El hombre ilustrado: recordando a Ray Bradbury

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Por Iván Rodrigo Mendizábal

Esta semana recordamos el aniversario de nacimiento del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury. Su obra imperecedera sigue siendo actual. Por ello Ciencia ficción en Ecuador dedica este especial a este formidable autor.

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Ray Bradbury ha dejado en todos nosotros una profunda huella. Crónicas marcianas (1950), por ejemplo, cambió la perspectiva de la ciencia ficción de un mundo centrado en las tecnologías y su impacto en el ser humano, a un mundo donde el propio hombre era el centro del conflicto. Cuando los humanos pueblan hipotéticamente Marte, terminan estableciendo una cultura en la que se reproduce muchas de las taras que aquejan todavía a la humanidad: el racismo, el deseo de aniquilación y el desencuentro con otros seres y consigo mismo. Fahrenheit 451 (1953) me confirmó el hecho de que los seres humanos construyen mundos ideales a los cuales los destruye.

El tema de la autodestrucción, por lo tanto, es un tema latente en parte de la obra de Bradbury. En Crónicas marcianas los astronautas de “Aunque siga brillando la luna” creen que van a poblar Marte pero a costa de su destrucción. Spencer, es quien reflexiona sobre la destructiva naturaleza humana y desea terminar con sus congéneres en la medida que anteriores expediciones han sembrado la viruela entre los marcianos, aniquilándolos. Convencido ahora que la expedición actual volverá a destruir al planeta y a sabiendas que él también será sacrificado, le pide al capitán –en un acto de humanismo– que trate de postergar la destrucción del planeta, por lo menos unos cincuenta años, hasta que los arqueólogos hayan tenido el tiempo de averiguar más sobre lo que existió.

¿Qué es lo que está detrás de este solo presupuesto? Un hecho que conlleva todo acto colonizador: el violentamiento de un mundo sobre otro hecho que supone su destrucción, por más “buenas intenciones” que se tengan en la empresa. Y lo mismo funciona en Fahrenheit 451, cuando el universo de los libros, ese mundo que permite y aúna la red de conocimientos que hablan de las culturas humanas, es prohibido y quemado porque se le considera un “arma cargada” que atenta la seguridad del orden establecido y del Estado; con ello precisamente Bradbury nos está señalando el hecho que no es el libro y el conocimiento al que hay que temer, sino a la capacidad depredadora, a la máquina de crear mentiras en nombre de un supuesto consenso colectivo, que es el Estado, el cual en un momento dado se erige contra el ser humano, dejándole de servir, como debiera.

Las poderosas imágenes que están tras estos dos libros siguen siendo memorables y, hasta hoy, recurrentes para recordarnos que antes que cualquier máquina social o política debería estar en primer lugar el ser humano.

Poster del film "The Illustrated man" (1969) de Jack Smight, basado en el libro del mismo nombre de Ray Bradbury.

Poster del film “The Illustrated man” (1969) de Jack Smight, basado en el libro del mismo nombre de Ray Bradbury.

¿Qué pasaría si tales imágenes, si tales poderosas imágenes, las mismas que los libros esbozan a través de narraciones y metáforas, fueran las escrituras pretéritas de un futuro donde se las esbozó como experiencias que no debieran repetirse?

Tal quizá el trasfondo de otro magistral libro de Bradbury, El hombre ilustrado (1951). Imaginemos, para el caso, que nosotros, en el tiempo presente, tratando de encontrar el camino que se ha borrado por la irresponsabilidad humana, hallamos de pronto a un hombre cuya piel tiene los esbozos de las historias que se han vivido en el futuro –y recalco “historias que se han vivido en el futuro”–, las cuales en el día son apenas tatuajes, pero en la noche, como el firmamento que parece estático, inamovible, cambian y se elaboran nuevas historias para el presente.

En el cuerpo de este hombre están las historias del libro futuro el cual no nos atrevemos a leer; o dicho de otro modo, en su cuerpo están escritas las palabras-imágenes de las cosas y hechos que violentan la paz y la dignidad humana, pero que vistas como cosas nimias, solo son consideradas como ficciones.

En las historias que traslucen tales palabras-imágenes están el cúmulo de experiencias humanas, las vividas y las que hay que vivir y de las cuales siempre hay que sacar lo valioso que ellas puedan traducir.

En el libro futuro, que es piel, es decir, que se vuelve sensible, se guarda la emoción de lo que causa el placer de vivir la lectura. El Quijote es un libro-palabra-imagen que, como dice Michel Foucault, termina desandando la tierra para comprobar la existencia de las propias ideas que los libros han hecho carne en él. Montag de Fahrenheit 541 de pronto se asombra por qué los libros tienen ese extraño olor a vida que él no comprende y destruye; empero luego se fuerza a descubrirlo. Entonces comprueba que cada ser humano es un libro propio, es un libro abierto, es un libro de futuro que se declara y se va narrando cada día como prueba de una existencia que puede llevar al júbilo.

El libro del futuro es el libro del presente y del pasado. Hemos olvidado el arte de leer; en otras palabras hemos olvidado el arte de leer y sentir las pieles –lo sensible– de nuestros semejantes y las mentes de quienes también son nuestras más queridas ilusiones. Y esto porque el desarrollo tecnocrático lleva a que los seres humanos sean piezas, engranajes de máquinas lógicas que producen y hacen producir materia, dinero, lucro y ambición. Frente a los libros-cuerpos-pieles que no entendemos, preferimos alojarnos en el desvío de las imágenes vacías de la televisión.

Bradbury, entonces, nos pone en conflicto. Por que nos hace ver que hemos sido marcados desde el futuro, por mujeres que vienen en el tiempo –que vienen desde el tiempo futuro–, por hechiceras o por estrellas que se miran a lo lejos como si fueran cosas del pasado pero que en el fondo son los trayectos del futuro. En Bolivia, por algo los aymaras dicen que el pasado está en el futuro, o dicho de otro modo, el futuro es el pasado de nuestras aspiraciones. Al final del camino, el narrador de El hombre ilustrado, ve el rostro de alguien conocido, al mismo tiempo, alguien por conocer: era una “cara con una nariz y una boca familiares, y unos ojos familiares”; en definitiva, como nosotros, que ahora escribimos esta historia, era el rostro de quien hemos leído con asombro y quien con certeza nos sigue hablando más allá de nuestras memorias: Ray Bradbury.

 

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