Mi primera navidad fuera de casa

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Ciencia Ficción en Ecuador)

“Mi primera navidad fuera de casa” es un cuento inédito del escritor ecuatoriano Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva), perteneciente a Episodios futuristas, libro de próxima publicación. Ciencia Ficción en Ecuador agradece este cuento y conjuntamente con su autor lo entrega como un regalo virtual a la comunidad de cienciaficcionarios.

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Cuando abrí los ojos, no lo podía creer, no estaba en casa. Supuse por un momento que todo era una pesadilla, sobre todo por el largo viaje, pero no, era la dura realidad. Sí, era mi primera navidad en la que no pasaría con mi familia, tampoco habría cena ni regalos. Estaba tan lejos del hogar, que sentí una enorme melancolía. Apenas si tenía ganas de levantarme y hacer todas las tareas asignadas. Desde la amplia ventana de la habitación el sol, lejano, apenas si brillaba en el espacio. Un pequeño resplandor en la lejanía me recordaba el significado de la Navidad, y por qué no, la estrella de Belén. Era extraño, rigurosamente extraño mirar aquel cielo negro. El silencio cundía por todo el sitio. El clima inclemente era el principal impedimento para salir de la estación. Mis compañeros estaban tan desanimados como yo, pero el trabajo había que cumplirlo, y después de todo, la paga era excepcional, pero de qué servía del dinero si estaba lejos de casa. Bueno, al llegar, quizás podría ir a comprar unos regalos a mis hijos y a mi esposa. Tal vez, comprar un pavo y hornearlo, celebrar una navidad retrasada sería divertido. Exclamé con intensa alegría a mis compañeros: ¡Hoy es navidad!

Dimitri, con claro acento ruso me dijo con rudeza:

—Aldemar, deja de soñar tenemos un trabajo que cumplir.

—Es que piensas solo en el dinero –le repliqué con certeza–.

Cao, el ciudadano chino dijo:

—Deja de pensar en cosas vanas, estamos lejos de todo, será mejor que tratemos de apresurar la tarea.

Peter, el granjero americano, sonrió y atinó a decir.

—En casa solíamos jugar con la nieve. Hacíamos muñecos.

Tanya, la única mujer también acotó:

—La navidad en Sudáfrica se le celebra de manera distinta, pero igual la celebramos.

Para mis adentros, sentía impotencia, y a la vez, una extraña alegría que lentamente se me fue instalando en el fondo de mi corazón. Era como si dentro de mí naciera un sentimiento que no había experimentado jamás. A mis recuerdos llegaron imágenes de una generosa vegetación. Era un extenso campo rodeado de amplios ríos, noté en ése especie de desvarío, una pequeña capilla. Vino de súbito una melodía que la cantaba de pequeño: Noche de Paz. Aquella canción se iba haciendo cada vez más ruidosa conforme me iba acercando a la puerta de salida.

De mis ojos salieron unas pequeñas lágrimas que entorpecieron mi visión. Por un momento creí ver en esa torpe visión la silueta de mi esposa. La voz desconsiderada de Dimitri me volvió de nuevo a la realidad de un empujón.

—Tenemos que ir hacia la estación. Deja de perder el tiempo.

Enfundado en mi traje espacial, salí a regañadientes. Los demás me siguieron el paso. Afuera, el viento no dejaba de soplar con aquella extraña furia. Una gruesa capa de polvo cubría por completo nuestros transportes de tracción magnética. Teníamos que llegar hasta la estación de experimentación: la Biosfera III, allí cultivábamos toda clase de productos agrícolas para el consumo humano. El lugar no distaba más allá de siete millas marcianas.

La tierra había dejado de producir toda clase de vegetación comestible hacía decenios de años; finalmente los seres humanos acabaron con la fertilidad en el orbe y muchas zonas no eran más que estériles y vastos desiertos. Ahora el granero del planeta se encontraba en Marte y era el sustento de la humanidad. La tecnología había logrado generar nuevas y extrañas hortalizas, pero con nutrientes que alimentaban a los humanos sin necesidad de suplementos vitamínicos sintéticos que habían diezmado a las personas con raras enfermedades. Cultivábamos coles rojas, acelgas amarillas, tomates azules, o sandías tan largas como espigas de maíz, naranjas ovaladas de color plata, patatas que crecían como enredaderas o el arroz, que ahora se cosechaba en racimos parecidos a la uva. De hecho, el maíz era ahora cultivado y cosechado en grandes árboles. Los biólogos decían que eran experimentos científicos que extenderían la vida promedio de las personas y que curarían nuevas enfermedades. Mi grupo, no éramos más que granjeros espaciales que cosechaban esos nuevos alimentos.

Llegamos a la Biosfera III, este era un gigantesco hangar de cincuenta hectáreas de longitud y diez de ancho, con dos enormes ventanales a los lados a manera de observatorios; el trabajo nos esperaba, los robots agrícolas eran los que en realidad hacían el trabajo pesado, pero nosotros teníamos que supervisar el trabajo y, sobre todo, cuidar que los alimentos estén debidamente maduros o listos para el consumo, además de su empaque para el posterior envío a la tierra. Pero al llegar, sinceramente, aquella abrumadora melancolía no me abandonaba, más aún, si aquella vez era la primera que pasaba navidad fuera de casa. Entramos al lugar, adentro parecía un pequeño Edén. Todo iluminado con luz artificial que simulaba al del sol, pero esta luz, tenía componentes vitamínicos que alimentaban y desarrollaban de manera óptima a las distintas variedades de plantas y vegetales. Dimitri se puso al frente de los robots que se encargarían de recoger el maíz y el arroz. Tanya, se encargaría de las frutas, en tanto que Cao y yo, cosecharíamos el resto de la producción de hortalizas. Pero como dije anteriormente, el desgano y la melancolía se habían adueñado de mí. Cao tomó uno de los exoesqueletos y se lo colocó para cosechar las extensas zonas de las hortalizas y empezó su arduo trabajo. De mi parte, hice lo mismo, pero en lugar de dirigirme hacia las zonas de cultivo, me dirigí hacia el sector de los grandes árboles. Mi mirada se centró en uno alto y robusto, de sus hojas pendían enormes racimos de habas, este árbol se semejaba a lo que un día vi en la tierra: un pino. Una idea, entonces me sobrevino de la nada. Mientras los demás estaban abstraídos en sus respectivas tareas agrícolas, me dediqué a cosechar frutas de todos los colores posibles, así como hortalizas y racimos de cuanto árbol encontraba. Una vez hecho esto, y aprovechando la distracción de los demás, empecé con mi verdadera tarea.

Habían pasado seis horas terrestres, y el trabajo de mis colegas de a poco iba dando sus frutos. Pilas enormes de productos se acumulaban en las bodegas que estaban siendo recogidos por los robots que se encargaban de aquel trabajo. Nadie advirtió de lo que yo hacía. También yo había terminado mi trabajo; estaba completamente listo. Di unos pasos hacia atrás con mi exoesqueleto, que fue quien facilitó mi esfuerzo. Esbocé una sonrisa de complacencia y de alivio. Sentí en mi interior una paz delirante, y una nueva sensación difícil de explicar. Había decorado aquel extraño árbol como uno de navidad. Los frutos de distintos colores, así como las hortalizas y gramíneas de caprichosa forma sirvieron para completar mi deseo. Era un verdadero árbol de navidad, solo que estaba situado en un lugar en medio de la nada, y muy lejos de casa. Aquel arreglo navideño brillaba con luz propia, tomando en consideración que muchos de los frutos y de los vegetales, gracias a los experimentos genéticos, tenían brillos fluorescentes.

Grité lleno de júbilo:

—¡Hoy es navidad!

Mis compañeros luego de mi grito, advirtieron recién aquella maravilla vegetal.

Atónitos, no atinaba qué decir. Dimitri lleno de cólera exclamó:

—¡Qué has hecho insensato!

Bajó de uno de las máquinas robots y sin mediar lógica y compasión me dio un golpe que mandó al piso.

El ruso hizo el ademán de volverme a golpear, pero Tanya, con arrojo lo detuvo. Exclamó con furia:

—Deja a Aldemar en paz.

Peter y Cao detuvieron al iracundo. En mi desvarío y entre unas breves sombras me pareció ver de nuevo a mi esposa. Antes de desmayarme, sonreí.

Al volver en mí, noté que el trabajo había terminado. Tanya seguía a mi lado, y con una dulce voz me instaba a que me levantara. Una vez de pie, supe que Dimitri había tratado en vano de desbaratar todo mi esfuerzo, aduciendo que en mi travesura le produje pérdidas salariales, sobre todo en los frutos que él colectaba. Los demás lo habían detenido. Ya repuesto de aquella experiencia, no cejé en mi propósito, y de nuevo me acerqué a mi árbol navideño. Me sentía tan satisfecho por lo que había logrado que poco o nada me importaba si me agredía o no.

De nuevo se me instaló una nueva idea. Mientras los demás estaban de a poco por terminar su trabajo. Yo me instalé bajo el árbol y sin ningún tipo de temor empecé a entonar aquella canción. La tonada me retumbaba como si fuera un trueno dentro de mi cabeza. Mi corazón latía con tal júbilo que me era imposible no estar emocionado. No tengo claro cómo es que salió el tema, solo tengo que decir que salía con tal solemnidad y armonía que apenas si entendía de donde me salía la fuerza para cantarla.

“Noche de paz, noche de amor, todos duermen derredor…”

Dimitri, oyendo eso, se volvió a descontrolar, y enseguida intentó agredirme nuevamente.

Pero los demás lo detuvieron. Lentamente, Cao, Peter y Tanya, empezaron a entonar la canción. Dimitri, se tranquilizó, y sin darse cuenta, también se unió al inusitado coro.

Mis ojos se humedecieron y elevé mi mirada a uno de los grandes ventanales. El planeta azul brillaba a lo lejos. Era mi casa. Mientras seguía cantando, en mi mente surgieron algunas preguntas, ¿qué le pasó a la humanidad?, ¿dónde quedó su sentido de misericordia y amor?, ¿por qué no deja de destruirse sí misma?, siguen las guerras sin sentido, y su despreciable camino de autodestrucción, ¿acaso tenemos alguna esperanza para nosotros mismos? No importa si somos distintos o si pensamos diferente, si tenemos distintas creencias religiosas o si no creemos; lo importante es que el mensaje de Amor llegue a cada uno de nosotros, y cale muy dentro de nuestros corazones como una púa y que no salga jamás.

Finalmente, Dimitri se me acercó y me extendió la mano. ¿Resentimiento en navidad?, ¡absurdo!, le extendí la mía e hice como si nada hubiera pasado. Volvimos a cantar Noche de paz, pero esta vez, más fuerte.

Mi primera navidad fuera de casa no fue del todo mala, después de todo.

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