El arcoíris del tiempo

Por Eliécer Cárdenas

(Publicado originalmente en revista Rocinante, Quito, octubre 2011, págs. 62-63)

«El pasado, el presente y el futuro, a veces, discurren en forma de circunferencias que en un momento dado, uno con otro, o los tres al mismo tiempo, pueden llegar a encontrarse, pero en un diferente espacio…». Esta reflexión es la base del libro de ficción El arcoíris del tiempo, de Máximo Ortega Vintimilla.

Máximo Ortega, en los textos que integran el volumen, ofrece un haz de posibilidades dentro de la dimensión espacio-temporal que, al ser fluida y relativa, alude y postula otros mundos, realidades paralelas.

Dentro del tiempo narrativo del autor, la «realidad primera », llamémosla así, es un período ominoso para la humanidad —es decir, la actual época—, amenazada con la extinción, la hecatombe planetaria y la «Gran guerra» que lo destruye todo. En ese contexto, los protagonistas de las narraciones de Máximo Ortega sufren diversos impactos espacio-temporales que los transforman, o que cuando menos les hacen vislumbrar otras dimensiones: mundos lejanos, cuerpos paralelos a los de todos los días, perros que hablan, etc.

Cultor de un realismo fantástico, en su obra se advierte el afán existencial de explicar los misterios de la realidad, o lo que comúnmente denominamos de esa manera, a falta de otros términos menos equívocos. En la mejor tradición del realismo fantástico, Máximo Ortega Vintimilla se descubre como un autor nacional que cala honda y fundamentalmente en esta perspectiva. Quizá, el joven autor de Azogues es el iniciador diestro de una temática realista-fantástica orillada a la ciencia ficción en nuestro país, corriente que a nivel mundial tiene un sobrado sitial de privilegio dentro de la creación literaria del presente siglo.

Las seis narraciones que componen el libro (la primera de ellas, un relato de regular extensión) tienen en común la búsqueda de la pluridimensionalidad del mundo y el ser, aherrojados en la linealidad de lo «real» de superficie, y sujetos a estas «ventanas abiertas» a las que aludía Julio Cortázar, desde las cuales el universo con sus misterios deja un regusto de estupor y perplejidad.

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