Lo fantástico de los marcianos en Quito

Tapa_Aleman

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado en la revista Rocinante #71, Quito, de septiembre de 2014, pp. 16-23)

Análisis crítico de las recreaciones de Leonardo Páez, Iván Egüez y Gabriela Alemán.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Nada más impactante que vivir un evento fortuito, más aún cuando es la invasión de marcianos… nada menos que en Quito.

Esto sucedió el 12 de febrero de 1949. Según los relatos, era una fría noche en la conventual Quito. Sin previo aviso, cuando estaba en curso un programa de pasillos en Radio Quito, un locutor interrumpía la atención anunciando el avistamiento y la invasión de extraterrestres. La guerra de los mundos se iniciaba en Cotocollao.

Los siguientes minutos fueron intensos en tanto se sumaban más oyentes a la transmisión de radio, así como los comentarios boca a boca despertaban a quienes estaban casi aletargados, ya sea por la comida nocturna en los hogares capitalinos o ya por los efectos del alcohol en quienes estaban en bares o alguna esquina de la ciudad. El desconcierto se profundizó cuando en medio del programa aparecieron las supuestas voces de autoridades, quienes se dirigían a la población, mientras se avisaba la intervención de la fuerza pública.

Si la transmisión concitó la atención era por la novedad del evento; es decir, porque un programa musical de pronto se convirtió en un noticiero con boletines urgentes, los cuales aceleraron el estado de ánimo de los quiteños, quienes pocos minutos después salieron a las calles, desesperados algunos, otros yendo a confesarse, otros a quemar billetes, otros a hacer lo que nunca habían hecho en su vida, otros a esperar el fin del mundo habiendo declarado a sus seres queridos ciertas cosas que habían ocultado en toda su existencia. Casi a la media hora, la ciudad estaba trastornada al igual que molesta. Pues hubo quienes descubrieron la farsa, en tanto otros confundidos, trataban de estar a buen recaudo. Así pronto una turba enardecida concurrió a Radio Quito, –por entonces también el edificio del diario El Comercio– para incendiarla.

Noticia de El Comercio de 1949

Noticia de El Comercio de 1949

Hay antecedentes del siniestro y de la adaptación que lo provocó: la novela de H.G. Wells, La guerra de los mundos (1898) y el libreto radial que hiciera de ella Orson Welles en EE.UU. en 1938, el cual provocó un impresionante susto en la población de Nueva York.

En Quito hay protagonistas del evento radial: Leonardo Páez, director de Radio Quito y del programa que puso al aire la adaptación al entorno quiteño del libreto de Welles, hecha por el chileno Eduardo Alcaraz, a más de un puñado de actores de radioteatro y los propios cantantes Benítez y Valencia. Ese es el periplo de la adaptación radial, pero el libreto del radioteatro, según la ulterior versión de Leonardo Páez, se consumió en el incendio.

Posteriormente han surgido versiones no solo literarias de “la invasión de los marcianos”:

  • El segundo capítulo de La Linares de Iván Égüez;
  • La adaptación a radionovela hecha por Álvaro San Félix en Radio Nacional del Ecuador (10 capítulos);
  • La coreografía de Wilson Pico como parte de la adaptación que hiciera de La Linares al ballet en el Teatro Sucre;
  • La versión de Leonardo Páez en su novela Los que siembran el viento.
  • El cuento “El extraño viaje” de Gabriela Alemán [de su libro La muerte silba un blues].

La versión de Páez, 1982

Treinta y tres años después del siniestro y de haberse quemado el libreto original, el protagonista mayor de los hechos de Quito, Leonardo Páez, publicó en Caracas en 1982, una versión novelada de su experiencia: Los que siembran el viento. En tal obra aparece el texto de lo que pudo ser el libreto de “La guerra de los mundos”.

TapaPaez

Páez relata que abre su programa con “dos soplos de clarines que se levantan dificultosamente de un disco rayado” (p. 12), dando paso al locutor Raúl López quien crea el suspenso así: “¡Buenas noches queridos amigos del aire! ¡Son las nueve en el territorio nacional!… ¡El fabuloso programa de la canción criolla, el esperado certamen radial del sentimiento, con la participación de sus más calificados intérpretes de todas partes va a iniciarse!… ¡Tendremos hoy, estimados radioescuchas, óiganlo bien, y recuérdenlo, una noche verdaderamente inolvidable, inolvidable, dable, dable, ble, ble, ble!” (pp. 12-13). El hecho de remarcar lo fabuloso que será el programa –incluido el eco de las palabras– implica que, en efecto, la transmisión radial y su probable efecto estaban planificados.

De acuerdo a Páez, cuando los cantantes estaban interpretando el pasillo “Para mí tu recuerdo”, el locutor irrumpió para pronunciar con brío: “¡¡Nos invaden los marcianos, nos invaden!!… ¡¡Los marcianos, los marcianos, cianos, cianos, nos, nos, nos!!” (p. 13). Nótese ahora el grito que interrumpe y el efecto de sonido que amplifica la voz. El autor entonces relaciona tal pronunciamiento radial, como un detonante, con lo que va a suceder luego, es decir, con el estado de incertidumbre y angustia que va a reinar por lo menos casi una hora en la ciudad.

Algo de humanismo existencialista donde se trata de demostrar que los quiteños tendrían y debieron reconocerse en sus propios errores y desproporciones; frente a ello emergería el hombre trágico que, en definitiva, es el propio Páez a lo largo de su novela.

Para lograr realismo en la ficción entonces Páez pone al aire al propio Jefe de Información del diario El Comercio, quien señala que los marcianos han iniciado su avance hacia Quito.

El relato de Páez en las siguientes páginas de su novela es como una crónica; mezcla la transmisión con los hechos que se suscitan en los hogares de Quito. Incluso el locutor va narrando ciertos sucesos “reales” que se dan simultáneamente, recalcando la hora y los minutos: así se transmite noticias sobre sucesos en los hospitales, en la Plaza del Teatro con un choque espectacular, con partes policiales. A las 9:20 hay un contacto con el reportero de Cotocollao, quien relata el arribo de los marcianos y lo que hacen, hasta que de pronto uno de ellos dispara a la población y al propio relator. Como si fuera una transmisión en vivo luego el locutor de radio en Quito dice que “Leonardo Páez ha muerto” (p. 48) fulminado por el rayo mortal del arma marciana.

La transmisión duró alrededor de 20 minutos hecho que suscitó una impresionante conmoción que terminó con la quema del edificio de Radio Quito, además de muertos y contusos. Al cabo del anuncio de la muerte de Páez y tras el griterío que hay en las afueras de la emisora, el locutor dice, improvisando: “¡Señoras y señores, causas ajenas a nuestra voluntad obligan a que… bueno, a suspender la emisión de la novela “Guerra de los Mundos”. Parece que, a pesar de los reiterados anuncios de prensa y radio, la producción artística que estaba transmitiéndose, pues, quizás, como diría yo, fue captada como… es fácil de comprender… No llegó a ser transmitida ni en su tercera parte… La obra es mundialmente conocida, pero… Esto no quita que agradezcamos sinceramente por la sintonía de Uds. y naturalmente…” (p. 54). A los pocos minutos, el propio locutor señala la presencia de la turba enardecida y el estado de miedo que ahora ellos viven al verse acorralados por los quiteños furiosos.

La versión de Égüez, 1976

Iván Égüez presenta su versión del libreto y sus consecuencias en la novela La Linares (1976). En ésta la Linares es testigo de su tiempo; mujer hermosa, enigmática y seductora, es el foco de atención de la sociedad quiteña de mediados del XX, además de deseada y soñada por el dueño del ficticio diario El Mercantil y el Presidente de la República, y odiada por diversas señoras. El tono neobarroco de la novela supone una prosa con giros poéticos, la cual hace que evoquemos a Quito con aires fantásticos y mágicos, hecho que manifiesta excelencia literaria.

Tapa Linares

El narrador en la novela es alguien que trata a la Linares y es a través de sus recuerdos y sus acercamientos que nos enteramos de las vicisitudes de la ciudad. Uno de ellos es el “siniestro [del que] se acuerda toda la ciudad” (p. 36). Según Égüez, a eso de las 9 de la noche, cuando se escuchaba los “Pasillos del alma, en la voz de la alondra nacional” (íbid.), un locutor interrumpe, tras una marcha militar, anunciando: “Un objeto extraño ha aterrizado a orillas de la ciudad. Se tiene el testimonio del Jefe Aduanero de la cadena norte y la noticia de que unos jóvenes que trazaban con leche la cancha para los encuentros que debían jugarse mañana, fueron secuestrados por los ocupantes de ese extraño aparato que llegó envuelto en una bufanda de fuego cardenillo” (íbid.).

Así, la ficción nos remite a una noche quieta y tradicional donde se bebe chocolate para dormir y se escucha radio. El rasgo de la marcha militar es interesante porque señala, en efecto, un momento donde prevalece el militarismo no obstante el aire democrático que se respira. Pronto nos damos cuenta, cotejando con otras partes de la novela, que ese estado es necesario para escudar el neocolonialismo que vive Ecuador y sus relaciones con EE.UU. En Égüez, los marcianos han cercado Quito y secuestraron a unos jóvenes que se aprestaban a jugar fútbol.

Égüez entonces “recupera” (inventa) cuatro páginas del libreto –si imaginamos que el narrador es un cronista de la ciudad que presencia los acontecimientos y corre a recoger los pedazos de papel que vuelan por la ciudad, por efecto de los vientos. Por ese efecto, introduce el libreto en la novela. De ahí que nos enteramos que el locutor 2 dijo: “Parece que la posición geográfica de nuestro país en el globo terrestre ha determinado, junto a la débil preparación de nuestro ejército, el que hayamos sido escogidos por estos seres extraños como punto de aterrizaje de algo que bien puede ser el comienzo de la guerra de los mundos” (p. 37). Nuevamente se ve que la posición estratégica del suelo ecuatoriano es apetecido por los invasores; pero ahora se introduce el hecho que el ejército no tiene la preparación necesaria para una guerra.

Luego el locutor anuncia una alocución del Ministro de Defensa tras el Himno Nacional. Éste, en nombre del Presidente de la República, dice que “el desembarco ha sido por el norte de la ciudad o sea que en esta vez vamos a huir hacia el sur” (p. 38). ¿Una clara caricatura del estado de sometimiento que se vivía? Digamos que sí: Ecuador, como Latinoamérica está sometido por las políticas desarrollistas que vienen esbozadas desde el Norte; escapar al sur supone, en todo caso, una manera de congregarse. Égüez, además, está haciendo una lectura extrapolada desde la realidad de la década de los 70 cuando las dictaduras someten y prometen modernizar al extremo a los países.

El libreto, entonces, muestra a una serie de personajes caricaturescos de la política y sociedad ecuatorianas: aparte de los militares, el alcalde Parches quien, con aire nacionalista dice: “(…) poner mi férvido pecho frente a rayos malignos de estos seres interplanetario ya sean lunáticos marcianos o marcianos lunáticos o lo que sean. Nada más por ahora y recuerden que en esta ciudad se dio el Primer Alarido de Independencia contra los extranjeros” (p. 40); o el Cardenal, tras quien se suspende la transmisión; éste reza: “Amados hermanos míos en nuestro Señor Jesucristo. Dios da, Dios quita. Dios creó el mundo y un día tenía que acabarse. Quiero que piensen rápido como en cinematógrafo en todos vuestros pecados. Arrodíllense hermanos que os voy a absolver: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén” (p. 41).

Égüez se sirve de este libreto para mostrar un mundo de hipocresía. De hecho, se puede afirmar, que eventos fortuitos como los del 49 pueden destapar intrincados huecos negros que se guardan socialmente (de ese año también reseña “el terremoto de las flores” (Ambato); la literatura lo que hace es hacerlos visibles poéticamente; su valor excede a todo estudio sociológico.

La versión de Alemán, 2014

Hoy la invasión marciana sigue como motivo de la literatura. El reciente libro de cuentos de Gabriela Alemán, La muerte silba un blues (2014), trae el cuento “El viaje extraño” con la historia de quien pasó de cronista –presuponemos Páez– de deportes a ser quien motivó la puesta en el aire del libreto de Welles reescrito por Alcaraz. Otro cuento de tal libro, “El diabólico Dr. Z”, nos pone ante el mismo Alcaraz, ya viejo, quien enfrenta a un adolescente el cual le señala en cara que se había apropiado del libreto de Welles, lo había llevado a Chile y luego a Ecuador, y tendió una trampa a su mejor amigo para que le inculpen de los hechos luctuosos de febrero de 1949.

10429251_10152602975024402_1831616103976259446_n

Alemán nos plantea, al menos en estos dos relatos, historias donde el lucro se confunde con el arte de hacer radio. En “El extraño viaje” el director de la radio, Cordobés, ofrece al narrador dinero para encumbrar a un boxeador; pero el narrador tiene un amigo, Elías, preocupado por descubrir una oscura trama donde se ligan los intereses comerciales que hay entre el dueño de la radio y el Alcalde. La invasión marciana, entonces, viene a ser una especie de cortina de humo para tapar lo que al parecer se vive en la época. En “El diabólico Dr. Z”, Alcaraz es pintado como alguien que no tiene escrúpulos. La forma de narrar de Alemán en estos y los otros cuentos que conforman La muerte silba un blues, es de una sutileza tal que denota a una autora capaz de jugar con los detalles, con lo indecible, al más puro estilo de Raymond Carver.

Detengámonos en el supuesto libreto de la invasión marciana planteado por Alemán en “El extraño viaje”. En éste la abrupta interrupción del programa radial es marcada: “Señoras y señores, interrumpimos nuestra programación habitual para leerles un cable urgente que acaba de llegar a nuestros estudios. Hace pocos instantes se reportó que en las inmediaciones de Latacunga una ráfaga cegadora de color azul cruzó el cielo a gran velocidad” (p. 42).

Para Alemán la segunda interrupción supone extrañeza. Unas pocas palabras rompen con la rutina de la programación radial cuyo efecto, en una noche quiteña, en un fin de semana, es causa de una conmoción. ¿Qué es lo que estaba pasando? La ficción del radioteatro, usando la estrategia del noticiero, se involucraba con la realidad: lo real de pronto se corporizaba en la realidad que se vivía como “normal”; era el simulacro de lo real, la creación de una nueva realidad. Y lo real era la memoria de la invasión extranjera, en referencia a la guerra con Perú en 1942, la fantasmal y poderosa presencia de la II Guerra Mundial y el lanzamiento de la bomba atómica en 1945, además de una época convulsa en la política nacional. La ficción de los marcianos que invaden llenaba el imaginario de un apocalipsis insoportable.

Durante la transmisión, a los pocos minutos entonces se conecta con Cotocollao; el periodista que se halla en el lugar narra cómo desde una nave se lanzan rayos que queman y matan a los concurrentes –esta vez siguiendo el argumento que tenía la novela de H.G. Wells– Se corta la transmisión y luego se pasa a las alocuciones del Ministro de Defensa y del Alcalde de Quito. Mientras éste último habla se anuncia que una bola de fuego cayó en el edificio de La Previsora. El libreto de Alemán se queda ahí porque es con este motivo que se construye el estado de alteración y de espectáculo que luego los personajes salen a constatar en las calles de Quito. “El viaje extraño” es, de este modo, un viaje fantástico por ese simulacro de lo real en la realidad creada: invasores que interrumpen ese mundo también corrompido por el capital.

He aquí las tres versiones literarias del libreto que llevó a Quito a un estado de caos en 1949. Mientras los textos de Alemán y Égüez recrean e interpretan la realidad, el de Páez se plantea testimonial. Alemán muestra que la radio crea realidad, del mismo modo que el propio capitalismo. Égüez recrea un libreto para desnudar a la sociedad quiteña que pretende esconderse en sus propias imágenes de realidad, entre ellas las de la modernización con precio alto para la dignidad nacional. Por su parte, Páez recuerda el libreto y cómo este fue variando en tanto la transmisión se daba. Sin embargo, él apunta que su trabajo fue anunciado ampliamente como justificación –cuestión que siempre se le criticó–. Su novela de hecho es una apología que pretende revertir la posterior imagen que se creó, la de un radialista irresponsable, hecho que le llevó al autoexilio. En todo caso, vale la pena apuntar, de la mano de los literatos y con Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación (1996) que “la radio afecta a la gente de una forma muy íntima, de tú a tú, y ofrece todo un mundo de comunicación silenciosa entre el escritor-locutor y el oyente. Éste es el aspecto inmediato de la radio. Una experiencia íntima. Las profundidades subliminales de la radio están cargadas de los ecos retumbantes de los cuernos tribales y de los antiguos tambores. Ello es inherente a la naturaleza misma de este medio, que tiene el poder de convertir la psique y la sociedad en una única cámara de resonancia” (p. 307). En este marco, la radio como “tambor de la tribu” –al modo de McLuhan–, en el contexto de la guerra de los mundos en Quito, puso en evidencia los imaginarios apocalípticos que se vivían en su tiempo.

Anuncios

5 pensamientos en “Lo fantástico de los marcianos en Quito

  1. Pingback: Memoria ficticia de la invasión marciana | Ciencia Ficción en Ecuador

  2. Pingback: Memoria ficticia de la invasión marciana | Dalequedale.com

  3. Pingback: Teatro de ciencia ficción en Ecuador - Amazing Stories

  4. Pingback: Teatro de ciencia ficción en Ecuador | Iván Rodrigo Mendizábal | Ciencia Ficción en Ecuador

  5. Pingback: Teatro de ciencia ficción en Ecuador | Iván Rodrigo Mendizábal | Todo Iván Rodrigo-Mendizábal

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s