1ra. Mención Cuento Ciencia Ficción Concurso Equinoccio: “El mecánico”

Von Kempelen's chess player.

Von Kempelen’s chess player.

Por Antonio José Zapater Cardoso

Mail: dys_ec@yahoo.com

2da. Mención, categoría Género Ciencia Ficción, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción.

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Antonio José Zapater Cardoso. Tallerista de Diego Velasco y Edwin Madrid. Dos micro cuentos seleccionados para la antología de los concursos: MicroQuito 1 y 2.

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Sentado en el viejo y maltrecho banco de madera, ajusta firmemente la última tuerca del panel. Sus dedos acarician la superficie y los labios forman una mueca al comprobar que el trabajo casi ha terminado.

Las recias paredes del armario metálico se interrumpen por la gran abertura rectangular que permite el acceso hacia los controles y la pantalla luminosa. Dentro, figuras cambiantes y multicolores parecen responder a la proximidad del hombre y sus movimientos.

La cara afilada, el cabello desordenado que le cae sobre la frente y el aspecto desaliñado, como de vagabundo, ocultan su verdadera edad que bien podía haber sido de treinta o cuarenta años. Se siente orgulloso de su máquina, es la mejor de todas las que ha construido en el oscuro taller, donde solo él tiene acceso. Pronto, al igual que con las otras, encontrará un sitio estratégico de la ciudad donde colocarla…

 

Tanto como su memoria podía recordar, de niño jugaba con cosas que no eran juguetes y que desarmaba hasta desparramar sus piezas por el piso. No lo hacía por maldad sino por una urgencia y una curiosidad que ni las reprimendas, los castigos, o la terapia, pudieron detener.

Era raro, lo sabía, y sin embargo sus motivaciones y necesidades respondían solamente a una cosa, que poco a poco fue tomando posesión de su mente sin que nadie pudiese hacer nada al respecto. Con el tiempo, un acuerdo tácito con la familia terminó por recluirlo en el sótano, donde actuaba a gusto entre los objetos destrozados y los que traía desde el basurero.

 

Apoyado en la penumbra, el hombre recuerda el recelo supersticioso que demostraban los dueños de los lugares donde colocaba sus máquinas, las que atraían rápidamente la atención de sus clientes mediante figuras multicolores y sonidos extraños que se fusionaban en una mezcla única y personal, susurrando mensajes incomprensibles y provocando emociones desconocidas e inquietantes.

Ocultándose de las miradas ajenas, como si hubiesen encontrado un secreto prohibido e irresistible, las personas volvían una y otra vez para jugar. Eso era todo lo que les importaba.

 

Su breve paso por la universidad le permitió adquirir los conocimientos necesarios para trabajar el metal y aunque muchos valoraban su talento, lo tildaban de excéntrico y obsesivo.

Tarde, regresaba al hogar y luego de cenar bajaba al sótano, donde las luces parpadeantes, los destellos de la soldadora y los sonidos de las herramientas duraban hasta altas horas de la noche.

Un día volvió temprano con los ojos muy abiertos y los puños apretados, un gruñido irreconocible salía de su garganta, como de animal. Lo vieron subir las escaleras y entrar a su cuarto, esa noche no comió ni fue al taller.

Nunca regresó a clase y por varias semanas se limitó a comer y a dormir, sin responder a las preguntas ni dar explicaciones a nadie…

 

Termina de revisar cuidadosamente los sellos, pues aún se escuchan leves chirridos en el interior, súbitamente, empuña una perilla en la tapa trasera y golpea con fuerza, haciendo un movimiento de vaivén contra alguna parte del fondo mientras maldice en voz baja. Los ruidos cesan. Deambula sudoroso entre los objetos herrumbrados y polvorientos, donde la única luz proviene de las sucias lámparas fluorescentes que cuelgan del techo. No es fácil para él acostumbrarse a los sonidos que hacen sus artefactos. Siente un breve remordimiento, como una bofetada. Avanza hacia el tanque de ácido donde comprueba que su contenido está casi listo, luego añadirá el bicarbonato y escurrirá todo por el desagüe.

 

Al principio construyó armatostes, bastas esculturas inservibles hechas de ruedas, engranajes, latas, varillas y otras piezas metálicas soldadas entre sí, luego fabricó máquinas de juegos, con palancas, sonidos y luces parpadeantes, finalmente, extraños muebles con cajones que se abrían de manera especial y puertas con compartimentos ocultos. Pero a menudo, y en medio de gritos, lo destrozaba todo para recomenzar el trabajo, una y otra vez, mirando sin mirar con sus ojos enormes y sanguinolentos, como en un trance…

 

Cuando realiza el mantenimiento a cada máquina, en el sitio en el que esté instalada, procura estar solo y de noche para evitar que alguien se aproxime inesperadamente mientras él manipula los extraños cajones del aparato. Sabe que el insólito y breve olor que se escapa al abrir los sellos, podría atraer peligrosamente la atención y la curiosidad, no obstante también obtiene de esta manera, una prueba indudable de que la máquina aún vive y que al aproximarse su final, funcionará cada vez mejor…

 

La solución, si es que la había, estaba mucho más allá de lo que su limitada ciencia e ingenio podían resolver. Entonces, por casualidad, leyó en un libro la historia del ajedrecista turco del siglo XVIII y con esto en mente, dio forma a su idea. Luego de realizar las adaptaciones necesarias, publicó el anuncio: “Se requiere hombre de hasta un metro con veinte centímetros de estatura, buena paga, informes…” En corto tiempo, el colaborador elegido, un sujeto de aspecto vivaz, recibió la propuesta con entusiasmo y asombro. No tardó en aprender el funcionamiento de los controles y habituarse a su uso. Cómodamente instalado en un diminuto nicho, permanecía largo tiempo aislado del exterior, con sus necesidades básicas cubiertas por un depósito de agua, otro de comida, y un procesador químico de desperdicios sobre el cual iba convenientemente sentado. Al terminar cada jornada, salía del aparato con la ayuda de su jefe para descansar y repetir la operación, temprano, al día siguiente. El oscuro armario metálico funcionaba en un escogido rincón del mercado, apoyado en una puerta.

 

Empuja la máquina y la hace girar hasta situarla cerca de la luminaria que pende del techo. Observa la pantalla y manipula los controles para iniciar una prueba. En seguida, una ola de color amarillo aparece flotando en medio de un paisaje azul y se divide en innumerables fragmentos que escapan como mariposas mientras una extraña melodía incita al jugador a seguirlas; al mover la palanca, todas se transforman en gotas que lentamente llueven sobre un lago. Una sensación de desasosiego invade su conciencia y percibe con claridad el mensaje que brota del fondo.

 

Desde que la primera máquina funcionó con la ayuda de una persona y con las mejoras que siguieron, el nexo fue haciéndose cada vez más fuerte, reemplazando la operación voluntaria y consciente del operador por la detección y procesamiento automático de las emociones mediante una red de sensores que cubría completamente el cuerpo. Se registraba el pulso, el sudor, la dilatación de las pupilas, el ritmo respiratorio y otras variables que se convertían en sonidos e imágenes para la persona que jugaba al otro lado. Al mismo tiempo, varias cámaras y micrófonos permitían mirar y escuchar todo lo que pasaba en el exterior de la máquina.

 

Ha terminado de añadir el bicarbonato, afloja el tapón del desagüe de la enorme tina y el oscuro jarabe se escurre con un gorgoteo maloliente por la cañería. Incluso los huesos más pequeños se han disuelto.

El ruido vuelve, e incluso aquí, en este ambiente silencioso, solo se escucha un quejido lejano.

El escalofrío que siente, penetra hasta el interior de sus huesos sin que pueda evitarlo…

 

El descubrimiento principal se produjo por accidente el día en el que el ayudante estaba enfermo y tuvo una crisis en el interior de la máquina, la que durante algunas horas funcionó como nunca lo había hecho. De acuerdo a varios testigos presenciales, la gente se agolpaba alrededor del aparato, asombrada por efectos de intensidad y realismo nunca vistos hasta entonces y que finalmente desaparecieron.

Cuando el armario fue abierto mas tarde en el taller, el mecánico comprobó que el operador había muerto. Al mismo tiempo supo que estaba condenado sin posibilidades de volver atrás, nunca.

 

Cuando el nuevo ayudante se ubicó por primera vez en el asiento dentro de la estructura, también fue la última. Sus gritos casi no se escucharon, tampoco sus ruegos, y sus quejidos fueron ignorados. Poco a poco, el infeliz aceptó su suerte esperanzado en la liberación prometida. Amaestrado por el encierro y el temor a los dolorosos piquetes que le daban con una varilla, hacía funcionar la máquina mediante su sufrimiento, y día tras día, trataba desesperadamente de comunicarse con los usuarios a quienes veía y escuchaba claramente, pero que nunca notaban el angustioso y desesperado pedido de ayuda, escondido en el juego que cada vez funcionaba mejor.

Su carcelero le llevaba, periódicamente, el agua, la comida y también recogía sus desperdicios mediante un hábil sistema de cajones intercambiables.

 

Hasta que el ingenio dejó de funcionar.

 

Ya en el taller, abrió la compuerta y la pieza principal del mecanismo cayó inerme, como una bolsa llena de huesos diminutos y deformes. Entonces utilizó el ácido del que había hecho enorme provisión.

 

El negocio prosperó. De vez en cuando, se puede ver, formada a su puerta, una larga y ordenada fila de gente pequeña.

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2 pensamientos en “1ra. Mención Cuento Ciencia Ficción Concurso Equinoccio: “El mecánico”

  1. Buenos dias, por favor seria tan amable de informarme cuando en que fecha se da este concurso equinoccio exactamente, y por si, algun otro concurso sobre el relato corto y de ciencia ficcion en la capital. gracias.Attem.Dr. Rafael AlbánCuenca.

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  2. Pingback: Anotaciones sobre los cuentos de Equinoccio | Ciencia Ficción en Ecuador

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