Convivir con la incertidumbre (Filosofía y Big Bang)

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Por Daniel Acosta, Crítico literario

(Publicado originalmente en revista Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Guayaquil, el 29 de diciembre de 2013)

El silencio de estos espacios infinitos me aterra

Pascal

 Punto de partida

Fíjese bien en su alrededor. Detrás de los edificios, las paredes, los bosques, las nubes y las personas se agita un universo oculto, toda una maquinaria interdependiente que nos contiene, pero que nos resulta una fuente perenne de incertidumbre. El inventario de ese todo al cual llamamos universo incluye un amplio abanico de circunstancias y elementos desconocidos, una innumerable cantidad de estrellas y planetas, una gran cantidad de sustancias químicas que funcionan en la oscuridad e incluso formas de vida en millones de variantes.

Las fuerzas que integran este universo, el establecimiento de su origen o el descubrimiento de la razón de ser del mismo han sido motivo de búsqueda para las mentes más lúcidas en todas las épocas sin un éxito definitivo que, de hecho, es racionalmente improbable. Cada explicación emergente es el resultado de errores y especulaciones, pequeños pasos en un camino sin fin. Es que si se representara la inmensidad del espacio y el tiempo –magnitudes constitutivas del universo- en un fotón de luz, el resultado sería cegador.

El tipo de componentes que forman parte del universo y sus rasgos  es tan sorprendente que el lenguaje humano, según manifiestan los filósofos, resulta insuficiente y habría puesto fin al sentido de buscar nombrar lo innombrable. La nuestra, no obstante, es la historia de una especie reconocida por su persistencia y asombro, necedad y sensibilidad. Que sepamos, somos probablemente el único ser tan complejo como para necesitar emprender la tarea de descifrar lo absoluto.

Las versiones o modelos del universo que inventamos son de una naturaleza que tiende a sofisticarse con el paso de los siglos. Se componen de experimentos y juegos matemáticos que se confirman y refutan, superan y sumergen en circunstancias que son tan intangibles que algunos las definen como metafísicas –inaccesibles a la investigación efectiva-. La ciencia se ha desarrollado tanto que en ocasiones se puede confundir con pura magia, o una forma de mística.

La idea que tradicionalmente se entiende como Big Bang –teoría aparecida y consolidada a partir del siglo XX y vigente en los últimos años- nos dice que el universo está en expansión desde un instante de origen acaecido en una singularidad, es decir, en una ‘zona’ donde no se puede definir magnitud física alguna –altura, ancho y profundidad- y donde el universo, actualmente con una edad establecida entre 13 730 y 13 810 millones de años según la luz que nos llega de las galaxias más lejanas, poseía una naturaleza imposible de explicar desde nuestro conocimiento científico contemporáneo.

Así pues, si reflexionamos más lentamente sobre el modelo científico expuesto arriba, sospechamos, más allá de su veracidad matemática y validez reconocida entre estudiosos de todo el mundo, que se trata curiosamente casi de un acto de fe –creencia- que por ahora permite explicar el funcionamiento del universo de forma especulativa, pero que, como la propia ciencia reconoce, es susceptible de errores y perfectibilidad en un campo, por ahora, inaccesible. La razón es sencilla: para la mayoría de seres humanos vivos en 2013, la explicación del Big Bang, como lo fue en su momento el modelo de Ptolomeo –inspirado en el pensamiento de Aristóteles-, no es más extraño de lo que nos imaginamos sino que es más extraño de lo que podemos imaginar.

En la ciencia espacial, la teoría del Big Bang representa una solución temporal que nos otorga una aparente respuesta, pero también es fuente de dificultades e incertidumbres cada vez más enmarañadas. Los propios físicos se abstienen de reducir sus conceptos e hipótesis a su aspecto científico. Muy por el contrario, advierten que una teoría de esta envergadura tiene que someterse al escrutinio de la filosofía. La razón reside en que desde hace tiempo esta y la ciencia, amén de su parentesco epistemológico y complementario, han transitado juntas el camino de los límites de lo racional y han hecho explotar lo que todos daban por incuestionable dotándonos de nuevos sentidos y descubrimientos.

Hacer un esfuerzo compartido, sin embargo, no es fácil, mucho menos rebasar nuestras ideas preconcebidas y descubrir leyes que nos permitan predecir nuestro mundo hasta los límites impuestos por el principio de incertidumbre. En esta tarea, mientras la visión de la ciencia, como sostiene Stephen Hawking, es impulsar el desarrollo de nuevas teorías que describen cómo es el universo, serán los filósofos quienes se preocupen del por qué es así. Lamentablemente, en este punto, la comprensión de la filosofía parece haberse ralentizado.

Para los filósofos del siglo XX y los del XXI, el origen del universo y teorías como el Big Bang ocupan un papel secundario. El problema estaría en el lenguaje científico y la especialización de las ciencias, dos puntos que resultan ajenos e, incluso, ininterpretables.  Lo mismo ocurre con una gran mayoría de seres humanos que están más ocupados en acciones laborales o de entretenimiento como para darse la oportunidad de hacer preguntas habituales en generaciones precedentes: ¿por qué atraviesa el universo, y nosotros con él, todas las dificultades de la existencia? ¿Qué es lo que estuvo antes de todo lo que presume la teoría del Big Bang? ¿Es necesario que exista un antes al origen y si existe cómoes?

Según Wittgenstein, el filósofo más famoso del siglo XX,  “la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje”.  Esta postura del filósofo austriaco, compartida por Adorno, para Hawking, como expone en su Breve Historia del Tiempo, es una distancia preocupante si consideramos la gran tradición filosófica desde Aristóteles a Kant.

Más que interpretar activamente lo que significan los nuevos descubrimientos como la llamada ‘partícula de Dios’ o bosón de Higgs, que ratificarían la teoría del Big Bang, lo que los filósofos han hecho es restringir su espacio de deliberación y hacer de la filosofía un asunto más pragmático. Veamos brevemente hasta dónde los filósofos contemporáneos al postulado del Big Bang pueden arriesgar interpretaciones sobre un punto ciego: el origen del universo.

 

Intermedio o brevísima descripción de la filosofía a partir del Big Bang

Pascal, de quien en el inicio de este texto destacamos una frase a propósito del terror por los silencios del espacio infinito, escribió en el siglo XVII que “todo este mundo visible no es más que un trazo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza y que no hay idea que nos acerque a ello”. Para el pensador, físico y matemático francés, “las ciencias tienen dos extremos que se tocan. El primero es la ignorancia natural en que se encuentran todos los hombres al nacer. El otro extremo- nos dice, es al que llegan las grandes almas que habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, se encuentran con que no saben nada, y se hallan en la misma ignorancia de que habían partido”.

Imposible, ante este dilema que describe perfectamente nuestra primera impresión sobre la filosofía contemporánea y su situación ante el Big Bang,  dejar de evocar el mito de Sísifo de Camus –el hombre está condenado a hacer rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, donde la piedra vuelve a caer-. Aquello constituye un grave reto para la filosofía definida como contemporánea, que comienza con la culminación del pensamiento Hegeliano, y entre sus diferentes exponentes se pueden citar a Arthur Schopenhauer (1788-1860), Auguste Comte (1789-1857), Carl Marx (1818-1883) y Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Pero es recién a los filósofos que vivieron a partir de la primera década del siglo pasado a quienes se les puede poner en frente el desafío de pensar sobre los nuevos hallazgos de la ciencia, entre ellos, la teoría del Big Bang.

Por ejemplo, un casi contemporáneo del sacerdote y astrofísico belga Georges Lemaitre (1894 – 1966) -quien propuso la idea del Big Bang-, fue Edmund Husserl (1859-1938), el fundador del movimiento fenomenológico, un planteamiento filosófico que postula ir a lo concreto, a “las cosas mismas”, para ver de verdad lo que hay, superando la fe en la ciencia físico-matemática y superando también una filosofía apoyada en conceptos no evidentes. Se trataría de alcanzar lo indudable. Y, a partir de ahí, construir una filosofía científica. Según Husserl debemos cuestionar mucho más de lo que ponía en cuestión el credo cientista, el cual no problematizaba sus dogmas.

Como resultado de las ideas de Husserl, diremos que debemos estar atentos a los fenómenos que se presentan en la conciencia, como es el caso del Big Bang, y considerar que todo lo que se presenta en esa capa de la sensibilidad lo hace de un modo típico. Es decir, el objetivo, según Husserl, sería contemplar esas formas típicas de aparición –las “esencias”- no como reales, pero tampoco como externas, objetivas. Aparece aquí  la “epojé” de Husserl, una especie de duda escéptica que sin ser un escepticismo radical, pretende dejar las verdades en suspenso,  pero sobre todo las que conforman la actitud “natural” de comunidad donde, por otra parte, vive y siente el propio filósofo.

Las creencias obtenidas a partir de una interpretación del pensamiento de Husserl, permiten acotar que las dudas son útiles, irrenunciables, pero no fundamentales para quien necesita evidencias radicales que den la potestad de ver lo que hay de verdad. La “epojé” o “reducción fenomenológica” finalmente solo permite la evidencia de una sola realidad: que hay conciencia. Una conciencia subjetiva que abarca, nada menos y nada más que todo -el universo-.

Cuando el origen de todo lo visible e invisible, según el Big Bang, es algo similar al vacío o más precisamente a la incertidumbre absoluta o la nada, se nos hace obligatorio topar el pensamiento de otro filósofo que vivió a la par de los descubrimientos de la física cuántica. Me refiero a Martin Heidegger (1889-1976), cuyo pensamiento catalogado de existencialista dice que acceder al Ser no es conocerlo, sino habitarlo. ¿Cómo? Eliminando la posición cognoscitiva del ser humano en el mundo, es decir que para el Dasein –como el pensador alemán llama al “ser humano”- el mundo y, en este caso, el universo físico no son algo para ser conocido objetiva y desinteresadamente sino para ser utilizado: es utensilio. Es así que ante la imposibilidad de no saber qué hacer con una incertidumbre que angustia no queda sino trascender el conocimiento útil y acometer el conocimiento del Ser. Concluye Heidegger que el Dasein es esencialmente proyecto, posibilidad de actualización en un mundo y universo físicos que se le resisten. Pero sobre todo se encuentra con la evidencia de la muerte. Fin de toda posibilidad. La nada.

“Somos elipsis de la nada”, nos dice el pensamiento de Heidegger -omisiones que no alteran su sentido-. En resumen, para el filósofo cuestionado por su cercanía al partido nazi, no son el ser humano, su mente finita y facultad lingüística, quienes accederán a la verdad, al Ser, finiquitándolo y cosificándolo por tanto. Observemos que Heidegger se desembaraza así de los confines descubiertos por la ciencia y explora la soledad para pensar la nobleza del Ser en esa otra infinitud que es el Dasein, mediante el lenguaje sagrado de la Poesía, que puede incluso decir lo que no puede ser dicho con un sentido más trascendente en la existencia finita, mortal.

El sentido del universo es inabarcable. La evolución filosófica, como vemos hasta ahora, favorece la incertidumbre y nos confronta con nuestra fragilidad. Ludwig Wittgenstein (1889 – 1951), matemático, lingüista y filósofo de origen austriaco y nacionalizado británico, es quizás el más claro en referencia al punto de intersección donde la filosofía y la ciencia toman caminos distintos. El filósofo e ingeniero lucha por encontrar un lenguaje ideal: un sistema, una maquinaria de uso social que permita decir con precisión lo que hay y lo que pasa en el mundo como totalidad de hechos. Wittgenstein va a mostrar, también,  la existencia de lo que ya no es mundo: lo místico.

Afirma que “aun cuando todas las posibles preguntas de la ciencia sean respondidas, todavía no se han rozado nuestro problemas vitales”. Y construye también el concepto de “juegos del lenguaje”. Postula que ya no cabe trabajar para que el lenguaje se purifique, para que nombre con símbolos inequívocos los hechos, objetivos, universales, que va suministrando la ciencia. Wittgenstein descubre que el lenguaje es una actividad social, una forma de vida que se despliega y autoorganiza en diversos juegos. Estos juegos nacen, cambian, desaparecen. Mientras están vigentes tienen, para los que los juegan, la contundencia de los hechos de la física: son el mundo entero, por así decirlo. La filosofía debe limitarse a analizar, a explicitar, esos juegos inexorables desde dentro. No puede aspirar a una explicación superior –en este caso lo anterior al Big Bang o el sentido del mismo-.

Ya no hay un lenguaje ideal para nombrar lo real. La filosofía sentencia que su rol contemporáneo ante los descubrimientos de la física es estar atenta, mostrar, los hechizos del lenguaje porque todo lo demás cae en el campo de la metafísica e incluso de lo místico.

 

A modo de conclusión

Muchos de los filósofos actuales son conscientes de esta distancia que separa su disciplina de los descubrimientos teóricos de la ciencia contemporánea, y se preguntan en qué medida hay que replantear la función de la filosofía en la sociedad actual.  Por un lado, se desconfía ahora de una idea de filosofía entendida como gran sistema intelectual con capacidad para explicarlo todo, como por ejemplo fue en su día el aristotelismo o el marxismo. Por otro lado, la filosofía aparentemente es presionada para que sea más que una reflexión sobre sí misma, una reflexión sobre otras materias. Nos referimos a los casos de “filosofía de”: filosofía del derecho, de la historia, filosofía política, del arte. Un ejemplo muy de moda hoy en día, en consonancia con la mentalidad científico-técnica en que vivimos, es la filosofía de la ciencia.

No obstante, el inmenso avance de las ciencias en estos siglos pasados, en particular durante el siglo XX, ha dado lugar a un sinfín de preguntas acerca del sentido y los límites de la ciencia, cuya respuesta solo puede plantearse desde una reflexión filosófica que, sin embargo, asumió su suicidio en estos temas hace buen tiempo. Ejemplos típicos son la cuestión sobre el origen y destino del universo, a raíz de las hipótesis del Big Bang. Se crea, por tanto, un enorme vacío de significado tras el frenético avance de la investigación científica y tecnológica, que muchos filósofos, junto a historiadores y sociólogos de la ciencia, han adoptado como su principal punto problemático.

“Algunos están destinados a razonar erróneamente; otros a no razonar en absoluto, y otros a perseguir a los que razonan”, escribió Voltaire. En este sentido, la sociedad de hoy en día no es una excepción. Los síntomas de inmadurez intelectual son numerosos; los diversos  fanatismos religiosos, por ejemplo. El clima intelectual es de una mediocridad implacable, en un contexto en el que las posibilidades de creación y difusión de ideas son, o parecen ser, inmejorables. Por tanto, parece un tanto paradójico, o tal vez es fruto de los tiempos que corren, que se ponga en duda la importancia de la filosofía, y que se cuestione tan fácilmente su papel en la sociedad actual. Continuamos por ahora en convivencia con la incertidumbre.

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