¿Sueñan los androides con el fin del hombre?

robots

Por Diego Yépez

(Publicado en suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Quito, el 9 de noviembre de 2014)

Algunos robots sobrevuelan el parque, se los puede ver por la ventana de la casa. Lo extraño es que no se chocan; lucen como escarabajos de acero y los vecinos se acostumbraron a ellos. Los niños juegan en el jardín con un perro robótico. El animalejo de plástico salta, ladra, incluso reacciona al tacto, parece que disfruta de las caricias. Solo Negro, el can de hueso y carne, desconfía de la máquina. El padre se sienta en el sofá y le dice a Siri —la asistente virtual de su teléfono— que encienda la televisión, mientras el sol de la tarde se cuela por las persianas. Es la hora de su noticiero favorito. De la pantalla, en primer plano, emerge un camión israelí: está remolcando un aparato similar a un avión. La reportera explica a los televidentes que es un drone, en concreto, un Elbit Hermes 450, una temible nave de asalto no tripulada. “Debiera llamarse Ares”, piensa el padre, apaga la TV y se queda embobado mientras observa la incansable laboriosidad del robot aspiradora.

Este escenario no está sacado de Los Supersónicos, la serie futurista de Hanna-Barbera. De hecho, todas las tecnologías descritas existen desde hace por lo menos una década, pero por primera vez en la historia comienzan a producir un impacto social directo debido a que son más accesibles. Los alcances de la automatización y la robótica son inexorables, pero los futurólogos profetizan que en un lapso de 10 años es probable que todos los habitantes de los países opulentos tengan un drone y lo usen para vigilar a sus hijos, transportar las compras o pasear a la mascota; si Amazon no los emplea aún para entregar sus paquetes es solo por las regulaciones del Gobierno norteamericano.

Los robots voladores solo son el principio. Los vehículos automatizados también están a la vuelta de la esquina, en este caso de la mano de los ingenieros de Google. Según ellos, los hermanos del auto fantástico ayudarán a reducir los accidentes de tránsito —una de las mayores causas de muerte en el mundo— y erradicarán el tráfico, factores producidos por la caótica mente humana. De paso, los vehículos automatizados terminarán por arruinar el malogrado cuerpo del mono desnudo. Por su parte, en Japón, un país que se prepara para una masiva senectud de su población, ya existen prototipos de robots enfermeros y cuidadores.

El poder irrefrenable del acero existe a modo de sombra en la mente de los militares. Hay que aceptarlo, ni Polifemo, el cíclope al que se enfrentó Odiseo, es más espantoso que Atlas, el robot humanoide de casi 2 metros que fue construido para la guerra y reposa en los laboratorios de Boston Dynamics, en Massachusetts. Junto a esta cosa que recién está aprendiendo a caminar, en el mismo mostrador de la barbarie están BigDog y Cheeta, robots cuadrúpedos inspirados en sus contrapartes biológicas: pueden cargar 150 kilos de equipos militares y correr a 45 kilómetros por hora. A pesar de que son prototipos, las máquinas asesinas están casi listas para su cometido.

El amanecer de los robots

Un fanático de la ciencia ficción, al constatar el estado de la robótica contemporánea, no puede evitar sentirse decepcionado. Hay veces en las que la ficción supera con creces a la realidad. Basta forzar un poco la memoria para que por ella desfilen diversos autómatas, mucho más estilizados, por ejemplo, que el robot estrella de Honda, ASIMO, el cual ni siquiera logró efectuar las tareas de rescate pertinentes durante la catástrofe nuclear de Fukushima en Japón.

Los primeros robots que vienen a mi memoria son los de las series animadas Mazinger Z y Robotech. Los conocí en mi primera infancia y los acompañé a vencer a las fuerzas del mal. Ese tipo de máquinas son las que prepararon a varias generaciones para la convivencia, hasta el punto de que no me sorprendería demasiado si al abrir la puerta me encontrara con el rostro inexpresivo de un Terminator. “Debe ser la parca que vino del futuro”, pensaría, y me dispondría a morir.

El primero en utilizar el término robot fue el escritor checo Karel Čapek en 1920, en una obra de teatro titulada R. U. R. (Robots Universales Rossum). La historia es una advertencia frente a los poderes perniciosos de la ciencia y la tecnología, escrita en plena posguerra. Los robots del checo se producen en masa y son los esclavos del hombre, hasta que, literatura socialista de por medio, se lanzan hacia el etéreo propósito de la libertad. Čapek inauguró una senda seguida por muchos: la de los robots humanoides, aquellos que un día, tras llegar a la autoconciencia, deciden revelarse contra su creador y enfrentarlo.

Poco después apareció otro memorable robot humanoide en Metrópolis (1927), la casi perfecta película del alemán Fritz Lang. De nuevo, el contexto para el advenimiento de la máquina no puede ser peor. Una horda de obreros deshumanizados, sometidos al tedio de la producción en cadena, sobrevive en el subsuelo, moviendo los engranajes de una hipotética megalópolis del año 2026. El robot es producto del ingenio de un científico loco, está provisto del alma de una mujer muerta y puede transformarse en cualquier persona. Es una anomalía, contra natura. Es la manzana del árbol del bien y del mal. La civilización, para sobrevivir, tiene que destruirla.

Cuando pensamos en el escritor que más contribuyó en el campo de la especulación sobre robótica en el siglo XX, llegamos al ruso nacionalizado estadounidense Isaac Asimov. Tal vez su libro más influyente en este campo es la recopilación de cuentos Yo, Robot (1950), que fue adaptada al cine por Alex Proyas de forma deplorable. En el mismo se enuncian las archiconocidas Leyes de la robótica:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Estás leyes vuelven a aparecer en la saga de 4 novelas sobre robots que escribió Asimov desde 1954 hasta 1985. Leí ávidamente toda la saga cuando era adolescente y hasta la fecha me siento agradecido. El robot protagonista de las novelas es el humanoide R. Daneel Olivaw, y podría aventurarse que es el personaje estelar de toda la ficción del prolífico Asimov, porque unifica la saga de los robots con la trilogía de la Fundación (escrita desde 1986 hasta 1993), en un lapso de 20.000 años. Es la mente detrás del destino de toda la humanidad.

R. Daneel Olivaw tiene un ficticio cerebro positrónico —construido con una nanomalla de platino e iridio por donde transita la antimateria— que opera de forma parecida a un CPU, tiene el tamaño de un cerebro humano y le permite desarrollar todas las facetas complejas de la autoconciencia. La inteligencia del robot iguala y supera a la humana; R. Daneel inventa la Ley Cero de la robótica: “Un Robot no puede dañar a la Humanidad o por inacción permitir que la humanidad resulte dañada”.

Asimov, como exponente de la denominada ciencia ficción dura, confía en la tecnología. Sus robots son los redentores de la humanidad, sus supercomputadoras pueden alcanzar el estatus de deidades.

Pero no pasó mucho tiempo para que su sueño se eclipsara. Después de Hiroshima y Auschwitz, los poderes de la ciencia se derrumbaron. Gort, uno de los robots más memorables de mediados del siglo XX, es el reflejo de los temores de la Guerra Fría. Gort aparece en la película de Robert Wise El día que la Tierra se detuvo (1951). Es el guardián de las civilizaciones extraterrestres; se dedica a impedir que la vida se destruya a sí misma mediante el poder atómico. A pesar de que Gort llega con un mensaje de paz, las potencias de turno no se ponen de acuerdo para recibirlo, por lo que este está a punto de exterminar a los humanos y sus estupideces.

De la misma familia es el libro del polaco Stanislaw Lem Fábulas de robots (1964). Con un tono irónico y en el formato de los cuentos de hadas, la obra transcurre en un lejano universo en el que los hombres son criaturas extintas que alcanzaron el estatus de mito y solo son recordados por los robots que ellos mismo edificaron. El cosmos está plagado de millones de estas entidades eléctricas, las cuales son un panteón del comportamiento de sus creadores, de sus bajezas y virtudes.

Cuatro años después se publicaron dos de los libros más influyentes y virales de la ciencia ficción: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick, adaptado al cine por Ridley Scott), y 2001: Una odisea en el espacio (Arthur C. Clark, adaptado al cine por Stanley Kubrick). En el libro de Philip K. Dick una costra radioactiva, producto de una guerra, cubre la atmósfera terrestre. Casi toda la fauna está extinta, por lo que los humanos cuidan animales robóticos y es un símbolo de estatus poseer un ser biológico real. Los androides proliferan; son esclavos que sirven para mantener a las colonias de Marte, planeta al que están escapando los sobrevivientes. Rick Deckart es un cazador de androides emancipados de última generación que desarrollaron autoconciencia y luchan por no ser asesinados. El libro es una reflexión sobre las repercusiones filosóficas y morales de crear entidades inteligentes.

2001: Una odisea en el espacio narra una misión a Jápeto, el satélite de Saturno. La nave que viaja está equipada con una carismática supercomputadora llamada HAL 9000, diseñada para aprender de su entorno al igual que los animales. En el trayecto al lejano planeta la máquina decide que los tripulantes humanos estorban el cumplimiento de la misión y trata de eliminarlos.

La adaptación cinematográfica de la novela, efectuada por Stanley Kubrick, es una obra maestra, la película más importante del género. En una escena de la misma, uno de los astronautas desconecta poco a poco a HAL 9000; mientras lo hace, la computadora adopta una conducta humana y le dice: “Mi cabeza se va, siento que se va, siento que se va […] Todo es confuso para mí […] Me doy cuenta, me doy cuenta”.

Las máquinas no han adquirido conciencia; son una herramienta y tal vez siempre lo sean. Las líneas de producción automatizadas se encargan de ensamblar vehículos, electrodomésticos, juguetes, o realizan trabajos de precisión como imprimir los circuitos integrados de los microchips. No obstante, para el futurólogo Ray Kurzweil faltan menos de 20 años para que lo hagan.

El científico, director del departamento tecnológico de Google, llama ‘singularidad’ a este fenómeno. De producirse, el escenario no será idílico para nuestra especie, aunque no tendríamos que sorprendernos; la ficción nos ha advertido frecuentemente del peligro desde hace casi un siglo. Como dijo Walter Benjamin, “la humanidad es la única especie capaz de planificar su propia extinción con alegría”.

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