Memoria ficticia de la invasión marciana

radiomars

Por Iván Rodrigo Mendizábal

La transmisión radial de la Guerra de los Mundos que se hiciera el 12 de febrero de 1949 en Quito es hoy recordado como una cuestión anecdótica: forma parte de la historia de los medios de comunicación ecuatorianos no obstante tuvo implicancias serias en el momento de su suceso. La Guerra de los Mundos fue originalmente una novela de H.G. Wells y luego adaptada a la radio por Orson Welles.

En dos artículos hice referencia a los hechos y cómo la literatura ecuatoriana se acercó a pintarlos, donde la realidad y la fantasía se mezclan. Los mencionados artículos son: “Lo fantástico de los marcianos en Quito” que inicialmente fuera publicado por la revista Rocinante No. 71 de septiembre de 2014 y “El libreto (ficticio) de la invasión marciana a Quito” el cual también fue publicado originalmente en el suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo el 16 de febrero de 2015.

Quizá valga la pena hacer una especie de reflexión más pormenorizada de los acercamientos literarios acerca de la supuesta invasión marciana.

Desde este punto de vista recordemos que Iván Egüez esbozó unas páginas sobre el suceso en su ya clásica novela, La Linares, de 1976, donde presenta su versión del libreto de la transmisión radial, alrededor de la trama acerca de una mujer muy popular en su tiempo. En efecto, la novela es un retrato de una mítica mujer que vivió en Quito, conocida como la Linares, quien en la obra se la presenta como testigo de su tiempo; mujer hermosa, enigmática y seductora, foco de atención de la sociedad quiteña de mediados del XX. El tono neobarroco de la novela supone una prosa con giros poéticos la cual hace que evoquemos a Quito con aires fantásticos y mágicos. El narrador rememora a esta mujer, además que es observador de alguien que supuestamente “recupera” cuatro páginas del libreto que vuelan por los aires tras la quema del edificio de Radio Quito. Las páginas del libreto perdido figuran entre las páginas de esta novela: por este medio se mezcla realidad y ficción de forma casi onírica.

Luego está la propia novela, si se quiere testimonial, de quien fuera protagonista de los hechos, Leonardo Páez, director de la radionovela trasmitida en Radio Quito. Dicho autor publicó en Caracas –donde se autoexilió luego de que perdiera la credibilidad en Ecuador– la versión novelada de su experiencia, bajo el título de Los que siembran el viento en 1982. En tal obra aparece la traslación de lo que pudo ser el libreto de “La guerra de los mundos”. En este marco, la obra de Páez es una mirada a los acontecimientos y el recuerdo personal de cómo se armó la transmisión que luego fue aceptada como real por la radioaudiencia de Quito, la cual en la noche de febrero de 1949, estaba entre el letargo y el sueño de una ciudad conventual. Los que siembran el viento, entonces, es una especie de crónica lo que pasa en los momentos antes y después de la quema de Radio Quito, la confusión generada más aun cuando en la transmisión aparecen supuestas autoridades de gobierno y el propio Páez parece morir durante la invasión marciana. La novela, aparte de ser una especie de memoria de los tiempos y de una obra, tiene el valor de presentar, de primera mano, lo que pudo ser el libreto original de la radionovela.

El 2014 la escritora Gabriela Alemán insertó dos cuentos en su libro La muerte silba un blues, tomando en cuenta los sucesos y protagonistas del 49. El primer cuento, “El viaje extraño”, trae la historia del narrador –presuponemos Páez– quien cuenta, cómo de cronista de deportes, pasó a ser quien motivó la puesta en el aire del libreto de Welles reescrito por el chileno Eduardo Alcaraz. El segundo cuento, “El diabólico Dr. Z”, nos pone ante el mismo Alcaraz, ya viejo, quien enfrenta a un adolescente el cual le señala en cara que se había apropiado del libreto de Welles, lo había llevado a Chile y luego a Ecuador, y tendió una trampa a su mejor amigo para que le inculpen de los hechos luctuosos de ese febrero de 1949. Alemán nos plantea, al menos en estos dos relatos, historias donde el lucro se confunde con el arte de hacer radio. En “El extraño viaje” el supuesto director de la radio, Cordobés, ofrece al narrador dinero para encumbrar a un boxeador; pero el narrador tiene un amigo, Elías, preocupado por descubrir una oscura trama donde se ligan los intereses comerciales que hay entre el dueño de la radio y el Alcalde. La invasión marciana, entonces, viene a ser una especie de cortina de humo para tapar lo que al parecer se vive en la época en Ecuador. En “El diabólico Dr. Z”, Alcaraz es pintado como alguien que no tiene escrúpulos. La forma de narrar de Alemán en estos y los otros cuentos que conforman La muerte silba un blues, es de una sutileza tal que denota a una autora capaz de jugar con los detalles, con lo indecible, al más puro estilo de Raymond Carver.

Los anteriores textos enfatizan los pormenores de los sucesos pero también evocan al propio libreto de la radionovela. Es importante darse cuenta que a partir de un libreto perdido –por lo demás conocido en su primera versión, la realizada en Estados Unidos por Orson Welles–, permite la fabulación de la realidad en un contexto en el que Ecuador aún no se deshacía de la memoria de la guerra con Perú, al igual que estaba presente el imaginario de la II Guerra Mundial presente. Tales obras al querer recuperar al libreto, por otro lado, tratan de mostrar el potencial de la radio para crear imágenes e imaginarios de la realidad.

Hay un texto, a modo de relato periodístico, de Mario Moratinos: “¡Que vienen los Marcianos! Miedo a los extraterrestres” que fuera publicado en el blog El reportero histórico el 7 de mayo de 2014 y que reproducimos en Ciencia ficción en Ecuador el último 18 de marzo de 2015. En éste el periodista es un supuesto testigo al día siguiente de los sucesos del 12 de febrero de 1949. Evoca el aire que se tenía los días anteriores a la transmisión: noticias de avistamientos de platillos voladores y una cierta incertidumbre en la ciudad. De acuerdo al periodista, esto es el caldo que motivó a la gente a creerse el cuento de los marcianos; incluso la policía fue sin éxito a Cotocollao a buscar a los alienígenas. El relato de Moratinos es sucinto, pero tiene la cualidad de hacernos imaginar, como todo cronista que relata acontecimientos, la situación. Al final da su breve opinión: se generó un problema de la nada, pudiendo hacerse otro tipo de transmisión con alguna otra obra de teatro. A diferencia de los anteriores textos literarios, estamos ahora frente a la fabulación de un viajero en el tiempo quien se va a la realidad del 49 para darnos cuenta sobre los hechos. Se podría decir que, con este texto encontramos algo que diferencia a la obra que evoca la realidad que tiene que ver con el terror que puede ocasionar una invasión, más aún marciana, del texto de ciencia ficción que, en este caso, emplea un recurso propio del género: el viaje en el tiempo.

En agosto de 2014 José Luis Barrera escribió un cuento que fuera publicado en el blog Rue Morgue y reproducido en Ciencia ficción en Ecuador, bajo el título: “¡Marcianos en Quito! ¡Marcianos en Quito!”. Con un tono humorístico y hasta irónico, Barrera nos presenta a un narrador en primera persona quien recuerda al director de la radionovela “La Guerra de los Mundos” lo que este y su equipo hicieron esa noche. De este modo, nos enteramos que todo estaba preparado para una buena sesión de pasillos, hasta que de pronto el locutor interrumpe la transmisión con noticias del Observatorio Nacional; luego siguen los pasillos, pero poco a poco los cortes se van dando hasta crear un ambiente de alarma. En el cuento sabemos que Páez y el chileno Alcaraz eran los artífices de la sorpresa, quienes, cual magos de la palabra, irrumpían en la linealidad del programa, donde al principio ni los músicos, ni los auspiciantes estaban informados de la trama que se estaba montando. En otras palabras, como si fuera una transmisión premeditada, vamos constatando los efectos de esta en la población. Entonces el narrador le habla y le recuerda a Páez, como si fuera una especie de saldar cuentas, a sobre lo que pasó y las consecuencias de sus actos. Pero he aquí lo interesante, pronto descubrimos que el narrador es un marciano que, en efecto, manipuló las mentes de los presentadores, que se insertó como un virus en sus vidas y lo sigue haciendo hasta ahora en Venezuela y en otros lugares donde siembra argumentos al modo de un demiurgo: en otras palabras, los acontecimientos que provocan tensiones hasta ahora están ya “maquinadas” por una mente alienígena con la pretensión futura de colonizar la Tierra. Pero la colonización sería mediante los “cuenta cuentos”, quienes por miles están en medios, en sistemas de gobierno, etc. Barrera, con este cuento, demuestra el manejo de la tensión dramática, de la contradicción; a veces crea un aire que recuerda a Juan Rulfo, porque en la medida que un ser habla con otro, como una especie de conversación, pareciera que evocara el habla de esta mente en el transcurso de la historia de la humanidad. El cuento de ciencia ficción en este caso nos presenta como autor de toda obra al propio extraterrestre.

En 2015 encontramos ejemplos nuevos. Quisiera hablar de tres textos nuevos: ficciones de la realidad o realidades ficticias.

El primero es una novela del cubano Alfredo Antonio Fernández –residente en los Estados Unidos.–: Alo, marciano (2014); un avance de ella publiqué en Ciencia ficción en Ecuador el 27 de febrero de 2015. Cabe advertir, empero, que en Ecuador tal novela aún es desconocida en las librerías. Grosso modo, de acuerdo al avance publicado, es la historia del periodista César Casariego, quien conoce al director de la que se nombra como Radio Nacional de Ecuador, tras una travesía en la Amazonía; ahí nace la idea de hacer la transmisión de la “Guerra de los Mundos” que antes fuera puesta al aire por Orson Welles. Por el tono de las primeras páginas, la historia de Casariego, personaje ficticio, es también la historia de un viaje de exploración por Ecuador, por su idiosincrasia. La novela, por la descripción se inscribe en la ficción de los momentos del 49 y su tono pretende ser fantástico.

Igualmente acaba de aparecer la novela Sara (2015) de Eduardo Puente Hernández. Se trata de una especie de novela histórica, desde el punto de vista de una mujer, Sara Esther Páez Andrade, quien vivió alrededor de casi un siglo, desde 1890, en Ecuador. La novela si bien recoge su testimonio de vida, en el fondo es una mirada acerca de los acontecimientos que se dieron en el país durante el siglo XX. Como si se tratase de una novela escrita por un etnógrafo, el autor recurre a entrevistas, a documentos, a un cuaderno de notas de la mencionada personaje. El capítulo XXII evoca los hechos de 1949, de la transmisión de la “Guerra de los Mundos”. En él se recoge precisamente unas páginas del cuaderno de notas de Sara Páez. Dichas notas hablan del estado político y social de Ecuador de los 40 del siglo XX, la derrota sufrida por la guerra con Perú, la revolución de La Gloriosa, etc. Se dice que Radio Quito, la de mayor audiencia en la capital, puso al aire “La Guerra de los Mundos”, previa una campaña publicitaria donde se anunciaba la participación de lo “más granado del ambiente musical de la época, pues se trataba de que la historia sea de lo más verosímil”, de acuerdo al narrador de las notas. Luego es una descripción de los acontecimientos con el tono de un testigo que pone su opinión y sus impresiones. Así nos enteramos que Sara era también una radioescucha junto a sus familiares: el programa les había captado la atención. También se indica que los locutores anunciaron que la transmisión era una broma en la medida que empezaron a medir la temperatura de descontento o de desconcierto de la población hasta la quema de la Radio. Termina con la remembranza de los rollos de papel quemado volando por los aires. Para quienes, como un cadete que estaba más lejos del lugar del incendio, tales pedazos de papel que caían del cielo parecían ser por efecto de alguna fogata cercana. La narración es sencilla, testimonial y a la par poética: lo que queda de los hechos son los papeles quemados, que también pueden interpretarse como los protagonistas cuyos papeles sociales se quemaron: por ello el director Páez tuvo que autoexiliarse a Venezuela. Considerando lo dicho, estamos ante un relato más bien de tono realista sobre los sucesos del 49.

Cristián Londoño Proaño, escritor ecuatoriano, más recientemente nos brinda “Hope” en Ciencia ficción en Ecuador (ver publicación del 21 de marzo de 2015). Este cuento es un real ejemplo de ciencia ficción que emplea el motivo de la invasión marciana. Se trata de un documento o una carta encontrada por el expedicionario Romulus Rickard, Investigador científico de la primera civilización terrestre, quien llega de una colonia de la Luna del futuro. Este recurso nos permite entender que la Tierra ha sufrido una hecatombe por efecto de la invasión marciana y que las ciudades como Quito, han sido arrasadas. Lo interesante del caso es saber que esta misión, al hallar la carta que Tenor Estupiñán escribe a su hijo Juan, nos hace comprender que la humanidad si bien ha tenido una resistencia enorme contra la invasión, augura que el gobierno marciano implantado haya sido destruido y se restablezca la libertad. Se plantea entonces una paradoja: pues la humanidad ha sido derrotada –contrario a la tesis de H.G. Wells en su La Guerra de los Mundos (1898)– pero también su gobierno fracasa, pues los humanos, un puñado de ellos escapan a la Luna. El cuento abre múltiples posibilidades de imaginación. Pero lo más importante es el hecho que son las tecnologías de escritura las que permiten la memoria y la evocación de la libertad. En este sentido, es el valor del pensamiento el que tiene mayor peso en la ciencia ficción, antes que la pura recreación de las tecnologías de invasión.

He mostrado acá un puñado de textos literarios que se encargan sobre la memoria de la invasión marciana a Quito del 49, invasión provocada en el imaginario social, por la potencia de las palabras y de las ondas de la radio: la comunicación vendría a ser el argumento central de dicha memoria. Es evidente que faltaría hacer con más detalle una investigación acerca de otras obras producidas en Ecuador. Por el momento, aparecieron las mencionadas; quizá las mentes marcianas que dominan el imaginario social permitan el aparecimiento de otras.

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