Todo, o casi todo, solo después de Méliès

Méliès y su esposa Jeanne d'Alcy en el quiosco callejero de juguetes de la Gare Montparnasse que regentaban, antes de ser descubiertos por León Druhot, director de Ciné Journal

Méliès y su esposa Jeanne d’Alcy en el quiosco callejero de juguetes de la Gare Montparnasse que regentaban, antes de ser descubiertos por León Druhot, director de Ciné Journal

Por

(Publicado en el blog del autor “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Pizarnik”, el 11 de marzo de 2012)

Si dependía únicamente de los hermanos Lumière, a Chaplin lo recordaríamos como bailarín, a Fellini como dibujante vendedor de comida, a Hitchcock como tendero, a Kurosawa como un militar descendiente de samuráis y a Clint Eastwood como un trabajador multitasking por horas. O mejor: no nos sonarían sus nombres. Los dos geniecitos de bigote que crecieron en Besançon-Francia en el taller fotográfico de su padre, inventaron en 1894 el cinematógrafo, aparato capaz de fotografiar imágenes en movimiento y proyectarlas, pero no le vaticinaron un porvenir más ambicioso que el de llenar sus platos de comida para después llenarse de polvo como sus cuerpos. El cine no tiene futuro, dijeron. No pensaban más que en celuloide, tiempos de exposición, fotogramas por segundo y en el franco que pagaría cada asistente a su primera función.

Sin embargo, como diría Borges, los astros fueron propicios. George Méliès, mago y director de un teatro, fue invitado a una proyección en 1895 y quedó prendado del invento. Él era de esos que venden todo lo que tienen para comprar el terreno donde está el tesoro. Y, aunque la respuesta de los Lumière fue un inflexible ‘no’, ese mismo año el ilusionista parisino ya había construido una máquina similar.

Por eso La Invención de Hugo Cabret (2011), la última película de Martin Scorsese que ganó cinco premios Oscar hace dos semanas, es necesaria. No porque cuente una envolvente historia, con una sólida trama y personajes esculpidos a la  perfección, sino porque lo central en la película es George Méliès: ese anciano que repara juguetes en la estación de trenes Gare Montparnasse de París tras haber abandonado la magia, su verdadera pasión. La película es necesaria porque él transformó al cine, que pasó de ser un mero archivador de situaciones a convertirse en el arte de inventar ficción, de crear, destruir y desaparecer. Porque capturar un sueño en una cinta que se transfigura en imágenes que se mueven sobre la pared es magia.

Julio Verne y sus negocios con los planes escolares han marcado nuestra infancia. Hemos soñado con sus relatos y los han llevado al cine innumerables ocasiones. La última será este año, cuando se estrene por enésima ocasión La isla misteriosa. Y la primera fue Viaje a la luna, en 1902, a cargo de George Méliès, una de las principales películas en la historia del cine, con ese plano-símbolo de la cara de la luna impactada por un cohete. Cuando casi 70 años después llegó Apolo 11 a ese satélite, ya era cuento viejo. Los sueños ya habían cobrado vida. El cine ya existía.

Si tomamos en cuenta que Windows 1.0 aparece en 1985 y que ese mismo año Tetris era lo más avanzado en juegos de computadora, podemos imaginar la tecnología con la que contaba Méliès un siglo antes para incluir efectos especiales en sus películas: ninguna. Tenía su cámara y el teatro Robert Houdin, del que era dueño y es considerado el primer estudio cinematográfico de la historia. Y otra vez los astros quisieron que el ilusionista convertido en director inventara  por casualidad el stop trick, primer efecto especial del cine. Mientras filmaba el tráfico parisino, la cámara se atascó. La lograron arreglar y minutos después la cinta volvió a correr. Revisando la grabación, vieron que un bus se transformó en coche fúnebre, lo que después evolucionaría en marcianos que son asesinados por humanos, mujeres que desaparecían en un acto de magia, demonios que entraban en escenas de las primeras películas de terror de la historia, etc.

En lo que es edición del material grabado, George Méliès también fue trascendental. Aparte de ser el primero que da continuidad narrativa entre dos tomas que utilizan distintos escenarios, encuentra la manera de que la transición entre ellas no sea abrupta, no sea un corte y pegue de celuloide. El recurso fue un simple corte en diagonal a las dos cintas que se quería unir, para crear el efecto de disolución de imagen. Y si vimos películas a color grabadas con cámaras que solo registraban blanco y negro, es gracias a que Méliès fue el primero que coloreó los 16 o 18 fotogramas que necesita un segundo de sus películas para vivir. Y si vimos La Cenicienta, el cuento de los hermanos Grimm, en el cine, fue porque primero lo hizo Méliès. Y si vimos  al Príncipe Hamlet de Dinamarca, la obra de teatro escrita por Shakespeare más interpretada a lo largo de la historia, fue porque primero lo hizo Méliès. Si ahora se piratean las películas es porque primero lo hicieron con Méliès. Y si es tan fácil editar con Final Cut, y si vemos cine en 3D, y si sobrevivimos contándonos historias…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s