Tres cuentos

Hand wood

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Esta semana he promovido la publicación de tres cuentos en Ciencia Ficción en Ecuador, dentro de la sección El Cuento del Mes. Se trata de textos de autores ecuatorianos que tienen ya cierta trayectoria en la cuentística de ciencia ficción y, por lo tanto, tres perspectivas y estilos dignos de comentar.

El primero, “El líder” de Henry Bäx (por cierto es el seudónimo de Galo Silva) es un cuento que enmascara a otro cuento –“historia B” de pronto emerge sobre la “historia A”–.

En principio leemos acerca de un parto en la mitad de la noche, en el interior de un hogar campesino; los nombres de los padres tienen ese aire de algo tradicional, como si se tratara de un entorno familiar. Empero, el primer rasgo que denota que estamos en un mundo distinto es el hecho que “los robots de asistencia doméstica” están apagados; ahí constatamos que tal mundo, ese del cotidiano, es el de un futuro próximo. Luego se establece una escisión en el cuento cuando aparecen alienígenas; hay una especie de abducción y se narra el implante de alguna tecnología en la cabeza del niño recién nacido. La posterior historia es la del niño que crece y se vuelve en un ser carismático hasta llegar a ser el líder del planeta Tierra.

Por lo menos la “historia A” aparece así. Bäx nos pone en dos escenarios. El uno referente a un mundo rural donde las apariciones de naves extraterrestres podrían ser más frecuenten, al amparo de la noche, y donde los campesinos son objeto de abducciones e intervenciones quirúrgicas por seres de otros mundos. Este escenario es conocido en toda esa otra producción mediática sobre contactos extraterrestres, sobre especulaciones de encuentros con seres de otros mundos, sobre narraciones de campesinos contactados. Si no fuera por la manera de plantear el escenario, por lo menos en el primer párrafo del cuento, este podría ser fácilmente calificado de obvio. Pero el otro escenario, el segundo, tiene que ver con cómo esos personajes, un tanto anodinos, particularmente el niño, luego tendrán un protagonismo en la transformación política de la Tierra. Se trata de un niño que consigue emerger hasta transformarse en líder mundial, siendo inventor y pacificador.

Este segundo escenario plantea lo que es el gobierno dentro de una utopía posible. Estamos hacia 2125, luego de una catástrofe ecológica, social, económica y política. Ese niño ya crecido, Gabriel Damián –los nombres quizá, intencionadamente quieran tener algún significado–, se hará cargo de lograr un equilibrio planetario. El autor recalca que emerge de una cuna humilde, que estudia en la supuesta Universidad General Unida del Mundo y a sus 18 años establece un nuevo orden mundial. En principio, la utopía de Bäx es la de un lugar donde se destierran las armas y los ejércitos, donde prevalece el conocimiento en bien de la humanidad, donde hay explotación de los recursos naturales y alimentarios con inteligencia y control, donde hay investigación científica. La utopía, en este contexto, no es la isla, es el mundo mismo, es la Tierra que recobra su atmósfera azul, hecho que promueve la vida plena y en paz. Es la utopía que podría estar tras alguna sanación ecológica. Veamos: unos seres extraterrestres implantan en Gabriel Damián algo, este crece y luego gobierna el mundo, resolviéndose los conflictos internacionales. Entonces, la utopía vendría a leerse como el lugar ideal que se da gracias a todo este proceso, llamémosle, intervencionista de alienígenas.

Pero acá aparece la “historia B”. Y se da en el cuento con la referencia al año 2195, tras sesenta años de un gobierno utópico. Pues los alienígenas van a retornar, van a servirse de ese gobierno utópico –vía activar el implante en la cabeza de Gabriel Damián– para establecer ahora un gobierno tiránico, de dominación completa. La pregunta de qué pasaría si detrás de todo líder, quien en principio se muestra como paternal, como pacifista, etc., hay un gobierno tiránico, está en el seno de este cuento. En otras palabras, la utopía conlleva su propia condena: pues alcanzar todo lo ideal implica que luego se establezca un nuevo régimen contrario, pues el bienestar, según esta tesis, es el lugar para que luego se instale un orden nuevo: la humanidad, una vez cebada, una vez domesticada, es posible dominarla con más efectividad. Así, una utopía no es más que el espacio de ensayo de la dominación. Desde este punto de vista, “El líder” termina transformándose en una anti-utopía. Y esto me recuerda a una de las novelas fundadoras de la ciencia ficción ecuatoriana, Guayaquil, novela fantástica (1901) de Manuel Gallegos Naranjo, donde el inca Guayaquil, luego de varios gobiernos nefastos en Ecuador, termina gobernando el país y el mundo, estableciendo un orden mundial admirable; luego la misma naturaleza se encarga de destruir a la humanidad. En Gallegos Naranjo la anti-utopía está en la llegada del liberalismo radical; en Bäx está en la llegada en el radicalismo de determinada invasión extraterrestre. Lo que venga de afuera, aunque pueda ser considerado como algo benigno, en sí mismo puede implicar y conllevar algo de malignidad. Hay acá una lectura política de la realidad que es interesante prestar atención.

El segundo cuento de la semana es “Confeti en el cielo” de Solange Rodríguez Pappe. Ya me referí a la obra de esta autora en “Los cuentos de ciencia ficción de Rodríguez Pappe” en una entrada anterior, a propósito de su reciente libro La bondad de los extraños (2014) de donde proviene justamente el cuento en cuestión.

Decía en dicho artículo que con “Confeti en el cielo”, asistimos a una especie de fin del mundo. La narradora, junto a su gato Bakunin, debe reunirse con Santiago, para mirar cómo la Tierra acabará. Se podría decir que el horizonte es apocalíptico porque eso de que va a venir el fin del mundo, aunque podría contener el contenido bíblico del acabamiento, del modo que es tratado por la autora, es más bien poético y, precisamente, fantástico.

La parte inicial del cuento viene a ser el relato de los últimos momentos que la narradora disfruta de lo que queda del mundo caótico que se va abandonar: mujer y gato, ambos unidos como un solo espíritu solitario que presiente el final con cierta paz y tranquilidad, con un aire de confianza, con una sensación –que es transmitida al lector– de haber visto el mundo en un antes y aceptar el mundo en un después. La parte media, si se quiere, es el recorrido por las calles de la ciudad. Allí están los guardianes quienes impiden que la gente salga y más bien recomiendan refugiarse; hay muertos, hay un espacio de caos que tampoco se siente espectacular. Nos situamos en instantes en los que vemos pasar ante nuestros ojos el contexto, un contexto que está ahí, que ya no importa. Pronto llegamos a un lugar donde se practica el ritual de enterrar libros, con la esperanza de que, si existiera una nueva humanidad, recuperara dichos libros. Finalmente la esperada llegada del final. En todo ello, Rodríguez Pappe ya había ido construyendo ese mundo imaginario, ese mundo que es pintado brevemente: un mundo urbano, un mundo cotidiano al borde de la destrucción. Esa situación de cotidianidad extraña lo sentimos también en la parte final, porque se trata de una especie de mirada al fin del mundo como si estuviéramos mirando el amanecer o el atardecer. Y el salto es, desde allá, a la imagen de los seres queridos que acompañan, como lo perdurable en la memoria que alguien desea morir con lo más íntimo.

Planteado de ese modo el cuento, habría que decir que motiva pensar la vuelta a lo sensible. Es decir, lo sensible como el mundo de los afectos, de los sentimientos, los cuales están más allá de todo tipo de situaciones materiales. En ese espacio imaginativo futurista, o hay una catástrofe climática que congelará todo, o hay el acabamiento del sistema solar que lleva, en efecto, a un enfriamiento del planeta. Esto se infiere del ambiente creado; pero frente a las imágenes catastrofistas y espectacularizantes que pueden implicar los fines del mundo, en el de Rodríguez Pappe, lo que importa es lo sensible, es decir, el tocar, el sentir la piel, el rozar el pelo del gato, el tomar el último sorbo de agua, el saber que hay alguien que toca la mano de la narradora y, sobre todo, que las imágenes de quienes más se aman valen más que cualquier presencia definitiva de la destrucción. Y quizá eso también esté presente en esa imagen congelada del final, es decir, la memoria es lo que queda… como el de las fotografías. En cierto sentido, el cuento hace un guiño, o tiene alguna conexión con el extraño film de ciencia ficción de Lars von Trier, Melancolia (2011).

En todo caso, a diferencia del cuento de Bäx, el de Rodríguez Pappe es esencialmente intimista en un contexto de acabamiento. Acá lo único que compete a esa realidad que contiene a la humanidad es que todos sucumben al caos. La pregunta de qué harías si llegara el fin del mundo se resuelve en el cuento, “Confeti en el cielo”, de modo más bien personal, con imágenes particulares, con emociones intensas: el mismo gato Bakunin, que recuerda a ese pensador ruso, Mijail Bakunin, promotor del anarquismo colectivista, plantea de fondo lo que implica el cuento: la liberación de todo orden y el establecimiento –vía asunción ética y compromiso– del trabajo propio para bien de todos –quizá el entierro de los libros pueda tener un viso de revolucionario en esto–. Empero todo se deshace a la espera del final. El lector podría inferir el advenimiento de otro orden –si cabe el caso–.

El tercer cuento del mes es “Mel” del escritor ecuatoriano Fernando Naranjo Espinoza. Es acerca de una viajera en el tiempo, proveniente de Fobos, satélite de Marte. El nombre de esta viajera es Melisa Thompson Philofilis quien tiene la misión de ir a 1919, es decir, viajar seis siglos atrás desde su tiempo, instalar “el transductor espacio-temporal” a Medardo Ángel Silva, esté este o no muerto, ya sea cuando suceda su suicidio o posterior a que ya haya cumplido la fatal decisión. La finalidad es llevarlo al cráter Ix, de Fobos, para que la humanidad allá instalada, y que estudia en una universidad, vuelva a aprender admirar la verdadera poesía.

En el cuento la narradora nos relata cómo fue seleccionada por el Maestro Mago –o también, Marcus Arcadio– para que integre el Proyecto del Jardín de los Senderos que se Bifurcan, en honor a otro poeta –Jorge Luis Borges– que, según Mel, solo lo recuerda el mentor que le insiste ser parte de la misión. Mel es jardinera y buscadora de agua, integrante joven de una universidad; tiene una hermana que le hace contrapunto a sus decisiones.

Pues bien, estamos ante un cuento narrado en tono anecdótico. Es decir, la voz de la narradora nos cuenta su periplo cual anécdota curiosa en la que está embarcada. Primero está el jugueteo verbal con la hermana, como si fuera una quinceañera; segundo, el encuentro con el maestro mentor como un estudiante que soñara algo más con este ser; tercero, el rollo, digamos, familiar que se desata tras la noticia de ser parte de la misión. Naranjo Espinoza tiene la peculiaridad de contar historias con tono muy familiar, como el de un narrador oral –basta que ahora le pongamos el picante del tono de la voz–. En otras palabras, en su cuento hay mucho de familiaridad, mucho de calor humano –extraterrestre–. Quizá el propio diminutivo del nombre de la actante principal, Mel, recuerde a un escritor, Stanislaw Lem –Mel podría ser la inversión del apellido–, quien también narraba con ese tono que lograba proximidad con el lector.

Pero el tema de fondo es la recuperación de la poesía y, con ello, de su bardo mayor: Medardo Ángel Silva, modernista ecuatoriano. El maestro mentor invita a esta niña-joven, Mel, a que se embarque en un viaje en el tiempo, a que “vea”, a que sea testigo del nacimiento de la poesía, arte olvidado para el mundo de ella. Claro está que Mel, con desparpajo, siente que tal proyecto y tal empresa, el de la poesía, le es ajeno. Pero se trata que se dé cuenta que más allá de toda racionalidad, la improvisación, la creación de canciones, la ideación de imágenes, el lograr que se sientan colores, que se perciban sensorialmente sonidos…, etc. –procedimiento sinéstesico de la poesía modernista–, vuelva a formar parte del mundo juvenil. Entonces, acá hay una preocupación cierta del autor: relativa a la poesía, el que este siempre forme parte de los imaginarios, pero sobre todo, reconocer que con Silva nace, en efecto, la poesía moderna ecuatoriana.

Digamos finalmente que los tres cuentos de la semana nos son importantes: traducen preocupaciones, preguntas, inquietudes. Vemos que la literatura de ciencia ficción ecuatoriana sí tiene mucho qué decir a la humanidad.

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