La marquesa y Lem

Por Juan Carlos Cabezas

(Publicado originalmente en suplemento Cartón Piedra, del diario El Telégrafo, Guayaquil, el 12 de agosto de 2013)

Esta es la segunda entrega de un diario de lectura que ha perdido la brújula. El caos es el amo y señor de estas historias.

Recuerdo que caía la tarde y aunque no había descendido de ningún navío como los de Abdul Bashur (Álvaro Mutis) sino de un bus urbano, sentía que mi vida navegaba con rumbo fijo hacia el horizonte.

Retorno a casa con un libro bajo el brazo. Mis pasos son cortos y tranquilos, como si centímetro a centímetro, me hundiera en los párrafos del Arte de la Fuga de Sergio Pitol, (Barcelona, Anagrama, 1997)

En el ensayo: La marquesa nunca se resignó a quedarse en casa, Pitol revela un pilar significativo a la hora de escribir. La frase: “La marquesa salió a las cinco” idea pacata o descartable, encierra la potencialidad de ser el inicio de una novela como Absalón Absalón de Faulkner o el El Hombre sin Atributos de Musil.

Pitol hace mucho más que solo analizar las posibilidades de la frase, al final del ensayo demuestra cómo se forja la literatura, párrafo por párrafo. En una muestra de arrojo, escribe un cuento, un cuento corto, en el que aparece una marquesa en medio de una gran disyuntiva. La dama debe escoger si entrar a un convento o salir a las calles donde se desarrolla una protesta. Al siguiente día aparece a la cinco de la tarde… pero en un ataúd.

Así, Pitol logra poner en relación los distintos niveles de complejidad de la novela y cómo la adecuada relación con el idioma concreta una diestra ejecución. Quien grada el astrolabio y el sextante del relato es el escritor que va por los mares de un proyecto sinuoso, gobernado por la fascinación y el rapto. Poco a poco aparecen palabras, frases y párrafos a tientas como cuando un anciano ingresa a una piscina polar. Lo de Pitol es un homenaje a la capacidad creativa del hombre y a la escritura.

Estaba enganchado con la racionalidad de Pitol cuando empecé a sentir “el viento”. Lo he sentido en otras ocasiones, inclusive dentro de casa. Se trata de una inquietud, un sentimiento. Mi familia sabe de lo que hablo, generalmente me paso hablando de libros y autores, hasta que me quedo callado y dejo la mirada posada en mi librero.

Siento entonces que todo se aleja y debo marcharme de inmediato. Al regresar me preguntan por mis pensamientos, pero no puedo decir nada. Mantengo la idea en mi interior como una llama tierna hasta que refulge completa.

Relaciono: el mismo Pitol escribe de Polonia en el Arte de la Fuga, después fue este mismo suplemento literario el que topó el tema. Ato cabos sueltos y me dejo llevar hacia Stanislaw Lem, (Cracovia, 1921).

Uno de los mayores genios de la ciencia ficción me llama y voy a su encuentro. Recuerdo cómo tiempo atrás esa sobrecarga de imaginación en Diario de las Estrellas (Alianza, 1979) me elevó tanto como uno de sus cohetes.

Es hora ya, las enseñanzas de Pitol me apoyan en esta nueva aventura.

Lem es Destino.

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