Un asunto de olor corporal

H+ Art: Transhuman Identity by Parker Thibault (http://cyberlife.transhumanity.net/tag/transhumanist-art/)

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Por Eduardo Varas C.

(Publicado originalmente en blog Libros, autores y riesgos, el 2 de septiembre de 2009)

No es más que una imagen. La sospecha se convierte en la medida de todo. Dos perspectivas que resumen todas las opciones posibles y detrás de ellas no queda nada. Se trata de eso, de aprender a sobrellevar que la vida en un grupo determinado, en un colectivo con sus normas y perspectivas, obliga a tomar partido, a ser parte de una de las dos facciones porque así lo pide la circunstancia particular. No se trata de una crítica per se, más bien se trata de una revisión concreta, de comprender que una prosa clara puede ser la plataforma de una ficción que si bien habla mucho de nosotros, no deja de ser una visión propia y además el trabajo de alguien que veía en la escritura esa única forma posible de enfrentamiento con sus paranoias y lo que suponía era el mundo.

Don Walsh no tiene alternativa. En el cuento “The chromium fence”, de Philip K. Dick, él está seguro de la estupidez que es dividir la sociedad en dos bandos y cómo en esa dinámica la democracia no es más que un elemento para conciliar la intranquilidad. Hay puristas (que son la mayoría) y naturalistas (los que quedan). Las razones son absurdas. Los puristas han removido todas las glándulas sudoríparas, han arreglado sus dientes (que están blancos y brillan) y presentan un cabello perfecto. Los naturalistas prefieren aceptar la halitosis y el olor corporal como parte esencial de lo que se puede considerar humanidad. De entrada los naturalistas están en desventaja y Don lo sabe, lo entiende muy bien, pero no soporta la idea de la confrontación porque no le interesa ser parte de ninguno de los bandos. ¿Cómo ser un individuo en medio de formas muy cerradas de ver la vida?

Philip K. Dick estaba obsesionado con la idea del individuo y qué es lo que lo determina como tal: ¿Su memoria? ¿Sus decisiones? ¿Sus actitudes? Y esa obsesión no estaba sola. La gran cuota es el cuestionamiento hacia la realidad. ¿Es la realidad lo que experimentamos o es lo que suponemos que experimentamos? (muchas de estas perspectivas se encuentran diseminadas muy bien en su gran novela “Ubik”). Lo real para este autor no es más que una de las tantas convenciones posibles que se producen por la aceptación colectiva… y ni siquiera las ideas se salvan. En “The chromium fence”, Don no puede más (está obligado a votar por una de las dos opciones y no se siente parte de ninguna) y visita a un la unidad analista (algo así como un robot psicólogo puesto por el Estado) para encontrar una respuesta, pues cada vez la vida se vuelve menos soportable. El robot se lo precisa con la frialdad de un genio: “No, Don (…) Ellas no son tus ideas, tú no las creaste. Las puedes encender y apagar las veces que quieras. Ellas operan a través de ti… son condicionamientos depositados por tu entorno. Aquello en lo que crees no es más que el reflejo de ciertas fuerzas y presiones sociales (…) No puedes permanecer como espectador… tienes que ser un participante. Nadie puede ser espectador de la vida… y esto es vida”.

Pero en la obra del creador de “A Scanner darkly” hay que dudar incluso hasta de la realidad que él plantea. El robot no deja de ser un empleado del Estado y el ser paranoico no puede dejar de lado esa aclaración: se trata de un ente que busca que seas parte de algo, que te obliga a eso, a pesar de ser tu ayuda, tu apoyo. La existencia como un cúmulo de relaciones que llegan hasta el infinito.

Sin embargo, lo ideal dentro del cuento (más allá de la desesperación que hace de Don presa de un delito… tampoco quiero caer en ‘spoilers’) está en reconocer que el enfrentamiento del individuo es con él mismo. Sin caer en un moralismo ridículo, Philip K. Dick crea una historia que, según lo que arroja internet, fue publicada una sola vez y nunca reeditada sino hasta la aparición de la antología “The Philip K. Dick reader” (dato que también ofrece una lectura sobre el abandono al que fue sometido el cuento, quizás por esa fuerte crítica a la política y Estado, como instrumentos de creación de realidades casi sectarias) y permite establecer la única respuesta posible en medio de esa aspiración natural de mantener una mirada personal. ¿Cómo hacerlo? Al final Don lo descubre y se aferra a eso, en medio de un mundo que ha votado y ha elegido a una de las dos posturas como el camino a seguir, mientras él desea tener sus dientes y cabellos limpios y perfectos porque le gusta estar así y no porque apoya a los puristas.

¿Qué es el individuo? El que se enfrenta no ante un colectivo, sino el espejo con el que otro se mira.

Y cada vez que puedo leo y releo este cuento, al menos una vez al año para no olvidarme que la ficción también puede ser un acto de revelación cercana.

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