Los sueños de Máximo Ortega

MaximoOrtega

Por Jorge Dávila Vázquez/ (Rincón de Cultura)

(Publicado originalmente en diario El Mercurio, Cuenca, el 27 de marzo de 2011)

Este autor, nacido en Azogues en 1966, ha publicado ya tres novelas. Escribe incansablemente, en medio de su trabajo y otras obligaciones. Lo hace con sencillez, sin creer que está construyendo la obra genial, como una forma de comunicarse y decirles a los demás lo que siente y, sobre todo, lo que sueña.

Se lo percibe, en su escritura, dueño de muchas lecturas, y algunas realmente fundamentales; pero una influencia que no logra superar, al menos en la novela que comentaremos en estas líneas, es la del realismo treintista, tan amargo, lleno de rasgos oscuros, negativo. Lo mejor de su libro “El arcoíris del tiempo”, publicado originalmente en España, en 1996, y reeditado por Editorial El Conejo, en 2010, quizás sea su incursión en lo fantástico, que en el contexto de la literatura ecuatoriana sigue las huellas trazadas muchos años antes por Carlos Béjar Portilla, y más cercanamente por Abdón Ubidia en sus “Divertinventos” y por Oswaldo Encalada en sus primeras obras.

En “El arcoíris”, Ortega construye una utopía, al crear el mundo perfecto de Jesmarché, al cual los protagonistas llegan gracias a una insólita travesía.

Ese universo en el que todo es mágico y carente de mal, ya sea como perjuicio al prójimo, guerra o muerte, tiene, sin embargo, unas carencias afectivas y religiosas, que lo vuelven frío y deshumanizado. El tiempo misterioso del orbe sin fisuras recuerda algo de “2001, Odisea del Espacio”, con su desconcertante ruptura de la cronología conocida.

Ortega crea con habilidad algunos personajes, los dos muchachos: Fernandito y Adriano, tan parecidos y tan distintos; pero no desarrolla uno de los seres más atractivos del libro, Alicio Reyes, que pudo ser una figura inolvidable, y que se constituye en uno de los varios narradores del libro. Interesan mucho estos seres que sueñan, que quieren escribir, anhelo también de Juanita, que comparte con la abnegada Vicenta, uno de los dos roles femeninos de la novela, en la sección inicial, pues las mujeres que acompañan al mañoso abogado Eudoro Gómez, en principio, no son más que comparsas; pero Marlene reaparece, ya personaje, en la segunda parte, en compañía del pintor Julio Paz –como lo anunció el pobre Leopoldo Castro, en uno de sus encuentros con Gómez . El jurisconsulto es un ser indigno, culposo, del que el autor se deshace, de modo cruel, en el segundo tramo del libro.

Este sector contiene narraciones muy atrayentes, porque levantan el vuelo más allá del realismo excesivo, que contrasta con lo fantástico en el primero. En ellas, Ortega no solo experimenta con las anécdotas –la historia de la estafa al zapatero Cáceres, que por intervención providencial de uno de los habitantes de Jesmarché, termina muy bien para su viuda y sus hijos; la transmutación del jesmarcheano en Eudoro Gómez, y otras-, si no también con los diversos narradores.

En suma, un libro, que más allá de algunos altibajos, atrapa al lector con sus variadas tramas.

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