Presentando a la serie “Las increíbles aventuras de Leoncio Zambrano”

XSantillan

Por Xipali Santillán

(Publicado en el blog del escritor Xipali Santillán, Quito, el 29 de octubre de 2014)

Discurso de Lanzamiento de la serie: Las increíbles aventuras de Leoncio Zambrano. 22 de octubre. Centro Cultural Benjamín Carríon. Quito, Ecuador.

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Miles de años atrás, los clanes se juntaban alrededor del fuego para compartir los hallazgos del día, informar acerca de las guaridas de las bestias, los lugares de caza, las mejores zonas para la recolección y la pesca. Las historias, los sueños y las palabras son como los abrazos que no se dan, al igual que estos, ni se agotan ni se desgastan, se acumulan. Algún día, imagino yo, de la suma de aventuras contadas alrededor del fuego habrá surgido algún personaje heroico, un Atuk y Lana, una Amazona, un Odiseo, un Job, un Cepo Catequil, un ser imaginable donde acumular sueños colectivos, los anhelos de todo un pueblo.

Quienes escucharían estas historias seguramente las cargaron de sus propias experiencias y reflexiones, transmitiendo esa cultura oral (que es literatura y de la buena) a las nuevas generaciones. Algún día, estos relatos fueron capturados en cuero de buey, celulosa, láminas de piedra, o piezas de barro… entonces surgió el milagro.

Miles de años después, un quiteño de diez años sintió en su pecho el dolor de Menelao al enterarse del rapto de su Elena. Se llenó de rabia al saber que Atahualpa entregó a sus raptores el equivalente a su habitación en oro, para terminar asesinado. Este niño también fue obligado por su profesora a presentar evidencias de haber padecido el María de Jorge Isaacs, y el Cumandá de Juan León Mera, lo que hizo al apuro para seguir trepado a la proa, con el mar golpeando su cara en la búsqueda de Moby Dick: el doblón de oro acuñado en Quito, adornado con el perfil de El Panecillo y la Loma de San Juan.

La literatura es por un lado esa extensión de aquellos encuentros alrededor del fuego, palabras que entretienen invitándonos a romper barreras de tiempo y espacio, que nos invitan a experimentar en otras caras y otros cuerpos, historias que, de otra forma, serían imposibles.

El entretenimiento, sí, eso se entiende. ¿Pero de allí convertirse en un espejo incómodo?, ¿explorar y pulverizar nuestras fronteras?, ¿invocar al silencio sideral e invitarlo a tomar un café de mediodía?, ¿bañarnos en lágrimas o risas que se apelotonan unas a otras hasta dejarse ver, casi siempre, en los lugares menos esperados?, ¿cuestionar lo establecido?, ¿socavar las potestades de los malvados?, ¿oponerse a las arbitrariedades del poder?, ¿por qué?, ¿será porque seguimos alrededor de la hoguera, humanos hermanados por la capacidad de capturar el tiempo en forma de palabras?…

El otro día, mi hermano, que es pintor y acaba de hacer una exposición algo incómoda para el poder, me preguntaba, en tono familiar, como cuando éramos niños: ¿por qué seremos así… por qué no podemos quedarnos callados? No sé, le dije, es raro. Ambos convenimos en que es raro, en que quizá pasaba algo en la panza de la Negra, nuestra madre, quizá muchas vitaminas, demasiado aceite de bacalao. En fin. Con la taza de café en la mano, caímos en que lo raro es lo contrario. Lo extrañísimo, lo insólito, es ver lo que sucede a tu alrededor y quedarte callado.

Por eso escribo sobre el poder, utilizando símbolos y referencias cercanas, de forma que se pueda desmenuzar la realidad, para entenderla. Podría, por ejemplo, escribir un farragoso tratado sobre el control mental de las sociedades, por la vía del mercadeo y el manejo simbólico, o usar como metáfora el proceso de iniciación a una secta que ofrece pasar la noche en una nave interestelar.

Este experimento literario trata acerca del poder, de su capacidad para deshumanizar nuestra especie, convirtiéndonos en autómatas egoístas fingiendo ceguera ante el dolor ajeno. Por aquello del vaso medio lleno, medio vacío, este trabajo también trata acerca del poder del individuo, del grupo, de la comunidad, para cambiar el estado de las cosas. Del poder del amor, del que hay que hablar bajito, no sea que la palabra se ponga de moda, y terminen creando un ministerio para la felicidad, el amor y la pérdida de cordura.

Reciban este trabajo de este humilde pelagatos y ecologista infantil, un texto alucinado en el que intento poner orden en este puzle que nos han puesto al frente, y desactivar, al menos entre los lectores, los desesperados trucos que utiliza el poder para separarnos, para debilitarnos.

Todo parece indicar que para las corporaciones y los políticos ya no somos ni siquiera piezas intercambiables, no llegamos ni a cumplir el estatus de mercancía. Somos solo trozos de carbón que harán arder para calentarse las pezuñas.

¿Y de qué se trata esta obra?… para eso tenemos a este selecto trío de lectores, atentos observadores de la vida. Arianna Cevallos, Lourdes Solórzano y Juan Fernando Carpio. No les pidan levantarse, les tengo atados a la mesa, han sido secuestrados, y quieren hablar del texto, por aquello del síndrome de Estocolmo.

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