Gabriela Alemán: “Lo que quiere la literatura es poner orden en el caos”

Gabriela Alemán. Fotografía de Karla Pazmiño Fernández

Gabriela Alemán. Fotografía de Karla Pazmiño Fernández

Por Daniel Lucas

(Publicado en revista digital Mataviela, el 2 de septiembre de 2014)

Gabriela Alemán es una gran escritora y además un gran ser humano. Nos encontramos en el restaurante del hotel donde se hospedaba en Guayaquil para conversar, mientras ella comía un ceviche, sobre su trayectoria en la literatura y sobre su último libro de cuentos La muerte silba un blues.

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En la entrevista hablamos de su incursión a la lectura y escritura. De la importancia que la literatura fantástica tuvo y tiene en su narrativa. Hablamos de su primer libro y de un hecho fantástico que le ocurrió cuando, a la edad de 23 años, se encontró compartiendo un café y hablando de literatura con escritores como Jorge Amado, Juan José Arreola, Ana María Matute, entre otros.

Pero también hablamos del fomento a la lectura en Ecuador, de las editoriales locales y su papel en la calidad de la literatura nacional, del lector, que en el país, parece inexistente. Al final Alemán, quien recientemente ganó el premio de crónica CIESPAL, nos deja con interrogantes, con líneas de reflexión en las que, tal vez, el problema no es que no hay gente interesada por la lectura, el arte o la cultura, sino que no hay campañas agresivas y permanentes que formen un lector, que las editoriales nacionales no han apostado por crear un catálogo y de esa forma una relación de credibilidad con el público y como resultado hay malos libros, porque cualquier escritor paga para ser publicado, y gente apática con la literatura.

Pero estas son conjeturas mías. Los invito a leer a Gabriela Alemán.

¿Cómo llegaste a la literatura, qué fue lo primero que recuerdas haber leído?

Crecí en un mundo donde los libros tenían importancia. Cuando mi papá llegaba del trabajo en la noche me leía cuentos y mi mamá me los contaba. Recuerdo muy temprano los cuentos de Hans Christian Andersen, La Sirenita. Recuerdo haber tenido pesadillas con la niña de las zapatillas rojas, ese cuento terrible de la niña que se pone sus zapatos rojos y comienza a bailar, bailar y bailar y nunca puede parar. Estos cuentos que a mí me leyeron de niña, que luego se convirtieron en historias de Disney, te espantaban, porque eran cuentos góticos. Ese es mi primer recuerdo de cuentos que me hayan leído. Pero de los cuentos que yo leí recuerdo a Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la tierra, además me acuerdo que eran libros con ilustraciones de tapa dura y que luego hablando con mi mamá fueron libros que ella leyó de niña. Clásicos maravillosos.

Luego los libros más cercanos a mi gusto de adulto estaban Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Hooker, luego, cuando descubrí la literatura gótica, y no por porque yo lo haya decidido muy de niña sino porque mi hermano es un gran lector y a él le encantaba la literatura de terror, leí Frankenstein, Drácula, varias versiones del Hombre Lobo, luego leí antologías de cuento fantástico y de terror. Desde el siglo XIX, la tradición anglosajona, Borges y todas estas colecciones lindas que sacó en Siruela que eran reediciones de cuentos chinos, literatura italiana del siglo XVIII, en resumen la literatura fantástica, que es lo que me atrapó a mí como lectora.

¿Cuándo incursionaste en la escritura, cómo?

Yo comencé escribiendo cartas. Viví mucho tiempo fuera del Ecuador y la única manera de mantenerme en contacto con mi abuela era a través de cartas. Desde los ocho años yo le contaba mi mundo a ella para que no nos acabáramos de separar. Cuando tú comienzas a contar tu vida a otros, por más linda que sea, tú escoges qué contar, no cuentas todo. Quieres crear, de alguna manera, un personaje para un ser querido. Yo contaba las cosas que creía podían entretener a mi abuelita, cosas que creía que podían hablar de mí, que me resultaban raras o incomprensibles, se las contaba a ella. Ese fue el primer momento, no de pensar a la palabra como literaria, pero sí de sentarme a pensarme a mí como narrarme. Que creo que es el inicio de toda literatura.

Pero el momento que me llevó a pensar que podía publicar un libro fue algo fantástico.

Vivía en Paraguay, jugando básquet profesional, estudiaba en la universidad y mientras estaba allá se abrió un concurso de cuentos, mandé un texto y gané, me publicaron un prensado como premio, 50 ejemplares. Años más tarde cuando ya vivía en España salió en el periódico una convocatoria del Instituto de la Juventud española que convocaba a autores menores de 30 años que hubieran publicado algo que presentaran este libro para que representara a cada país para un encuentro. Mandé mi publicación y gané. Me escogieron para que durante dos meses, con intervalo de una semana, estuviera en Mollina, un pueblito a dos horas de Málaga, en el invierno, donde sólo quedaban diez familias. En ese lugar estuve una semana con Jorge Amado, Juan José Arreola, José Saramago, Ana María Matute, Mario Benedetti, Abel Posse, Juan Goytisolo, Wole Soyinka, yo tenía 23 años. En ese entonces yo pensaba que Juan José Arreola estaba muerto, en mi mente él estaba junto a Rulfo y Borges y de pronto era una persona, con una capa que se sentaba a desayunar conmigo y hablar de literatura. Nunca he podido escribir de eso porque hasta ahora no he podido comprender lo que viví.

Lo que hicieron los del Instituto fue escoger a grandes autores que además eran grandes seres humanos. La mayoría de los que estaban ahí tenían más de 70 años y no tenían ningún problema con compartir, con ser uno más, de querer escuchar en lugar de contarnos cosas. Un día estaba Jorge Amado con su maravillosa esposa, Zélia Gattai, ahí descubrí que era, además, una maravillosa escritora, me acerqué, nos pusimos a hablar, y él me preguntó que cómo así yo era de Ecuador y ahí me animé a decirle que mis padres me habían llamado Gabriela por Gabriela, clavo y canela. Al día siguiente Jorge Amado desapareció, él había tomado un taxi, había ido a Málaga, había comprado la novela y me la dedicó. Ese tipo de cosas ocurrieron durante dos meses. Aparte de estos encuentros que teníamos con los escritores donde, también, uno leía textos y ellos comentaban, habían viajes internos, yo, al cuarto viaje, estaba tan empapada de ese mundo que dije, tengo que escribir, así, la gente se iba y yo me quedaba escribiendo. Al final del encuentro yo tenía cinco cuentos que pasaron por las manos de Arreola y Saramago y que finalmente fueron los cinco primeros cuentos de Maldito corazón. Cuando regresé a Ecuador terminé los otros cuentos del libro.

¿Qué tan presente está la literatura fantástica en tu narrativa de hoy?

La literatura fantástica aparece constantemente a pesar que no me lo propongo. Hay momentos en los que estoy intentando una narración muy realista y de pronto irrumpe la fantasía que tiene que ver con tratar de entender el mundo que quiero narrar que a pesar de que pueda estar enmarcado dentro de un género realista hay muchos eventos que funcionan de otra manera, que tienen que ver con la imaginación, de cómo mis personajes se relacionan con la realidad. Son como quiebres en el tiempo que remiten al pasado, que remiten al futuro y que inevitablemente están ligados a géneros fantásticos reconocibles.

En La muerte silba un blues hay un cuento, “Fu Manchú y el beso de la muerte”, en el que la protagonista adquiere un superpoder. ¿De dónde nace esta idea?

Esta idea nace de Philip K. Dick, que es uno de mis escritores favoritos. Philip K. Dick escribió en un momento de transición cuando la ciencia ficción comenzaba a salir de este pequeño gueto de las revistas B, de los circuitos B, de no ser tomada en cuenta en los años 60 y 70 cuando aparece Ursula L. Le Guin, Philip K. Dick y de pronto la literatura de ciencia ficción se emparentó con algo mucho más cercano a Borges que con esa literatura B que venía de los años 30, 40 o 50 donde circulaban estas revistas de diez centavos en Estados Unidos. Lo que me fascina de Philip K. Dick es que cuenta una historia totalmente realista y de la nada puedes observar un tsunami de hechos de ciencia ficción, mostrando que no necesariamente la ciencia ficción está emparentada con hablar de ovnis o de extraterrestres sino que se plantea crear mundos alternativos o crear en otro espacio una crítica al mundo en el que vivimos.

Cuando comencé a escribir Fu Manchú y el beso de la muerte tenía muy presente una ampliación de una célula en la sangre, tenía tentáculos morados, fosforescentes que nadan en el torrente sanguíneo, luego fui a averiguar cómo eran las células cancerosas, preciosas también. Las enfermedades tienen formas completamente amorfas, hexagonales que uno se imaginaría que está fuera de la norma, extraterrestres de alguna manera, con todo esto en mi cabeza comencé a imaginarme cómo sería tener que convivir con la posibilidad de ver lo que circula por tu sangre y atar eso a una historia que tenga que ver con las relaciones humanas. Detrás de esta historia de ciencia ficción había un comentario sobre el amor, la fidelidad, la soledad, era un cuento realista donde se insertaba este elemento fantástico.

Pensando en la literatura quería romper con la linealidad, con el tiempo, con el espacio, con la aceptación de un mundo racional, sin caos cuando todo es tóxico. Al final lo que quiere la literatura es poner orden en el caos y hay momentos que no quieres que haga eso sino más bien que refleje el caos y que complejice esa simpleza que nos presenta la televisión, ciertos artículos periodísticos donde pareciera haber una causa y un efecto cuando en realidad el mundo está muy alejado de eso. El espacio de la literatura es aquel donde se puede complejizar, que es lo que hace la literatura fantástica, permitiendo que otros espacios, tiempos, conciencias entren en la realidad, por eso nunca me voy a separar de la literatura fantástica.

¿Cómo aparecen los espacios en los que has vivido, Paraguay, España, Estados Unidos, en tu narrativa?

Aparecen cuando son necesarios. No voy por ahí porque necesito hablar de afuera o porque me parezca que afuera es más importante. En la literatura latinoamericana aún existe esta necesidad de escapar al espacio geográfico, cuando escucho estas teorías me pongo a pensar en Juan Rulfo y es que no puede haber una obra literaria más universal que no puede ser más local que Pedro Páramo. Todas esas teorías del cosmopolitismo, que hay que hablar bien de afuera, si alguien lo hace está bien, pero imponerlo como norma me parece que no tiene el mayor sentido.

Entonces, por ejemplo, Paraguay es un país que vivió su historia a partir de la independencia de España bajo dictaduras. Es un país donde el espacio de la ley está vetado, donde hay un grupo de familias que sigue manejando a través del tiempo el destino de millones de personas y donde no hay fuerza para cambiar del todo; el Partido Colorado, por ejemplo, está de nuevo en el poder luego de derrocar a Lugo.

En la historia que cuento en “Succubus”, de este hombre que descubre que tiene SIDA, me pareció que el espacio perfecto era Ponta Porá y Pedro Juan Caballero, la frontera entre Paraguay y Brasil. Un espacio de cero respeto a la ley, donde uno vive en la piratería, la corrupción, donde reina el tráfico de drogas, de personas. Cuando uno camina por este lugar uno alucina porque caminas por la mitad de la calle y de un lado de la calle todo es en español y del otro lado todo es portugués, de un lado todo es un desmadre, las calles tienen baches, tierra, la gente vende en las aceras y del otro lado todo es orden, todo es lindo, hay otra moneda, otro idioma, entonces pensé que ese era el lugar donde se tenía que situar la historia. Entonces situé la historia en Paraguay, en la frontera con Brasil, en Ponta Porá y Pedro Juan Caballero porque venía al caso.

En “Al otro lado del espejo”, la historia del viejo que está en sus últimos momentos de lucidez antes de la muerte. Tenía que ver con Nueva Orleans, una ciudad muy importante para mí. Yo me fui un año antes de Katrina y volví exactamente un año después. Tuve amigos que me llevaron por los barrios más afectados por el huracán y un año después tu podías encontrar una casa en la mitad de la calle, habían muchos lugares donde todavía no había luz, el tranvía estaba detenido, los buses no funcionaban, era una ciudad en absoluto caos que uno nunca la relacionaría con Estados Unidos. Una ciudad donde tienen bien marcados los límites donde se mueve el mundo afroamericano y donde se mueve el mundo caucásico. Y quería hablar de un personaje que en todo el libro es el único personaje que en verdad amó. Un tipo que adoró a su esposa, que está solo, que se encuentra frente a la muerte y comienza a revivir, sin odios, sin pasiones, pero recordando a su esposa. Y así es Nueva Orleans, una ciudad que está permanentemente en la decadencia que a la vez es bella y que se acepta. Y me pareció que la historia de este viejo que está a punto de morir era perfecta en esta ciudad. Todas las historias tienen relación con mundos donde yo viví, estudié y que me interesaron ubicarlas en esos lugares porque tenían sentido.

Hablando sobre “Un extraño viaje”, el primer cuento del libro, y sobre el hecho histórico en el que los quiteños creen que están siendo invadidos por extraterrestres. ¿Cuál es el trabajo de investigación de una escritora para llevar un hecho histórico a la ficción, cuando decidiste que ésta era una buena historia?

La historia es brutal. Pero no es una historia que circula, no es una historia que las nuevas generaciones han escuchado y la relacionan con los medios de comunicación.

Lo que ocurrió en ese momento, irrumpir en la realidad a través de la ficción y transformarla, quemar un edificio, que mueran siete personas y que eso no esté siendo discutido, hablado, escrito en una historia, me pareció que era necesario devolverlo a la ciudad y al país. Porque esto además habla no sólo de la historia en sí, sino del aislamiento de Ecuador, por ejemplo. De cómo demonios ocurre algo once años después de que ocurrió en Estados Unidos y la gente se la cree.

Cuando estaba escribiendo la historia lo que me pregunté fue cómo le cuentas a alguien de ahora, alguien de 14 años lo que significó hacer eso. Fue como el Blair Witch Project, pero en la radio. ¿Cómo cuentas ese mundo donde lo más moderno eran las refrigeradoras, los carros? Son cosas que uno toma por hecho. Cuando el hecho sucedió en Estados Unidos Orson Welles estaba rastreando la fuerza de la radio, él quería aplicar lo que se venía aplicando en la política a la estación de radio para ver si funcionaba y lograba convencer a la ciudad. Y no era cualquier ciudad, era la ciudad más importante del mundo en ese momento, Nueva York era la capital del mundo.

Lo que yo quería hacer no era solo discutir lo que había ocurrido en Ecuador sino la importancia de no saber leer. Cuando yo escribí la historia, no encontré un recuento, una crónica o un estudio del hecho.

Yo no alcanzo a escribir todo porque un cuento no da para describir lo que ocurría en la calle y en las casas de la gente que creía que iba a morir. Habían historias extraordinarias, por ejemplo, un tipo trabajaba en un banco y por años sacaba una monedita por día y, pensando que se iba a morir y que no iba a ir al cielo, fue y le confesó a su jefe que durante tantos años había estado sacando moneditas del banco. Un señor era amante de su vecina, ese día fue a confesarle al esposo de su amante sobre el engaño para poder morir en paz. ¿Cómo enfrentas todo eso el siguiente día? Todo eso multiplícalo por todos los que se lo creyeron. Por eso también es algo que se borró, el fenómeno de que como todos son culpables entonces todos nos callamos. Si no hablamos no hubo muertos, si no decimos nada no hay culpables, fue como si se abrieran las compuertas de la locura y luego se cerrarán. La pregunta es ¿cómo no discutir eso en este país, como no discutir la violencia de quemar un edificio?

Tú afirmas que los personajes de La muerte silba un blues son vacíos, ansiosos y solitarios, la pregunta es ¿por qué los personajes parecen correr hacia la muerte deliberadamente, por qué lucen incapaces de frenar el desastroso porvenir, por qué parecen vivir en el filo de esa lucha existencial?

El mundo nos está llevando en una carrera de triunfos tras triunfos y con lo que ha significado Facebook, es como mirar un diario de otra persona pero donde se revela todo lo contrario de lo que revela un diario que es la cosa más íntima donde uno vuelca todas sus frustraciones, miedos, ansiedades mientras en Facebook se pone todo lo bonito, lo genial que soy, mis grandes amigos, lo que yo siento, todo es luz, todo está exento de muerte, de dudas. Es como crear un personaje que al final te traga. Al igual que los marcianos en Quito, no ocurrió pero la reacción sí.

Desde los griegos se sabe que entre más se esconde más se sufre. La literatura gótica se crea a partir de la revolución industrial, con el progreso y todo lo que está escondido: la pobreza, el rechazo, todo eso tiene que salir por algún lado y sale a través de la literatura, de la música, por ejemplo. Así, cuando uno esconde la realidad esta llega como llega en este cuentario, con muerte, con ansiedad, con desesperación, con una imposibilidad de poder comunicarse, hay una intención consciente de retratar de alguna manera a la sociedad contemporánea. A la imposibilidad de crear lazos, de querer algo mejor, la imposibilidad de la relación de los padres con los hijos. Como en Venus in furs, el niño tiene una necesidad desesperada de sentir cariño que lo lleva a apretar tan fuerte que mata lo único que tiene o la gente que no sabe lidiar con la vida, que al final es lo que hace esta mujer de Fu Manchú y el beso de la muerte que tiene la posibilidad de percibir la llegada de la muerte. Ella escoge suicidarse, es preferible la muerte de un ser querido a que sufra, quiere que se muera rápido y aunque pueda ser uno de los cuentos más terribles en verdad es uno de los que muestra más amor, porque uno a veces se engancha al dolor porque quiere prolongar la vida de otro que está enfermo, pero si lo piensas lo que tú realmente quieres de un ser muy querido es que no sufra entonces lo ayudas a morir rápido.

Había planteado todo esto para visibilizar el hecho que lo gótico está presente hoy en día y como este nunca ha desaparecido porque en lugar de que la revolución industrial nos llevara a la tranquilidad, al descanso, ha sido mil veces peor la falta de tiempo, la incomunicación, la pobreza, son cosas que están presentes y me gustaba la idea de que aparecieran en este libro.

¿Cómo se conectan los personajes con el cine gore, cine B y la estética de Jess Franco?

A Jess Franco lo utilice más por sus métodos de producción. Pero sí hay una sensibilidad que Franco lleva hasta el extremo que es el gore explícito de sangre, violencia física, pero en mi libro lo que hago es un gore de baja tensión que tiene que ver con la necesidad de estar al borde del grito pero quedarse ahí. Un poco lo digo en la introducción del libro que el mundo es una máquina gore, no es que llega alguien con una máquina y te corta la cabeza o aparece un asesino de la nada y te mata sino que la manera cómo funciona el mundo te va destrozando poco a poco, te va minando a través de la soledad y de todo lo que ocurre en los cuentos.

Hablemos sobre Ecuador y sus lectores. ¿El lector ecuatoriano es muy escaso, por qué no hay lectores en Ecuador?

No es que nosotros seamos más apáticos, menos lectores, menos inteligentes que los colombianos o los peruanos. Pero cuando sales sólo basta mirar las campañas que ellos han tenido.

Por ejemplo, algo que no se puede obviar: en Colombia, hace 16 años se creó una campaña que se llama Libro al Viento. La campaña se creó a partir de la llegada del Transmilenio a la ciudad y de la cantidad de personas que usaban ese transporte. Lo que hicieron fue sacar un libro por mes el primer año, entonces se preguntaron, para un país que no lee, ¿qué textos pueden llamar la atención, qué libros pueden resultar atractivos para un lector naciente? Y lo que hicieron fue imprimir diez mil ejemplares del primer libro y los repartieron gratuitamente en el Transmilenio, la gente se llevó un libro gratis y luego empezó la campaña. “Ustedes devuelven el libro y nosotros le damos otro”. Con el tiempo calcularon que el 70% de los libros regresaban y se intercambiaban por otro y ese otro 30% quedaba flotando en oficinas, en casas, el hijo lo llevaba y lo leía el papá, la mamá, etc. Esta campaña lleva 100 títulos publicados.

En la feria del libro de Bogotá la gente paga entrada y aun así hay 300 mil personas y eso no es porque a los colombianos les interesa más la literatura o porque son más inteligentes, sino porque durante 16 años han tenido acceso a un buen libro, con un cuidado editorial especial, con una introducción significativa para el lector y quedó ahí y hay gente que tiene su biblioteca del Libro al viento. Eso es algo que pasó en Bogotá, algo planificado, planeado a largo tiempo, no es una campaña que la decide una persona, que termina y no continua. Y lo que me parece importante de Colombia es que no era una campaña chauvinista, no es que los primeros diez títulos de Libro al viento tenían que ser autores colombianos, sino que comenzaron con mitos, con leyendas de Sófocles, con textos de la literatura universal y claro, con el paso del tiempo han incluido en navidad, por ejemplo, cuentos de escritores colombianos sobre la navidad, cuentos de escritoras colombianas y actualmente encargan antologías para que sirvan especialmente para estos libros o, conscientes de que ya hay unos lectores formados, el año pasado sacaron una antología de la ciencia ficción latinoamericana.

En el momento en que tú enganchas a un niño o a un adolescente con un libro nunca más lo va a soltar, porque descubrió otra manera de entender al mundo, para ello tienes que crear estas posibilidades. Y estas posibilidades crean seres humanos más conscientes, más inteligentes, que cuestionan. Pero nada sale de la nada. Y claro que ayuda que en la casa se incentive la lectura, ¿dónde más? Leerle a un niño, regalarle un libro, tentarle con historias.

¿Qué tanto influyen las editoriales locales, pensando en la literatura ecuatoriana, sus escritores y lectores?  

Cuando tú tienes una editorial que apuesta por sus autores se está arriesgando económicamente. Yo me estoy arriesgando entonces yo voy hacer que tus libros estén en todas las librerías, me voy a encargar de ir hablar con todos los productores y convencerles que este es el mejor libro que hay, que tienen que leerlo y que deberían hacer que todos los lean, yo me encargo de ir a hablar del libro en la radio, en la prensa, pero si tienes que pagar para que te publiquen eso no es crear un corpus, un catálogo, tu creas un catálogo apostando por un autor. Y para hacer eso tienes que arriesgar y si no se cree y se apuesta por alguien es difícil poder trascender. Porque todo es un engranaje, no es que por un lado funcionan los autores, por otro las editoriales, por allá las campañas y por acá los lectores.

Un lector va a comprar un libro de un escritor que reconoce como bueno porque en esa editorial los libros son buenos, que es lo que me pasa a mí con Anagrama. Yo puedo no conocer al autor pero si es de Anagrama lo compro porque el 80% de las veces acierto, por ahí no me gusta ese estilo pero de que es un buen libro es un buen libro, entonces si no tienes un buen catálogo en una editorial la gente deja de comprar, porque la gente no es tonta. Tienes que ofrecer cosas buenas.

La gente ve televisión nacional cuando hay cosas buenas y cuando no y tiene la posibilidad de comprar algo mejor, compra cable. No es que la gente prefiere la vulgaridad, la mala actuación, los malos chistes, si es lo único que hay deja prendida la televisión, pero si hay algo mejor lo va a ver, seguro.

Yo sé que es complicado llevar una empresa editorial y en general se lleva perdidas, pero es una apuesta que uno hace. Nadie entra a crear una editorial pensando que se va hacer millonario, entra con una mística de algo, entonces sí, puedes perder con dos, tres, cuatro títulos, pero en el quinto va a explotar porque la gente ya te va a creer.

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