El viaje imposible

Fotograma de Le Voyage à travers l'Impossible (1904) de Georges Méliès

Fotograma de Le Voyage à travers l’Impossible (1904) de Georges Méliès

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en el weblog de Iván Rodrigo Mendizábal el 10 de julio de 2004, revisado para Ciencia Ficción en Ecuador)

“El viaje imposible” es una pequeña piecita de orfebrería cinematográfica de Georges Méliès. Filmada en 1904, es una historia corta, simple, teatral, en términos generales, una película realizada sin grandes pretensiones narrativas salvo la siempre ingeniosa explotación de trucos que, a la luz de los tiempos presentes, sigue siendo excepcional.

La historia es como sigue: un grupo de personas de una sociedad científica se plantea viajar al Sol. Discuten el cómo hacerlo, construyen una especie de nave espacial, llaman a otro grupo de adeptos, todos doctos, representativos de alguna ciudad, para pronto partir primero en un automóvil, luego en un tren que al descarrilarse a velocidad sale disparado como un cohete hacia el espacio. El viaje, por lo tanto, es en tren hacia el Sol; se observa a Venus; y luego el destino final: el astro rey. Allá caen en un paisaje agreste, y dominado por las llamas. Puesto que el propósito es echar un vistazo, la comitiva se da un pequeño paseo sobre la superficie del Sol, hasta que el calor se hace insoportable. Pero como son científicos cuidadosos, han llevado consigo en el tren, una heladera en la que todos se meten. Al cabo de minutos, claro está, casi todos se congelan. Uno de ellos los deshiela por lo cual deciden volver a la Tierra en la nave que han ideado. El cohete se propulsa y luego cae en el mar. Puesto que éste se rompe dentro del mar, todos salen en las playas de una población pesquera. De este modo, son reconocidos como los conquistadores del Sol y son llevados a la ciudad donde son recibidos multitudinariamente con bandas y oropeles.

Más o menos son 20 minutos de peripecias, de trucos de desaparecimientos o aparecimientos, de humos, de muecas, de caras casi caricaturescas, de escenarios pintadados o de planetas o cuerpos celestes con rostros mitológicos e incluso algún monstruo marino. Acorde con el tiempo de su realización, también está esa especie de cámara rápida donde los personajes parecen moverse torpemente. Todo es mímica teatral, no hay diálogos. Los trajes incluso parecen ridículos, pues casi todos están de levitas. El grupo parece simplemente disponerse a hacer un viaje turístico, un picnic o algo por el estilo. Cuando vemos el film nos reímos por toda esta ingenuidad teatral, esta representación caricaturesca que quiere ser seria. Si habría que tomarse en serio esta película, como muchas veces lo hacemos hoy, cuando vemos films que nos deslumbran con sus historias intrincadas o sus millonarios efectos, “El viaje imposible” es literalmente una obra de niños traviesos, de principiantes que juegan con el cinematógrafo.

Pero quizá habría que tomarse de otro modo la película, entendiéndola en su contexto. Y en este sentido, decir, que hay que ver la obra con asombro. Asombro porque Méliés cumple justamente con el objetivo de su tiempo: mostrar el cine como una herramienta mágica que hace aparecer y desaparecer mundos. Asombro porque en la simpleza de la historia están una cantidad de elementos que quizá valdría la pena pensar: sólo por ejemplo, que la vida de las sociedades se constituye realmente alrededor del juego, de lo lúdico. La historia es la de un juego en el que las cosas están puestas para cumplir una función y provocar una situación nueva que conduzca a otra, y así sucesivamente. Sin embargo, hay que reconocer que en esa simpleza hay también una incipiente dramaturgia, la más clásica, la más convencional, la aristoteliana. Asombro porque aparte de lo anterior, el film es una pieza de orfebre donde vemos técnica, destreza, artesanía pura. Méliès se compara a una especie de artesano tallador o relojero, que pone las cosas, las arma, las mueve a capricho, moldea la materia, extrae de ella lo que quiere, construye un ritmo frenético e histriónico. Pero sobre todo asombro, porque la pieza, como muchas otras de ese tiempo, es coloreada a mano.

Como los viejos fotógrafos de estudio o de plazuela, Méliès en “El viaje imposible” nos hace ver una película en “colores”. Imaginen pintar cada uno de los cuadros que constituyen la copia. Imaginen que esos colores son básicos o, mejor dicho, son pocos dentro de una paleta. Imaginen los fondos en la película pintados a mano, etc. Eso la hace más mágica a nuestros ojos. Estamos hablando concretamente de un estilo rudimentario y, por lo mismo, una técnica que, a mi modo de ver, es casi psicologista: pues se trata de dar vida a la fotografía, a la forma; es hacerle hablar, es dotarle de un carácter fuera del que el actor o intérprete pueda dar. Lo que interesa, de este modo, son estas figuras cuasi fantasmales, tinturadas que de pronto cobran vida, como en un sueño; sin definición, sin rostros, con formas incluso disímiles en situaciones disímiles. De pronto, nos damos cuenta, que en el film hay algo más: Méliès nos lleva como espectadores a un estado onírico en el que vemos nuestros propios fantasmas silenciosos y caricaturescos. Y en medio de ellos, pareciera que gráficamente quisiéramos salir del útero desde donde nos vemos para ir, por sólo unos momentos, a tocar al padre que aún duerme y saber de su calor.

En lo unario del plano cinematográfico (al modo de Roland Barthes), donde todo está allá, en conjunto, donde no hay detalle, donde no hay más que un punto de atención, la escena representada, “El viaje imposible” a la final sale con algo que le hace diferente, ese color fantasmal, espectral y que se constituye en una especie de punctum por el que entramos a vivir realmente ese mundo aparte y ese viaje imposible. Y quizá también contribuya en este caso, un poco la música en vivo que un grupo de músicos y un violinista japonés, Tadashi Maeda, interpretaron para hacer más vívida la experiencia cinematográfica.

3 pensamientos en “El viaje imposible

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