¿Sueñan las ovejas del capitalismo con androides?

ElectricSheep

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Resulta siempre llamativo que las tiendas comerciales, donde se expanden variedades de ropa importada, o de electrodomésticos, o de computadoras, etc., donde resuenan las grandes marcas multinacionales, terminen escondiendo una realidad a mil voces conocida: la de la explotación de mano de obra barata para la producción de bienes de consumo que se venden incluso a precios exorbitantes.

La realidad del capitalismo es, a breves rasgos, esto: tras un mundo donde hay intensidad en el movimiento de capitales, de gasto necesario para dinamizar la economía, hay otro que produce para que la cadena de consumo no se agote o no se estanque. El precio en todo caso es paradójico. Mientras la pobreza se maneja como un régimen controlado, la acumulación del capital es también otro régimen que beneficia a muy pocos. De por medio están las grandes masas de consumidores que aspiran, vía el consumismo, a querer llegar, a querer ser parte de ese otro mundo, el de la acumulación y el de su rápida reinversión.

La descripción grosso modo del fenómeno actual no es nada fantasioso y compete más bien a la sociología de la globalización. Pero la fórmula pues ser vista de otro modo, en sentido que quienes consumen son devorados por las grandes marcas, –mejor dicho, por los monstruos del capitalismo– para extraerles también materia prima para generar más capital, terminando como seres reciclados para cumplir la función dinamizadores de todo el sistema; tal asunto puede competir más a la ciencia ficción.

Bueno, de algo por el estilo, con bastantes más razonamientos y otras derivaciones, ya fue escrito y visualizado en Metrópolis, tanto en la versión inicial como novela (1926)  de Thea von Harbou, y la versión fílmica (1927), quizá la más memorable, de Fritz Lang. Igualmente en Los mercaderes del espacio (1954) de Cyril M. Kornbluth y Frederik Pohl, sin que tampoco dejemos de recordar, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick, de donde se derivó el film Blade runner (1982) de Ridely Scott.

Y, ¿en qué medida el ser humano que termina fagocitado por el capitalismo, como materia prima para generar cualquier cosa es un asunto de la ciencia ficción? La novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio” (1966) de Harry Harrison –trasladada luego al cine como Soylent Green (1973) de Richard Fleischer– da la perturbadora respuesta que, ante el exceso de población, el propio sistema capitalista, produce la ilusión de la muerte asistida de donde salen cuerpos cuya carne sirve para hacer galletas con la finalidad de alimentar a la otra población sobrante, aquella que luego será parte del proceso de engorde y pronto de consumo.

Philip K. Dick da otra respuesta quizá más interesante en su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?: en un futuro hipotético, cuando la Tierra ha sido devastada y su atmósfera tiene partículas radiactivas, mientras parte de su población se ha ido a otros planetas, los que se han quedado, quienes no tienen condiciones ni físicas ni económicas para emigrar, conviven y tienen para sí animales eléctricos, tan similares a los originales, pero menos costosos que los primeros, solo alcanzables por catálogos y por gente que pueda pagarlos. Pero el problema radica en que hay unos androides, tan similares a los humanos a los cuales, luego de un tiempo de “vida”, deben ser descartados. Rick Deckard, un cazador de androides tiene la misión de hacerlo, más aún enfrentándose a un grupo de androides que se han fugado de las colonias de Marte con la única finalidad de buscar el alargamiento de sus vidas.

Pues bien, en la novela de Dick, los androides, también denominados “robots humanoides” o “androides orgánicos” e inclusive “versión altamente desarrolladas de pseudo-animales”, son productos industriales. En el momento en que el Sol empieza a dejar de brillar sobre la Tierra, así como hay una hecatombe nuclear, los androides son construidos como armas de guerra y, como tales, considerados “luchadores sintéticos por la libertad”. Su dimensión maquínica está formulada en sentido de ser máquinas del capital en función de la guerra y también en función del restablecimiento del orden social. Si miramos un poco más, se puede traducir esta situación como la de los seres humanos que, para entrar en la cadena que permite el funcionamiento de todo sistema, deben pasar primero por un orden disciplinario, es decir ser producidos como robots que cumplen órdenes administrativas. La garantía del cumplimiento de órdenes estaría ya implícita en su funcionamiento. En tal sentido, el proceso “civilizatorio” que tiene la máquina es que ya llevaría programada su propia función, su propio lugar, su propio agenciamiento, en beneficio de todo el sistema como tal.

Luego cuando finaliza la guerra, la propia Naciones Unidas organiza el plan de evacuación de la Tierra hacia otros planetas, impulsando a que las nuevas colonias se lleven consigo “androides civiles”. Cada familia o cada ciudadano podría tener un androide civil para su disfrute, tal como si fuera un automóvil o un electrodoméstico. ¿Qué es lo que se tiene entonces? Evidentemente máquinas humanizadas usadas con fines de servicio. Philip K. Dick nos está pintando un lado del capitalismo que hoy llamaríamos global: los antiguos proletarios, si se entiende como tales, a los peones de la cadena de producción, que antes servían para mantener la cadena productiva bajo la bandera de la libertad, hoy son destinados a seguir sirviendo pero esta vez a fines particulares, a fines de colonización. En otras palabras es mejor tener una cadena de productores subempleados, casi autómatas, que productores conscientes y libres.

Quienes se fugan de Marte, por lo tanto, vienen a reclamar sus derechos de vida, de existencia a la fábrica que los ha generado; y entiéndase bien, la fábrica Tierra que ha generado máquinas humanas.

La pregunta de la destrucción de la Tierra queda en vilo, pero se puede inferir, en la novela, que esta ha sido producto de los “seres normales”, de esos que manejan la economía, la industria, la producción, la fábrica, la máquina. Los que han quedado en la Tierra son “los biológicamente inaceptables”, o son “los poco cuerdos”, incluso androides “cabezas de chorlito”, es decir, excedentes proletarios, subempleados que no han podido integrarse fácilmente a la cadena productiva –incluido Rick Deckard como policía desencantado–.

El reclamo, por lo tanto, es el de la máquina proletarizada, asalariada, en el lugar equivocado. ¿Dónde pueden reclamar los subalternizados por el capital global por sus derechos toda vez que las propias marcas, las propias empresas transnacionales controlan todos los flujos de la sociedad red? El reducto de las fábricas maquiladoras, incluso en islas o en países donde el control político es acérrimo, asemeja a este que pinta Dick, una Tierra devastada donde “los normales” se han ido auspiciados por el orden mundial, en tanto “los anormales” se han convertido ahora en otros proletarios a destajo. De ahí que Deckard empiece a tomar conciencia acerca del rol de los androides y no pueda –o no quiera– distinguir, en cierto sentido, la naturaleza “humana” de la chica androide, Rachel, lo mismo que los propios androides reclamen se les reconozca su identidad y naturaleza. En el mundo de hoy el androide tendría que ser reconocido como género y como nacionalidad.

Pues bien, otro rasgo interesante en la novela de Dick es el hecho que los que han quedado solo pueden tener para sí, o disfrutar de mascotas eléctricas o “animales falsos”. Si es que hay alguno real, vivo, natural, es inmediatamente vendido por catálogo, sea el que fuere, pero a quien tenga o que ofrezca exorbitantes sumas de dinero.

Los animales son, para el caso de la novela, objetos de lujo u objetos de compañía. Objeto o mueble. Los pobladores de la Tierra, en las ciudades hacinadas, oscuras por el polvo radiactivo, tienen sus departamentos como si fueran “granjas”. Es la simulación de volver al pasado arcaico, al deseo de la naturaleza, de la libertad. Las vacas, los borregos, etc., están allá para dar esa idea, para desarrollar el placer de tener uno y de querer vivir en una especie de lugar ideal. El animal, en otro caso, tiene la función de reemplazo del hijo. No se habla de hijos o, por lo menos, Rachel reconoce que no sabe qué es tener un hijo y Rick Deckard tampoco tiene uno con su esposa. La función de reemplazo en el animal tiene la misma dimensión de reemplazo de la actividad sexual ahora proporcionada por máquinas de placer, incluidos los androides.

Entonces se puede afirmar que aparece la idea de la función fetichista del objeto. Dicho de otro modo, a los objetos se les carga de una densidad animista con la que se cumple el deseo, un deseo por lo demás desplazado a la materialidad. La confusión que se tiene acerca de “amar” el automóvil, de “desear” la computadora, de “querer parecerse” a un objeto lleva a la distorsión actual de tener relaciones afectivas con lo material. Pero esas relaciones afectivas con la materia están determinadas por el orden del capital. Los productos no se confeccionan solo para ser vestidos, para ser portados, para ser empleados, sino también para “convertirse” en la piel de uno, para “formar” parte del cuerpo, como una extensión más de este, para “desarrollar” nuevas experiencias sensoriales. El régimen de la afectividad diseñada en los aparatos, en las manufacturas pasa por el hecho de que estas terminan siendo objeto de devoción. Piénsese solo en las largas filas que hacen los fanáticos para tener un teléfono celular de última generación, incluso desde varios días previos, o también el robo de objetos a pedido.

Las ovejas eléctricas de Dick son completamente utilitarias, son la cadena final del consumo. Son los objetos “inteligentes” que se tienen y que se les dota de “personalidad” para que cumplan el deseo de sus dueños. Ante la pregunta de si los androides sueñan, en la novela, Rick Deckard comprueba que sí, que lo hacen en función de tener una vida mejor, de librarse del yugo de la servidumbre. Hay un cierto atisbo humanista en esta idea, donde el proletario, el trabajador, no puede ser considerado más una ficha o un engranaje de la cadena productiva; en el siglo XX los trabajadores en efecto han demostrado que sin su agencia no existiría el capital y que deben ser reconocidos; pero al final de dicho siglo y al comienzo del actual, retenidos en las fábricas globales, tales trabajadores son invisibilizados del mismo modo que las legislaciones empiezan a borrarse tenuemente en beneficio de los “inversionistas”. Los que escapan, como los androides que recuperan su conciencia, deben ser eliminados. Dick estaba ya anticipando cómo mutaría el capitalismo hacia al neoliberalismo e incluso hacia el capitalismo global.

Pero aparece algo más perturbador: la atención hacia estos androides “con sentido”, con “sueños” se desvanece ante el propio producto del capital que es más placentero, pues los objetos –como las ovejas eléctricas”– son más seductores, son más potentes en su imaginería, hechizan con su sola presencia “humanizada” a todos los consumidores urbanos que en un momento se sientan atraídos por pensar como los androides. En definitiva, los objetos vuelven androides a la humanidad. Es probable que en un mundo desconcertante, las ovejas, en efecto, sí sueñen con los androides.

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