La ciencia ficción

Animal Farm

Por Audelia High Watson

(Publicado en el suplemento Semana del diario El Expreso, Guayaquil, el 21 de septiembre de 2014)

Desde muy joven leía de todo; las instrucciones para usar las páginas amarillas fueron la alternativa ante la falta de algo más entretenido. En la casa hubo colecciones de la obra completa de un surtido de autores: Shakespeare, O`Henry, Mark Twain, Conan Doyle; muchas novelas históricas y libros escritos por viajeros. Pero también había unos ejemplares de ciencia ficción.

Con los años he releído muchos de aquellos, y he encontrado sutilezas que se me escaparon de niña. Últimamente, como docente, me ha cautivado de nuevo la ciencia ficción. Y a los alumnos sé que les ha sorprendido lo visionario de esos escritores, muchos de las primeras décadas del siglo pasado. Voy a comentar tres obras, y sus aprendizajes, y si uno o dos de ustedes los busca para leer les será también una experiencia rica.

La primera es 1984, probablemente la más conocida. El que no la leyó como estudiante la vino a conocer por su uso para introducir el nuevo MAC en una de las más famosas piezas publicitarias. Vista uno, Orwell narró el proceso de completar la imposición de un sistema absolutista, en el futuro. Dos metodologías utilizadas por el Gobierno aún nos logran aterrorizar. La agresión física contra la población fue tan violenta que no les permitía defenderse ni pensar ni mantener su humanidad. Pero lo más interesante para mí fue el trabajo de paulatinamente eliminar palabras del vocabulario. Consideremos qué pensaban lograr. Al desaparecer una palabra, se empobrecía tanto la lengua como el pensamiento. En lugar de progresar el hombre, se hacía menos civilizado, un lumpen.

Otra obra de Orwell es ‘Rebelión en la granja’, crítica del Stalinismo. Complejo y entretenido, cuenta la exitosa rebelión de los animales contra los hombres, sus amos. Luego, un grupo de los recién liberados comienza a esclavizar sus compañeros. ¿Y cómo lo hacen? Otra vez el lenguaje es la principal herramienta. Utilizan propaganda escrita, cantada, repetida hasta el hartazgo. Y manejan un discurso que logra reeditar la historia del pasado, justificando un giro de 180 grados en sus políticas públicas.

La última es ‘Un mundo feliz’, mi favorito. Aldous Huxley, hace casi un siglo, predijo que la sociedad se dejaría conquistar por una autocracia que les garantiza un mundo sin conflictos, donde cada uno conocía su lugar y estaba contento con ello. Las relaciones sexuales no podían conducir a una relación de afecto, sino deben practicar indiscriminadamente. La familia nuclear no existía. El Estado pagaba los trabajos con drogas y entretenimiento. La reproducción humana no fue entre dos personas, sino en un laboratorio, y la eutanasia voluntaria se practicaba antes de llegar a la vejez. Pero, quizás lo más efectivo era la desaparición de la historia y la cultura. La lectura no existía y, a pesar de tener una élite genética, la conversación no pasaba de banalidades.

El modelo y víctima de Huxley era el fascismo de Hitler; Orwell luchaba por descalificar Stalin y su terror. Pero todas las dictaduras utilizan las mismas estrategias. Y como se predica en estos tres libros, es cómodo dejarse controlar. Uno no se hace responsable ni por sí mismo ni por su sociedad. Pero una sociedad saludable, conflictiva, con dolores de crecimiento como todo un adolescente, es la responsabilidad de todos. Y depende de la lectura y participación.

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