Apuntes sobre literatura, ciencia y ciencia ficción

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Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Este artículo fue vuelto a publicar en el sitio web Ciencia ficción y fantasía en Bolivia, en mayo de 2015)

El debate es antiguo: el de la relación entre escritura literaria y escritura científica, el de la literatura como campo, el de la ciencia como otro campo. Tal debate probablemente tampoco se ha acabado y quizá es menester recordarlo brevemente: el objetivo, en este caso, situar el lugar de la ciencia ficción en dicho debate.

La ciencia y la literatura

La cuestión a observar inicialmente es la referida a la ciencia y a la literatura. En este marco, las dos denominaciones ya implican dos ámbitos probablemente con sus dominios propios.

En cuanto a la ciencia, esta tradicionalmente conceptuada como ese tipo de conocimiento logrado mediante métodos sistemáticos y racionales. Bajo esta consideración en “La racionalidad de las revoluciones científicas” (1973) Karl Popper señala que la ciencia se ha configurado como un medio para que el ser humano se adapte al medio; es decir, domine la naturaleza e incluso cree otras naturalezas. Martin Heidegger, en “La pregunta por la técnica” (1953), critica el sentido esta manera de constituirse la ciencia, señalando que el conocimiento científico si bien puede ayudar a desocultar lo esencial de la naturaleza, al mismo tiempo la transforma, con consecuencias impensables.

Fuera de la crítica, en efecto, la ciencia es el horizonte sobre el que se ha articulado la sociedad occidental moderna. Esto implica que, hasta el momento, su peso sigue siendo fundamental para que Estados o sistemas políticos la consideren como parte para sus imaginarios de desarrollo. Popper señala que la ciencia a partir de objetivar problemas, por su carácter dinámico, por su sentido de enfrentar a los mitos, produce descubrimientos considerados como revolucionarios y creadores; revolucionarios en tanto modifican algo no solo de la realidad, sino también mucho de los comportamientos de la sociedad; creadores en tanto generadores de ensayos y medios, conllevan resultados nuevos, algunas veces imprevisibles, pero por lo mismo creadores de nuevos senderos de exploración.

Grosso modo si bien lo anterior define, en cierto sentido, el impacto de la ciencia en la sociedad, Popper considera que hay un tercer factor, quizá el más llamativo para nuestro caso y que se relaciona no solo con la racionalidad de la ciencia, sino también con su expresión. Se trata del lenguaje.

Popper tiene conciencia que el lenguaje estimula la narración y, con ello, la imaginación creadora. Para él, por ejemplo, todo descubrimiento supone una narración explicativa, un relato que, si bien racional, es a la vez, por paradoja, productor de nuevos mitos y también lo que denomina la imaginación poética. Pues bien, Popper nos sugiere la ciencia, a través del lenguaje, conectada con el mundo de lo literario.

Respecto a la literatura habría que decir comúnmente se le comprende como todo aquello que es producido fuera de lo que es, podría decirse, la lengua ordinaria o cotidiana, asentado en el terreno de la escritura. Así, para Terry Eagleton en Una introducción a la teoría literaria (1998), la literatura como escritura implica una especie de violentamiento del lenguaje, una manera de organizar el lenguaje, hasta llegar a su rarificación, creando así un texto con el cual es posible una nueva relación –del lector con la obra–. El hecho del relacionamiento del lector con el texto literario es, de acuerdo a ello, la base para concebir lo que se denomina literatura –esto tampoco escapa a la relación del escritor con el texto que crea–.

Pero creo que es más sugerente el planteamiento que hace Jacques Derrida en la conferencia: “La filosofía en su lengua nacional (hacia una ‘licteratura en francesco’)” (1984). Desde ya Derrida es provocativo en su obra respecto a hurgar los intersticios del lenguaje. Nótese que entre paréntesis del título de su conferencia aparece el término “licteratura”, un arcaísmo ligado al 1500, atribuido al jurista Claude de Seyssel. Este término de alguna manera derivó en la actual palabra “literatura” en la lengua francesa. Su sentido primario, en el contexto que alude Derrida, es que la palabra aparece en el momento en que Francia se está planteado el dominio del territorio, mediante la unificación del lenguaje, situación que permitiría que, sobre todo, a los que no conocían el latín, puedan leer y, por lo tanto, acceder al conocimiento de ciertas cosas más elevadas: el hacer “licteratura” sería el medio para lograrlo. ¿Qué es lo que está se está comprendiendo con ello? Pues la literatura como traducción de un sistema de pensamiento a un lenguaje más, si se quiere, convencional.

Traducción, traslación, pero también interpretación. Eso es lo que está implicando la literatura en términos derridianos. Es claro que la ciencia, en sus diversas indagaciones, opera sobre un lenguaje especializado. En Popper, el científico está obligado a emplear el lenguaje, ese lenguaje especializado, para elaborar sus hipótesis luego de la observación y la solución del problema que le llevó a penetrar en la esencia de la naturaleza. Entonces, aparece esta idea de la traducción en su propia operación para generar, lo que dice él, la narración explicativa. No quiero meterme a indagar más los caminos falsacionistas o contrastativos y refutables que implican la elaboración del conocimiento en Popper, pero es preciso dar cuenta que, en efecto, el lenguaje es el recurso de traducción de una realidad científicamente observable a otra: el texto.

Se puede decir, entonces, que la vía del lenguaje es la que conecta, inicialmente, un campo con otro: la ciencia con la literatura. Lo literario, la traslación, es el terreno donde el científico usa de modo particular el lenguaje. Para su caso, para la narración explicativa, lo literario puede tener el viso de lo pragmático. Y esto es lo que caracteriza al lenguaje científico, a su escritura, que muchas veces se muestra árida, en sentido, que no siempre puede ser accesible a algún neófito.

Pero eso no quiere decir que la escritura de ciencias sea del todo así; el hecho que el lenguaje, en términos de Lakoff y Johnson, en Metáforas de la vida cotidiana (1995), esté impregnado por la metáfora, los textos, cualquiera sean una naturaleza, son desde ya metafóricos. Los mencionados Lakoff y Johnson son claros en decir que la metáfora subyace en el pensamiento, en la acción y, desde ese punto de vista, en el lenguaje, modo de expresión: “Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica” (p. 39).

La ciencia, por lo tanto, está traspasado por el lenguaje y de su manifestación escrita a sabiendas que en estos preexisten metáforas, es decir, imágenes, estructuras estructurantes y que ayudan a percibir la realidad. Por este mecanismo, la evidencia escrita es el resultado de ese salto, de esa experiencia que implica pensar una cosa en términos de otra, tal como se entiende la metáfora. La narración explicativa, entonces, aparecerá si bien como un texto pragmático, asimismo como un texto que contiene recursos literarios, recursos de rarificación, expresiones que apelan a series de imágenes conceptuales.

Esto nos lleva a afirmar que muchos de los textos científicos son, asimismo, piezas de literatura –licteratura–. Las podemos interrogar así si nos ponemos en el plano de la literariedad. Igualmente se puede hallar textos elaborados con lenguaje literario elaborados desde el campo de las ciencias. El propósito de estos últimos será probablemente divulgativo.

Expresar la ideas o crear mundos

Popper alude que la imaginación creadora, aun con el uso del lenguaje debe suponer, si bien una necesidad, al mismo tiempo un control. Esto lleva a la búsqueda de la verdad en oposición a la ideación de fantasías. Creo yo que la tensión existente entre literatura y ciencia, no obstante el terreno común del lenguaje, se halla acá y seguirá generando debates intensos.

La conferencia de Charles P. Snow, “Las dos culturas” (1959) puso de manifiesto tal tensión: la racionalidad científica funda una cultura científica diferente al de los cultores de la literatura. La una parece ser más materialista, más pragmatista, más objetivista, que la otra, probablemente más “humanista”. La una se autocorrige frente a la otra que supuestamente es “desorientada”. La primera que por su ejercicio se orienta al futuro, mientras que la segunda, por su carácter indagatorio o crítico, ve con temor dicho futuro. Es la tensión de los racionalistas que argumentan “rigurosamente” frente a los literatos que idean mundos bajo los cuales pretenden esconder argumentos no equiparables con los generados en el contexto del conocimiento. El nudo descrito por Snow supone, empero, que ni los científicos se interesan por la literatura y los literatos, si escriben de ciencia, lo hacen de modo inexacto y hasta fantasioso, haciendo perder el sentido del conocimiento logrado. El problema descrito se basa en el modo de encarar una cierta realidad, en las prácticas sociales y desde allá los líneas tangenciales que se abren hacia diferentes órbitas.

Sin embargo, lo dicho por Snow no inquiere el tema de los usos del lenguaje, de la práctica escrituraria, de cómo cada cultura establece sus diálogos para con la sociedad y, probablemente, las finalidades inscritas. Pero lo que sí hace es mostrar hasta qué punto la cultura científica se ha separado de la cultura literaria.

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Aldous Huxley en Literatura y ciencia (1964) señala que la ciencia, mediante el lenguaje, comunica la experiencia de lo logrado por la investigación con la aplicación de algún método; la literatura comunica, por su parte, la experiencia personal o individual relativa a un sentimiento: la ciencia usa el lenguaje de modo más instrumental que la literatura, donde hay artificio. Las finalidades son distintas: la ciencia comunica la verdad “objetiva”, mientras la literatura lo “subjetivo”, si leemos a Huxley en términos de Popper. Pero, como he manifestado antes, respecto al lenguaje, acogiendo las ideas de Lakoff y Johnson, además de lo planteado por Derrida, ¿esta comunicación de la verdad objetiva es necesariamente “objetiva como tal? O quizá, ¿esta idea de verdad científica no es ciertamente la traducción o la traslación metafórica del sistema conceptual cuya naturaleza también es metafórica?

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Miguel de Asúa en Ciencia y literatura: un relato histórico (2004) da cuenta que el pensamiento científico, desde Francis Bacon, comenzó a escindirse de la cultura cotidiana y tomó una cierta autonomía, sobre todo desde la revolución científica del XVII con Isaac Newton o René Descartes, etc.. Este hecho, asimismo, demarcó un camino que en el XIX va a tomar una preeminencia clara: la diferencia entre la actividad y el texto científico como parte de una profesión, y el de la literatura como el resultado más bien de una empresa personal de carácter estético. El camino desde Bacon hasta el XIX implica que cada vez más la brecha entre científicos y literatos se estuvo reorientando en sentido de su especialización: el uno hacia un lenguaje instrumental y artificial, el otro hacia un lenguaje imaginativo y poético; el lenguaje científico pareciera no extremar su carácter metafórico, en tanto que la literatura lo habría hecho, desbordando horizontes hacia la creación de mundos completamente nuevos, como proyecciones fantásticas de los conceptos.

Previo a ese camino, empero, habría toda una historia de textos “literario-científicos”. Por ejemplo, desde los albores de la civilización humana, el ser humano hizo también, si se quiere, “ciencia”. Probablemente el término ciencia como ahora se le entiende no tiene la misma connotación para denominar a las indagaciones astronómicas, matemáticas, médicas, etc. del mundo antiguo. Sin embargo, hay allá poemas y “relatos” con temas astronómicos, matemáticos o médicos; aun incluso en la época de Bacon, los literatos, que eran también filósofos, llaman la atención de la terminología “científica” de la época en sus poemas o cantos. La revolución científica iniciada en el XVII pone de manifiesto, de hecho, un debate alrededor de las letras: cómo expresar el trabajo de la ciencia fuera del lenguaje común o del lenguaje vulgar. Esto no impide que puedan aparecer manifestaciones literarias que, aprovechando los imaginarios producidos por la revolución científica, hurgaban horizontes inexplorados: por ejemplo, universos o mundos supuestamente poblados por otros seres o la construcción de utopías que dieren respuestas “científicas” –en diálogo con la filosofía– a las insatisfacciones de la naciente modernidad.

Si en algún momento, el decurso de la ciencia en paralelo de la literatura, implicó acercamientos y tensiones, la imaginación creadora, en términos de Popper, cada vez más se tuvo que vigilar. Empero, teniendo en cuenta las finalidades, el científico o el literato tendría que saber hacia dónde orientar sus textos, es decir, hacia dónde hacer licteratura –traducir, trasladar ideas–: si hacia una cerrada comunidad o hacia una sociedad que en algún momento debe también apropiarse del conocimiento científico.

Derrida, sugiere que Descartes, por ejemplo, dio una respuesta contundente desde su propia práctica filosófica-científica. La “facilitación” del conocimiento en lugar que este quede archivado en libros privados, es decir, hacer que la ciencia sea legible, sea comprensible para todos, le llevó a manifestar que su verdad podría ser hablada y traducida –ser licteratura– en el contexto de la novela. Derrida recoge, para el caso, en otra conferencia, “Las novelas de Descartes o la economía de las palabras” (1984), una carta al Cardenal Marsenne de 1629 donde declara:

…sostengo que esta lengua es posible, y que puede hallarse la ciencia de la que depende, por medio de la cual los campesinos podrían juzgar mejor acerca de la verdad de las cosas de lo que hacen ahora los filósofos. Pero no esperéis verla jamás en uso; esto presupone grandes cambios en el orden de las cosas, y sería preciso que el mundo, todo él, no fuese sino un paraíso terrenal, lo que no puede proponerse más que en el país de las novelas (cit. en p. 67).

Es la “nueva lengua” de la licteratura. Es una lengua que permite la traslación de una verdad, la “científica” al mundo de la novela, medio por el cual la gente común podría comprenderla y juzgarla mejor. Nótese que Descartes, asimismo, advierte que ello implica el cambio de mentalidad, un cambio en lo que hoy llamaríamos educación –hecho que también alude Snow cuando señala que la brecha entre las dos culturas, la científica y la literaria, debe cerrarse–.

En el contexto anterior, la novela –el país de las novelas– es, de acuerdo a Derrida, el espacio de la imaginación y de la fabulación; su arquitectura permitiría hacer aparecer la esencia de la verdad de manera más atractiva. La finalidad, dice aquél, es que la verdad sea deseable.

El lugar de la ciencia ficción

Es menester reafirmar que hay textos eminentemente científicos, al igual que textos de ficción que tratan de temas científicos. Los textos científicos implican un lenguaje específico, una lengua codificada y artificial que permite la demostración de alguna teoría o el resultado de un problema. En el contexto de su producción, es evidente que su lectura es también especializada, la cual abre la posibilidad de nuevas indagaciones. Se puede decir que el fin es la misma ciencia.

Empero, si se considera una cierta inteligibilidad histórica, en términos de Jonathan Culler –en Breve introducción a la teoría literaria (2000)–, los textos científicos pueden también interrogarse en su dimensión literaria. Esto quiere decir que, aun tratándose de textos especializados, como también sugiere Descartes, podrían ser leídos como novelas.

Por otro lado, hay textos con dimensiones literarias más explícitas que usan expresamente los recursos poético-literarios. Si bien la brecha del cientificismo en el iluminismo hizo que vayan separándose los dominios entre el científico y el literato, no quiere decir que tal brecha haya sido definitiva. Es posible encontrar, por ejemplo, ciertas intervenciones en el contexto del Romanticismo; asimismo, los informes de exploraciones científicas promovidas desde Europa hacia América Latina muchas veces implican narraciones hasta noveladas. Más recientemente hay casos de científicos que escriben novelas a fin de socializar más sus teorías y los logros de sus inquietudes.

Igualmente se debe dar cuenta de cierta literatura que tiene como temática cuestiones científicas. No es la escrita por científicos, pero sí de literatos que, bajo sus investigaciones o acercamientos a fenómenos que suscitan debate desde la ciencia, tratan de elucidarlos mediante argumentos ficticios.

La palabra “divulgación” de la ciencia es, quizá, una las materias que más ha interesado sobre todo a las industrias culturales en cuyo seno han nacido también ciertos escritores que, sin ser científicos, pero sí preocupados por los avances, determinaciones de las ciencias, y en otro contexto, de las tecnologías, han producido obras. El más histórico y sonado es el caso de Julio Verne y el editor Pierre Jules Hetzel.

La divulgación de la ciencia también se la ha conocido en un momento como “vulgarización” de la ciencia. Ambas palabras también suscitan debate en tanto las connotaciones de las que pueden dar cuenta. Es probable que se entienda más el tema de la divulgación como lo entendía antes Descartes respecto a elaborar con lenguaje menos técnico, menos críptico, los relatos científicos, con la intención de llegar a poblaciones más amplias. Igualmente parece que se entiende que la vulgarización de la ciencia es el modo de hacer que la sociedad en general se entere de los progresos de la ciencia, empleando para el caso el lenguaje periodístico. Pues bien, alrededor de ambos términos están dos espacios: los de los literatos y los de los periodistas. Pero habría que recordar que desde los inicios del periodismo hasta que este se fue especializando y profesionalizando, los literatos y los periodistas, así como los científicos y los políticos, en cierta medida eran lo mismo, o practicaban la escritura divulgadora-vulgarizadora de la ciencia.

Esta cuestión nos entronca con el ámbito de la ciencia ficción. En cierto sentido se entiende que ésta tiene que ver con la divulgación de la ciencia. Por lo menos esto es lo que se ha derivado, con cierto facilismo, de la obra –por otro lado, compleja– de Verne y cultores de las aventuras extraordinarias. De hecho, hasta hoy existen escritores natos y científicos que luchan por hacer divulgación de la ciencia, empleado la estética de la ciencia ficción.

Gráfico de Frankenstein de Mary Shelley. Fuente: Open Culture

Gráfico de Frankenstein de Mary Shelley. Fuente: Open Culture

Pero habría que señalar que la ciencia ficción moderna no nace como divulgadora de la ciencia. Muchos coinciden que Frankenstein (1818) de Mary Shelley es la primera obra de ciencia ficción moderna, escrita en el contexto del Romanticismo. Shelley no era ni científica ni literata especializada en temas de ciencia; estaba más preocupada, como sus contemporáneos, de las cuestiones ético-morales derivadas del impacto de la ciencia y la tecnología. A partir de este hecho, se podría evidenciar que la ciencia ficción moderna como literatura, si se conecta con la ciencia es por el hecho que interroga o que cuestiona a la ciencia, al mismo tiempo que trata de hallar respuestas a los problemas suscitados por el ejercicio del conocimiento en el contexto del industrialismo y hoy de la sociedad de la información, cuya base es la informática. La ciencia ficción como interrogación es a su vez una indagación especulativa sobre el futuro a donde posiblemente conduce la ciencia y su efecto, la tecnología.

La pregunta por el lugar de la tecnología como efecto de la ciencia es, de cierta manera, el meollo que traspasa una buena parte de la ciencia ficción. Asúa dice más bien que “la percepción de la ciencia y la tecnología como factores ineludibles de nuestra realidad” es lo que define a la ciencia ficción. Percibir el impacto en la realidad de la ciencia y la tecnología supone evidenciar los cambios que suscitan ambas en las sociedades y, desde allá, hacer proyecciones. Pero hacerse la pregunta es más interesante porque no solo permite verificar las mutaciones socio-científico-tecnológicas actuales, sino sobre todo transpolar, hacer hipótesis de problemas nuevos que aparecen justamente por dicho impacto y mutación.

Popper decía que la ciencia nace de problemas prácticos o teóricos; luego supone conjeturas y refutaciones. Pero el componente de imaginación es fundamental para la ideación de nuevas teorías. E imaginación también supone manejo del lenguaje. La ciencia ficción de cierta manera también tiene este trazado: empieza por problemas contemporáneos pero proyectados a otro tiempo, hay conjeturas y refutaciones fantásticas que son vistas como especulaciones y, por fin, producción de nuevos mitos. Es posible que en esta última parte la ciencia ficción tome su autonomía de la ciencia y sea el motivo para que los racionalistas vean con malos ojos la imaginación poética.

Referencias:

Asúa, Miguel de (2004). Ciencia y literatura: un relato histórico. Buenos Aires: Eudeba.

Culler, Jonathan (2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica.

Derrida, Jacques (2012). “Si ha lugar a traducir I: La filosofía en su lengua nacional (hacia una ‘licteratura en francesco’)”. En El lenguaje y las instituciones filosóficas. Barcelona: Paidós. pp. 29-53.

––––. “Si ha lugar a traducir II: Las novelas de Descartes o la economía de las palabras”. En El lenguaje y las instituciones filosóficas. Barcelona: Paidós. pp. 55-83.

Eagleton, Terry (1998). Una introducción a la teoría literaria. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, Martin (1997). La pregunta por la técnica”. En Filosofía, ciencia y técnica. Santiago: Editorial Universitaria. pp. 111-148.

Huxley, Aldous (1964). Literatura y ciencia. Buenos Aires: Sudamericana.

Lakoff, George y Johnson, Mark (2001). Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra.

Popper, Karl (2005). “La racionalidad de las revoluciones científicas”. En El mito del marco común: en defensa de la ciencia y la racionalidad. Barcelona: Paidós. pp. 17-53.

Snow, Charles P. (1959). “Las dos culturas”. En Las dos culturas. Buenos Aires: Nueva visión. pp. 73-116.

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