La sexta extinción

Caricatura de Felipe Galindo (EE.UU.)

Caricatura de Felipe Galindo (EE.UU.)

Por Diego Yépez

(Publicado en el suplemento Cartón Piedra, del diario El Telégrafo, el 11 de enero de 2015 y reproducida en la web el 12 de enero de 2015)

El hombre no es la medida de todas las cosas; Dios no creó la biósfera para su supervivencia; las estrellas no están en el cielo para deleitar sus miopes sentidos; la Tierra no es el centro del Universo. El hombre no es el último estadio evolutivo.

El homo sapiens tampoco es una criatura malvada. Son su inteligencia e ingenio los que han edificado la disyuntiva como especie, hasta el punto de que su voracidad está haciendo tambalearse al planeta, el único en el que puede prosperar, el que no es suyo, en donde somos unos tardíos residentes que se están condenando a sí mismos a una autoaniquilación temprana.

Hace 7 millones de años aparecieron los posibles primeros homínidos bípedos, que se ramificaron —en un proceso del que la ciencia tiene una comprensión incompleta— hasta producir al humano moderno, el cual se extendió desde las sabanas africanas entre hace 130 mil y 200 mil años.

Somos residentes tardíos. Hablar sobre nuestra prehistoria es un ejercicio imaginativo. Hace unos 3.800 millones de años se cree que brotaron, a partir de un ‘caldo primordial’, los primeros organismos vivos, constituidos por bacterias y arqueas(1), cuyo origen es un misterio para la ciencia.

“Las primeras bacterias eran anaeróbicas: se envenenaron con el oxígeno que algunas de ellas liberaban como producto residual. Respiraban en una atmósfera que contenía compuestos energéticos como el sulfuro de hidrógeno y el metano”(2). Esto comenzó hace 3.500 millones de años y permitió la oxigenación de la atmósfera, dando paso a la primera gran extinción de la historia de la vida.

La extinción, y la renovación subsiguiente, es la norma desde entonces. Los científicos consideran que el 99,9% de todas las especies que han existido desaparecieron. Sin embargo, no solo la supervivencia darwiniana del más apto fue la causa. También la embestida de fenómenos de gran destructividad como el impacto de meteoritos, la explosión de supernovas, la erupción de ciclópeos volcanes o el cambio del nivel del mar. Estos eventos se llaman extinciones masivas. Hasta el presente se han contabilizado cinco, entre ellas la más conocida la del Cretácico-Terciario, cuando fenecieron los dinosaurios hace aproximadamente 65 millones de años.

Que los humanos tengan autoconciencia y cohetes y no las tenga un desafortunado dinosaurio es el producto de una “lotería biológica”, como hubiera dicho el biólogo Stephen Jay Gould. El azar es el que hizo que los más de 7 mil millones de seres humanos que existen representen la mayor cantidad de protoplasma que hay en el planeta.

Desde la prehistoria, a nuestro paso hemos aniquilado animales con una precisión producto de la destreza tecnológica que empezó con el dominio del fuego hace más de un millón de años. Por ejemplo, en cada una de las bien estudiadas islas oceánicas colonizadas en la época prehistórica, la presencia humana condujo “a un espasmo de extinción entre cuyas víctimas se cuentan el moa de Nueva Zelanda, el lémur gigante de Madagascar y el ganso de gran tamaño e incapaz de volar de Hawai”(3). La megafauna americana sufrió la misma suerte. Las extinciones tuvieron lugar hacia 11000 a. C., al mismo tiempo en el que se presume la aparición de los primeros pobladores, los cazadores de Clovis. “El descubrimiento de numerosos esqueletos de mamuts con puntas de lanza de Clovis entre sus costillas sugiere que esta concordancia de las fechas no es una coincidencia”(4). En la actualidad, los científicos estiman que entre el 16% y el 33% de todas las especies vivas de vertebrados están amenazadas de forma global.

Los humanos ponen en peligro a las demás especies de varias maneras. A través de la explotación directa: mediante la caza y la pesca;  introduciendo especies foráneas en ecosistemas nuevos, con o sin premeditación; y destruyendo hábitats como las selvas lluviosas tropicales, entre otras. No obstante, el peligro más importante para la vida del planeta se deriva del cambio climático y sus consecuencias en los entornos globales.

Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), las emisiones acumuladas de dióxido de carbono (CO2) entre 2011-2015 no debieran sobrepasar una cantidad de entre 870 y 1.240 gigatoneladas, y así tener un 50% de posibilidades de no sobrepasar en 2050 la barrera de los 2 grados sobre la temperatura media de la época preindustrial. Sin embargo, con el actual consumo, la quema de las reservas de combustibles fósiles formaría unas 2.900 gigatoneladas de CO2, y la tendencia es el aumento del consumo. “Existe un umbral de temperatura, o un nivel dado de dióxido de carbono en el aire más allá del cual nada de lo que hagan las naciones del mundo servirá para nada ni podrá evitar que la Tierra llegue irreversiblemente a un nuevo estado de calentamiento. Nos acercamos a uno de esos puntos de inflexión, y nuestro destino es parecido al de los pasajeros de un pequeño yate que navegan tranquilamente junto a las cataratas del Niágara sin saber que los motores están a punto de fallar”(5).

Todos estos factores, junto a otros aún incognoscibles (la discordia respecto al número de seres vivos fluctúa entre 5 a 50 millones de especies)(6), han propiciado lo que los científicos denominan la sexta extinción, un evento catastrófico de la magnitud de las anteriores extinciones, orquestado por la actividad humana, y que también producirá su ruina. Las cifras son apabullantes. Se cree que los anfibios son los animales más amenazados, su tasa de extinción podría ser 45 mil veces más alta de lo normal. Además, un tercio de los corales constructores de arrecifes, un tercio de los moluscos de agua dulce, un tercio de los tiburones y rayas, un cuarto de los mamíferos, un quinto de los reptiles, y un sexto de las aves, entre otras especies, se encaminan al olvido eterno. “Las pérdidas están ocurriendo en todas partes: en el Pacífico Norte y el Atlántico Norte, en el Ártico y el Sáhel(7), en los lagos y en las islas, en las cumbres montañosas y los valles. Si usted sabe cómo mirar, probablemente encuentre pruebas de la actual extinción en su propio patio trasero”.(8)

En su famoso libro de 1980, Cosmos, Carl Sagan temía que las civilizaciones tecnológicas estén destinadas, en su infancia, a la autodestrucción. De la misma idea era el biólogo norteamericano Edward Wilson: “Puede que sea una ley de la evolución que la inteligencia tienda a extinguirse sola”(9). El científico además creía que el verdadero peligro radicaba en que una especie equivocada sea inteligente, porque representaba una combinación mortal para la biósfera.

De producirse, la extinción del homo sapiens no será el final de la vida. En el peor de los casos, subsistirán las bacterias extremófilas, gracias a su capacidad de sobrevivir en las condiciones medioambientales más extremas(10). Hay teorías más disparatadas, como la del geólogo polaco Jan Zalasiewicz, que predice que la especie que suplantará a la humanidad serán las ratas, que evolucionarán hasta alcanzar el tamaño de una vaca y que incluso podrían desarrollar inteligencia.

Para prevenir la aniquilación del género humano, el científico británico inventor de la Hipótesis Gaia, James Lovelock, aconseja la creación de un extenso libro técnico, que disponga de todo el conocimiento práctico necesario para la supervivencia después del inevitable colapso de la civilización. El ejemplar deberá ser transportado por los exiguos grupos humanos de la futura edad oscura, y los ayudará a mantener el fuego tecnológico.

Tal vez este apocalíptico panorama pueda contenerse con una nueva revolución intelectual. El tiempo apremia. Nuestra mente tiene que aprender a vislumbrar la realidad a la escala de los eones. Solo así no seremos la vergüenza del futuro (si hay alguno), como ya lo es el siglo XX a pesar de sus descubrimientos. Si lo conseguimos, habremos derrotado de paso la injusticia, y trascendido la miseria y su máxima representación: el consumismo.

Notas:

1.- Grupo de microorganismos unicelulares de morfología procariota que forman uno de los tres grandes dominios de los seres vivos.

2.- Margulis, Lynn. (1995). Microcosmos. España.: Tusquets Editores.

3.- Diamond, Jared. (2007).  Armas, gérmenes y acero. La sociedad humana y sus destinos. Madrid.: Debate.

4.- Ibíd.

5.- Lovelock, James. (2007). La venganza de la Tierra. Barcelona.: Editorial Planeta.

6.- El número de especies de seres vivos que han sido descritas por la ciencia es hasta la fecha alrededor de 1’729.000. El número es aproximado y varía según las fuentes.

7.- Zona ecoclimática y biogeográfica entre el desierto del Sáhara en el norte y la sabana sudanesa en el sur.

8.- Kolbert, Elizabeth. (2014). The Sixth Extinction: An Unnatural History. New York.: Holt, Henry & Company, Inc.

9.- Wilson, Edward. (1993). “Is hummanity suicida?”. New York Times Magazine. P. 26.

10.- El taladro más profundo que se ha introducido nunca en el océano halló bacterias a 2,4 kilómetros

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