Cuento del mes 2: Confeti en el cielo

Imagen: Hope por AshStraker

Imagen: AshStraker

Por Solange Rodríguez Pappe

(Cuento perteneciente al reciente libro de la autora, La bondad de los extraños –Antropófago, Quito, 2014–. Este cuento fue publicado inicialmente en revista digital SUELTA, s.f.)

Solange Rodríguez Pappe: Ecuador, 1976. Obtuvo su licenciatura en Letras en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil con un trabajo dedicado al microrrelato en el Ecuador. Es profesora de ramas afines a la Comunicación y al Lenguaje, al tiempo que ha incursionado en el periodismo, el ensayo, la ficción audiovisial y talleres de creatividad. Ha publicado los volúmenes de cuentos Tinta sangre (Editorial Gato Tuerto, 2000), Dracofilia (Quelonio Editores, 2005) El lugar de las apariciones (Edino, 2007) contiene textos que merecieron el primer lugar en el Concurso Hispanoamericano de Microrrelato Escrito en las Estrellas y Balas perdidas (2010) ganador del premio Joaquín Gallegos Lara a la mejor producción de relatos de ese año. También ha realizado estu­dios en Literatura posmoderna y microrelato, siendo antolo­gadora del tomo de minificciòn ecuatoriana Ciudad Mínima (2011)

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Decidí pasar la última noche en el sillón de la sala, arrullada por la luz de las fogatas públicas que habían empezado a armarse desde que se agotó la electricidad. Como las sirenas de los rastreadores se activaban a cada rato, costaba bastante tomar sueño. El gato Bakunin, sobre mis muslos, se toma posturas extrañas, su barriga peluda se inflaba de golpe y luego dejaba salir el aire emitiendo un gruñido reconfortante. Esa fue la única noche en meses en la que nadie intentó entrar a saquear la casa. Ya no quedaba gran cosa de todos modos, solo periódicos viejos, hojas sueltas que no le interesaban a nadie. Los muebles de aglomerado eran un mal combustible y los restos que habían sobrevivido eran artefactos que ya nadie podía hacer funcionar. La última carne enlatada la había abierto por la tarde, compartiendo el gato y yo mitad y mitad. Fuera de un botellón de agua medio vacío, ya no quedaba nada más.

Luego de horas de intentar dormitar si éxito, con la cabeza ladeada, me incorporé para estirar las piernas y mirar por el ventanal: una pareja se había colocado al pie de un fuego muy vivo para consolarse, en ocasiones él lloraba, en ocasiones lloraba ella y así, hasta que llegó un tercero que se lanzó en mitad de la fogata y los espantó como se espanta a las polillas. El suicida, mientras ardía y humeaba, daba de gritos hasta que se desplomó sobre la hoguera que había alimentado, girando en círculos hasta el final, como un fuego de artificio. Muertes de ese tipo ya eran cotidianas pero no dejaban de impresionar, sobre todo por el olor.

Miré el reloj y aún faltaban horas para ir a la casa de Santiago, así que decidí tomar una manta e intentar dormir un poco más porque acaba de elevarse el frío, eran las diez de la mañana pero ya no se podía distinguir el día de la noche.

Y sí, dormí. No soñé nada en particular, fue un sueño blanco, parecido al que deben sumirse los muertos. Como todos, también había contemplado la posibilidad de apurar la muerte, pero luego de conocer a Santiago había decidido seguir su sugerencia y no usar ningún escape analgésico; enfrentar los tiempos con la misma dignidad con la que los dinosaurios habían enfrentado el final de su era.

Mi propio vecindario era el ejemplo del patetismo del apocalipsis: Los de al lado estaban construyendo un arca, los de al frente un bunquer nuclear, los del costado izquierdo no salían a buscar comida desde hacía más de una semana, lo que daba a entender o que se habían matado o estaban ya guarecidos bajo la tierra que los vi excavando. Finalmente bajo metros y metros de tierra cenicienta íbamos a terminar todos, así que daba lo mismo.

Santiago nos predicó una vez sobre la lucidez que daba el dolor y por eso yo había de dejado de tomar pastillas para los nervios y me aguantaba los calambres en el estómago sentada en el sillón, hasta que disminuían; aprendí a dormir doblada sobre mis rodillas porque así el dolor se apagaba; a veces me despertaban las punzadas en los muslos dormidos, pero el dolor apaga el dolor. “La muerte es la única conclusión”, decía él, “la definitiva”. Los músculos se engarrotaban en espasmos cuando la sangre volvía circular, la vida era lo doloroso. El cuerpo quería vivir, el cuerpo era muy necio. Había que entrenar al cuerpo.

Cerca ya de la hora, mientras me preparaba para salir a los fuegos de la calle, pensé en mi madre. Nos había llegado el rumor de que ciertos asilos había practicado el sueño piadoso con sus huéspedes y otros, en cambio, habían abierto sus puertas para que los ancianos se vayan donde quisieran ir. Mi madre siempre deseó conocer el mar y quise pensar que hacia allá se había dirigido. Metí al gato aún dormido con una bolsa de tela y lo cubrí con una manta, no quería que sufriera por el frío en un gesto de cariño a alguien que hubiera preferido fuera humano.

Medité en que era la primera vez en todo ese tiempo en el que pensaba en hombre al que amaba y había dejando en otro país. “¿Qué tienen en común los extranjeros y los cometas?” —había bromeado yo en víspera de tomar el avión— “que vienen de fuera, rozan tu existencia por poco tiempo y te dejan completamente alterada”. Él no se había reído pero era porque alejarse no era cosa de risa, en serio yo pensaba que volveríamos a vernos… y ahora, ¿qué estaría haciendo? ¿También habría ido rumbo al mar para acabar todo más pronto o habría subido a las montañas como aconsejaban?

Cruzando la puerta a la calle la oscuridad era cerrada, de no ser por las hogueras que estaban prendidas aquí y allá habría tenido que tantear con las manos para avanzar dos pasos. Parejas de todos los sexos copulaban desaforadamente en los ángulos más oscuros de la esquinas y otros se golpeaban con rabia, pero de haber sido únicamente por los sonidos no se hubiera podido distinguir a los que follaban de los otros. Había que avanzar rápido, siempre siguiendo la luz si uno no quería ser tragado por las sombras.

No había caminado ni quince minutos cuando un hombre me salió al paso; tenía el uniforme de los rastreadores pero podía haber estado disfrazado con una ropa negra cualquiera, era fácil engañar en medio de esas tinieblas.

—Oye, ¿tú a dónde vas si ya viene la hora?— Nos habían ordenado encerrarnos a cal y canto dentro de las casas o acudir a los refugios, pero bajo ninguna circunstancia salir.

—A ver a mis padres— dije, sosteniendo su mirada enrojecida y vidriosa.

—Tus padres ya están muertos. —sentenció. — No importa a dónde quieras largarte ya. ¿Qué llevas en esa bolsa?

Y me la quitó de un tirón de las manos. Asombrado se topó con el gato dormido y con la botella de agua.

— Ya no necesitarás esta comida… —dijo roncamente.

Fue fácil darle una patada en la espinilla, un golpe en la nariz y luego salir corriendo con la bolsa. Podía haberle entregado el agua pero Bakunin no era comida. Debía tener cuidado con los que estaban desesperados y no tenían un norte. Santiago nos había convocado a todos para aleccionarnos sobre almas perdidas que no tenían motivos para llegar al final y darnos esperanza: dijo que durmiéramos mucho para encontrar sueños en el sueño y pasáramos la llegada de “la hora fría”, juntos. Nos pidió que aceptáramos los tiempos por venir como los romanos aceptaron la llegada de los bárbaros: sentados y con la serenidad que da el cuadrársele a la muerte; ser una quien la sujeta del brazo y no ella la que te toma por sorpresa y nos rompe el cuello.

Fue difícil no detenerme. Vi animales tumbados a los costados de la calle, profundamente dormidos, pude ver conejos, venados, hasta lo que parecía ser un elefante pequeño. Ya se habían abiertos todas las puertas, descorrido cerrojos, rasgados los sellos y reos y locos y amas de casa se cruzaban por los pasillos de la ciudad oscura mirándose con desconcierto y conmiseración. Los que más penas me daban eran los niños extraviados, hijos de madres suicidas o prófugas que berreaban aquí y allá. Entonces, el viento sopló desde el norte con un color ceniciento y yo corrí y corrí.

Cuando llegué sin aliento al parque frente a la casa de Santiago ya se habían reunido un pequeño número de devotos que esperaban que él terminara de cubrir de tierra un último grupo de libros, el cuerpo vivo de la civilización. Santiago, enorme y melenudo, a pesar de sus setenta años, enterraba con vigor la pala para luego lanzar la tierra sobrante al aire poderoso que soplaba en nuestra dirección. Iluminado por el fuego, era como un pirata o un mago que sabía dónde estaban los trucos y los tesoros. Cuando casi acabó el entierro de los últimos tomos y el parque lucía lleno de agujeros, se aproximó muy fatigado, con el cabello blanquecino pegado a su rostro y yo le entregué los restos de la botella de agua. Sujetó mi barbilla en señal de aprecio. Tomó tres tragos y luego me la entregó. Decidí compartirla entre todos los que se animaron también a colocar los libros que quedaban dentro de la tierra. Excavábamos lentamente y con las manos a pesar de que se acababa el tiempo.

Ya eran cerca de las seis cuando un grupo de rastreadores, con bocinas y silbatos detectó nuestro movimiento en medio de la penumbra. Ellos eran los únicos que aún conservaban algo de energía en sus linternas y radios. Bajo la luz amarillenta de sus farolas, nos parecimos los unos a los otros sucios, perturbados y enfermos.

—Ya empezó el toque de queda—. Gritaron por sus parlantes. —No pueden estar juntos aquí, vayan a sus casas, con sus familias…

—Somos una familia— replicamos.

—Sí, claro- Contestó alguien con una voz distorsionada.

—¿Qué están haciendo con esos libros? ¿Los están enterrando?, ¿para qué?

Nadie contestó una palabra.

—Malditas sectas— susurró la voz como si hablara para sí misma— hay una en cada esquina. —Y luego añadió—. No pueden seguir aquí, si no tienen casa deben ir al refugio que esté más cerca, pero no pueden estar en la calle en la hora fría, ¡muévanse!

Nos movimos pero en desbandada. Unos logramos entrar a la casa de Santiago y empezamos a correr escaleras arriba; otros se echaron encima de los rastreadores para aplastar sus parlantes y otros siguieron enterrando los libros con rapidez y diligencia. Yo subía los escalones, tropezándome y cayendo, con la bolsa guindada del hombro, atropellándome sobre alguien, pasando sobre otro cuerpo y luego era yo la que recibía pisotones y era superada por alguien que venía detrás. Tuve que descansar arrodillada sobre las escaleras, a pesar de saber que estaba perdiendo tiempo valioso porque el cólico había vuelto y quizá no podría ver llegar el frío, como quería Santiago y así, en zozobra, volcada sobre la madera que empezaba a congelarse, abracé el bulto de Bakunin y me entregué por primer vez en todas esas semanas, al dolor que paraliza, que te hace desear vivir, que es como un grito de nacimiento a la vida. Fue cuando alguien me levantó en vilo y terminé el resto del viaje guindada sobre su espalda. El cabello blanco, el olor a sudor fresco, las manos sucias de tierra: el profeta Santiago me condujo como una vasija rota, a observar la inmolación de mundo.

Cuando subimos a la terraza no habían estrellas si no un raro resplandor azulado que hacía brillar todas las cosas. Intuíamos que ese era el momento de la maravilla, el momento en que empezaría a bramar el universo, el inicio del rugido del hielo: ese instante místico del que había hablado tanto Santiago y sonreímos con los dientes castañeando. Lo habíamos logrado juntos.

Sentados unos próximos a otros, con las bocas abiertas exhalando volutas frías y los ojos congestionados, vimos precipitarse la primera luz del meteorito. Al principio fue un punto que se deslizaba velozmente, mientras un olor dulzón como el jengibre llegaba a nuestras narices. Comenzamos a estornudar como si la luz hiciera cosquillas.

De golpe, el bulto caliente de Bakunin se estiró sobre mi regazo agitando sus bigotillos delicados y abrió sus ojos amarillos. Entonces sucedió: el temblor y la ceniza se esparcieron por el aire golpeándonos como un escupitajo denso. No volvimos a abrir los ojos. La mano de Santiago buscó mi mano: la apretó con firmeza y yo puse mi frente en su pecho, para siempre. Me concentré en mis sueños que se trisaron como cruje el agua congelada: mi madre y el hombre que amé fueron entonces dos siluetas de hielo que estallaron con el resto de la tierra.

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