El Ministerio de la Verdad

DictNeolengua

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Fredric Jameson en Arqueologías del futuro (2009) sostiene que una distopía normalmente es interpretada como una representación del futuro como un nuevo mapa del infierno; contra ese estereotipo, sostiene que es mejor considerarla como una representación crítica y denunciadora de los programas políticos utópicos. En tal sentido, piensa que el trabajo de Orwell, sobre todo Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), dos de sus novelas emblemáticas, deben ser consideradas como antiutópicas, siendo la distopía crítica una perspectiva de la antiutopía.

Si seguimos esta línea de pensamiento, en efecto, 1984, es, desde ya, una clara denuncia del estalinismo –como lo fue en su momento Rebelión en la granja­–, pero también del modus operandi del Partido Laborista inglés en los tiempos en que la obra fue escrita. Cualquiera sea el caso, en el perfil de la novela estos sistemas políticos aparecían como los entornos del “progresivo totalitarismo” –de acuerdo a Jameson–, es decir, que sus ideologías creaban la ilusión de estabilidad y felicidad, aunque en el fondo ocultaban las más graves incongruencias socio-políticas, sometiendo al ciudadano, arguyendo para el efecto, el sostenimiento del status quo.

En su ensayo, “History is Written By the Winners” (1944), Orwell, en efecto escribió, refiriéndose a esa situación contradictoria prevaleciente en el interior de un Estado supuestamente democrático –el del socialismo democrático, al que él trataba de denunciarlo– cuyo obrar en realidad tendría que verse como totalitario:

“The really frightening thing about totalitarianism is not that it commits ‘atrocities’ but that it attacks the concept of objective truth; it claims to control the past as well as the future”.

Es decir, que el Estado totalitario se basa en atacar la verdad objetiva, en crear una ficción más terrible que el propio discurso del Estado liberal: hacer aparecer como utópico, como el paraíso, algo que no es. El problema, además, implica que el Estado usa todos los medios “legales” a su disposición para hacer que todo el mundo esté conforme, feliz de la vida, acrítico, alienado, desde cualquier ángulo gracias a la ficción social elaborada y corporizada en la vida cotidiana.

Es así que en la novela de Orwell, mientras hay la ficción de una guerra exterior, el mundo ficticio en el que vive su personaje, Winston Smith, es el de una supuesta utopía donde la productividad es alta o es inmejorable; es decir, es el lugar donde aparentemente el bienestar prima para disfrute toda la población. Pero para hacer que ello se dé, la acción coordinada de cuatro ministerios es primordial. Se debe entender que la palabra “ministerio” no solo se refiere a una entidad política; además, debe leerse en su sentido digamos “religioso”, es decir, en su sentido “teocrático”, como la ligazón ciega a una entidad que está por sobre todos: el ministerio supone la representación de una entidad suprema que le sirve o que permite que los siervos sirvan a dicha entidad. Un Ministerio, entonces, hace ver a la población su disposición para que esta obedezca a dicha entidad suprema. Por ello, incluso los que están dentro del Ministerio, como funcionarios, como servidores, estarían más comprometidos en servir a la entidad de referencia.

Los Ministerios en cuestión en la novela son: el del Amor, el de la Abundancia, el de la Paz y el de la Verdad. Smith trabaja conscientemente –y paradójicamente “inocente”– en el de la Verdad, Ministerio que se encarga del control de los imaginarios, del control del pensamiento; tal Ministerio es el que fiscaliza el lenguaje que se debe emplear para estar en estado social “correcto”, en concordancia con el Gran Hermano, entidad supra, entidad vigilante a la vez que supuestamente benéfica de la felicidad social.

Asimismo, el Miniver o Ministerio de la Verdad tiene la misión de vigilar las publicaciones y el pensamiento, de poner al día al lenguaje o neolengua, entre otras cosas. En términos generales, es el que escribe o reescribe la historia del país o de la nación: el lenguaje controlado o la neolengua tendría que ver con la producción de un pasado ficticio, con la eliminación de toda certeza sobre lo vivido –si es que es problemático– y peor con evitar que incluso se pueda proyectar en sueños y esperanzas las ideas que puedan generar las palabras que no hayan sido exorcizadas. En tal sentido, el horizonte de expectativa humana vendría a ser también cuestión de control.

El Ministerio de la Verdad, de este modo, borra palabras, crea otras, altera documentos, hace aparecer otros, reescribe lo publicado y lo resitúa a su supuesto lugar como si hubiera sido escrito en su momento. Piénsese en esto: reimprimir un periódico que ha sido censurado en tiempo presente y volverlo a colocar en el pasado como si se hubiera escrito y publicado en dicho momento. No es cosa alucinante: el mismo ensayo al que hago alusión, el de Orwell, “History is Written By the Winners”, dice eso: “la historia es escrita por los ganadores”, donde ganadores debe interpretarse como quienes tienen el poder para crear ficciones.

Si se considera apenas el rasgo que pretendo resaltar –entre otros–, 1984 es una novela de tesis que demuestra que el poder estatal es quien hace las ficciones que la ciudadanía tiene de sus vidas. Orwell hablaba de los totalitarismos, del socialismo democrático; habría que decir que el liberalismo también lo hace, y peor, en su momento, el neoliberalismo. Piénsese solo en la falsa premisa que los conservadores norteamericanos crearon para provocar una profunda crisis en Medio Oriente que hasta el día de hoy sigue horadando ríos de sangre. No son solo los socialistas –entiéndase en los términos de Orwell, los comunistas–, sino también los conservadores. Desde ya el totalitarismo es de naturaleza conservadora aunque se revista de democratismo.

En la novela la cuestión prevaleciente es hacer aparecer como verdaderas las ilusiones o las ficciones creadas por la ideología política. De alguna manera, Orwell estaría sosteniendo que el ejercicio, el ministerio de la política, no es más que el ejercicio del fingimiento y de la falsedad. En este marco, la verdad es una falsa creación; es una ficción producida por quien sabe producir historias, cuentos o rapsodias haciéndolas pasar como ciertas –si leemos a Friedrich Nietzche en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” (1873)–, naturalizada por la falta de pensamiento crítico, estatizada además y promovida hoy por los medios de comunicación, sujetos por el poder. Lo que plantea entonces Orwell es el gran problema del ilusionismo contemporáneo que luego Jean Baudrillard se encargó de estudiar bajo el nombre de “simulacro” –para el caso es interesante estudiar De la seducción (1986)–.

En este marco, 1984 es una inmensa obra que pone en evidencia el simulacro del Estado y de la política de masas: la creación y el sostenimiento de una verdad ilusoria para que dichas masas de sujetos, no de ciudadanos, estén quietas, chupándose el dedo. Para ello la televisión, el medio y el rostro del Gran Hermano, es eficaz. Entonces, otro problema que pone en evidencia Orwell es el estado de propaganda –hoy publicidad política– permanente. ¡Qué mejor manera que no hablar de problemas sino de aciertos del sistema político! Una especie de mirarse al ombligo y decir que lo que hay afuera son entes, si bien de riesgo, pero que no merecen consideración alguna. Para los conocedores de los estudios de la comunicación no personal, lo que Orwell denunciaba luego fue revertido y apropiado como estrategia por la comunicación funcional, por la comunicación corporativa, por la comunicación política, etc., que crea sujetos creyentes y obedientes a algún sistema de dominio.

Ministerio de la Verdad, televisión –Gran Hermano–, propaganda, neolengua, se pueden ver como los términos clave de la antiutopía de Orwell.

Se trata de todo un complejo de creación de fe ciega hacia alguna cosa que es la propia estupidez. Recuérdese los eslóganes del Partido de gobierno en la novela: “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”. Hacer creer que la guerra promueve la paz, llevó a que en años recientes un país haga la guerra preventiva, aunque la finalidad era dinamizar la economía y, sobre todo, la reacumulación del capital en manos de ciertos industriales. Hacer creer que la libertad lleva a que uno sea esclavo de sus pasiones, implica hacer pensar que el ser humano necesita de un orden establecido para reeducarlo; en todo caso la finalidad es lograr que el ser humano se vuelva productivo donde productividad implica orden, disciplina, eliminación de tiempo libre, es decir, alienación. Hacer creer que la ignorancia es fuerza, supone hacer que la población crea que otros deben tener la capacidad de pensar por ello. De ahí que la profesión de la fe hacia el orden establecido debe ser también la adoración de un solo gobernante, de un supremo gobernante, de una especie de padre-autoridad que puede tener la capacidad ya sea de donar la vida como de anularla; es la mostración de un tipo de estado tiránico donde la sonrisa hace creer a todos que están bendecidos por la autoridad gubernamental.

Régis Debray, en El Estado seductor (1997), discutió de la propaganda como la propagación de la fe. Orwell lo visibiliza en su novela a través de las grandes convocatorias de masas –que en su momento referenciaban a las realizadas por el régimen nazi, así como el comunista–. La propaganda es el instrumento de los Estados totalitarios. Hay dos órdenes: publicidad con lemas directos a los sentidos, a lo sensible; los contenidos de los medios masivos, dirigidos a desmovilizar, vía también la apelación a lo sensible.

Se podría decir, por lo tanto, que el terreno donde se mueve el Estado totalitario es lo sensible. Para ello la creación y el sostenimiento del imaginario del terror, del miedo y del arrepentimiento. Su inmediata consecuencia será la delación que en la sociedad de control, operativizada por los medios de comunicación y medios electrónicos, como internet, se va a volver plato común, tal como luego analizara Paul Virilio en Cibermundo, la política de lo peor (2005).

Portada_1984

En la novela de Orwell todo ello está presente. Por ello antiutopía de las formas políticas actuales o contemporáneas; por ello su actualidad, por más literatura del pasado. Orwell no profetizó nada, sino extrapoló sus preocupaciones. Lo interesante del caso es que sus extrapolaciones –muy habituales en la ciencia ficción– siguen demarcando otras más extrapolaciones hacia el futuro. 1984, por lo tanto, debe considerarse un libro semilla.

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