el camino hacia ese desconcertante horizonte. Una vez abajo, empiezo a descubrirlo.

He caminado mucho, y los primeros rayos del alba rasgan el cielo. Un arco voltaico azulado se refleja en unas nubes pálidas que en ese instante atraviesan el firmamento.

Lentamente se va dibujando una realidad, una realidad más cruel de la que yo pude haber imaginado. Desolado paisaje predomina hacia todas direcciones. Ruinas emergen por todas partes, son ruinas de una fabulosa ciudad que alguna vez floreció en un glorioso pasado. Son enormes edificios que tratan en vano de tapar el brillo del sol. Noto que existen armatostes, que arrumados, han sucumbido al óxido. Mi caminar y mi propósito continúan. Me ubico en medio de una magnífica plaza que me recuerda a la grandiosidad de Cartago. Sobre un flaco de esta plaza noto que existió alguna vez una construcción de antigua fábrica y de enormes proporciones. Sobre ésta, congelada en el tiempo, un especie de rótulo o de pancarta. Es una fecha. Logro descifrar un año: 2753.

Ese fue el año en que aquel reloj se detuvo. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? A mi derredor no existe más que desolación, un abrumante olvido y un terrible pasado. La preciada libertad existe, pero no como yo la imaginaba. En un momento determinado me siento vencido, y sobre todo, solo. Me arrodillo y sin saber la razón exacta, de mis ojos se derraman unas aceitosas lágrimas. Se refleja sobre mis húmedas mejillas, aquel ignominioso holocausto. ¿En qué mundo me encuentro?, ¿acaso éste es mejor del que escapé?

Soy un hombre y como tal, con deseos e instintos animales. Me sobrevino el hambre y la sed. Pero qué podría comer si aquí existe solo destrucción y fatalidad. En semejante inmensidad, me perdí, y regresar me fue imposible. Busqué refugio en lo que un día fue una vasta biblioteca con pasillos parecidos a un laberinto. Una densa lluvia cayó casi enseguida acompañada de rayos. Me procuré de un poco de agua fresca, pero esta agua era ácida. Luego de diez días de recorrer aquel lugar y de abrir libros cuyos signos no entendí, terminé por sucumbir a mis instintos básicos. Caí sin sentido y casi agonizante.

Cuando abrí los ojos, me hallaba en mi prisión, acostado sobre una mullida camilla. Tenía insertadas en mis venas unas sondas. Uno de mis congéneres se me acercó. Te hallaron agónico fue lo que atinó a decir, y luego de darme una palmada de cariño se marchó. Una de aquellas máquinas se prodigaba por darme auxilio. Me preguntaba si estas cosas tenían sentido de misericordia o algo de humanidad, después de todo, ellas me rescataron.

Me quedé solo en la habitación. Desde la ventana únicamente se podía ver aquella enorme muralla que impedía ver hacia el lejano horizonte, y más aún, hacia ese terrible pasado.

¿Pasado?, esa era mi pregunta ahora. Yo, Lucius Sexto, un decurión de los grandes ejércitos de Escipión, o el semita heredero de una tierra prometida, no sabe de dónde viene ni a dónde va. Un hombre con un presente ambiguo, con un futuro incierto, con recuerdos creados, pero sin pasado.

Sí, luego de lo que había visto, medité y después de pensarlo bien, preferí ser un hombre de creación reciente bajo la alta tecnología de robots sofisticados, y rechazar ser el antepasado de una creatura que contribuyó a tal destrucción.

En efecto, era un hombre sin pasado.

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