Cuento del mes: Los pasteles de Alicia

 LUIS PAREJO (Ilustración), tomado del diario El País (España); forma parte de una infografía animada e interactiva por  JAVIER J. BARRIOCANAL (infografía): http://www.elmundo.es/grafico/cultura/2015/05/30/556881b6268e3ee8518b4594.html

LUIS PAREJO (Ilustración), tomado del diario El País (España); forma parte de una infografía animada e interactiva por JAVIER J. BARRIOCANAL (infografía): http://www.elmundo.es/grafico/cultura/2015/05/30/556881b6268e3ee8518b4594.html

Por José Luis Barrera

(Compartimos un relato de José Luis Barrera recientemente escrito como contribución a Ciencia Ficción en Ecuador y también publicado en su blog La Rue Morgue, Quito, 30 de mayo de 2015)

José Luis Barrera Ruiz nació en Quito, en 1983. Ha estudiado varias carreras, entre ellas Arqueología y Literatura, desertando de ellas por una mezcla de abulia e incompatibilidad de caracteres. Actualmente estudia periodismo (porque le dijeron que con esa carrera sería inútil para la sociedad) y trabaja en una librería. En el año 2002 participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura conducidos entonces por el poeta Edwin Madrid; luego, cuatro años después, regresó para unirse al Taller, dirigido por el escritor Diego Velasco en su nueva etapa. Sus cuentos han sido publicados en algunas antologías como Minimal (2011), conformada con relatos cortos pertenecientes a varios escritores de l

os Talleres y posteriormente salió a la luz su libro El espejo de Mambruk (Editorial K-Oz, 2011) que compila varias de las historias publicadas en su antiguo y extinto blog “Junto a la montaña y bajo la lluvia” y que, ahora, se hallan incluidas en este.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo.

Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con una sesión de palizas a la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban las drogas y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa.

Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

A veces creo que nuestras dimensiones no dependen de los pasteles o de la bebida mágica, sino más bien del interlocutor al que enfrentamos, pero quizá no sea más que una ilusión.

La Carolina, Quito 170135, Ecuador

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