Mi Bradbury personal

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Por Juan Carlos Cabezas

(Contribución especial para Ciencia Ficción en Ecuador)

Juan Carlos Cabezas Aguilar. Comunicador y Máster es Estudios de la Cultura. Ejerce la crítica literaria y el periodismo. Colabora con El Telégrafo, La Barra Espaciadora y Cartón Piedra, entre otros.

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La primera vez que vi a Bradbury, este se encontraba en otras manos. Lo conocí cuando estaba oculto en la mochila de un compañero. Me sorprendió que el dueño del ejemplar lo tomara entre sus manos, acariciaría el tomo y lo calificara de “genio”. Pasaron dos semanas y en mis manos ya tuve mi primer libro de ciencia ficción de este autor, se trató del poderoso: Fahrenheit 451. La visión de una tribu de “hombres libro” presentada por este escritor estadounidense me conmovió tanto hasta el punto jamás abandonarlo. Me obligué a saber todo de él. Con el tiempo conseguí Crónicas Marcianas, El Vino del Estío, La Muerte es un Asunto Solitario, El Hombre Ilustrado, Las Doradas Manzanas del Sol, Fantasmas de lo Nuevo, etc…

Gracias a él me volví adicto a todas las ediciones de la editorial Minotauro, que como joyas brillaban en una estantería especial en LibriMundi, así como de los libros “dormidos” al fondo de las perchas en la desparecida Librería Cima, donde el Librero de Quito, Edgar Freire era el gran centauro, guardián del conocimiento.

En poco tiempo se convirtió en mi autor de cabecera y en una especie de secreto que compartía con poquísimas personas. Recién ahí, conocí el Bradbury más “extraterrestre”, el ser inmaterial que le dedica poemas a las estrellas, al mismísimo Dios que era una especie de presencia universal intocada y absoluta. Luego apareció el Bradbury doméstico, ese que enseñaba a volar con historias como el Tío Einar o La Multitud, en el que la muerte estaba presente entre la gente que se congrega frente a un accidentado y no en la herida y no en el suspiro final.

Descubrí el Bradbury demoniaco que encontraba la maldad en un niño recién nacido; el que se vengaba de todos los vivos en la ceniza hirviente que caía en el ojo de uno de los presentes a una cremación.

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El Bradbury de los monstruos amables, como la serpiente marina enamorada de una faro, fabuloso personaje descrito en “la Sirena” o en “el niño del mañana”, infante convertido en pirámide azul en “Fantasmas de lo Nuevo”, que era además el título de un cuento sobre una casa recién inaugurada que se defiende de la perversión de sus dueños, desgastados sibaritas contaminantes.

Bradbury está en mis escasas narraciones (eso espero), pero sobre todo en las lecciones respecto a su método. Para un hombre que escribió su primer cuento a los 12 años y, que a partir de los 20 no dejó de publicar, las cosas tenían un esquema básico, tal como lo describe en Memoria de Crímenes: “Todos los lunes escribía un borrador del cuento que brotaba en mi cabeza. El martes escribía el segundo borrador. Los miércoles, jueves y viernes aparecían la tercera, cuarta y quinta versiones. El sábado enviaba por correo la versión final. El domingo empezaba un cuento nuevo”.

Su constancia y disciplina fueron y siguen siendo legítimas. Ese carácter indomable de escritor era el germen de su espíritu apasionado y deslumbrado. En esa extraña obra llamada “Fueisera” revela qué hacía al abrir los ojos en la mañana. “Si no hay un Big Bang cada día de mi vida, me siento marginado y desnudo. Si el lado derecho de mi cerebro rueda hasta atrapar un sueño en el lado izquierdo, corro y me zambullo en una piscina desierta hasta que mi cerebro se divide en dos mitades perfectas”, decretó.

Quisiera haber acariciado su gato, haber encendido y apagado su lámpara de colores. Hubiera dado todo por sentarme junto a él y percibir el aroma de su biblioteca; abrazarlo y reírnos, llamarlo Ray y dedicarle este artículo. Es para ti, mi Bradbury personal, mi Bradbury de bolsillo.

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