Cuento del mes 4: Señorita Anderson

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Por Eduardo Pendola

(Colaboración especial para Ciencia Ficción en Ecuador)

Sinceramente no creía que esta terapia podía ayudarme en algún sentido, pero mi esposa me convenció. Entré en la habitación vieja y desgastada de la señorita Anderson. Todo estaba ordenado impecablemente cosa que, extrañamente, me produjo una sensación de asco y repugnancia. Ella me recibió con amabilidad, se trataba de una mujer de edad avanzada pero increíblemente hermosa. De hecho curiosamente su presencia me hacía sentir como un niño pequeño que habla con su madre.

—¿Qué tal todo, Erick? —dijo con voz dulce.

—Eh… todo bien, señorita Anderson.

—Ay, Erick —dijo entre risas— ya te he dicho que me puedes llamar solamente por mi nombre.

—Está bien…

Me condujo hasta la parte de la habitación menos iluminada e hizo el ademán para que me recostara en el sillón. Yo odiaba toda la situación y me comenzaba a arrepentir de haber venido.

—¿Qué pasa, Erick? Te noto un poco tenso. Ven acuéstate en el sillón y cierra los ojos.

La situación me parecía muy, muy extraña. Estando un hombre de veintitrés años acostado en un cuarto a solas con una mujer de cuarentaicinco. Pero mi esposa confiaba en ella, eso me daba seguridad. Además la señorita Anderson no se veía como una mujer con malas intenciones.

—Bien, te sientes mejor —dijo mientras se sentaba en una silla que estaba un par de pasos del sillón.

—Sí.

Mentí para ocultar mis pensamientos. Ella esbozó una sonrisa y eso me preocupó aun más. ¿Es que la señorita Anderson era capaz de leer mi mente?

—Erick, vamos a aplicar la hipnoterapia para descubrir cuál es la causa de tu problema de insomnio. ¿Estás de acuerdo con esto?

—Sí, solo quiero curarme.

—Antes de empezar, ¿tienes alguna idea de por qué tienes dificultades para dormir?

—No, nunca suelo recordar muy bien lo que me sucede.

—Entiendo, entiendo. Bien ahora necesito que te relajes por completo y cierres tus ojos.

Intentaba relajarme pero no podía, me sentía en esta habitación muy extraño.

—Comprendo que pueda ser difícil pero intenta controlar tu respiración y poner tu mente en blanco como si no existieras. Yo voy a encender un aroma que te ayudará a relajarte más.

De repente llegó a mi nariz un olor suave y calmante: vainilla.

—Erick —dijo con un tono de voz maternal— ahora vas a pensar en lo que sucede en las noches.

Yo me sentía como si estuviera flotando en las nubes, casi ni sentía mi cuerpo, y la voz de la señorita Anderson sonaba internamente como si fuera la mismísima voz de mi conciencia.

—Imagínate el cuarto… la cama… el armario… las ventanas… la puerta… el techo… las paredes… ¿Recuerdas qué pasó ayer?

—Me fui a dormir…

—¿Estabas solo?

—Sí, Annie todavía estaba viendo tele en la sala.

—¿Qué más ves?

—Estoy yo acostado en la cama nada más.

—¿Y qué pasa después?

—Escucho que Annie apaga el televisor y entra al cuarto.

—¿Y?

—Se acuesta a mi lado, está muy cansada.

—¿No se puso pijama?

—No, está durmiendo con ropa y todo.

De repente un caos de imágenes atraviesa mi mente y suelto un grito.

—¡Erick! Tienes que estar tranquilo. Vamos relájate y descríbeme qué ves a tu alrededor.

—No lo sé. ¡No está! ¡Annie no está!

—Calma Erick, ¿que más ves, qué escuchas?

—Annie está llorando, no sé donde está. Señorita Anderson quiero salir de esto.

—Vamos Erick, esto cuesta pero sigue buscando. Calma… calma… ¿qué más?

—Hay… hay una cosa…

—¿Qué cosa?

—No lo sé, es grande y tiene a Annie entre sus brazos… no, no son brazos… son… son… ¡tentáculos!

—Sigue Erick, tú puedes, ¿qué más ves?

—No señorita Anderson, ya no quiero más. Quiero salir… Annie ¡Annie!

—¡No! No vas a salir hasta que lo veas. Tienes que verlo.

—Se me está acercando… la cosa se me está acercando. Señorita Anderson por favor déjeme salir, se lo imploro. ¡Ya no quiero esto!

—¡Maldita sea, idiota, qué más ves!

¿Cómo una mujer profesional puede tratar a sus pacientes?, me pregunté. Entonces perdí el miedo y me enojé en contra de la señorita Anderson. Con gran esfuerzo abrí los ojos.

Esperaba ver la habitación ordenada y a la señorita Anderson al frente mío pero no fue así. Estaba yo en una casa vieja, antigua y descuidada. Habían plantas quemándose y pronto pensé que todo había sido una ilusión mía, que había vuelto a caer en las drogas, hasta que sentí que un tentáculo acariciaba mi espalda.

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