El espíritu de la Navidad en la ciencia ficción

Navidad espacio

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Existe ya una cierta tradición en la literatura, en las artes y en el cine respecto a fijar la memoria de la Navidad y su espíritu. Esta fecha si bien es de celebración cristiana, también tiene que ver en diferentes culturas con el nacimiento de una nueva temporada y un nuevo ciclo de vida en la Tierra. La literatura de Occidente, desde la Biblia la ha evocado; las artes la han representado con la imagen de la Sagrada Familia; el cine comercial la ha mostrado en sus diferentes facetas, sobre todo las que tienen que ver con el mundo de la materialidad del consumo.

El espíritu de la Navidad en esencia se traduce en un momento de paz y de esperanza.

Hace un tiempo atrás –el 23 de diciembre de 2011–, el que actualmente es el Papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio, publicó un artículo que precisamente se intitula “El espíritu de la Navidad” en La Nación de Buenos Aires. Aducía que diferente al consumismo que se ve todos los años, el verdadero espíritu de la Navidad ya había sido traducido en diferentes cuentos, obras artísticas, etc. No obstante objetos literarios o artísticos, Bergoglio sentía que eran insuficientes para mostrar a los cristianos al sentido de la Navidad y enfrentar el consumismo que avasalla. Entonces recuperaba un sencillo pasaje histórico de Lucas 2:1-7 frente al cual también comentaba:

[…] es precisamente un relato, un relato histórico, el que nos abre las puertas al real significado del “espíritu navideño”. Un relato simple y preciso. Dice así: “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc. 2:1-7).

Se trata de un relato histórico, sencillo y con marcada referencia al camino andado por el pueblo de Israel. Cuando Dios eligió a su pueblo y comenzó a caminar con él le hizo una promesa; no les vendió ilusiones sino que, en sus corazones, sembró la esperanza; esa esperanza en Él, Dios que se mantiene fiel pues no puede desdecirse a sí mismo; les dio esa esperanza que no defrauda. Basados en el relato transcripto más arriba, los cristianos sostenemos que esa esperanza se ha consolidado. Se consolida y nos lanza hacia adelante, hacia el momento del reencuentro definitivo. Así se manifiesta el “espíritu navideño”: promesa que genera esperanza, se consolida en Jesús y se proyecta, también en esperanza, hacia la segunda venida del Señor.

El relato citado continúa narrando la escena de los pastores, la aparición de los ángeles y el cántico que es mensaje para todos: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él”. La esperanza consolidada no sólo apunta al futuro, sino que también se desborda en el mismo presente y se expresa en deseos de paz y fraternidad universal que, para convertirse en realidad, se han de enraizar en cada corazón nuestro.

En efecto, el espíritu se relaciona con ese momento de esperanza que se trasluce en el deseo de vivir, de caminar, de acercarse, de compartir entre todos: la esperanza del reencuentro definitivo, evitando y rompiendo las barreras que los mismos seres humanos instalan, eliminando todo lo que implica odio y rencor.

Así dicho espíritu tiene que ver con el reencuentro de la humanidad; la Navidad más allá de que sea una fecha que recuerda el nacimiento de Jesús –y una fiesta cristiana–, viene a ser el punto de inicio del reconocimiento, del abrazo fraterno, de la unión y del nacimiento siempre renovado del deseo de paz entre seres humanos, entre pueblos y, por qué no, entre culturas.

Este deseo, esta voluntad de unión, contra viento y marea, contra las adversidades que imperan siempre en el plano de la realidad social, parecería imposible, pero lo que nos plantea el espíritu navideño, para quienes se dejan impregnar por ella, es una misión: sembrar la paz.

Pero también tal voluntad implica tener en cuenta que el ser humano, ante todo, es producto del infinito, el cual es más grande, más poderoso y superior: ante el nacimiento de quien es representante de ese infinito, Dios, el hombre debe saber que es parte de esa creación, es parte de un todo, siendo él ínfimo y ante la magnificencia de la grandeza divina, saber que tiene un lugar, cual es lograr que lo que nace, como esperanza, sea diseminado y abrazado por todos sus semejantes.

Un cuento de Ray Bradbury creo que traduce en esencia ese espíritu de la Navidad. Y estamos hablando esta vez en el contexto de la literatura de ciencia ficción, siendo este vehículo de significaciones y también enseñanzas.

El cuento navideño es ya una tradición libresca que desde la modernidad se la ha replicado en forma de textos, canciones, poemas, etc., todas ellas producciones destinadas a que puedan ser apropiadas en forma masiva. Posterior a los relatos orales o a los textos manuscritos, el cuento navideño publicado refleja también el deseo de sectores de la cultura para que la generalidad pueda abrazar con ímpetu el espíritu navideño. Y los contextos han variado para el caso: por ejemplo, los cuentos de Charles Dickens de cierto modo recordaban que, no obstante el naciente capitalismo industrial en el XIX, el espíritu de la caridad humana y de la bondad debía renacer para desterrar el mal social producto de la acumulación del dinero; o, para el caso ecuatoriano, los cuentos de Honorato Vásquez, también en dicho siglo, muestran el deseo de que las guerras intestinas que dejaban lágrimas en el seno de las familias ecuatorianas se terminen si es que sus propulsores oyeren la voz del niño Dios.

Pero los casos citados son solo ejemplos de la naturaleza y fortaleza del cuento navideño desde su tradición libresca hasta el presente.

Empero, eso de abrazar al otro, eso de admirar el rostro del infinito y de sentir que somos parte de su ser y su totalidad, me parece que es único en el cuento de Bradbury, “El regalo”, perteneciente a su libro Remedio para melancólicos (1960).

La ciencia ficción nos permite, en este caso, trasladarnos a un futuro hipotético del 2052 donde las familias viajan interplanetariamente; este hecho no ha invalidado las viejas tradiciones como la Navidad y toda la parafernalia materialista que ella involucra: el árbol, las luces, los regalos, etc. En el cuento una familia compuesta por padre, madre e hijo, deben abordar una nave a una dirección x del espacio exterior; lo que llevan consigo, todos esos artilugios de la Navidad les son retenidos cuando van a subir a la nave; empero igualmente deberán celebrar la festividad en el espacio. El niño guarda todavía la esperanza de los regalos materiales, pero cuando llega la supuesta medianoche, el padre se las agencia para mostrarle desde el ojo de buey de la nave el espacio lleno de estrellas.

He aquí el asunto: el mayor regalo es ese espacio perpetuo, es la grandeza de ese espacio estrellado –como un árbol navideño–, es ese infinito cuyo rostro es el de Dios está tan iluminado, tan abierto a todos. La nave y quienes están dentro de ella saben que su curso por ese espacio, por ese rostro infinito está condicionado por la fe, precisamente la que expresa el niño cuando renuncia a lo material y se entrega, por medio de la fascinación, a lo espiritual. De ahí que concluye Bradbury:

Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas…

Y entonces, ante los ojos de ese niño, como si fuéramos nosotros, aparece el resplandor de la luz divina. Lo siguiente tendría que ser transmitir el espíritu de paz que transmite la maravilla de esa luz. Esto se supone que lo dejamos al lector.

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