La suerte de los libros

Libros exhibicion

Por Cecilia Ansaldo

(Publicado en diario El Universo, Guayaquil, el 5 de octubre de 2014)

Por una afortunada circunstancia de esta semana –todo un cruce de mensajes con amigas en el extranjero para buscar libros– me he puesto a pensar en la misteriosa vida de estos maravillosos objetos, de culto para unos, de completa indiferencia para otros.

Los datos sobre la aparición y circulación de los libros son contradictorios. El año pasado leí informes que provenían de Argentina y España, evaluando sus respectivas y famosas ferias que hacían pensar en aumento de adquisiciones en un caso y caída peligrosa en el otro, al punto de enumerar la desaparición de aquellas pequeñas editoriales especializadas que hicieron las delicias de los seguidores de determinadas líneas. Todo el tiempo, quienes hemos levantado nuestras vidas sobre pilares de libros nos estamos preguntando sobre la real existencia de ellos, sobre sus formatos cambiantes, sobre su futuro.

Me atengo a los signos de la realidad que me circunda: los buenos profesores estimulan la lectura y pese al habitual desaliento que inspira una juventud desinteresada en leer, florecen por aquí y por allá grupos de niños y adolescentes apasionados por temas, autores e iniciativas que surgen en torno a la lectura (véase cuánto va consiguiendo esa inspirada iniciativa que se llama Ciudad Mínima, en Guayaquil y que convoca, preferentemente a los jóvenes). Las Tertulias de Ciencia Ficción, que organiza Denise Nader cumplieron un significativo aniversario, revelando la dinámica de un grupo de seguidores de ese tipo de ficciones. La Fundación EL UNIVERSO y demás clubes de lectura de la ciudad mantienen su reunión mensual en torno de un título específico, entregados a la placentera actividad de pensar y dialogar sobre ese mundo de perplejidades que el elegido plantea en caso de ser, como se espera, un recorte de la sabiduría del mundo.

Alguien me dijo, al pasar, “hoy mucha gente quiere escribir un libro” reparando en que personas no ligadas a una práctica profesional de la escritura, publican ocasionalmente. Habría que investigar cuál es el paradero y la calidad de esos esfuerzos. Porque el recorrido de un libro impreso es completamente imprecisable. No sabemos si se regala el día de la presentación, si se coloca comercialmente en todas las librerías, si se queda embodegado en las instituciones públicas (tan proclives a publicar sin ocuparse mucho en la circulación).

Yo sigo lamentando que en cada sala de espera a la que ingreso atruene un televisor y capte largas horas de la gente, que las enormes filas de los bancos (ese absurdo del medio de abrir despachos con ocho ventanillas y solo tres habilitadas para atender), nadie tenga un ejemplar para ocupar el tiempo vacío, que los viajeros no pongan en su bolso de mano el libro de turno, tan grueso como fuere necesario para cubrir las horas del vuelo. Resulta sintomático que las librerías no tengan, o se demoren mucho en ofrecer, los títulos que las redes sociales anuncian. En este tiempo de listas –las diez mejores películas, novelas, medidas de triunfar en el amor, etcétera– en la red, hasta resulta divertido hacerse personalmente la prueba de si conocemos tales enumeraciones. Muchas veces busco lo que una mano invisible me ha hecho admitir como una flagrante omisión de mi conocimiento.

Por eso, aquí seguimos trabajando por los libros, deseándoles larga y venturosa vida.

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