Cuentos fantásticos de Iván Égüez

CuentosFantasticosEguez

Por Fernando Naranjo

(Publicado en la revista Rocinante no. 71 de septiembre de 2014, Quito)

La Campaña Nacional de Lectura Eugenio Espejo publica esta colección de narraciones de Iván Égüez

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Yo también anduve persuadido, por un tiempo, de que debía celebrar un pacto ficcional con cada libro que acoderara en mis manos. Todo por infidencias del sujeto aquel llamado [Umberto] Eco, debo admitir, sin embargo, que por un tiempo el método funcionó bien, hasta que se volvió́ insoportable la cantidad de pactos que hube de urdir, luego descartar o volver protocolariamente a suscribir.

Este fenómeno se dio al querer sistematizar cómo brota lo fantástico. No hay pacto que valga, y con Égüez no hay cómo.

Figúrese: avanza usted tranquilo, tenso tal vez, con un dejo de tristeza, o emocionadamente alegre, pero a la larga confiado, por el reconocible mundo del libro de su lectura; le va adjudicando rostros a los protagonistas, los acompaña por toda suerte de paisajes y pisos climáticos, poco a poco se va metiendo en sus planes por calles o campos, en buses o trasatlánticos, cuando acontece de pronto que ese mundo es tomado, invadido, ocupado y sojuzgado por lo fantástico. Aquello puede suceder temprano en la lectura, puede que surja a la mitad de la ruta, o hacia el final. El caso es que tal irrupción es realmente bendita: marca al libro y lo marca a usted, tal acto se convierte incluso en la razón de ser del relato. En ese instante el “pacto ficcional” que invoca Eco, y que le ha permitido a usted aceptar la propuesta argumental del autor, ha sido desafiado y lo más probable es que usted resulte liberado de su compromiso.

Iván Égüez, con los textos de sus Cuentos Fantásticos nos ofrece varias formas de abordar o, tal vez, de ser abordados por lo fantástico. A medida que buceaba por estos relatos más bien cortos comparaba la experiencia de leerlos a la de sumergirnos y no saber con qué vamos a encontrarnos al concluir la zambullida. No se trata de una incertidumbre que mata, pero lo incierto da vuelo a lo fantástico, lo he comprobado.

En “Cruce de trenes” (por esta ocasión) hay una mujer que espera, casi que te espera. Descrita la mujer “vestía un traje de ciudad que, estrecho y brilloso, contrastaba finamente con el sombrero de falda ancha que llevaba puesto”… ¿Y? ¿De qué va la cosa? Los que leemos a Égüez lo reconocemos, entre otros vicios literarios, por su humor: “indumentaria inusual para la zona y esa hora crepuscular, pero ya se sabe que los viajeros vestimos pensando en el lugar de destino, aunque parezcamos loros en el de partida”. ¿Vieron? La suerte literaria, digamos, ya está echada: a la mujer el tren se detiene a recogerla. Llama la atención su atuendo. La hora es la del crepúsculo. “Parada junto a su equipaje, sin nadie quien la despidiera, parecía el aviso comercial de la indolencia…” La mujer sube y, naturalmente, se acomoda en tu compartimento, cuelga el sombrero entre las ventanas del aposento, te bloquea el ángulo por donde el sol de la tarde es decapitado (persistes en tomar las cosas con humor) , se sienta frente a ti y te ignora por completo; tanto, que suelta la trenza de su cabello, muestra su dentadura cada vez que sujeta entre ellos las horquillas o peinetas, ¡se desabotona “cuatro o cinco filas de corchetes” de la blusa!, resopla aliviada y se repatinga en su asiento, cual si estuviera sola en la cama o la bañera. Lo único disponible para cerciorarte de que la mujer sigue allí́, contigo, es el reflejo en la ventana. El diálogo que la mujer inicia se interrumpe cuando se hace la dormida. Pasa, entonces, por una metamorfosis que solo sirve para recalcar tu impotencia de ser visto, la mujer palidece, asoma un rictus de dolor, se estruja horriblemente las manos, el brillo de su piel da paso a una máscara pálida, leporina y llena de carcoma. ¿Te quedaste dormido? No. No, porque sientes el pito del otro tren que se aproxima (hay certezas ocasionales), y adviertes como fogonazos, como cuchillos de luz, las mil ventanas del tren de retorno, luces que iluminan la callada proximidad de una mano escamosa y agrietada que avanza hacia ti.

Naturalmente lo fantástico queda para el desenlace. Para que no me acusen de “corta nota” les adelanto que de la mujer que subiera al tren y de aquella metamorfoseada, nada queda, solo quedas tú, para contarlo.

A menos que se trate de ciencia ficción, donde queda por descontado que el mundo a recorrer está debidamente aderezado para lo fantástico, en “El oráculo” el que espera es un indio, “sentado ahí́, desde hace siglos” que vaticina la muerte con su cacareado “uno va a morir”, y efectivamente muere; en “El lago de los cisnes”, aparte de la balletista ya vieja y de su joven amor, el silencioso y viral protagonista de la fantasía es el espejo; en el “Tallo de las sombras” un sueño ajeno. Pero nada que ver con “Fabia”. Cuento complejo, de adelante para atrás, o de atrás para adelante, conforme convenga a nuestras pobres entendederas, el caso es que nos abrimos a varios niveles de la realidad, realidad que poco a poco se va deshojando en sus múltiples, divertidas, escabrosas y fatales versiones, hasta dar con este único cuento realista, aunque asombroso. En “Fabia” lo fantástico va apoderándose de todos los protagonistas: del novio, de la prensa y del murmullo, de la fe y la posesión satánica, de las clases sociales, de la oportunidad y del oportunismo, de jóvenes y viejos, de todo, menos de la inocencia que sólo es disfraz.

Lindo cuento “Sunka, el gallito de la peña”, y asombroso “Nadando de espaldas en medio de la niebla” donde se da una disputa entre los soñadores del mismo sueño. En este último, una muchachada de primos se reúne a contar “historias de muertos y aparecidos” en casa de los abuelos. “Desde entonces, quizá́”, dice el protagonista, “me di cuenta de que los fantasmas eran como las ideas: existían pero no había cómo tocarlos”.

Cuando las historias concluyen, entonces se da por inventar cosas que jamás han sucedido. El chico (Ricardo) tiene lo suyo, un gran “sueño”, pero la prima Lola se le adelanta y para su estupefacción, cuenta “SU” historia, su sueño. Eso no puede quedar así́, mutuamente se corrigen los detalles y pormenores, se acusan recíprocamente de lo que sucedió́ en sueños como si se tratara de asuntos de la vida cotidiana, hasta que esa vida, tantas veces aludida, se encarga de poner las cosas y principalmente los muertos en su lugar.

Para aquellos cinéfilos que debieron pasar por salas, primero, y videos después, para quedar atrapados y sin salida, los desafío a que se desentiendan, si pueden, de este cuento.

Quedan muchos otros por reseñar, pero con “Omi” no se puede. Allí́ mora la fábula del eterno retorno, la vida del otro –que resulta ser el mismo, es un compendio de la pretendida pasividad de los libros sobre los libros y del autor sobre la vida del autor. Al final, el protagonista ya no quiere seguir comprobando la intromisión de lo fantástico y se refugia en las jugadas del maestro Capablanca. Los demás no tenemos esa suerte. Este es un pacto aparte que nos obliga a no desistir en busca de lo fantástico.

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