Octavio, o el merodeador del jardín de infantes

©BernardFaucon

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Por Jorge Valentín Miño Pazmiño

jminop@gmail.com

(Publicado en el blog del autor, “La Mano derecha del pulpo”. Jorge Valentín Miño, el miércoles, 24 de junio de 2015)

Las marcas en relieve dejadas por el preservativo en su billetera y las otras dejadas en el papel por el rodillo de la máquina de escribir indicaban dos cosas: que Octavio no había hecho el amor en mucho tiempo y segundo que no atinaba la manera de enfrentar una hoja vacía. Le resultaba triste ver esas marcas al final del día, se le figuraban como un calzoncillo apretado que, ya entregado a la tintorería, deja en la cadera una laceración visible.

Se desnudó y tomó una ducha antes de meterse en la cama, de la manera como lo hacía ya hace meses; ensayando un monólogo interior a lo Molly Bloom, con la obsesiva idea de con ello, “desarrollaría polifonía”, según pensaba. Esa noche en particular se encomendó a San Hustler para hallar valor y resistir a la tentación de no masturbarse antes de dormir: sublimaría su energía sexual en favor de la literatura; había decidido que todo ese zinc, carnitina y fructosa sería consagrada a la creación literaria y creía que los ásperos castigos autoinflingidos, un día cercano le parecerían polen y miel cuando por fin sus novelas estén en auge y se vendan como hortalizas frescas en verano.

Octavio cayó profundamente dormido y ya bien entrado en los feudos oníricos; como aperitivo soñó que era parte de un reality show en que, junto a las hermanas Williams (Venus y Serena), encerrados en una oscura y enorme biblioteca, tenía por tarea tocar una campanilla de cristal cada vez que su afiladísima percepción alertara la eclosión de algún óvulo liberado por las damas; horas más tarde, atendía un sueño en que firmaba autógrafos con un bolígrafo alimentado con sangre desde su yugular con ayuda de una finísima cánula y ya rayando el alba, fue agasajado por un sueño anodino, en escala de grises, donde Gloria Fuertes paseaba solitaria por una playa nudista en la Riviera de Tasiilaq (Groenlandia) y Octavio corría tras de ella, sin lograr alcanzarla, con una toalla en manos para tapar sus frondosas carnes. Luego no recordó haber soñado nada más, pero la humedad de sus calzoncillos con que despertó, alertaba sobre los posibles temas. Al despertar, levantó puentes entre su neuronas con una taza de café y se reforzó con algún bocadillo, luego se abocó sobre la hoja en blanco tratando de escribir algo; aunque sea un haiku salvaría el día.

Horas más tarde seguía mirando la hoja sin que se le ocurriera nada original; que tal sobre un loco que estando hambriento, tiene una manzana entre manos y sin atinarse a decidir dónde darle el primer mordisco, se muere de hambre, pero esta idea de cuento es solo mía y Octavio no la conoce, por lo que se levanta desanimado de su escritorio, abandona la máquina de escribir y su falta de inspiración la atribuye a los sueños húmedos acaecidos esa noche y que desembocaron en una copiosa eyaculación. El impase le altera el ánimo, por lo que decide salir a comprar libros, eso le calma.

No es precisamente un ávido lector, últimamente pasa más tiempo con J. Lo. en su Mp3 y ha convertido los libros -se avergüenza de ello- en libros objeto. Resultan de contundente impacto visual, para sus amigos, que al pisar su casa, en el recibidor se topen a bocajarro en el recibidor con algo a la moda, por ejemplo un intríngulis de Dan Brown que haga parecer a la iglesia católica un saco de alacranes; o en la cocina con el grueso recetario hindú, “Diez maneras de adobar una vaca”, en tanto que en el baño no sería cauto privarse de “Quino para invidentes”, reforzado con rollos en papel de baño tratados al relieve con poesía braile, pero sobre todo; Octavio cuidaba de mantener en la recámara, abierto con calculado descuido sobre la colcha de tafetán rojo, dos libros: “Kamasutra para androides” y “Manera fácil de desenredar a sus robots luego del coito” de Asimov, ese par de libros siempre funcionaban para calentar los motores de la dama de turno que, seducida al escucharle recitar de memoria los poemas de Petrou Cavafis, se dejaba poseer sin miramientos (libros rebajados al nivel de papel mata moscas).

Llegaba la hora del día para volcarse a las librerías. Guiados por el análisis forense aplicado sobre el traje ejecutivo en casimir azul de un joven cajero de banco que viajaba en el mismo bus, en el asiento contiguo al de Octavio, podemos revelar la consistencia del desayuno literario (lo que leyó Octavio esa mañana): párrafos saltados de “El libro del Samurai” de Hagakure en lo equivalente a huevos fritos, como panecillos “Mi árbol de naranja lima” de Vasconcelos y como jugo “La puta respetuosa” de Sartre. Creemos que Minguito, el de Vasconcelos es el que le cagó la testuz, definitivamente no combinaba en el cerebro de Octavio el neorrealismo bucólico de Vasconcelos con la crudeza de Miller, fue como mezclar jugo de limón con leche de soya y gelatina de mango, por eso lo del vómito en el bus, regándole en la solapa todo lo que había desayunado esa mañana y ahora esa una masa informe de colores viscosos y malolientes inundaba con su pestilente acides el transporte público (vocales ácidas, consonantes semidigeridas, un espeso caldo de tinta y párrafos).

Ganando en sabiduría y hallando escarmiento, Octavio se contuvo de leer varios libros a la vez y le fue menester en adelante acabar uno para comenzar otro, concluyó en que no todos los fuegos son el fuego y de esto se benefició su vista que ya la tenía menguada y roma. Meses más tarde, repuesto y con más de ánimo que de cuerpo, releyó un aviso de prensa con la noticia de que, un poeta de la localidad, Orestes Vargas lanzaría esa noche un poemario. Si iba esa noche, podría tomarse unas fotos a su lado, conocer, entre copillas de vino económico, alguna escritora de verdad que le revelaría la llave que abre todas las puertas de la literatura y hasta, si se caían en gracia amañarse con ella esa noche; podría Octavio, entre los estertores del sexo escuchar la primicia de la verdadera voz de una escritora de verdad, dando baladas mortales, muy ajena a la voz de pajarillo mojado con que usualmente intervienen en las presentaciones.

Octavio, en esa reunión, estaría rodeado por los capos del mundo literario, y si tenía suerte estaría también allí algún editor: un Planeta o un Alfaguara, que ya avanzada la noche y siguiendo con ellos la farra, en medio de la espesa niebla de un karaoke, con Octavio imitando a Frank Sinatra (My way), deduzcan que si Octavio enfrenta la literatura de la misma forma como canta, sería menester ofrecerle publicar una de sus novelas, a ojos cerrados.

Una historia de cajas chinas: dobló y metió cuidadosamente el recorte de prensa en el interior de “El misterio de los hermanos siameses” de Ellery Queen y calzó el libro en el bolsillo trasero de su jean negro, cuidadoso de que el título sea visible desde fuera para así marcarlo ante los de la reunión como un escritor activo y versado.

Acudió entonces esa noche al lanzamiento con una barba de días, a lo Rushdie, con lentejuelos sin marco a lo Capote, camiseta negra con el rostro de Hemingway en serigrafía al duotono; con un toque de acquavelva en pómulos y nuca, zapatos de goma, y al pecho un crucifijo de madera, estrella judía y luna soviética del buró supremo, ensartadas en la misma cadena de plata (por si en la reunión coincidían Louis de Wohl, Jean-Moïse Braitberg o Ludmila Petrushevskaiay así no ofendería a nadie. “Estar de acuerdo con todos hasta que sea un escritor reconocido” era su estrategia (¿y si había algún escritor ateo? ¿cuál es el símbolo del ateísmo?).

Ante estas dudas, incluyó también, a última hora un número cero en bambalina dorada y se pinchó en la solapa escarapelas de algunos de los más importantes clubes de fútbol, pensaba que actuarían como gatilladores del pensamiento lateral y se atenuarían los lances dedicados a la literatura.

Se armó de tabacos, un intelectual debe saber fumar, para ello se cuidó en no aplicarse desde hace una semana su spray para dejar de fumar, pues indujo que podría ser mortal para sus intereses de ascender en el escalafón literario, dar una arcada en público con un chesterfield entre los labios y por último, se peinó con una buena mano de gomina, porque lo gótico estaba en auge. Con todo esto, su YO interno quedó oculto, reducido a la calidad ínfima de la comida que trae una nuez envuelta por todas las capas gaseosas del planeta Júpiter (incluida la mancha esa que parece un ojo de pollo).

Nada ocurrió como pensaba. Llovió y los tabacos se mojaron, como andaba chiro no pudo tomar taxi, llegó tarde y al entrar en la sala (con la moda de la puntualidad) todos le regresaron a ver para reírse con su atavió de zombie escapado de una coreografía de Michael Jackson. Le hicieron callar cuando, a medio acto, lanzó en voz alta el comentario a una señora encopetada de que era Octavio, de que había escrito recientemente para la Bufanda del Sol unos poemas minimalistas, adornados con mucho, muchísimo espacio en blanco y que ahora incursionaría en la prosa; que era escritor y que tenía muchas ideas para hacer literatura, que de tantas observaciones que había hecho del mundo, su libretita de notas había pasado a la categoría de una guía de teléfonos y que debía transportarla en una mochila del tipo que los universitarios de medicina usan para llevar sus laptops –señaló con el rabillo del ojo su espalda. Y le sacaron de la sala con la escoba de la indiferencia. Por ello, solo alcanzó a escuchar, desde afuera, algo del interludio al piano y evitó acercarse a las burbujas de disertación que se abrieron ya en el brindis; eso sí, aguzando el oído por si atrapaba algún consejo que le ayudara a escribir, y esto llegó efectivamente: “… es aconsejable observar a los niños para alentar nuestro mundo interior; observar a los niños ayuda a ser como ellos, libre, ingenuo, experimental, ajeno a la crítica, como son ellos; escribir como ellos juegan, esa me parece es la pauta…” (Lo decía con sapiencia una escritora de literatura infantil conocida como “Pera” por su cuerpo en forma de tal fruta).

A la mañana siguiente, se despertó lúcido y con la fructosa en su lugar, decidió escribir, pisaría con malicia la cola de su máquina de escribir y le haría chillar como una gata en celo. Pero, llegada la tarde lo único que había ganado era mejorar su nivel de encesto para el basketball y hacer ejercicio para la artritis de sus dedos, arrugando tantas hojas y logrando puntos de tres sobre el basurero. Consideró que nada de lo que había escrito era digno de publicarse o de igualar a sus ídolos. Los ojos de toro insomne de Cortázar se le quedaron mirando fijamente desde un afiche de pared y eso acrecentaba su angustia. De repente decidió seguir el consejo de hacer literatura infantil, según lo oído, consistía en terminar las palabras con “ito” e “ita”, subestimar al niño en todo y explicarle con lujo de detalles todas las cosas, bombardearle de ilustraciones para que no le haga falta imaginar las palabras (…) ponerle un título pegajoso al libro (…) observar a los niños, observarlos, aprender de ellos. Así que se encaminó hacia el jardín de infantes más cercano para observarlos tras las rejas a la hora del recreo.

Se aplicó varios días a la tarea de campo y con sus finas observaciones acrecentaba dignamente el ancho de su libretita de bolsillo, hasta que al cuarto día la mano pesada de un policía se le posó en el hombro. Atendía la denuncia sobre un loco observando a los chichos; él no pudo explicar claramente qué hacía, lo de aprender de los niños porque era escritor no se lo creyó ni la señora del cajón de chiclets (era la que puso la denuncia) y Octavio fue a parar tras las rejas. Lo de la cárcel le dio un estigma que podía lucir en su hoja de vida; ya era algo. Optimista como era pensó en todos los escritores que alguna vez habían ido a parar a la mazmorra y confiaba en que al salir, escribiría un bestseller al estilo Papillón. Para hacer llevadera su estancia, pidió de casa que le traigan material de lectura: un libro gordo para la celda y Condorito para las horas del baño.

Pasado un largo tiempo encerrado por “pedofílico en potencia”, Octavio entró en la sala de emergencias con fiebre de 40 y frío de los pies, el residente de CDP lo notó de pulso débil (un parsec de sístole y otro de diástole), aún así sus ojos se movían de sien a sien a extraordinaria velocidad, como atento a un juego de tenis elevado de revoluciones. Fue necesaria una cizalla para despegar sus manos que atenazaban un libro espeso, del que hallaba consuelo y que se reveló luego, remitido del laboratorio se trataba del Ulises de Joyce. A los pocos días pasó de la sala de emergencias a residir en una modesta habitación del tamaño de un retrete, subvencionada por la Fundación Antonin Artaud para los escritores con problemas de concreción literaria.

Con esto que le ha pasado, ha decidido colgar los guantes, por ahora solo escribirá grafitis y explorará a futuro en un tratado de doscientas páginas algo enigmático y sobrecogedor que leyó en el baño de la prisión; decía: “Sansón estuvo aquí”.

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