El cerdo que todos llevamos dentro

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Por Javier Lara Santos, Poeta

(Publicado en suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Quito, el 14 de septiembre de 2014)

Ha de ser gris

Que la vida es una enfermedad de transmisión sexual lo sabemos todos. Que la adolescencia es una etapa en la que el ser humano se cree dueño de la inmortalidad, es cuestión de comprobarlo al hablar con alguien de esa especie, y que la vejez es la época de la sabiduría… es una cuestión aún comprobable y, como casi todo en la vida, susceptible a fallos. Pero de lo que sí podemos estar seguros es de que la vida, esa enfermedad, tiene una prescripción inevitable: la muerte.

Sin embargo, en este pequeño mundo donde transitamos como turistas o viajeros, como entes estáticos o trashumantes, concebimos la ilusión del tiempo desde una perspectiva humana, es decir, falible, ilusoria. Así, cualquier época de la vida, como dijera un motivador con Internet: “tiene su encanto y hay que disfrutarla al máximo”, sí, buenas intenciones, pero no hay nada más falso como querer sacarle chispas de alegría a todo lo que se mueva en el mundo. Hay épocas buenas y malas, sí, hay personas buenas o malas, o las dos cosas al mismo tiempo, siempre ha sido así. Y de hecho, ahora, esa relativización legitimada se ha vuelto un signo que marca nuestra época:  no todo es blanco o negro, puede que sea gris, que es peor, pero al menos parece ser cierto.

“Matad a los viejos”

Las etapas de la vida tienen sus tonos marcados —así no los queramos ver—, superando lo psíquico o la mera actitud que alguien se imponga, más allá de la idea de que la edad tenga que ver con cómo uno se sienta. El ímpetu de la mocedad o la parsimonia de la senectud son rasgos inevitables, físicos, y por contraste, obvios. Hablemos entonces sobre ese contraste entre esas dos edades, aprovechando, pues, el centenario del nacimiento de un ‘viejo’ muy interesante, como lo fue Adolfo Bioy Casares con su obra. Hemos de referirnos aquí a su novela Diario de la guerra del cerdo donde la juventud y la vejez tienen una confrontación que conlleva un aprieto mayor al simple hecho de una riña callejera o de un malentendido generacional. En la novela hay muertes de lado y lado. Contraste y rivalidad desde el inicio. Tema de lucha de edades, que no está en los libros oficiales de la Historia (aunque no es necesario, pues es un tópico que atraviesa toda la humanidad) y que en este caso tiene como escenario el barrio de Palermo, en Buenos Aires.

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“Isidoro Vidal, conocido en el barrio como don Isidro”, un profesor jubilado, quien vive en dos piezas alquiladas con su hijo Isidorito, un joven que trabaja de celador en una escuela nocturna, se despierta un día cualquiera en que espera su cheque de la jubilación para el mes, y nota que algo ha cambiado en su entorno, en el barrio: el mal se ha instalado ahí, pero es un mal intangible, un ambiente, una sospecha, algo que está por reventar, por explotar, y sucede: comienzan a aparecer muertos los vecinos viejos. El ambiente se vuelve cada vez más hostil, hasta el punto en que los mayores no pueden salir a pasear libremente, mucho menos por la noche, porque ronda el peligro de ser abatidos por la sola condición de su edad.

La sospecha de los autores de los asesinatos se confirma cuando el mismo Vidal y sus amigos (compañeros de juego de truco en un café del barrio, algo más viejos que él, a los que Vidal llama ‘los muchachos’) presencian el linchamiento de un anciano, don Manuel, que vendía diarios en el barrio, por parte de un grupo de jóvenes “armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético (…) Vidal entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenadas por el alcohol de la arrogancia”(1). El motivo pudo haber sido cualquiera: una sospecha de mal miramiento, una revista pornográfica en manos del viejo, el hecho es que ahora yace muerto en el piso, vapuleado por los chicos que luego se alejan sin miedo ni culpa, en grupo, siempre en grupo, como si se tratara de una ‘inteligencia colectiva’, puro instinto, ímpetu y orgullo, la juventud se las ha tomado con los viejos, y estos, cada vez más, temen por sus vidas. “Matad a los viejos”, entonces, parece haberse vuelto la consigna en ese escenario.

Crítica y/o universalidad

La novela, aunque publicada en 1969, transcurre en una época de agitación en la Argentina de la primera mitad del siglo XX. Desde la primera página podemos enterarnos del año aproximado, pues, aunque no se dice la fecha explícitamente, se sabe que “Vidal echaba de menos las cotidianas ‘charlas de fogón’ de un tal Farrell, a quien la opinión señalaba como secreto jefe de los Jóvenes Turcos”. Es decir, la fecha gira en torno a 1943, y nos refiere al golpe de Estado conocido en la Argentina como la ‘Revolución del 43’ donde participó el general Edelmiro Julián Farrell como vicepresidente en un gobierno de facto, 3 años antes de la subida a la presidencia de Juan Domingo Perón.

Pero tal vez lo que haya que señalar es que en el mismo año de publicación de esta novela, el 69, la Argentina estaba bajo otro régimen militar y dictatorial, el del general Juan Carlos Onganía, quien había derrocado al presidente constitucional Arturo Illia en el 66, y el país presenciaba la formación de organizaciones de jóvenes guerrilleros con edades entre los 20 y 30 años. En ese contexto, hacemos una lectura crítica con base en la sociedad de esa época, en la publicación de una novela con esta temática, no obstante, la problemática que se centra en el conflicto interno de Vidal, como un ser nostálgico, quien “si antes se encontraba en el fondo con una mujer, ambos reían; ahora pedía disculpas y rápidamente se alejaba, para que no pensaran que era un degenerado o algo peor. (…) El hecho era que de meses, tal vez años, a esta parte, se había dado al vicio de los recuerdos”. Con estos pensamientos conviven las sentencias de los jóvenes, quienes parecen guiados por un instinto que supera su propia individualidad para pensar.

Así, podemos ver que la novela habla sobre la vida y la muerte, y en su justo medio, la edad y sus conflictos. Temas sobre la mirada de nuestra propia vida a través de los ojos de la vejez. También habrá que tomar en cuenta que Bioy escribió esta novela cuando él mismo estaba experimentando la sensación de ‘volverse viejo’, como lo confesó en una entrevista. Tenía 55 años cuando la publicó.

La novela avanza a paso seguro con una prosa sencilla, está atravesada por diálogos que sentencian o sugieren la condición de los habitantes del barrio, la circunstancia de su edad, de su posición ideológica respecto a lo que está sucediendo, así, el conflicto personal del protagonista comienza a agrandarse cuando el propio hijo de Vidal cambia de actitud hacia su progenitor, lo mira ahora con algo de fastidio, tolerancia y ternura al mismo tiempo, una mezcla de sentimientos. Los chicos rondan por los pasajes del barrio, buscando pretextos para acabar con lo que para ellos es un mundo viejo, caduco, sucio, lleno de mañas. El odio por todo lo que los otros representan, en definitiva, no es más que el terror de los mismos jóvenes por saber que algún día ellos estarán en esa posición, es una autonegación y una medida ridícula y desesperada por negar ese inevitable futuro, de ahí entonces se deduce su rabia, su miedo, su violencia: “a través de esta guerra [los jóvenes] entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. ¡De ellos mismos, tal vez!… matar a un viejo equivale a suicidarse”.

¿La ley del más fuerte… o del más sabio?

Sin embargo, Bioy Casares no trata con amabilidad a la condición de la vejez en esta novela, no hay buenos ni malos, de hecho, ridiculiza, hace notar lo patética que puede ser una actitud que no vaya acorde con lo establecido por el constructo social sobre el rol de las edades, como le pasa a Vidal cuando comienza a sentir deseos refrenados por Nélida, una joven del barrio a quien aprecia mucho pero a quien no se le ha acercado en un principio por pensar que puede pasar por ‘viejo verde’. Sin embargo, el idilio se da, a su manera, pero resulta: “La vio sentada en la cama, ocupada en quitarse tranquilamente zapatos y medias, y admiró esa tranquilidad y la gracia de las manos que bajaban las medias a lo largo de las piernas y las tiraba sobre una silla. Con gratitud se dijo ‘¿Será posible que yo tenga tanta suerte?’ La muchacha se incorporó; como si nadie estuviera con ella, se miró un instante en el espejo y en un solo movimiento —así por lo menos le pareció a él— descubrió su desnudez, tan blanca en la penumbra del cuarto. Trémulo por la revelación, oyó que le decían de muy cerca: ‘Sonso, sonso’”. Esta condición de vejez en un mundo de jóvenes no solo representa esa desventaja, esa ‘debilidad’ cuando se trata de una guerra, erótica o de otro tipo, pues sabemos que en una contienda, por lo general, gana el más fuerte, y en este caso, serían los jóvenes.

Aunque en el manejo de la novela sea severo el tratamiento de las circunstancias de los viejos, tampoco se deja de lado una lectura más profunda de esa misma condición, es vistazo a la ‘sabiduría’ triste pero cierta de la perspectiva de los mayores en contraste con los chicos: “—¿Habéis oído algo —inquirió Rey— sobre la proyectada Marcha de los Viejos? Una manifestación oportuna, probablemente de la mayor efectividad. —Por favor —replicó Arévalo—. ¿Te imaginás lo que va a ser? Van a poner a toda la ciudad en contra. Un espectáculo dantesco. (…) —Un espectáculo del fin del mundo. Ustedes no se dan cuenta. Estas locuras, todas estas monstruosidades ¿o anuncian el fin del mundo o qué sentido tienen? Arévalo dijo: —Todo viejo algún día llega a la conclusión de que el fin del mundo está a la vista. Hasta yo mismo pierdo la paciencia…”.

Estas conversaciones entre ‘los muchachos’ amigos de Vidal son una guía para avanzar en la novela y dejan entrever el fondo de todos aquellos conflictos, pues sin perder el humor o la confianza entre ellos, comentan cosas como: “—¿Dónde habrá quedado ese tiempo en que nos buscaban las mujeres? (…) —No volverá —afirmó Rey. —Lo raro sería que volviera —observó flemáticamente Arévalo”.

El futuro está lleno de asilos machistas

Algunas críticas han sugerido que esta también es una novela de tintes fantásticos, porque desarrolla una situación ‘posible’ en un escenario alterno —no una distopía ni una utopía estrictamente— sino en un lugar real, con un tiempo real, pero con una circunstancia imaginada y posiblemente premonitoria, futurista. Otra cosa que hay que notar en esta novela es que la condición de vejez aplica en su mayoría para Vidal y sus amigos ‘los muchachos’, no se habla de la condición de vejez en las mujeres, más que de soslayo y como contraste con el personaje de Nélida, para recalcar el hecho de que su edad es algo que ya no tiene interés ni para Vidal ni para la voz narrativa (no es sorpresa que Bioy Casares tenía tintes machistas en sus opiniones personales)(2). Y a propósito de este personaje femenino que solo aparece de pasada por la novela, notamos que existe otra Nélida, más joven, y como juego cruel, con el mismo nombre, como si la sentencia de la belleza reemplazara para siempre a la vejez, leemos: “una de las chicas del taller, una trigueña de piel blanca, llamada Nélida, que le recordaba, siquiera por el nombre, a la Nélida de otros tiempos, lo miraba con alguna obstinación, como si quisiera decirle algo”.

La condición de ‘hombres’ en aquella época machista no se trasluce aquí como la condición de fuerza (nunca lo ha sido, lo sabemos). En la vejez existe la nostalgia que siempre se instala en los diálogos de ‘los muchachos’ que alguna vez fueron fuertes y guapos, y que ahora solo quedan relegados hacia ellos mismos y sus reuniones de juego de truco en el café. De hecho, no es gratuito que Bioy haya utilizado ciertos nombres para identificar a los viejos ‘muchachos’: Rey, Dante y Néstor. Rey: nombre obvio que representa el poder y la fuerza. Dante: quien viajó al infierno a los 35 años, y Néstor, uno de los argonautas que luchó contra los centauros. Así, la vejez queda asentada como la pérdida definitiva de algo que fue glorioso, como leemos: “Llega un momento en la vida en que, haga uno lo que haga, solamente aburre. Queda entonces una manera de recuperar el prestigio: morir”. O: “La aceptación de las propias limitaciones eventualmente es una sabiduría triste”.

El hombre es el cerdo del hombre

Así vamos desembocando en un clímax que es producto de la misma tensión que se maneja a lo largo de toda la novela, el hilo narrativo no se suelta, no decae, por eso la lectura se vuelve ágil, satisfactoria, clara, y poco a poco las cosas van tomando el lugar que deben tomar en la ficción o en la realidad, la vida siempre se acomoda. “La barbarie —dijo, con voz no menos temblorosa (…). ¿Oyó las bombas? La primera estalló en el propio Asilo de Ancianos…”. Y luego nos enteramos, entre hechos confusos, pero contados con gran claridad, que Isidorito también fue víctima de esta guerra, que su hijo pagó por él, Vidal, quien estaba ‘marcado’ para morir por un grupo de jóvenes, que sin embargo nunca llegaron a cumplir su amenaza.

Esta Guerra del Cerdo cumple con una advertencia, sin caer en lo sentencioso, nos muestra la cosificación de los ancianos, algo que sucede sobre todo en el primer mundo, hoy en día, ese desecho de lo que ya no es nuevo, de lo que ya no sirve. Es, sí, una novela premonitoria, y sobre todo, muestra la gran sensibilidad del autor, que nunca cae en el sentimentalismo o peor aún en el discurso políticamente correcto respecto al trato de unos u otros: es un espectador, un artista que muestra la condición humana tal y como es, o podría ser:

—¿Qué leías?

—En Ultima Hora, el recuadro sobre La guerra al cerdo.

—¿La guerra al cerdo? —repitió Vidal.

—Yo pregunto —dijo Arévalo— ¿por qué al cerdo?

—Ese al me parece incorrecto —opinó Rey.

—No, hombre —protestó Arévalo—. Pregunto por qué ponen cerdo. Este pueblo no es consecuente en nada, ni siquiera en el uso de las palabras. Siempre dijimos chancho.

—Basta el capricho de un periodista y todo el país hablará de la guerra al cerdo —señaló Rey.

Este diálogo señala dos cosas importantes que hay que tomar en cuenta sobre el título de la novela: por un lado están los llamados ‘chanchos’ o ‘cerdos’ referidos a los viejos sin diferencia de condiciones, “egoístas, materialistas, voraces, roñosos. Unos verdaderos chanchos”; por otro lado, se ve algo distinto de la historia: una voluntad colectiva, autómata y sin autocrítica como las mismas hordas de jóvenes que van a apalear a los mayores. Entonces, podríamos deducir que los artículos al o del remiten a los dos, a los atacantes y a los atacados. Los jóvenes y los viejos. Todos entrarían en la misma condición, por una misma intolerancia compartida. Es decir, serían el cerdo que todos llevamos dentro.

“—Esta es la juventud, que debía pensar por sí misma —adujo Arévalo—. Piensa y actúa como una manada.

—Te equivocas —declaró Rey—. Como una piara. Una piara de cerdos”.

Notas:

1.- Bioy Casares, A. (2004). Diario de la Guerra del Cerdo. Alianza Editorial, Biblioteca Bioy Casares

2.- Les invito a darse una vuelta por sus Memorias y sus Diarios.

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