Guerras sin armas

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Por Carol Murillo Ruiz

(Publicado originalmente el diario El Telégrafo, Guayaquil, el 1ro. de noviembre de 2013)

El impacto mundial que causó ver una parte del gobierno federal de Estados Unidos paralizada por la falta de consenso entre demócratas y republicanos en el Congreso, hizo decir a muchos que tal situación era la muestra palpable de que la potencia no debía empujar una intervención bélica en Siria.

Parece que se olvida de que la guerra es el dispositivo económico más eficaz para reconducir entornos de crisis. La historia nos ha enseñado que tanto para la Primera Guerra Mundial cuanto para la Segunda, el desarrollo tecnológico y científico de las potencias coadyuvó a incrementar sus respectivos complejos militares, creando una industria bélica sin parangón en menos de cincuenta años.

Por supuesto, ese desarrollo también sirvió para, por ejemplo, extender un transporte tan moderno como la aviación civil y/o la industrialización de centenares de artefactos para la vida cotidiana. La segunda mitad del siglo XX, sin guerras pero cargando la vergüenza de las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki, continuó con la investigación tecnológica que devino en carrera armamentista y, también, en conquista del espacio.

Guerras casi quirúrgicas como la de Vietnam salpicaron al mundo de pavor y cobardía; pero ninguna con alcances atómicos. Al finalizar el siglo, intervenciones militares como la de Irak aún tenían en aviones, armas portables y soldados de carne y hueso, sus principales “sustancias” bélicas. Pero hoy todo eso ha cambiado. El avance tecnológico ha propiciado que existan aviones no tripulados (que en sí mismos son armas que patrullan o atacan -dependiendo de la misión-), o la fabricación de diversos misiles de altísima precisión. Y, además, las temibles armas químicas que han sido usadas en Siria recientemente.

En los círculos pacifistas estos temas se tratan con sospecha; porque atrás de los beneficios de la doctrina de la seguridad nacional (y global) se agazapan complejos militares que solo tienen razón de ser cuando se presenta la ocasión de exhibir, utilizar y medir sus novedosos inventos.

Así, la ecuación armas/recursos naturales funciona bien cuando la economía ha resignado a la política, es decir, cuando el lobby de la industria militar consigue inocular la psicosis de la legítima defensa o el antiterrorismo en algunos gobiernos. Por tanto es factible pensar que la ecuación puede romperse si el dominio de la obtención de los recursos naturales –en Siria, verbi gratia- es superior a cualquier operación del poderío bélico.

La perspicaz maniobra de Putin, que evitó el ataque de Obama, parece explicar este escenario de no guerra.

Sin embargo habría que anotar, como disparate perverso, que el Premio Nobel de la Paz 2013 -otorgado a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas- ignora el cinismo y la manipulación de las otras industrias bélicas. Ciertamente las armas químicas dejan muertes y secuelas terribles, pero la profilaxis que supone el uso de drones (por parte de cualquier agresor) maquilla para el gran público el resultado atroz de ese ataque o, lo que es peor, lo despliega como un videojuego de la más estilizada ciencia ficción.

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