¿Qué haces leyendo la correspondencia de Julio?

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Por Leonardo Valencia

(Publicado en diario El Universo, Guayaquil, el 25 de marzo de 2014)

Lo conté alguna vez y creyeron que me lo había inventado. De paso por París hacia Angers, tenía que esperar un par de horas mi tren en la estación de Montparnasse. No me daba mucho tiempo, así que además de un café aproveché para dar un pequeño paseo por el cercano cementerio del mismo nombre. Qué fúnebre, pensarán. No es para tanto. Más bien digan qué fetichista: en el cementerio de Montparnasse están enterrados desde Baudelaire hasta César Vallejo, de Huysmans a Marguerite Duras, Beckett y Maupassant. Están Cioran y Cortázar, y hace poco llegaron Braudillard y Carlos Fuentes. Uno no sabe bien por qué mismo va a visitar estas tumbas. O quizá sí: muchos de esos autores escribieron libros que uno quisiera pensar que fueron hechos solo para nosotros. También están Brassaï, Brancusi, y tantos otros artistas. Lo cierto es que se sale del cementerio con unas ganas de vivir el día hasta el último minuto. Y además allí está París y tú perdiendo el tiempo.

Con el cementerio de Montparnasse me pasa algo curioso: no me ha desanimado nunca. Quizá se lo debemos a que sus diecinueve hectáreas son luminosas y está bien sombreado por tilos y arces. Pero sobre todo, yo se lo debo a Cortázar. La primera vez que visité el cementerio me sorprendió la lápida de su tumba: desde el lado derecho se levantan en diagonal, escalonados uno sobre otro, varios círculos que terminan como una flor de cemento coronada por una carita sonriente, un perfecto smile que, usando el lenguaje vertical de los celulares, nos mira así:

: )

No sé ustedes, pero eso me alegró el día. Julio Cortázar llevaba al extremo su propósito vital de sacudir el polvo a la costumbre y lo cumplía hasta en su tumba. Había alguna flor que se empezaba a secar y un montón de papelitos de sus lectores. No siempre hay papelitos. En la tumba del poeta César Vallejo he encontrado de todo, desde hojas de coca, monedas y hasta un ekeko, ese muñequito de la buena suerte al que los peruanos atiborran de lo que quieren.

En mi segunda visita a Montparnasse fui directo a ver al gran cronopio. Me acerqué y, tal como lo había visto la vez pasada, seguían presentes las flores a punto de secarse y los papelitos doblados. Esta vez me dio curiosidad, me agaché y cogí uno. Al abrirlo, lo que encontré no fue el mensaje a Cortázar. Todo lo contrario: fue una llamada de atención al que lo abría. Únicamente decía, con el voseo argentino: “¿Qué cuernos hacés vos leyendo la correspondencia de Julio?”.

Cómo me reí. Cómo me asusté. Cómo miré a un lado y a otro sintiendo que, de pronto, los paseantes del cementerio, en un mediodía entre semana, volteaban para verme y decirme con un gesto que sí, que qué diablos hacía yo leyendo las cartitas para Julio. Me volví a reír. Y luego me puse un poquito metaliterario, pero por suerte luego me reí de nuevo y pensé en la impronta que Cortázar ha dejado durante décadas a miles de lectores como para que alguien se preocupe por los entrometidos lectores de los papelitos sobre su tumba. Así que doblé el papelito, lo volví a colocar donde estaba, no toqué los demás mensajes y me fui a tomar mi tren hacia Angers con el día salvado.

Han pasado algunos años de esa anécdota. La correspondencia de Cortázar ha sido publicada ya en dos ediciones, la primera en tres tomos, que me leí entera, y la segunda, ampliada con dos tomos nuevos, que todavía no leo. Ocasionalmente salen algunos inéditos, como las Clases de literatura que Cortázar dio en la Universidad de Berkeley en 1980 y que recomiendo a los jóvenes escritores y también a los viejos escritores. Aunque bueno, los viejos escritores ya no leen a Cortázar porque lo saben todo y andan diciendo que Rayuela ha envejecido, que está superada, y más de una vez estos escritores viejos tienen veinte años y no han terminado de leer Rayuela, o de releerlo, que es donde el asunto empieza a moverse. Pero dejemos a los escritores viejos, que Cortázar mientras más viejo fue más jovencito se volvió, y uno nunca sabe para quién envejece.

Me advirtieron no leer la correspondencia de Julio en ese papelito. A la larga no obedecí. Releo una y otra vez su correspondencia que está dispersa, en realidad, en toda su obra. Cada cuento es una carta. Cada novela o ensayo, un cúmulo de cartas, un bombardeo de mensajes aparentemente colgados en el aire como los móviles de Alexander Calder (pero una red los sostiene). Una provocación para que nos demos cuenta de que la única manera que tenemos para vivir mejor es tocar el mundo con nuestras verdaderas palabras para sacarles un poquito de brillo a las cosas. Y las cosas nos devuelven una sonrisa o un susto y permiten que salga de nosotros un nuevo brillo y nuevas palabras, en un tráfico imparable que puede llevar a un lector, en la última instancia del juego, a advertir a otro que esa correspondencia, la de los papelitos sobre la tumba, son para Julio un diálogo secreto que siempre se producirá entre Cortázar y sus lectores. Ahora me doy cuenta de que este artículo es una intromisión en ese diálogo, porque les sobra a los lectores de Cortázar. No escribo para ellos, que ya lo saben (aunque a veces pueden tenerlo olvidado y hay que ponerlo al sol). Escribo para quienes todavía no lo han leído o a quienes les falta partes por descubrir, como a mí, y que se animan en este año en el que se cumplen cien años de su nacimiento. Pasen y vean otros libros suyos como La vuelta al día en ochenta mundos, que no es una errata sino un Julio Verne puesto al revés, como puesto al revés está Los autonautas de la cosmopista, el más pausado relato de amor escrito en la autopista Marsella-París. Hay tanto por leer y releer de su obra. Cortázar siempre quiso que tropecemos con todas las piedras, que soltemos al pájaro para que se vaya volando con los otros cien, que el gato siga con su arriesgada curiosidad y se escape en el último instante.

Cómo me reí. Cómo me asusté. Cómo miré a un lado y a otro sintiendo que, de pronto, los paseantes del cementerio, en un mediodía entre semana, volteaban para verme y decirme con un gesto que sí, que qué diablos hacía yo leyendo las cartitas para Julio.

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