La isla de Morel

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Por Iván Rodrigo Mendizábal

Al inicio de La invención de Morel (1940) leemos, por boca del narrador: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No pude volver al museo, a buscar las cosas. Huí por las barrancas. Estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. Creo que esa gente no vino a buscarme; tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana” (p. 25).

Con estas palabras Adolfo Bioy Casares nos sitúa en un entorno alejado, al parecer un lugar con una piscina y una colina agreste, rodeada por el mar. Se trata de dos descripciones: una casa y una isla en la que el autor argentino pone a su personaje, un fugitivo, quien escribe un diario para relatar, si se quiere, su naufragio y el descubrimiento de ese mundo y lo que contiene, una máquina fabulosa que captura los momentos de una comunidad que aparentemente ha estado allá, creada por un científico, Morel. Es la novela La invención de Morel, con probables referencias a La isla del doctor Moreau (1896) de H.G. Wells y Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe.

Quisiera detenerme en la idea de la isla. ¿Qué es lo que implica tal imagen? La palabra nos da la representación de aislamiento, de un entorno estable pero que tiene, en sus fronteras, en sus lindes, una nada, un vacío e incluso una inestabilidad. Reducirse a una isla es como retirarse o retraerse, pero también establecer algo en medio de una clausura. Sea el camino primero, es, asimismo, la imagen del encierro donde el fugitivo, quien escapa de la justicia, encuentra, por paradoja un emplazamiento de encierro quizá más cruel que el que le tenía reservado el destino. Si es el segundo, la isla parece ser el lugar utópico.

Estamos entonces en una isla. Una primera acepción: el lugar del aislamiento y de la muerte. El fugitivo se encuentra aislado y paradójicamente podría ser la zona de su muerte. Pero tal paradoja, en la novela de Bioy Casares, es asimismo la que tiene que ver con la presencia de los supuestos habitantes de esa isla. El fugitivo se despierta con el sonido de un fonógrafo; está fuera de la casa que ha encontrado, deshabitada, pero con todos los elementos para vivir en ella cómodamente. En la novela, al principio creemos, como él, que los habitantes han estado en algún lugar –se han ido–, menos en esa casa; de pronto éstos se aparecen –vuelven–, caminan, charlan; se trata de una especie de tribu urbana que gente que ha ido a vacacionar a la isla. El fugitivo poco a poco va conociendo a una mujer, Faustine, de quien se enamora, aunque no se atreve a acercarse. Cuando avanzamos más en el territorio que nos esboza la novela, pronto caemos en cuenta que tales habitantes no son de carne y hueso, sino unas imágenes tan vívidas, tan personales, tan vivenciales, las mismas que confunden gracias a su propio realismo. Las imágenes traen nuevamente a la realidad de los cuerpos, posiblemente muertos, de esos habitantes que han decidido perpetuarse.

La cuestión de que los habitantes se presenten fantasmáticamente, a través de imágenes, trae una cuestión sugerida por algunas perspectivas antropológicas de la imagen: las fotografías “roban” el alma; en este caso, la máquina fantástica de Morel perpetúa a un grupo burgués, les roba su esencia –incluso él les convence de tal fin–; la finalidad es buscar la posible inmortalidad, a costa de la muerte probablemente simbólica del ser.

Por otro lado, el fonógrafo que despierta al fugitivo trae la música. ¿Es el signo de una época? Claro que sí, el de una sociedad que disfruta el poder y de la concreción de la modernidad: el ser humano al dominar la naturaleza, la trasciende; ahora se trata de capturar el sonido y de hacer tangible los sonidos, ordenándolos en un código que permita luego su reproducción. El fonógrafo, empero, trae, como si fuera la apertura a otra dimensión, el sonido indescriptible de uno mismo con algo más; es el sonido de la voz, de la respiración, del fondo, del entorno. Quizá valga la pena volver a oír los breves segundos de “Au clair de la Lune”, el primer registro del predecesor del fonógrafo, el fonoautógrafo (1860) de León Scott: en aquél el canto al claro de la Luna se torna fantasmático y también fantástico. Y quizá eso nos remita a otra idea de la isla: un lugar paradisíaco, un emplazamiento romántico, un refugio. En las incursiones que hace el fugitivo en la casa de los supuestos habitantes, nos muestra los signos de la comodidad, de una “civilización” burguesa, pudiente, patrona, que al parecer ha llegado al culmen de su estado: en la casa hay un museo, una capilla, una gigantesca biblioteca…, una piscina. La pregunta es: ¿quién no quisiera irse a una isla para disfrutar, recluirse, alejarse de la mundana civilización, y establecer en ella la suya propia? Crearse un mundo aparte: mito romántico de quien lo tiene todo y quien empieza a aborrecer lo que la vida misma parece significar.

El tema de la utopía, desde Tomás Moro –precisamente en su obra Utopía (1516)– cobra relevancia para el mundo moderno. Pero habría que decir que antes que él en La República (370 a.C.), Platón ya idea lo que puede ser un espacio donde prevalece lo justo. Utopía podría ser, en efecto eso: un emplazamiento donde reina lo justo, lo equitativo, donde prevalece un orden ideal. El fugitivo, sabemos por La invención de Morel, es alguien que escapa de la Ley; pero además es un venezolano –¿es el tema del latinoamericano venido a menos frente a la civilización occidental moderna?–. Casi al finalizar la novela este fugitivo piensa que debe buscar realmente a Faustine e irse a una Venezuela, pero no a la que conoce, sino a otra, porque tanto Faustine como Venezuela, para él, en sus delirios, son “Patria” (p. 114). La idea de la isla, por lo tanto, en una tercera acepción que quisiera establecer es la una morada nueva o diferente una patria. Morada en sentido de hogar, de lugar propio, de lugar donde se restablece todo y donde uno se siente feliz. Cuando Martin Heidegger lee “Retorno a la Patria, a los parientes” de Hölderlin en Interpretaciones sobre la poesía de Höderlin (1983), señala que el hogar es algo propio, es lo que arraiga, lo que enraíza: la Patria; y plantea: “La patria se prepara como la tierra de la cercanía al origen” (p. 49). De acuerdo a ello, ¿se puede pensar la utopía como una vuelta al origen, a lo que origina? En otras palabras, es la utopía una manera de ir al origen, para restablecerlo, para formularlo nuevamente. Para los modernos, Moro estaría también aspirando todo ello en virtud que el presente, su presente, es ya insostenible.

Ahora bien, es curioso pensar que al fugitivo le despierta un fonógrafo y toma conciencia que de pronto los imaginarios habitantes de la isla se han despertado; pero ellos no están allá, sino en imágenes. En medio de la soledad de la isla, a la que el venezolano ha ido a parar, donde él se siente solo, cree encontrar radicalmente el signo que permitirá nuevamente su restablecimiento. El fonógrafo es un signo también de la modernidad, de las voces de la modernidad que se le presentan, que le inquieren. Por ello huye de la casa, se va a las barrancas bajas. Baja. La isla, por lo tanto, tiene esa doble dimensión que aparece en muchas de las descripciones sobre el cielo y el infierno. El hombre, ese Adán expulsado del paraíso, quisiera recuperar, quisiera volver a la patria moderna, y aunque someramente pueda hacerlo, de pronto las imágenes de quienes lo han expulsado, le hacen volver a su realidad, a los bordes del mar, a los sucios arroyos del sur, como cuenta Bioy en su novela. Las voces de la isla en este caso parecen ser pesadillescas, es decir murmuraciones cuyo significado no llegan del todo al fugitivo. Contrariamente a la paradójica irrupción de los sonidos, la fuerza de las imágenes son más potentes. La isla entonces establece un espacio de ilusión.

Cuando afirmo que Adán quiere volver al paraíso –igualmente el paraíso de la modernidad con su modelo civilizatorio establecido–, la isla, en sentido mitológico, este hace aparecer también otro sentido, quizá el cuarto de mi lectura: es el lugar donde viven los dioses. Pero el problema es que la morada aquélla ya ha sido abandonada por los dioses, pero al mismo tiempo, ilusoriamente, virtualmente, están allá, como presentes. Y nuevamente encontramos otra tensión, pues el fugitivo llega a un lugar deshabitado, a una utopía concretada y abandonada, pero cree, al principio, que los habitantes, esos que han conquistado realmente la civilización burguesa, están allá. El problema está en que los tales “dioses” de la civilización perviven como imágenes, como presencias virtuales en una utopía que ha sido un experimento para ellos, donde Morel ha podido poner en marcha su máquina para capturar las esencias, más allá de los cuerpos. ¿Ciencia ficción con visos metafísicos?

Y lo anterior nos liga posiblemente a una nueva acepción de la isla: un microcosmos donde está reunida una forma de vida, un mundo diferente al del fugitivo. El edificio sacro es el museo. Piénsese este museo como el lugar de la memoria: se sabe que la palabra museo alude al espacio de visita y de encuentro con las musas, ésas que inspiraban a las artes y los artistas; en algún momento el museo también se relaciona con la biblioteca, de la cual, sabemos por el narrador, existe en la casa de Morel. Memoria hoy día no es solo recordación, sino también sistematización, orden, control. Por algo la máquina de Morel es la expresión máxima, igualmente, de este mecanismo de memoria acerca de un modo de vida.

Resumamos, para finalizar, algunas ideas. La isla utópica y abandonada de Morel es como el cierre a un periodo de idealizaciones y de tensiones para concretar una cierta humanidad. El probable contexto de cuando fue escrita la novela es llamativo, 1940. ¿Acaso Bioy Casares intuye, proyecta ese imaginario de inestabilidad humanitaria que anticipa la II Guerra como clausura de todo signo de humanidad que pudo existir?. Moro inaugura, si se quiere, el pensamiento sobre las utopías; Moreau –el de Wells– muestra el lado perverso de tales utopías con la creación de un mundo manipulable al servicio de las ciencias; Morel parece mostrar el desencanto de todo este ciclo de las utopías. Nótese, entonces, el parecido de los nombre: es como si Moro estuviera volviendo a escribir desde su propio naufragio lo que se ha concretado –y quizá de modo malo–.

Por otro lado, Morel es más sofisticado que Moro y Moreau. Debe reaprender a vivir en el escenario de su propio naufragio; pero el problema es que es ya un “fugitivo” pero quizá es quien fuga de la propia modernidad cuyos signos –el fonógrafo, la máquina para capturar y hacer vivir imágenes– son más atroces, porque demuestran que vuelven inesenciales la existencia humana.

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2 pensamientos en “La isla de Morel

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