Bestiario razonado & Historia natural

Bestiario_Encalada_1

Por Francisco Delgado Santos

(Publicado como Estudio Introductorio al libro Bestiario razonado & Historia natural de Oswaldo Encalada Vásquez, recuperado del blog de Francisco Delgado Santos, texto publicado el 26 de noviembre de 2012)

…el relato fantástico reúne, materializa y traduce todo un mundo de deseos: compartir la vida animal, liberarse del peso, volverse invisible, cambiar de talla y –en resumen- transformar el universo a voluntad.

…pertenecerá a la literatura fantástica aquella obra en la que la temática, la situación, la atmósfera, el lenguaje mismo, o todo esto, nos introduzcan en un mundo distinto del de la percepción común: diferente, extranjero, extraño.

JACQUELINE HELD

1.La época

Oswaldo Encalada nace en 1955, cuando el presidente Velasco Ibarra cumplía el último año de su tercer mandato (el único que logró concluir).

Velasco había ejercido la primera magistratura en 1934, pero no pudo gobernar sino un año, ya que en 1935 –según propia confesión- se “precipitó sobre las bayonetas”, al pretender proclamarse dictador sin el apoyo del ejército. Casi una década más tarde, cuando se produce la caída de Arroyo del Río, a raíz de la revolución popular del 28 de mayo de 1944 –denominada la ‘gloriosa’-, Velasco Ibarra accedió nuevamente al poder. Pero fue depuesto en 1947 por su propio ministro de Defensa, coronel Carlos Mancheno Cajas. En 1952 Velasco triunfó arrolladoramente sobre sus contrincantes Ruperto Alarcón Falconí (conservador), Ricardo Chiriboga Villagómez (liberal) y Carlos Guevara Moreno (cefepista). En esta vez pudo entregar el mando a su sucesor constitucional, Camilo Ponce Enríquez, 1956. El carismático caudillo gobernará aún en dos ocasiones más:1960-1961, en que será derrocado por su vicepresidente, Carlos Julio Arosemena Monroy, y 1968-1972, en que será depuesto por el general Guillermo Rodríguez Lara, a quien había designado comandante general de las Fuerzas Armadas.

En el ínterin de las administraciones de Velasco tienen lugar los gobiernos –constitucionales unos, dictatoriales otros, interinos unos terceros- de Camilo Ponce Enríquez (1956-1960), Carlos Julio Arosemena Monroy (1961-1963);  la  Junta Militar de Gobierno, integrada por Ramón Castro Jijón, Luis cabrera Sevilla, Marcos Gándara Enríquez y Guillermo Freile Posso (1963-1966), Clemente Yerovi Indaburu (1966-1967), Otto Arosemena Gómez (1967-1968) y Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976), al que le sucederá el triunvirato militar integrado por Alfredo Poveda Burbano, Guillermo Durán Arcentales y Luis Leoro Franco (1976-1979), con el que se cierra el período al que algunos historiadores han denominado ‘del militarismo institucionalizado’ o ‘de las Fuerzas Armadas en el poder’, iniciado en 1963.

El fracaso de las reformas agrarias propiciadas tibiamente por los gobiernos de esta época multiplicaron el minifundio y aceleraron el éxodo campesino a las ciudades, en las que empezaron a formarse los denominados ‘cinturones de miseria’. Este hecho se agravó en 1972, cuando la sociedad ecuatoriana pasó de la etapa bananera a la petrolera, la cual en vez de mejorar las condiciones de vida de las mayorías, solo benefició a las compañías extranjeras, a los tecno-burócratas y a los gobernantes corruptos.

Durante los años de niñez y adolescencia de Encalada Vázquez se publican, entre otras, obras ecuatorianas como Trece relatos (1955) de César Dávila Andrade, Poemas de la paz (1956) de Eugenio Moreno Heredia, Hombre planetario (1957) de Jorge Carrera Andrade, El Chulla Romero y Flores (1958) de Jorge Icaza, Arcilla indócil (1959) de Arturo Montesinos Malo, Boletín y elegía de las mitas (1960) de César Dávila Andrade, Poesía (1961) de Alejandro Carrión, Los hijos (1962) de Alfonso Cuesta y Cuesta, Doce cuentos (1963) de Eugenia Viteri, Yo me fui con tu nombre por la tierra (1964) de Jorge Enrique Adoum, El lagarto en la mano (1965) de Juan Andrade Heymann, Cabeza de gallo (1966) de César Dávila Andrade, Entre la ira y la esperanza (1967) de Agustín Cueva, El hombre que mataba a sus hijos (1968) de Miguel Donoso pareja, Canon perpetuo (1969) de Paco Tobar García, Siete lunas y siete serpientes (1970) de Demetrio Aguileras Malta, Dos muertes en una vida (1971) de Alfonso Barrera Valverde, Atrapados (1972) de Jorge Icaza, Bruna, soroche y los tíos (1973) de Alicia Yánez Cossío, La manticora (1974) de Alfredo Pareja Diezcanseco, Las tierras del nuaymás (1975) de Jorge Rivadeneyra, La Linares de Iván Égüez, Micaela y otros cuentos de Raúl Pérez Torres e Historia de un intruso (1976) de Marco Antonio Rodríguez, María Joaquina en la vida y en la muerte (1977) de Jorge Dávila Vásquez, Sollozo por Pedro Jara de Efraín Jara Hidrovo, Polvo y Ceniza de Eliécer Cárdenas Espinosa, Heredarás un mar que no conoces y lenguas que no sabes de Alfonso Barrera Valverde y Como gato en tempestad (1978) de Jorge Velasco Mackensie, Bajo el mismo extraño cielo de Abdón Ubidia y Porqué se fueron las garzas (1979) de Gustavo Alfredo Jácome.

Mientras esto sucedía en el Ecuador, el mundo era protagonista de otros acontecimientos que han sido resumidos así, por Byron Cardoso, en lo que a la década de los años sesenta se refiere:

  • La desviación de la carrera armamentista de las superpotencias hacia la competencia por la conquista espacial.
  • La escisión del mundo comunista a consecuencia del cisma ideológico – político entre la Unión Soviética y China.
  • El cuestionamiento francés a la dirección hegemónica de los Estados Unidos en el bloque occidental.
  • La presencia de un nuevo estilo de liderazgo en la política norteamericana, con obvias repercusiones internacionales, al ascenso de Kennedy a la presidencia de los Estados Unidos.
  • La reanudación de la lucha antiimperialista del pueblo vietnamita mediante la constitución del Frente Nacional de Liberación (mejor conocido por Vietcong).
  • La admisión en las Naciones Unidas de los nuevos estados procedentes de la descolonización de casi todos los pueblos africanos.
  • La ruptura de los estatutos coloniales en el Congo y en Argelia.
  • El triunfo de la revolución cubana, que concita el interés mundial por reflejar, durante sus primeros años de vida, la evolución de las complejas relaciones entre las superpotencias, que llega incluso a provocar la amenaza de una conflagración nuclear con todas sus consecuencias implícitas [1]

El futuro escritor es todavía un niño-adolescente cuando se producen hechos dramáticos como el asesinato de Martín Luther King, o increíbles como la caminata de Neil Armstrong y Edwin Aldrin sobre la superficie selenita. Y es testigo del ascenso de la literatura latinoamericana a un primer plano mundial, con el denominado ‘boom’ que consagra a escritores como Borges, Asturias, Rulfo, Fuentes,  Sábato, Guimäraes Rosa, Carpentier, Lezama Lima, Vargas Llosa, García Márquez…

En este período se publican –entre otras- grandes obras como Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, Viaje de un largo día hacia la noche (1956) de Eugene O’Neill, Esperando a Godot (1957) de Samuel Becket, El siglo de las luces (1958) de Alejo Carpentier, El hacedor (1960) de Jorge Luis Borges, La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, Rayuela (1963) de Julio Cortázar, Tres tristes tigres (1964) de Guillermo Cabrera Infante, La casa verde (1965) de Mario Vargas Llosa, Paradiso (1966) de José Lezama Lima, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y El libro de los seres imaginarios (1967) de Jorge Luis Borges, La centena (1968) de Octavio Paz, Boquitas pintadas (1969) de Manuel Puig, Agosto: 1914, de Alexander Solyenitzin, El libro de Manuel (1973) de Julio Cortázar, Yo el supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez, La consagración de la primavera (1977) de Alejo Carpentier y Dejemos hablar al viento (1979) de Juan Carlos Onetti.

2.El autor

Oswaldo Encalada Vázquez nace en 1955 en el Cañar. Se radica en Cuenca desde sus primeros años y estudia en la Escuela Luis Cordero, en el Colegio Manuel J. Calle y en la Universidad Estatal. Obtiene el título de doctor en Filología y, poco de graduado, empieza su trabajo docente en el Colegio Nacional de Señoritas Manuela Garaicoa de Calderón y en la Universidad del Azuay.

Los primeros textos de Oswaldo Encalada aparecen en los periódicos locales. Luego vendrán Los juegos tardíos y La muerte por agua (relatos, 1981), El día de las puertas cerradas (relatos, 1987), Toponimias azuayas y modismos cuencanos (investigación lingüística, 1990), A la sombra del verano (novela, 1991), La asignatura (novela, 1994), Salamah (cuentos, 1997), Diccionario para melancólicos (literatura humorística, 1998), Crisálida (cuentos, 2000), Bestiario razonado (ensayo humorístico –satírico de corte medieval, 2001), Toponimia ecuatoriana (investigación lingüística, 2002), Diccionario de artesanías ((investigación cultural, 2003), Palabra derramada (antología personal de narrativa, 2004) y El jurupi encantado (cuentos para niños, 2004). Entre sus obras inéditas están El tío lobo (relatos de corte humorístico – picaresco) y la novela El abc de la niña Lola (que narra la historia de una poderosa mujer que fue dueña de grandes extensiones en las provincias de Cañar y Azuay, y que al movilizarse era transportada en andas, como una virgen, precedida por bandas y anunciada por cohetes y voladores). Actualmente desarrolla una investigación sobre las fiestas populares del Ecuador.

La familia es el centro del pequeño universo de Encalada, desde donde irradia su ocio creativo. En el hogar se eliminan las tensiones, las molestias, el estrés.  Moraima, la esposa del escritor, es maestra de escuela, y su único hijo, Juan Fernando, cursa el tercer año de Medicina.

Oswaldo Encalada guarda un irrestricto respeto por toda forma de vida; ama los animales, al punto de tener como mascota un perro de la raza French Poodle; también las plantas ocupan un lugar especial en su vida, por lo que en la huerta de su casa cultiva café, rosas, capulíes, babacos, moras, granadillas y reinas claudias.

Entre las preferencias literarias de nuestro escritor se encuentran El Quijote (que ha releído como treinta veces, en cada una de las cuales ha hecho siempre nuevos hallazgos y varios de cuyos fragmentos se sabe de memoria); El Lazarillo de Tormes, Dante, Shakespeare, Goethe, Montaigne, Góngora, Quevedo, Faulkner, Rulfo, Borges, Escudero, Carrera Andrade.

Encalada es un trabajador incansable y siempre está preparando alguna nueva obra, con la prisa de quien está consciente de la brevedad de la vida, pero con la meticulosidad del que sabe que la obra de arte recién empieza a tomar forma definitiva  después de innumerables correcciones. Es afable, cordial y generoso, acaso algo tímido y sumamente reservado al hablar de sí mismo, como si con su actitud nos estuviera diciendo: “Por mis obras me conoceréis”…

3.La obra

3.1.  Un texto atípico

Bestiario razonado & Historia natural es una obra que escapa a cualquier intento de clasificación tradicional. A pesar de que –en una divertida actividad de prelectura- su título pudiera inducirnos a error, no es ni un tratado científico, ni un ensayo histórico. Y, no obstante, tiene de tratado y de ensayo, aunque en el campo de lo fantástico. Tampoco es un catálogo ni un diccionario, aunque, participa de algunos de los elementos que caracterizan a esas obras. ¿Qué es, entonces? Nosotros diríamos que un inventario de seres posibles, imaginados y soñados, en el contexto de un conjunto de reflexiones del narrador. Bestiario razonado & Historia natural es un bello conjunto de relatos fantásticos, al estilo de El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, pero con marcadas diferencias. Así por ejemplo, mientras Borges consigna, con la erudición que le es característica- toda cuanta información le ha sido posible acopiar, Encalada Vázquez juega con esa información, especula, imagina, inventa, recrea y nos incita a que sus lectores hagamos otro tanto.

3.2. Fray Oswaldo de Torresblanca

Ya sabemos que Oswaldo Encalada Vázquez es un cervantino confeso, que ha declarado paladinamente su predilección por el Quijote. Recordemos que, en torno al supuesto autor de esta obra, Cervantes explica que, encontrándose un día en Toledo, tuvo oportunidad de hallar unos cartapacios y papeles viejos escritos en árabe, y que gracias a un morisco se enteró de que se trataba de una obra llamada Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Contento con su hallazgo llegó a un acuerdo con el morisco para que éste le vertiera la citada “historia” al castellano. A partir de este momento el Quijote se ofrecerá a los lectores como la traducción de este texto arábigo al que de cuando en cuando Cervantes pondrá en evidencia que se permite hacer algún comentario, y algunas veces se llamará a sí mismo “traductor”.

Quizá por eso no debe extrañarnos el recurso que Encalada utiliza al comienzo de este libro –con el fin de darle mayor verosimilitud al relato-, al presentarnos a su ‘verdadero’ autor, Fray Joseph Orozco de Torreblanca, sacerdote de la religión seráfica, quien en 1786 publicó en octavo, y en la imprenta de Antonio Ferrer, Valencia, el libro titulado BESTIARIO RAZONADO & HISTORIA NATURAL.

 He aquí, seleccionados, algunos fragmentos de este curioso y olvidado libro. Ignoro si después de tantos siglos tendrá sentido, para un lector moderno, recuperar del polvo las palabras de un monje solitario. Los dioses sabrán perdonar el anacronismo [2]

Y firma O.E.V., claro.

De entrada se nos ubica, pues, en el siglo XVIII y se nos prepara psicológicamente para enfrentarnos a  una lengua y a un habla decodificables pero diferentes, llenas de vocablos arcaicos y de largos, amanerados e intrincados períodos. Y de una actitud y un tiempo expresivos también distintos Mas, ¡oh agradable soprpresa!, cuando empezamos a leer estas páginas nos preguntamos si acaso el nombrado O.E.V. le metió la mano al texto para hacerlo más comprensible a los lectores de hoy (ya que, desde el comienzo, lo aprehendemos sin dificultad y nos dejamos seducir por su relato). ¿O será que el mérito es todo de Fray Joseph Orozco, cuyo estilo lo convirtió en un verdadero adelantado de los escritores de su época?

El recurso es, pues, legítimo, pero el autodesafío de Encalada Vázquez es enorme. Y no obstante, sale airoso, porque con su relato logra construir el ambiente temporal que se propuso,  usar el estilo y el tono adecuados al lapso en que inscribió la ficción  Sobre esta base, se nos entrega una serie de cuadros, de imágenes y de pequeñas pero fascinantes historias sabiamente hilvanadas.

3.3.  Estructura del libro

La obra tiene dos partes claramente diferenciadas. La primera o Bestiario razonado, nos presenta a cuarenta y cuatro especies de una fauna fantástica, y la segunda o Historia natural nos ofrece treinta variedades de una flora imaginativa.

Si tuviéramos que agrupar a las ‘bestias’ de la primera parte, propondríamos la siguiente clasificación:

  • Las conocidas como tales: termas, polillas, luciérnagas, arañas, mariposas, peces voladores, ostras, caracoles, abejas, colibríes, galápagos, guacamayas, moscas, salamandras, camaleones, simios, gatos, ranas, murciélagos, escorpiones, camellos, buitres y ratones.
  • Las soñadas por el hombre: aves fénix, cancerberos, monstruos, minotauros, centauros, esfinges, unicornios, basiliscos, animales de silencio, cronófagos, abejas nocturnas, futuras mariposas, pajarillos de Barbacoas, animales para vegetarianos y animales incognoscibles.
  • Sentimientos, sustancias y fenómenos naturales:  celos, amor, tedio, miel lunar,  imán, fuego, vientos y animales celestes.

A los seres de la segunda parte, los agruparíamos así:

  • Pertenecientes a la flora natural: agua, luz, sombra, electricidad, nubes, semillas, pedrería, rayo, astrología mineral, pólvora y voces de animales.
  • Pertenecientes a la flora humana: palabras, desnombramiento, sueños, olvido, tiempo, visión, guardianes, mnemotécnica, espejismos, silencio, reloj de arena, muerte, alegría, filtros, mandrágora, manzanas de Sodoma, aritmogénesis, laberintos y otros mundos.

3.4.  El prólogo y la zoogénesis

Aparte de la aclaración de O.E.V. sobre el origen de la obra, hay un prólogo que precede a todo el conjunto y una ‘zoogénesis’ que sirve de antesala al Bestiario.

El prólogo corresponde a Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), “Escribano y Veedor de Tierra Firme por mandato de su Majestad” [3]. Como nos lo cuenta la Historia de la Literatura,  Fernández de Oviedo fue uno de los más importantes cronistas de Indias; escribió sobre las hazañas y las torpezas cometidas por los españoles en América, sobre las costumbres de los indios, la naturaleza de las plantas, animales y cosas, que describe en estilo llano y sin pretensiones. De él se ha dicho que es el Plinio americano y el más transparente historiador de su época [4].

No se trata, entonces, del prólogo que escribe un contemporáneo de Fray Joseph Orozco –dados los dos siglos que median entre las épocas en que vivieron autor y prologuista-, así como tampoco estamos frente a las palabras laudatorias que por lo general busca el escritor para su texto, sino de una especie de epígrafe cuyo contenido el autor desea endosar y con el que, desde el comienzo, lanza pistas al lector. Efectivamente, el texto de Fernández de Oviedo nos llama a maravillarnos también ante la estructura de los pequeños seres y sirve como preludio de lo que inmediatamente se focalizará: termes, polillas, colibríes, caracoles. Seres de diminuta pero inefable apariencia, tan estupendamente cantados por Carrera Andrade y Manuel Agustín Aguirre, entre otros de nuestros poetas.

La zoogénesis es una especie de prólogo de Orozco, porque en sus párrafos se nos recuerda cómo en el quinto día creó Dios a los animales vivientes de las diferentes especies, bestias, reptiles y animales salvajes. Pero a diferencia del Génesis, que –con menos detalle- también nos cuenta esto-, se nos refiere aquí algo más:

Y un poco más tarde, como figuras de sombras temblorosas, nacieron los animales posibles, aquellos que los hombres habrían de soñar en el prolongado transcurso de los siglos, fieras ya previstas en la sabiduría eterna como hacederas cuando llegara la conjunción adecuada de los tiempos [5]

Y este ‘algo más’ es lo que va a constituir el cuerpo de la obra: las bestias posibles que los hombres habrían de soñar en el prolongado transcurso de los siglos…

3.5.  Estructura de cada texto

Después de la zoogénesis vienen los cuarenta y cuatro cuadros que conforman el Bestiario y los treinta que integran la Historia natural. Cada uno de estos textos empieza con exordios que, aunque preparan la descripción de la ‘bestia’ de turno y el relato de algunos acontecimientos vinculados a su naturaleza o a su historia, difieren notablemente en el estilo del texto principal.  Son exordios que participan de elementos tan diversos como la invocación que hace el autor a la divinidad para poder contar bien lo que se va a contar (como lo hace Homero al inicio de sus cantos); la aparente queja sobre su destino de ‘nombrador’ de seres pequeños, que luego halla consuelo en la historia, al evidenciar que grandes sabios desempeñaron con orgullo esa labor; la presentación de sus estados de ánimo, reflexiones y soliloquios, que incluye, en ocasiones, la confesión atormentada del creador, del investigador, del intelectual, y la constatación de que el escribir es un oficio solitario, que requiere del silencio para poder ejercerse adecuadamente; el diálogo con la divinidad, a la que le recuerda que cumple con esta obligación solamente para acatar su voluntad; frecuentemente, la parte final de un discurso  cuyo antecedente ignoramos.

Uno de los recursos que utiliza el autor para lograr mayor verosimilitud en la construcción de su tiempo narrativo es el de la adjetivación, recargada a la enésima potencia, precisamente como muchos de los textos dieciochescos:

…y debido a este desprecio de los grandes autores y magníficas lumbreras para los indefensos y grises seres que pueblan los profundos senos del mar, los dilatados valles, las encumbradas montañas, las ilimitadas comarcas del cielo; los que se agitan incansables durante el día, los que bullen en los reinos de la noche, y porque consideré que era notable afrenta este desprecio es que tomé sobre mis hombros la tarea de contar la olvidada vida de algunas de estas criaturas [6]

Son textos con la capacidad de provocar una animadversión inmediata, no solo por el abuso de la adjetivación y la extensión de las cláusulas, sino por la lentitud del tiempo narrativo, en contraste con lo que, de inmediato va a describir o a relatar en la segunda parte del mismo texto. De tal suerte que el exordio cumple con la poco feliz función de desesperar al lector, para que desee vivamente llegar al final del entremés, de la antesala y disfrutar de las delicias del plato fuerte, de la elegancia de la sala, de la comodidad de la habitación.

Porque el texto principal es el plato fuerte, claro. Y es aquí donde el lector encuentra amplia recompensa a sus andanzas previas. Es aquí donde el genio de Encalada Vázquez se manifiesta y nos regala, con sus animales posibles y soñados, un verdadero banquete para nuestra imaginación.

El estilo imita las formas del castellano antiguo y parodia diversos lenguajes medievales. A la erudición lexicológica manifiesta hay que agregar un admirable manejo del animismo,  la ironía, el humor, el sarcasmo, la imaginación desbordante -y a ratos delirante-, la cátedra de creatividad y el reiterado ejemplo de pensamiento divergente que nos ofrece esta obra.

3.6.  Fuentes y tratamiento de los temas

Bestiario razonado & Historia natural  –como lo ha señalado su autor [7]–  es fruto del sueño y el contacto con las mitologías clásicas, algunos textos medievales, los cronistas de Indias, Swift,  Feijoo, Juan de Velasco, Borges.

Efectivamente, si cotejamos las especies creadas o recreadas por Encalada Vázquez con las de estas fuentes, encontraremos en ellas los orígenes de algunas de sus ‘bestezuelas’; pero nada más que eso: la fuente, el antecedente, el origen. Porque el tratamiento es distinto. Encalada inventa una nueva vida para cada una de ellas y, paralelamente, una nueva forma narrativa. No hay repetición sino reconstrucción de la atmósfera, del abordamiento, de la estructura textual y aún de las formas discursivas.

De la atenta lectura de los clásicos, Encalada selecciona, por ejemplo, la figura del ave fénix, citada por Herodoto, Tácito y Plinio y Claudiano, y aludida por Ovidio, Dante, Shakespeare y Quevedo. A la anécdota sobre el ave fénix, Encalada agrega una importantísima conclusión: “es la ceniza la verdadera portadora del alma inmortal”, pues “la forma, ya sea de ave exótica o de diminuto animalillo, no es importante. La ceniza es la eterna” [8]. O la del centauro –referida por Ovidio, Homero, Plinio, Plutarco y Lucrecio- y la esfinge –citada por Herodoto y Sófocles- a los que nuestro autor inventa un origen propio:

La Providencia divina es el seno donde se encuentran desde el principio de la eternidad las cosas que han sido y las que todavía no son; pero no se encuentran terminadas sino en sus partes. El Señor, cuando crea, lo que hace es tomar los elementos y juntarlos para formar las criaturas. Atornilla aquí unos cuernos, liga más allá unas pezuñas, suelda los miembros inferiores, pega las móviles orejas. Pero el número de elementos es dispar, y cuando todos los seres fueron construidos, el Señor se dio cuenta de que en su seno habían quedado sueltas algunas piezas. Tenía por ahí las piernas y el cuerpo del caballo, sin cuello ni cabeza; y más allá estaba un torso humano, con cabeza y sin piernas. Los juntó, y de ellos resultó el centauro. Juntó el cuerpo de un león con una cabeza humana y obtuvo la esfinge [9].

Sin perjuicio de lo que Ovidio y Dante han dicho sobre el minotauro, Encalada Vázquez crea su propia versión:

El minotauro vivía en un laberinto que era su propia alma doble. Estaba compuesta de una parte sutil y ligera, con pensamientos y pasiones de hombre, y una parte más crasa y pesada, con movimientos y apetitos de fiera. Si su alma de hombre lo conducía por una senda, de pronto sentía cerrado el camino, y tenía que marcharse en otra dirección, convertido en bestia, anhelando el verdor fresco de la hierba, hasta que nuevamente el alma humana volvía a cerrarle el paso, y así hasta el infinito, y sin salida [10].

 Sólo a veces, por excepción, coincide con lo que dicen los bestiarios medievales, pero aún en estos casos agrega matices de su propia cosecha y los salpica con un rocío poético innegable:

El unicornio tiene la piel tan suave como la gamuza. Sus ojos son brillantes y de una profundidad que causa vértigo. Sus costumbres son las de un solitario. Prefiere la hondura inescrutable de los bosques y la voz clara de los arroyos más lejanos. Solo ante la palabra no contaminada de una virgen rinde su soledad. Se acerca con temblorosas muestras de timidez y apoya finalmente la delicada cabeza en el seno de la virgen[11].

 Así procede con las demás fuentes: recoge el nombre, la figura, el alma de los seres y les dota de una historia, de un origen, de unas costumbres, actitudes, pensamientos, sentimientos.

Y si esto hace con los animales que el hombre ha soñado “en el largo transcurso de los siglos”, no es menos valedero lo que realiza con las ‘bestias’ conocidas como tales y con los seres que conforman el grupo de los “sentimientos, sustancias y fenómenos naturales”.

A las primeras las somete a ese proceso que los formalistas rusos denominaban “extrañamiento” y que consiste en ver las cosas cotidianas con una mirada de asombro, como si se las estuviera descubriendo en ese momento, o como si se estuviera hallándoles propiedades inefables. Como en el caso de las luciérnagas, “esas antorchas volantes, mínimos luminares y nietezuelos de estrellas fugaces”, que durante el día …se la pasan volando muy alto  –y por eso es que nadie las ha visto ni las ha podido atrapar en tales horas-. Lo más cerca posible de la fuente de su alimento, que es la luz del sol. En esto no hay contradicción alguna, porque así como el camaleón se sustenta de aire –como lo señalan los antiguos-, así también las luciérnagas tienen el privilegio de alimentarse de la luz solar. Por sobre las nubes, o muy alto, cuando el día está despejado, estas pequeñas bestezuelas se mueven de un lado para otro, ágiles y gozosas, tomando el nutrimento que sostiene y vivifica.

Cuando el luminar se ha puesto, bajan a su establo, que es la tierra, a buscar un sitio donde recogerse en unión de sus aladas familias. La luz que se observa por momentos no es más que la sustancia excrementicia que arrojan. Porque alimentándose de luz solar ¿qué otra podrían echar sino una especie de claridad ya digerida y despojada de todas las materias alimenticias y sustanciosas? [12].

A los segundos, los animiza; se vale de este recurso privilegiado por la mitología y la literatura para niños y les infunde el hálito de una vida propia. Así conoceremos los infinitos porqués del tiempo, el silencio, la alegría, el olvido:

Esta lepra es el olvido, que es una plaga formada por una mancha opaca y gris, con apariencia de polvo. Al parecer se traslada libremente por las esferas del aire, a caballo sobre los vientos y las brisas. Se deposita en cualquier lugar porque no tiene facultad para escoger su huésped. Por eso, hasta en lo más insospechado puede encontrarse, y es tal su sutileza que aun en las entidades no sensibles puede sostenerse. Puede aparecer sobre el nombre de la amada, sobre una melodía, sobre el amor, sobre una estatua de bronce, sobre las promesas de una adolescente, sobre el dolor, sobre el perfume de un cuerpo, sobre el escarlata de una rosa [13].

Pero es hora ya de que la música suene. De que el lector escuche por sí mismo el concierto fantástico que les ha preparado Oswaldo Encalada Vázquez, quien ahora dice ser el verdadero autor de Bestiario razonado & Historia natural. Ahora que Fray Joseph Orozco nada puede hacer para defender sus derechos…

Quito, 1° de julio de 2004

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[1] Byron Cardoso: El panorama mundial contemporáneo (1960-1988): 1. La revolución cubana y el mundo de los sesenta, en: Nueva Historia del Ecuador, vol. 11, Época Republicana V, Corporación Editora Nacional, pp. 13-14.

[2]Bestiario razonado & Historia natural, por Oswaldo Encalada Vázquez, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2002, p. 5. Todas las referencias sucesivas estarán tomadas de esta edición.

[3]Bestiario razonado…, p. 12.

[4] Véase Federico Carlos Sainz de Robles: Ensayo de un Diccionario de la Literatura, Aguilar, Madrid, 1964, tomo II: Escritores españoles e hispanoamericanos, pp. 393-394.

[5]Bestiario razonado…, p. 14.

[6]Ibídem, p. 73.

[7] En conversación con quien suscribe el presente estudio: Cuenca, 10 de junio de 2002.

[8] Bestiario razonado…, p. 20.

[9] Ibídem, pp. 57-58.

[10] Ibídem, p. 44.

[11] Ibídem, p. 66.

[12] Ibídem, p. 22.

[13] Ibídem, pp. 123-124.

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