Bioy Casares

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Por Jorge Dávila Vázquez

(Publicado en diario El Mercurio, Cuenca, el 31 de agosto de 2014)

Adolfo Bioy Casares, extraordinario narrador, nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914 y murió en 1999. Su figura es una de las más grandes de la literatura argentina del siglo XX, y, por supuesto, de la producida en lengua española y de toda la creación fantástica universal. Su concepción de un mundo en que lo real y lo fantástico conviven de modo simple, común, es lo que más llama la atención en sus obras mayores.

Pienso en el bello cuento “De la forma del mundo”, en que un muchacho que va a encerrarse en una pequeña casa de una isla del delta del Río de la Plata, para preparar sus exámenes, desembarca, casualmente, con un contrabandista, en otra, y llega, guiado por él, atravesando un túnel vegetal, en cosa de cinco minutos, a Punta del Este, ciudad situada 400 kilómetros más allá. La vuelta –luego de una breve aventura sentimental, con una desconocida- dura lo mismo que la ida, pero la ruta no puede volver a encontrarse. Imposible. Lo maravilloso ocurre una sola vez.

Bioy perteneció al grupo social de la alta burguesía bonaerense, que era el que producía, por ejemplo, la Revista “Sur”, cuya mentora fue Victoria Ocampo, y se casó con su hermana Silvina. La figura estelar de la generación era Jorge Luis Borges, a quien Bioy profesó siempre un profundo y fraterno afecto, que duró toda la vida –aunque María Kodama, la viuda del genial escritor, a quien Bioy detestaba, fuera una sombra que los distanció en sus años finales.

La estrecha amistad de los dos literatos fue hasta el plano de la escritura, uno y otro se enriquecieron con las lecturas compartidas, las ideas creativas, los autores admirados o no; y publicaron más de una docena de obras en colaboración, ya fuera con seudónimo (H. Bustos Domeq; B. Suárez Lynch), ya con sus propios nombres; ficciones y recopilaciones –en algunas de estas intervino también Silvina Ocampo, como en esa excepcional “Antología de la literatura fantástica”.

Bioy admiraba profundamente al amigo, por eso afirmó alguna vez: “Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajos”. Y ese sentimiento lo acompañó más allá de la muerte del creador excepcional, cuando publicó su monumental “Borges”, fruto de los diarios que llevó desde 1947, a lo largo de muchos años, centrados en la figura del escritor, y que, a veces, desconciertan, porque nos dan una imagen de él imposible de imaginar, pues Bioy fue capaz de registrar fiel y, a veces, algo indiscretamente, ideas, anécdotas, la increíble ironía y la perenne sabiduría borgeanas.

Lo más conmovedor es que habla de Borges y de su muerte, con un sentido tan hondo de lo cotidiano y lo vivencial, que nos pone ante nuestras propias experiencias al respecto. En verdad, nunca queremos aceptar que esos seres a los que amamos de corazón, en algún momento pueden dejarnos, “actuamos como si fuéramos inmortales”. Y esa necesidad de seguir en comunicación, ese desespero por la palabra no dicha, por la confidencia trunca, por el sentimiento no expresado, han de acompañarnos por el resto de nuestra existencia.

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