Cuento del mes 3: Mel

Dibujo de Fernando Naranjo Espinoza

Dibujo de Fernando Naranjo Espinoza

Por Fernando Naranjo Espinoza

(Tercer premio de relato breve LAIA, 29 de octubre de 2011; publicado en el blog del autor Panóptico el 13 de noviembre de 2011)

“Lo que sucede, Mel, es que eres una fácil. Le dices que sí a todo. Más aún si se trata de ese viejo morboso y de mirada lúbrica que hace llamarse Maestro Mago. ¡No vayas! Además yo no voy a ayudarte a preparar equipaje alguno”.

Quien hablaba de esta manera, y en tono tan descortés y desacomedido, es mi hermana gemela Violante, a quien todo el mundo llama, como es de esperar, “Viola”. En aras de mi salud mental y principalmente auditiva, me niego a comentar todos los chistes que su nombre provoca. Voy a contar, en cambio, quién es Maestro Mago. Él es mi tutor en el proyecto “Jardineros”, y yo soy Jardinera; es probable que sea su jardinera favorita, secretamente a eso aspiro, pero él jamás se ha sobrepasado conmigo, lo cual –dadas las enfermizas expectativas de Viola- hasta lo he estado esperando.

Como les decía Maestro Mago es un gran académico. A él le ha sido confiada la responsabilidad de preparar a los Jardineros para cumplir el proyecto más ambicioso en el que se haya embarcado la humanidad toda.

Puede que esto suene un poco ampuloso y atorrante, pero ustedes deben recordar que acá en nuestro terruño nos jactamos de tener las mejores artesanías y los mejores hidropónicos entre las naciones iluminadas por el Sol. Y que esa fama de jardineros no nos la hemos ganado así de gratis. Así pues, haciendo honor a esa nombradía que nos respalda como artesanos y agricultores es que a él se le ocurrió bautizar el proyecto de Recuperación Histórico-Patrimonial que me reclutó, con el –de acuerdo: raro– nombre de “Proyecto del Jardín de los Senderos que se Bifurcan”, en memoria de un poeta ya desaparecido y, al parecer, recordado sólo por él.

Esto es cuanto se refiere a Maestro Mago.

Mi reclutamiento fue muy sorpresivo. Yo había estado todo el día en el Instituto con los otros chicos, haciendo prospecciones para la cacería de agua que se iniciaba para los perihelios marcianos. Después habíamos corrido –y a todos les gané una y otra y otra vez– en la pista atlética del Centrífugo mayor cuando, cuál es mi sorpresa, Maestro Mago me estaba esperando a la salida de los vestidores. Yo me quedé helada y debí ruborizarme de sólo pensar que le habría gustado verme desnuda. Pero, en su lugar, él se puso a comentar lo veloz que era.

–Te encanta correr –comentó–. Eso es saludable. Me pregunto si te has roto un hueso alguna vez…

–Para nada –le interrumpí–. Lo he visto en mi expediente. Desde neonata tuve una buenísima acumulación de calcio. Según me cuentan, nuestra madre, desde que supo de su embarazo no quiso abandonar para nada el centrífugo-maternidad. Hasta se consiguió un trabajo allí, figúrese, rodeada de parturientas y de bebés… estaba feliz. Y eso me hace muy feliz, saber que sus últimos días fueron muy dichosos para ella.

–Muy emotivo –comentó Maestro Mago–. Podrías correr en cualquier lugar.

–Tolero hasta la gravedad terrestre –le dije, como en broma.

–Ya veo –volvió a decir. Luego se sumió en un gran silencio; después, con mucho dramatismo, con exagerado dramatismo en realidad, preguntó si mis inclinaciones líricas continuaban creciendo.

–Lo que se puede –le informé–. Nadie en el Instituyo está muy dispuesto a crear cursos que no cuenten por lo menos con veinte alumnos. En persona traté de armar un grupo, pero fracasé, así de fácil. Violante me acolitaba el asunto sólo por hermandad, usted sabe la fama de las gemelas, y mi novio, ese rubiecito con cara de agotamiento que ve por allá, lo hacía, para serle franca, sólo por pasar más tiempo olisqueándome el cuello, y otras regiones de mi ser natural. Así que no. No crece la lírica. Además: estoy inscrita en los preparativos para el Festival de cacería del Agua. Eso me tiene ocupada a perpetuidad.

–Te propongo un viaje –dijo de súbito. Naturalmente me ruboricé tanto. Que él se apresuró a explicar-: No te digo que sea conmigo. Pero estoy involucrado.

Entonces extrajo de sus bolsillos un pedazo de cuarzo –creo que era cuarzo porque los he visto en los manuales de mineralogía–.

– ¿Dónde lo consiguió? Eso es una rareza que debe valer una fortuna.

–Se llama Ixidiona. Sólo hay en Ix, pero tiene fenomenales propiedades transductoras y de resonancia… ¿Sabes de qué hablo, no?

–Más o menos –le confesé, y no mentía.

–Pues éste, voy a llamarle “artefacto”, te va a permitir ver, percibir de primera fuente, y no de manera virtual sino real, palpable, física… –y naturalmente se le cavaron las cualidades inherentes a lo real–, vas a poder ser testigo del nacimiento de la poesía.

–Pero usted habla en metáforas, ¿no?

–No –dijo escuetamente–.

Después se puso trágico y suspiró. No lo dejé hablar más porque el rubiecito del que les hablé tenía cara de no esperar ni un segundo más. La verdad es que es un impertinente y sólo mi anticuada manía de tener una sola parea es la me mantiene anclada, esa es la palabra, anclada a su vera.

–Me voy –le dije–. Hablamos otro día.

¡El otro día!

Primero llegó un mensaje por vía electrónica citándome para no sé qué asunto en el aula magna de la Universidad. Era un mensaje electrónico normal que quedó anidado en mi brazalete y al que no le conferí importancia, (“Eres boba”, me dijo Violante. “Ha de ser una oferta de trabajo. ¿No estás harta de hacer papel de arroz?”)

Luego llegó una esquela escrita a mano y sobre papel de arroz –para variar– firmada por un tal Marcus Arcadio, de la comuna de Recordantes y toda esa lata de títulos y abolengos que, después me enteré, era el verdadero nombre de Maestro Mago. Como no iba a responderle de la misma forma, ¡con lo que cuesta el papel de arroz!, la siguiente ocasión llegó el sujeto precedido de tres perros. El gato pardo, que ese día pasaba conmigo, se enfureció, y no porque deteste a los perros, sino porque estos en particular maullaban. El gato pardo tiró los ojos al cielo y se fue sin despedirse.

–Debes prepararte para el viaje –concluyó Maestro Mago–. Eres una de nuestras esperanzas.

Y entonces déle al párrafo. El sujeto se puso a darme una clase magistral de historia mezclada con la creatividad emergente de los pueblos antiguos, de nuestro total desinterés por la cultura originaria y añadió un pilo de sandeces que ya no puedo replicar, pero que se resumía en un gran peligro: nos habíamos olvidado de improvisar, de crear canciones, y dado que se sabe de muchos poetas que se dieron históricamente de baja antes de su muerte natural, el traerlos a “esta tierra yerma” (sic) era una necesidad insoslayable para asegurar la supervivencia de la raza humana.

Cuando se enteró, mi paterno ascendente –biológicamente hablando, frunció el ceño, pero me animó y me dijo que estaba seguro que haría quedar bien a los ixianos pero, que –eso sí– me cuidara mucho y que fuese prudente, que no corriera (tanto). Que no anduviera metiéndome en líos, que para mi tarea los líos eran las perspectivas menos deseables que uno se pudiera imaginar. Mi materna oficial, porque mi materna biológica murió al parirnos a Viola y a mí, se puso a llorar; ella dijo que de emoción, pero sea cual fuere el origen de su llantina, lo cierto es que me ayudó con el atuendo y con los pormenores del equipaje.

Puse como condición que en mi viaje debía tener como acompañante al gato pardo. Condición que fue aceptada, a regañadientes, por las autoridades del proyecto.

Y entonces comenzaron los preparativos. Como comprenderán eso de viajar en el tiempo, y persuadir o convencer a alguien que en lugar de suicidarse me acompañe, requería de un poder de persuasión y convencimiento que yo no tenía, ni lo iba a proveer cualquier clase de entrenamiento al que me sometiera. Hay tantas cosas que un viajero del tiempo debe respetar, para comenzar que no cambie la historia, como si ver al Jardinero fuese un asunto histórico de por sí.

–Entonces, déjalo que se mate, le instalas el transductor espacio-temporal, eso lo mantendrá en suspenso durante los seis siglos que nos separan de su época; aquí lo curamos y ya veremos cómo hacer para que al sujeto le guste nuestro mundo.

Y ahora conmigo: ¡la Historia!

(Mi maestra era, como dijo Viola, una histérica histórica, pero que sabía lo suyo.)

La época, la ideología dominante y las ideas emergentes, sitios de adoración, sitios de discusión, ágoras, asambleas, clubes… Hospedaje. Sistema de vivienda y vivencia prevalente. El fenómeno de la propiedad y el intercambio. Las actividades laborales, naturaleza y objetivos. Use monedas. La distracción. Los hábitos, el grado general de lujuria y otras aficiones, los deportes, los placeres colectivos, los placeres particulares… La dieta. Las enfermedades conocidas, las profilaxis recomendadas y recomendables. La toponimia el lugar. Planos, nombres de avenidas, calles. Vías de comunicación, climatología predominante. El fenómeno de la lluvia. Agua que fluye masivamente, ríos, esteros, lagos, lagunas, mares. El fenómeno del viento. Características y propiedades.

Felizmente la mayor parte de la instrucción fue por hipnopedia. Aun así, me tomó como un año estar lista para llegar a Guayaquil, una ciudad muy cercana al ecuador planetario de la vieja Tierra. Año: 1919. Sujeto a recuperar para la humanidad: Medardo Ángel Silva, quien se suicidara un 10 de junio de 1919 entre las 2020 y las 2130 horas de la noche, en la sala de su enamorada, una chica de 15 años, y a quien le dedicara como poema proto póstumo “El alma en los labios”, que fuera musicalizado décadas más tarde, y que volviera famoso a un bardo cuyo nombre ha quedado reducido a dos letras en las páginas de la historia de los mundos del Sol: JJ.

Por cierto, en mi permiso de ausencia reza que mi nombre completo es Melisa Thompson Philofilis, de veinte revoluciones terrestres alrededor del Sol, que soy oriunda del cráter Ix, de Fobos, subsistema Marciano, de los muy Honorables Clanes de Cazadores de Agua, en viaje de prospección y recuperación del poeta Silva para la gloria y grandeza de los mundos iluminados por el Sol.

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