Las viejas utopías

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Julio César Roca De Castro | jcrocadec@hotmail.com

(Publicado originalmente en diario El Universo, Guayaquil, martes, 20 de enero, 2015)

¿Qué utopía abrazábamos cuando éramos niños y jóvenes? Algunos quizá de no ser discriminados por sus padres y profesores. El hijo de una doméstica tal vez, la de ser recibido en la casa de uno de sus amigos acomodados del barrio, con los que jugaba fútbol. Otros, la de comer bien y tres veces al día, de no vivir en palafitos de donde podían caer y ahogarse, de volar en el avión que tan distante veían siempre en su cielo. ¿Y cuando soñábamos con un mundo más justo, después de conocer que no lo era? Entonces eran utopías, porque no se advertían realizables esos sueños. Algunos lo siguen siendo para la inmensa mayoría de seres humanos, a pesar de que con sus manos y mente luchan por hacerlos realidad.

En el régimen de la comunidad primitiva, todos compartían los precarios instrumentos de producción, la piedra y el palo, todos trabajaban y se repartían mancomunadamente los frutos de la agricultura, lo cazado y pescado. Debían hacerlo para sobrevivir, tal era su ideal de convivencia colectiva, que se perdió cuando fue posible la apropiación individual, que separó a los que empezaron a acumular riqueza de los que eran despojados de ella y nació la esclavitud por las guerras y las deudas… y nació también el pandemónium.

Los primeros cristianos eran dichosos. En el libro histórico de “los Hechos de los apóstoles” de la Biblia, capítulo 2, versículos 44 y 45, leemos que los principales discípulos de Jesús estaban juntos por tener todas las cosas en común, vendían sus posesiones y distribuían el producto entre todos, según su necesidad. En 4.32 y 4.34, vemos que ni siquiera uno de ellos decía ser suya cosa alguna de la que poseía y que no había ningún necesitado entre ellos, porque todos vendían sus propiedades y llevaban los valores de la venta a los apóstoles, que a su vez los distribuían a cada uno según su necesidad.

En Utopía refiere Tomás Moro que Diógenes Laercio contaba que los árcades y tebanos le habían pedido un código para una ciudad nueva, pero al saber que no admitían la comunidad de bienes, se negó a hacerlo. Y el gran canciller de Inglaterra, que sacrificó su vida por sus creencias, en boca de Rafael Hitlodeo, que había visitado la isla de Utopía y narraba las experiencias que había tenido ahí, escribió en el excelso libro que este 2015 cumple 500 años, que mientras exista la propiedad y sea el dinero la medida de todas las cosas, no será posible gobierno justo, ni nación feliz. “No habrá justicia, porque lo mejor será presa de los peores, ni felicidad, porque todo será compartido entre unos pocos, que ni así se darán nunca por contentos, y el resto quedará para los miserables. Siguiendo a Tácito, que consideraba que el Estado, mientras más corrupto es más leyes tiene, decía que los utopianos tenían pocas leyes pero bastaban para gobernar bien; que había tal igualdad, que todos vivían en la abundancia; que donde no había la propiedad común, hay las personas perversas y ávidas, que merecen el reparto de sus fortunas y los hombres modestos y sinceros, que con su laboriosidad sirven más al interés común que a sí mismos. Agrega que de no suprimirse la propiedad, las cargas que gravitan sobre gran parte de los hombres podrán aliviarse, pero eliminarse nunca y el cuerpo social caerá en otras enfermedades. Moro, en labios de él mismo refuta a Rafael: “Si la esperanza de ganancia no lo impulsa, confiarse al trabajo de los demás tornará a cada uno perezoso…”, este le replica que la experiencia vivida por Utopía con ese sistema es grande, porque sus ciudades son más antiguas que las europeas. Sin duda, el autor aludía al régimen de la comunidad primitiva. Moro excluía sin embargo a los esclavos, aunque en la isla adquirían principalmente esa condición por sus faltas y creía que las mujeres debían ser sometidas a sus maridos y podían ser castigadas por estos. Limitaciones de su tiempo.

El siglo inmediato posterior, escribía Cervantes en el inmortal “Quijote de la Mancha”, que los que vivían en la edad de oro, ignoraban las palabras de tuyo y mío. “Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia… No había el fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia que estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés… no había quien juzgar, ni quien fuese juzgado…”. También Cervantes recordaba el régimen de la comunidad primitiva.

El papa Francisco, en su Exhortación Apostólica “La Alegría del Evangelio”, manifiesta: “La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos, de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde…”.

¿Cuál es la realidad mundial? La OXFAM, ONG humanitaria que agrupa a 17 organizaciones, en un informe que contó con la colaboración del premio nobel de Economía, Joseph Stiglitz, y profesores de las universidades de Columbia y Cambridge, ha calculado que 85 millonarios, que entre marzo del 2013 y marzo del 2014 incrementaron su riqueza en $ 668 millones diarios, acapararon fortunas equivalentes a la mitad de los más pobres de la humanidad en el 2014. Ha dicho que si justo después de la crisis financiera se hubiese aplicado un impuesto de 1,5% sobre las fortunas superiores a mil millones de dólares, podrían haberse salvado 23 millones de vidas.

Así pues, hay viejas utopías que siguen vigentes. Sirven para caminar, como decía Fernando Birri, en frase atribuida a Galeano, que este desmintió. (O)

En el régimen de la comunidad primitiva, todos compartían los precarios instrumentos de producción, la piedra y el palo, todos trabajaban y se repartían mancomunadamente los frutos de la agricultura, lo cazado y pescado.

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